Disidencias neoliberales: una crítica queer

[Neoliberalismo. Queer. Orgullo. Raffaella Carra. Samuel. España. Hegemonia. Pinkwashing. Heteronormatividad. Homonormatividad. Cairo]

 “Escribo a favor de negarse a aprender las lecciones de la historia, de negarse a renunciar a la práctica utópica”
—68 or something, Lauren Berlant

por Sasha S. Hilas  (@palido.fuego) y Federico Uanini (@efe.de.r)

[Aclaración preliminar. Este pequeño texto es una conversación abierta entre dos amigos estudiantes, lectores y queers, Federico Uanini y Sasha S Hilas. En la compañía del otro, formulamos los siguientes pensamientos tentativos, no con el objetivo de “arrojar luz” sobre un presente confuso y abrumador, sino, como suele decir Ianina Moretti, “acostumbrar la vista” a la penumbra, para ver aquellas brasas titilantes de un presente que alberga futuros incipientes, queers (1)]

El 5 de julio de 2021 transcurría como una jornada cualquiera hasta que los portales dieron la noticia del fallecimiento de Raffaella Carrá. La muerte no siempre se presenta en nuestras vidas de la misma manera, y la necrológica de la cantante vino a colaborar con la fatídica cifra de orfandad que desde hace semanas muchxs estamos sintiendo. Juan Forn y Horacio González son algunos de los nombres que coronan un listado que, cada vez más, dejan un sentimiento extraño, una mezcla entre melancolía y silencio. De alguna manera, sentimos que nos vamos quedando cada vez más solos: aquellas personas que hacían del mundo un lugar más habitable y hospitalario nos están dejando. Raffaella vino a sumarse a esta lista. Diferente a los escritores en su arte, se aunaba a ellos en la potencia simbólica que ponía al amor y la libertad, en todas sus formas, como un posible horizonte. Desde hace tiempo la muerte está erosionando la palabra, aquel registro poético que, como supo decir Patti Smith, es el resultado de que la vida no nos basta. Con la ausencia de ciertos nombres, el sentido de las letras y el arte emancipatorio se pone en crisis: no se trata de buscar maestrxs que nos guíen, sino de re-actualizar la épica de una lengua que es imperante despertar pues tenemos que seguir escribiendo (ensayando, diría Juarroz) porque otra vida debe ser posible. Aquellos nombres y textos que nos traían en su ejercicio una promesa de hospitalidad se están desvaneciendo. Lo cierto es que la muerte hoy (y tal vez siempre) es un símbolo, y las formas de la muerte también hablan de las épocas que vivimos: el mismo 5 de julio de 2021 los portales no sólo anunciaban que Raffaella se había ido, también decían que Samuel, un chico gay de España, era asesinado en un crimen de odio por un grupo de hombres cis-género heterosexuales. “Maricón” fue la palabra empleada por sus asesinos mientras lo golpeaban y despeja toda duda posible sobre el delito. Sin embargo, ni los medios de comunicación masivos ni la clase política española (a excepción de casos muy concreto como Íñigo Errejón) mencionaron el asesinato bajo el nombre de “crimen de odio”. Siempre hay subterfugios y enunciados burocráticos por donde la vida de muchxs se escurren y pasan al olvido, y la muerte de Samuel fue la prueba de que los putos y la diversidad, aún hoy, morimos bajo el silencio mediático y político.

Frente al optimismo que a veces nos embarga a todxs durante el mes de junio cuando la bandera de la diversidad ondea en muchos negocios y toma forma en logos comerciales, resulta prudente analizar cómo aparece el “Orgullo” en esos lugares. Si aquel sentimiento, siguiendo a la conocida frase de Carlos Jáuregui, era una respuesta política contra la normatividad y su “vergüenza”, ¿pueden los medios y el mercado mostrarse “orgullosos” cuando son los mismos que proponen formas de vidas cerradas, muchas veces limitadas a imaginarios políticos conservadores y de derecha? En definitiva: ¿cuál es el “Orgullo” del que se jactan las empresas? Una lectura posible es aquella que aquí compartimos y propone teñir de sospecha a las alianzas que se tejen entre el capitalismo y ciertos sentidos LGTB+ que suelen simular una lucha conjunta hacia la igualdad, pero en realidad atentan contra ella. Un ejemplo de ello puede situarse en la ciudad de Córdoba. En semanas pasadas, el monumento conocido como “El Faro” se tiñó de los colores de la diversidad y fue motivo de charlas y fotografías que inundaron las redes. Sin embargo, hace poco más de un año, el mismo gobierno municipal de Córdoba hizo silencio absoluto cuando una banda de sujetos reaccionarios y cuasi-fascistas se presentaron en el Parque Sarmiento y, al grito de defender una perspectiva blanca, católica y heterosexual del país, decidieron que los colores de la bandera LGTB+ no podían ser parte de Argentina. La política se nutre de gestos y épicas que necesitan, en momentos de adversidad, decisiones que dan origen a mundos posibles: hace poco más de un año, la municipalidad cordobesa decidió hacer silencio y privilegiar la intolerancia. En la misma línea podríamos hablar del “Código de Faltas” (luego llamado “de Convivencia”) que era empleado por el personal policial cordobés, con la clara venia de sus poderes políticos, para castigar y molestar a cualquier pareja no heterosexual que se abrazara o besara en la vía pública: la Córdoba de las campanas, como solía definirla despectivamente Sarmiento, nos acusaba de “afectar la moral pública”. Estos ejemplos valen como un disparador: aunque Córdoba se vista de “Orgullo”, conservadora queda.

