El Estado, los escritores y el Servicio Secreto

[Estado. Discursos. Poder. Servicios secretos. Ricardo Piglia. Alan Pauls. Matilde Sanchez. Televisión pública. Espionaje. D’Alessio]

“Que la historia hubiera copiado a la historia ya era suficientemente pasmoso;
 que la historia copie a la literatura es inconcebible…”
Borges

por Diego Rach (@tre393)

En 1996, Ricardo Piglia fue entrevistado por Alan Pauls y Matilde Sánchez para el programa DNI Incidentes transmitido por Televisión Pública. “Delirio y Poder” todavía puede encontrarse en Youtube y seguramente si tenés ganas de despojarte de unos veintipico de minutos vitales, vas a encontrar un par de golazos para las turbulencias del lunes. En ella, Piglia menciona una de las obsesiones que recorre su obra literaria, las narraciones del poder y del complot. Pero sobre todo, plantea un contrapunto interesante: el antagonismo entre el escritor y los servicios secretos.

¿A quién se le ocurriría poner en un ring a D’Alessio y a Leonardo Oyola? Imaginate un Jenga entre Jaime Stiusso y Beatriz Sarlo, o un fútbol-tenis entre Romina Manguel y Martín Kohan. ¿Qué significa esta contraposición? ¿Cómo se ejerce un servicio al secreto? ¿Es este servicio un dominio oculto del poder? ¿Puede pensarse este servilismo del secreto ligado a la lengua y a la narración? ¿No es acaso el servilismo de la lengua una forma de narrar conforme a las exigencias del poder?

Piglia plantea un argumento interesante: el escritor trabaja en un universo en el que el Estado no puede intervenir de manera directa, una especie de zona liberada para tirarse a cuatro patas. La contrariedad del escritor emerge cuando este se encuentra con «lo social», con el universo en el que el Estado opera de manera densa y continua sea en el disfraz de yuta vigilante, de cobrador de impuestos o de aumentador serial de la luz. Entonces, el antagonismo entre la libertad de la pluma y la opacidad apabullante del poder se manifiesta.

Ahora bien, el problema es que el Estado es también un Gran Narrador, un productor masivo de fuerzas ficticias. Entonces, podríamos pensar que el parentesco entre el escritor y los servicios secretos (los escribas del poder) se estrecha. La técnica y la estrategia narrativa se entrelazan, y los productos de ese encuentro entre la realidad y la ficción se imprimen en la prensa en forma de realidades alternativas, tergiversaciones y complots.

Todo esto tiene que ver, en definitiva, con el vernáculo asunto de la verdad. Finalmente, no es tanto la verdad la que se pone en juego en la narración oficial, sino más bien su imposibilidad, la incesante proliferación de versiones, la entrega secuencial de una verdad fragmentada. Cada semana un nuevo descubrimiento en el prime time. Una parodia mezcla de policial por folletines y novela del canal de Las Estrellas. La posverdad si le quieren poner un nombre del boom gramatical del momento.

En 2014 se publica Antología Personal de Piglia, donde figura un par de textos fabulosos, entre ellos Teoría del Complot. Allí plantea algunas cosas a propósito de esa lectura entre líneas que caracteriza al lector moderno, con una mirada paranoica, mezcla de censor y confabulador. Lo que me parece interesante es que también plantea una crítica a esa necesidad vigilante sobre las palabras. «El exceso de información produce un efecto paradojal, lo que no se sabe pasa a ser la clave de la noticia. Lo que no se sabe en un mundo donde todo se sabe obliga a buscar la clave escondida que permita descifrar la realidad».

Lo que hoy reina por doquier es eso que Piglia enuncia como «exasperación de la interpretación», esa ubicua exigencia de develar el reverso de los signos, el imperativo de encontrar bajo la piedra el secreto angular del poder. Tejer cada uno su propia versión, la panacea democrática de los servicios. En definitiva, lo que nos gobierna es la absoluta creencia de que existe algo oculto en el poder. Pero no solo esto, sino además, que lo oculto es la esencia del poder y por lo tanto la tarea es develarlo. Lo que por otro lado, se manifiesta como una tarea infinita y titánica.

El poder de los servicios secretos no solo extrae su fuerza del hecho de saberlo todo, la creencia de que su poder es inalcanzable e inagotable la complementa. La creencia de que todo es conocido nos anula y nos afantasma. Salvando los abismos, es lo mismo que pone a jugar Borges con la literatura, si todo ha sido escrito solo queda reescribir, ensamblar citas perdidas, componer maquinarias con partes usadas como esa bici fachera del barrio, mezcla de monstruosidad y exotismo.

Es cierto que en un mundo en el que los dioses ya no definen nuestra suerte, creemos que la dicha o la desgracia son el juego de fuerzas oscuras que traman la información, tejen versiones y contraversiones, ponen patas arriba a Galileo y financian la ideología de género. De este corolario extrae Piglia una enseñanza: hay que construir un complot contra el complot. Y para ello plantea una labor, una práctica, una militancia: construir la mirada artísitica antes que la obra de arte. En definitiva, alterar el sentido de las narraciones del poder: poner en duda no ya lo que el texto nos dice, sino el modo en que nos invita a leerlo.

Quizá ante el despojo de las fuerzas que el servilismo de la
lengua exprime en nuestras vidas, apenas nos quede la burla que suena de la
boca de Roberto Bolaño en la biografía del poeta menor Henri Simon Leprince: «Para muchos, a la sombra de las revanchas
políticas, ha llegado la hora de las revanchas literarias.»

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