Domingo eterno en un mundo desolado

[Domingo. Soledad. Cuarentena. Pandemia. Coronavirus. Edward Hooper. Alexandra Kohan. Ansiedad. Martin Kohan]

Entonces, primer tiempo: el mundo.
Segundo tiempo, la escena sobre la cual
hacemos subir ese mundo.
Jacques Lacan

por Milena Ezenga

“Se está solo en una casa. Y no fuera, sino dentro”, escribe Marguerite Duras [1]. Después agrega: “La soledad no se encuentra, se hace. Yo la hice.”

Y es que la soledad se crea, requiere de un esfuerzo, porque es casi un imposible. Aun cuando confieso “estoy sola” admito de entrada una paradoja. Ya con decirlo implico a un testigo de mi soledad [2].

Es el primer día de cuarentena. Sé que voy a pasar varias semanas en mi casa. Me preparo para eso y armo un escenario: limpio cajones, miro los edificios desde la ventana, altero el orden de los muebles y de los objetos.

Pienso en personajes solitarios, en los excéntricos, los ermitaños. Encuentro ahí cierta belleza: un hombre sale de su cueva y descubre que la guerra de la que se escondió terminó hace años; una mujer encuentra una habitación para sí misma y escribe; un caminante consigue verlo todo tras meses y meses de errar.

Hay una pintura de Edward Hopper en que una mujer mira a través de una ventana. Las paredes desnudas de la habitación y el sol de una mañana silenciosa sintetizan una soledad triste pero bella. Quizás por su misma imposibilidad es que la soledad nos resulta tan atractiva.

Sin embargo, durante estos días de aislamiento lejos estuve de percibir esa belleza.

 El mundo funcionando sin el mundo

Ya lo han dicho varios artistas: para crear es necesario a veces recluirse. El aislamiento, recomiendan los expertos, es la oportunidad para desplegar las posibilidades de invención. Yo obedezco, me siento a leer y tardo horas en pasar de la primera página.

Dicen también que es el momento para retomar el contacto con amigos olvidados. Hago una videollamada y al cortar encuentro las cosas en su sitio, en el mismo lugar que les asigné antes de hablar. Me descubro de vuelta en este escenario que armé, pero en el que finalmente no tengo ganas de actuar.

Imaginamos, advierte Alexandra Kohan [3], que la reclusión nos iba a dar ese tiempo del que antes precisábamos para suspender y silenciar el mundo y así habitar la soledad como un refugio. De lo que no nos percatamos es que para resguardarnos del mundo tenía que haber un mundo. Lo que sucedió fue exactamente lo contrario: “el mundo nos silenció a nosotros, el mundo se detuvo y nosotros quedamos pedaleando en el aire”.

O es que, como también un Kohan [4] esbozó, hay un mundo, pero ya no es el que está ahí afuera. La idea de mundo que teníamos hasta el momento designaba un todo que no lo era de manera estricta. Como en un ejercicio de metonimia colectiva, tomábamos una parte y con esto designábamos al mundo entero, sin abarcarlo por completo: al primer mundial de fútbol asistieron unos pocos países; de las guerras mundiales participaron, también, sólo algunos. Y no obstante, la metonimia funcionó. Quizás esta sea nuestra primera experiencia con un mundo que por fin realiza de manera absoluta y definitiva la idea de un mundo entero, sin márgenes, que no admite nada por fuera de él. Como en El Aleph de Borges, escribe Martín Kohan, para ver al todo, para asistir al universo en su totalidad, había que meterse en el sótano de una casa.

Y entonces la pregunta ya no está en cómo fugarse de ahí, de ese mundo en su versión única y completa. Antes que eso tiene que haber una excepción, un lugar al que ir. Si no hay la posibilidad de un afuera, ¿adentro de qué me voy a resguardar?

Estoy, sí, aislada tras la puerta de mi casa, pero tampoco acá encuentro un refugio. Menos aún el silencio.

Llueven las instrucciones sobre cómo subsistir en el aislamiento. La proliferación de consignas para sobrellevar los días es tan exponencial como el recuento de casos. Desde el momento en que se anunció la posibilidad de la cuarentena obligatoria se anticiparon con velocidad millones de escenarios posibles. Se multiplicaron como un eco del “sí, se puede” que tanto nos hartamos de escuchar.

Material y tiempo están disponibles. Se liberan revistas, series, libros, películas. Lo que nunca pensamos es que aún con todo eso íbamos a encontrarnos con este vacío aplastante.

Al discurso voluntarista y la exigencia de productividad durante la cuarentena le respondió el reclamo por el derecho a no hacer nada. Porque si algo faltaba, es que nos sintiéramos culpables por no ser creativos en este estado de cosas. Y eso nos alivia un poco, hasta que escuchamos que si nos llenamos de tareas es porque le escapamos a la introspección. Que si hay angustia es porque tenemos que sentirla, aunque ya no se la soporte.

En Twitter, alguien escribe: «En estos días de imperativos, el único que me va es el “hacé lo que puedas”»

Suspiro.

 “Si no te beso es porque te quiero”

El escenario de la soledad sólo admite la improvisación. Entonces, inventamos mil maneras de encontrarnos en este mundo desolado. A veces lo conseguimos.

Quizás de lo que se trata es de buscar la manera de advertir esos detalles, esas señales minúsculas que descubren que estar en soledad nunca es estar tan solos. Porque ya desde el principio fuimos entregados al otro. El otro es quien nos sostiene aun cuando no nos toca. “Si no te beso es porque te quiero”, escucho en la televisión. También leí por ahí: extraño tomar del mismo vaso, los roces, tu presencia tangible.


[1] Marguerite Duras (2000). Escribir. Barcelona, España: Tusqets Editores.

[2] Anne Dufourmantelle (2019) Elogio del riesgo. Buenos Aires: Nocturna Editora.

[2] Alexandra Kohan (2020). “El mundo se detuvo y quedamos pedaleando en el aire”, entrevista realizada por Bautista Veaute para la Revista Mate. En https://www.revistamate.com.ar/2020/03/alexandra-kohan-el-mundo-nos-silencio-a-nosotros-el-mundo-se-detuvo-y-nosotros-quedamos-pedaleando-en-el-aire/

[2] Martín Kohan (2020). Episodio 1: ¡Hola, mundo! Centro Cultural Kirchner. En http://cck.gob.ar/eventos/hola-mundo-de-martin-kohan_3833

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