En los tiempos de la política, donde la violencia se contrapone a la hospitalidad en su lucha por un mundo posible, las alianzas entre ciertos sentidos hegemónicos de la diversidad y las derechas políticas muestran un “Orgullo” que, en sentido concreto, no parece ser más que una apuesta hacia la derechización de las diversidades. Un ejemplo de esto es Madrid donde la candidata Isabel Díaz Ayuso resultó ganadora en las elecciones celebradas el 4 de mayo de 2021. Díaz Ayuso ganó gracias a una alianza de las derechas españolas: el PP y Vox, y su victoria estuvo impulsada por una campaña constante contra las restricciones a causa del covid (cierta prédica que comparte con nuestra derecha). Lo curioso (o tal vez no) es que a pesar de ser el nombre de las derechas más fuertes de España, Díaz Ayuso obtuvo un apoyo muy importante por parte de los “barrios gays” de Madrid. Para algunxs analistas esto era complejo de entender. Para nosotrxs, sin tinte soberbio alguno, no presenta extrañeza: la diversidad que abiertamente apoyaba a Bolsonaro en Brasil o a Macri en nuestro país es muestra categórica que, como se dice popularmente, “lo puto no te quita lo facho”. El mismo día que Raffaella se iba, que los portales informaban sobre el crimen de odio contra Samuel, el ayudantamiento de Madrid reprimió a cientxs de manifestantes que exigían en sus calles justicia por el asesinato homofóbico. En ese gesto se muestra, tal vez, la verdad de las alianzas entre los sectores capitalistas y la diversidad: el gobierno madrileño reprimía con la misma violencia que horas atrás “legitimaba” a los asesinos de Samuel. El “Orgullo” que el mercado y algunas derechas ostentan en junio, ¿no será el “Orgullo” de que la diversidad ahora se acoja a su perspectiva neoliberal del mundo?

 

En la era de la homonormatividad

Creemos que respecto a esta pregunta la teórica feminista Jasbir Puar puede auxiliarnos. Ella explica que ocurren apropiaciones dentro de los movimientos disidentes por parte de las normas que operan detrás de los discursos liberales, capitalistas, laicistas y blancos. A esto Puar lo ha denominado “hegemonía de la blanquitud”, sintagma que pone en relieve una particular gestión de los cuerpos en donde se delinean los sujetos aceptables y aquellos intolerables; los sujetos homonormativos y aquellos que se caen de la hegemonía. La blanquitud entabla relaciones profundas con las “ideologías (neo)liberales de la diferencia (comerciales, culturales, o ambas) que se corresponden con una “adecuación al capitalismo” y prometen, en última instancia, la “incorporación al sueño americano”” advierte Puar. Como cualquier norma, incorpora a otros cuerpos y sujetos por fuera del heterosexual-blanco, a través de una internalización del neoliberalismo, y de una subsunción que no implica de manera estricta la heterosexualidad en tanto práctica, sino la heteronormatividad como sistema. Es decir, aunque no entrañe una sexualidad heterosexual, sí trae consigo una forma de vivir esa sexualidad que es heteronormativa, teniendo a la monogamia como principal dirección. El teórico feminista Eduardo Mattio explica que se produce “[u]na nueva homonormatividad, que no discute los presupuestos e instituciones heteronormativas, sino que las define y sostiene, resume toda la promesa de una cultura gay anclada en el consumo y la domesticidad”. De este modo, el proyecto hegemónico de la blanquitud se nutre con el apoyo de las minorías sexo-genéricas que “participan de las mismas hegemonías económicas e identitarias de los sujetos heterosexuales”. Ambxs autores proponen la noción de sujeto homonormativo, que permite comprender los desplazamientos actuales dentro de los movimientos LGTB+ que concretan encuentros con las nuevas derechas neoliberales. Este sujeto homonormativo encarna una sexualidad disidente pero en sintonía con la heteronormatividad, los discursos nacionalistas, neoliberales y raciales. Y es a través de este nuevo sujeto normativo de la cultura gay mainstream que se evalúan otros cuerpos racializados y sexualizados que quedarán por fuera de lo normativo, o que deberán ajustarse a esos ideales normativos para poder ser reconocidos.

