#11 El amor también es una canción

[Cartas de amor. Amor. Música. Canción. Corazón. Playlist. Alma. Olvido]

Un día nos propusimos escribir cartas de amor, esta es la número 11.
NEC

Autor: Santiago Miranda (@santi.miranda98)
Ilustración: Efímera Gris  (@efimeragris)

Entonces, escribo esta carta para quien escucha: ¿alguna vez te preguntaste cómo suena el amor?

Y antes de que respondas, te invito a que recuerdes, a que apoyes el oído sobre el lugar más cercano a tu memoria y a que pienses en aquella playlist a la que le pusiste un nombre tan críptico como el emoji de un corazón partido y que llenaste de igual manera con unas dosis desbordadas de serotonina y con otras envueltas por una melancolía disparada a quemarropa, combo perfecto para inyectarse en esas noches de la semana en las que no sucede demasiado.

O que incluso vayas más atrás, a aquellos momentos en los que sí sucedió algo, a aquella vez en la que caminabas por la calle con los auriculares puestos y, en el pico climático de una canción, levantaste la cabeza para cruzar la mirada con alguien y sin previo aviso ni grandes anuncios y sin que nadie alrededor se percate, algo pasó, algo posiblemente inexpresable, pero que sabías con total seguridad que aquella persona también había sentido y que de ahí en más se volvió su secreto.

Te pido que pienses en esos días normales en los que el mundo de repente se frena y el tiempo se suspende para que arranque otro, uno que ya no se mide en pasado, presente y futuro, sino en frecuencias acústicas, ondas de vibración que expanden sus partículas de sonido en el aire como polen y hacen que el espacio se ensanche y pierda la gravedad hasta convertirse en un microcosmos de cuerpos flotantes que se atraen, se chocan y se funden en baile.

Hay quienes dicen que ya no se hacen buenas canciones de amor, que son cosa de otro tiempo (como los discos, las cartas y las cursilerías pronunciadas en público). Pero esto no se trata de un ejercicio nostálgico, ni mucho menos de himnos románticos de un pasado irrecuperable, sino de algo más primigenio, de rescatar el efecto que cualquier canción puede tener y de que la música, así como algunas de las pocas magias que sobreviven en nuestro universo, tiene el poder para hacer que un instante sea infinito.

Creo que hay canciones que se resisten a desaparecer, que hay melodías que el alma abraza y protege del olvido, que viven con nosotros hasta el resto de nuestros días. Y quizás el amor sea una de ellas, una canción que no envejece y que suena a algo parecido a todas nuestras primeras veces, a la memoria de los besos que todavía no dimos, a los gestos cómplices guardados en el recuerdo como secuencias cinematográficas, a las palabras que crean los amantes de noche y que a la mañana siguiente se las cantan el uno al otro en voz baja al oído.

Pero también creo hay que estar atentos y que si hay un pentagrama invisible sobrevolando nuestros cuerpos, si es que hay escalas de notas siendo tocadas permanentemente a nuestro alrededor, si es que hay un punto sordo en el espacio esperando a ser destapado con una canción adentro que nos llama, tenemos que ser capaces de abrir nuestros oídos, de reconocer el sonido del río agitando su agua dentro de un iris verde y miel, el de los labios encontrando su peso en la densidad de la piel, el de las paredes siendo derrumbadas por un abrazo, el del acorde que forman las risas al unísono, el de la lluvia mojando unas manos que se tocan con la punta de los dedos. 

Porque la historia de las pequeñas cosas también tiene su música e incluso, si cerrás los ojos y hacés solo un poco de silencio, podés comenzar a sentirla.

¿Lo escuchás? Así es cómo suenan los corazones de quienes amamos.


PD: El amor también es una canción – playlist

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