El affaire Paulina Cocina (o la interdisciplinariedad es la sal de la vida)

[Paulina Cocina. Youtuber. Cocinera. Interdisciplinariedad. Doña Petrona. Narda Lepes. Hermana Bernarda. Lele. Francis Mallmann. Immanuel Wallerstein]

por Abril Fernández 

Puede parecer un problema de gente blanca, pero al parecer una guerra estalló en las redes luego de que cierta cocinera youtuber muy popular fuese atacada a través de comentarios dejados en sus redes. Sí, en un contexto de pandemia, de personas que no saben qué van a comer mañana o que ni siquiera tienen acceso a Internet, este se vuelve un asunto bastante superficial. Pero es un perfecto punto de apoyo para mostrar una idea que tengo hace rato: ninguna persona medianamente interesante se dedica exclusivamente a una sola cosa.

Y menos en el ámbito de la cocina nacional.

Haciendo historia

Ojo, no dije “en la gastronomía”, que es una gran liga con sus mambos y sus criterios, que conozco muy poco y no vienen al caso en este artículo. Dije “en la cocina nacional” y con eso quiero recortar mi universo al de cocineros y cocineras que, a través de la tele principalmente, se dedicaron a enseñarnos a hacer de comer.

Si empezamos con Doña Petrona, por ejemplo, cualquier revisión de su biografía sostiene que no se consideraba cocinera sino ecónoma. Esto suena a que se especializaba en enseñarte economía del hogar. Claro que en EEUU, por ejemplo, la economía del hogar es al menos una materia del secundario. Acá no se habló tanto del asunto, y la palabra sirvió para disfrazar el hecho de que Doña Petrona era la encargada de popularizar el uso de las cocinas a gas de la mano de, claro, una marca de cocinas a gas. Es decir que la primera cocinera recontra popular del país era una influencer. Venía a decirte “no te preocupes, esto no va a explotar y la comida te va a quedar así”.

Después fueron apareciendo otros programas de TV que sirvieron de plataforma a más de unx con ganas de mostrar sus destrezas. Y todxs, al menos todxs los que yo recuerdo, tenían ese “algo más”. Narda Lepes, por ejemplo, desdramatizaba la experiencia de moverse entre las ollas con anécdotas propias. La Hermana Bernarda era una monja que parecía un personaje de posguerra europeo y cocinaba como tal. El Lele era un chabón que tenía gorra y tatuajes y en su programa mostraba de la manera menos editada posible lo que significaba trabajar en un pequeño local porteño. Juliana López May te decía “vamos a hacer una ensalada” y se iba a cosechar verduras de su propio huerto, ante las cámaras, para que se te despertaran las ganas de sembrar.

Hasta Francis Mallmann, que cualquiera puede señalar como verdadero pro te enseñaba a pedir con severa mala onda la omelette en París, cosa de que te atendieran bien. Algo así como un etnólogo que tenía años de observación participante y compartía sus saberes sin costo adicional. La cocina explicada por medios audiovisuales siempre trae un “plus”, aunque hoy en día ese “plus” se haya vuelto una máxima del entretenimiento en general (cómo enganchar a tu audiencia ofreciéndole eso que sólo vos tenés).

Paulina tiene, particularmente, un paso por una carrera de humanidades. Sabe muy bien lo que es un método, un criterio, un punto de vista o el peso de cada palabra elegida para comunicar. Y esto ni se nota, a menos que uno se ponga a escucharla muy detenidamente. Elige lo que va a decir, lo enuncia claramente y por eso no defrauda. En la homogénea propuesta de su canal de videos hay muchos ingredientes muy distintos ligados con paciencia. Esto no quiere decir que hay que ponerse a estudiar algo o tener una historia de vida copada para tener éxito (soy la persona menos indicada para decir lo que hace falta para tener éxito).

Varias capas de sabor

Una palabra de ocho sílabas es lo peor que le puede pasar a un titular. Por eso la dejo entre paréntesis, pero la dejo. In – ter – dis – ci – pli – na – rie – dad, lo que sucede cuando juntamos dos cosas distintas [1]. Cuando a una carrera o profesión que elegimos para dedicarle nuestro tiempo y esfuerzo le agregamos alguna otra capa de profundidad, todo se potencia. Los conocimientos que llegan por un lugar se chocan con las experiencias que traemos de otro, produciendo en la cabeza combinaciones psicodélicas. Y ahí empieza a ponerse interesante la cosa.

Hay una falacia manejada desde hace ya bastante tiempo en torno a que los saberes deben especializarse sí o sí. Pero la especialización no es sectarización. No quiere decir que sólo me junto con lxs de mi palo porque si no se nos cae el curro a todxs. Quiere decir que es muy útil que los biólogos marinos se junten todos los años a charlar de sus temas, que haya congresos de género donde te cruces todo tipo de personas con las que ya tenés algo en común, que de vez en cuando los esfuerzos tengan un foco particular. Pero la manera en que realmente haya algo nuevo para compartir es manteniendo cada cabeza en funcionamiento también fuera de eso. Viendo cómo se conecta, “según yo”, eso que elijo hacer con alguna otra parte del mundo.

Cada persona sabrá moverse con confianza por los límites de su disciplina como para saber cuándo se estaría poniendo en riesgo un bien mayor y cuándo no. ¿Qué pasa si uso mi estrategia de tenis para pensar una obra de teatro?, ¿Y si decoro mis cupcakes con nudos celtas?, ¿Hasta dónde me llevará mi amor por el rock progresivo en los lenguajes de programación? No pasa nada.

O mejor dicho: pueden pasar muchas cosas, divertidas o bizarras, pero nunca aburridas. Un ánimo explorador y experimental no tiene miedo de equivocarse, porque no está buscando ganar, ganar y ganar siempre. Esa meta desabrida puede disfrazarse de profesión, pero no por mucho tiempo.


[1] Immanuel Wallerstein es un autor que adora esta idea de repensar los límites entre disciplinas y tiene varios textos interesantes sobre el asunto.

 

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