Nadie puede destruirnos

Una fotografía del artista y performer trans Cairo muestra un lienzo con la siguiente frase bordada en hilo rojo: “nadie puede destruirme” (2). Diez años antes de que la performance y la fotografía existieran, José Esteban Muñoz afirma en Utopía queer (una traducción problemática de Cruising utopia) lo queer se sitúa en el porvenir, “puede deslizarse a partir del pasado, y usarse para imaginar un futuro”. En contra de una lectura paranoica/ pesimista que cae en la pasividad y la falta de imaginación política, surge la necesidad de pensar desde un lugar disidente que reflexione de manera crítica sin caer en las formas dominantes. Para Muñoz el sentimiento utópico supone un modo de análisis asociativo que capta en el presente un futuro incipiente, una apertura. En palabras del mismo autor: “la utopía queer es una modalidad crítica que plantea que los gestos cotidianos están cargados de potencialidad”.

En Utopía queer hay un poema de Bishop lleno de potencia llamado Un arte: “El arte de perder se domina fácilmente/tantas cosas parecen destinadas a extraviarse/que su pérdida no es ningún desastre”  hacia el final “incluso al perderte (la voz bromista, el gesto/ que amo) no habré mentido. Es indudable/que el arte de perder se domina fácilmente./ Así parezca (¡escríbelo!) un desastre”. Muñoz llama la atención sobre los comentarios entre paréntesis, el potencial que encierran. Comunican una huella queer, un salto del presente agobiante que clausura las vidas queer; al mismo tiempo, señalan un presente abierto. La pérdida atraviesa la historia del colectivo LGTB+. Como nos dice el poema de Bishop, hay cosas que parecen destinadas a perderse, y eso no es ningún desastre. Esto no quiere decir que se acepte la pérdida como un destino a la tragedia griega. Antes bien, nos obliga a rescatar una y otra vez los rastros efímeros. Dirá Muñoz “en esos actos, hay algo incrustado, huellas que tienen una materialidad indeleble”. Al decir “escríbelo” en itálica, entre signos de exclamación y en imperativo, Bishop está pidiendo que salvaguardemos la memoria. Tal como hace más de medio siglo Primo Levi insistía con la necesidad de testimoniar, Bishop y Muñoz nos están indicando que salvemos en la narración la pérdida.

Se fue Samuel, se fue Raffaella, se fue Berlant, Forn, Horacio González, y tantxs otrxs. Con la tristeza y la ira, no a pesar de ellas, seguimos insistiendo en la existencia. Estamos acá, y nuestros momentos de plenitud fracasada respecto a las normas hegemónicas se presentan y se sienten como breves astillas de un mundo por venir, un mundo que ya está acá pero que anticipa un horizonte de apertura. Si lo queer es aquello que no está del todo aquí, no está del todo en nuestro presente, encontramos en esa no-clausura la posibilidad de escapar deseantes hacia el futuro. Otrxs seguiran amando, deseando, y existiendo antinormativamente. No estamos solxs.

Tenemos para nosotrxs las palabras bordadas de Cairo: “Nadie puede destruirme”.


(1) Agradecemos a la teórica feminista Ianina Moretti la esclarecedora metáfora “acostumbrar la vista”, que permite orientar la reflexión de un modo más adecuado. En lugar de la luz de la razón, el pensamiento debe moverse a ras de los objetos sobre y con los que se propone indagar. Muchas veces esto implica resignar luminosidad, resignar convertir el mundo a la imagen del conocimiento ya preconcebido; lo que “se gana”, si hay algo aquí para ganar, es una nueva veta, un camino que se bifurca, una apertura.

(2) El material se encuentra accesible en el sitio web del artista https://solencairo.wordpress.com/nadie-puede-destruirme/

 


Bibliografía

Mattio, E. (2019). “Felicidad obligatoria y fracaso marica. Notas para una gramática disidente de las emociones.” en Sentirse precari*s. Afectos, emociones y gobierno de los cuerpos, ed. Ianina Moretti y Noelia Perrote. Córdoba: Editorial de la UNC, p. 111-128.

Muñoz, J. E. (2020). Utopía queer. El entonces y allí de la futuridad antinormativa. Buenos Aires: Caja negra editora.

Puar, J. (2017). Ensamblajes terroristas. El homonacionalismo en tiempos queer. Barcelona: Bellaterra.

 

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