El eterno revival de los ’90: sentirse joven hasta el infinito y (no) más allá

por Maribel Díaz Romero (@maridiazromero)

No está de más aclarar que, si nacimos en la segunda mitad de los ‘80 y en los primeros años de los ’90, no somos Generación X. Pero la vivimos de cerca. Digo, hemos estado al costado de esa brecha generacional. Esos chiquitos que crecimos en esa década, somos probablemente las personas más molestas en Internet. Constantemente no hacemos más que hablar a otras generaciones y hablar sobre qué-tan-grandes eran los ’90. Hemos llegado a explicarles a nuestros abuelos, casi con orgullo, las maravillas del correo electrónico. Aprendimos a configurar el reproductor de DVD para que nuestros padres guarden sus queridos VHS que sólo juntan polvo en alguna repisa de la casa. También discutimos con nuestros parientes o conocidos más jóvenes sobre cómo las relaciones han cambiado desde esos días. Ejecutamos, de manera cuestionable, cualquier argumento que defienda a Nirvana como la mejor banda del planeta, sabiendo que no es así, o ¿no? Como parte de esa generación, que no es X -pero quisiéramos ser parte sólo porque suena lindo-, naturalmente, nos hemos adaptado la perfección a los cambios del mundo. Pasamos sin problemas la transición de los walkmans, los reproductores de CD a los iPods. Nos graduamos de MSN con Facebook y Twitter con honores (?). Cambiamos los bloopers de programas de TV para ver videos en YouTube.

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Sí, fue un gran cambio para manejar en un período tan corto de tiempo. Pero no hay nada que una generación joven y moderna como la nuestra pueda manejar, claro. Mientras que para los miembros reales de la X más gastada, “hashtag” es simplemente un numeral y los emojis de la mensajería instantánea son un lenguaje secreto, entendidos solamente por los demás, o sea nosotros, nos sentimos seguros con los cambios. Hasta que un día nos encontramos con una lista sobre los ’90 en Internet. Ay, esas listas. Por un momento, nos hacen sentir como si formáramos parte de un grupo selecto de genialidad, pero también nos obliga a darnos cuenta de cuánto tiempo ha pasado. Entonces nos preguntamos frente al espejo, ¿Soy lo suficientemente viejo/a para esta nostalgia? Y ese golpe, directo pero no tan doloroso al final, era todo lo que necesitábamos para catapultarnos a cientos de kilómetros de distancia del centro de la “generación joven” que pensábamos que todavía éramos parte. De repente, nos damos cuenta que ese sujeto frente al espejo, que estaba coqueteando con la supuesta juventud, es un fucking “adulto”. ¿Cómo pudo pasarnos a nosotros? ¿Cómo podríamos ser tratados como viejos? Los años 90 fueron no hace mucho tiempo. Verificando en la realidad, puede parecer complicado sentirse “viejo”. Fuera de la misma, todo lo que realmente significa ser “vintage” hace que todo lo tomemos de la manera más agradable.

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Porque estamos bajo un asalto frontal de nostalgia que nos recuerda constantemente a los años ‘90. Nuestras defensas han sido neutralizadas por el resurgimiento de ciertos elementos, de tal manera como si no pudiéramos escapar. Como si no pudiéramos olvidarnos de esa década para sentirnos jóvenes todo el tiempo. ¿Es este el punto de inflexión en el que todos nos damos por vencidos en la idea de que vivimos en el presente y, en cambio, terminamos en un circuito de retroalimentación baudrillardiana [1] donde revivimos los ‘90 hasta el infinito? Es una sensación así como resbaladiza, que nos mueve escuchando Nirvana y Radiohead irónicamente mientras hacemos el pasito de La Macarena. A ver, no hay duda de que había un montón de cosas buenas en esa época. Pero por alguna razón, el advenimiento de nuestra amada Internet nos demuestra una mitificación implacable de la época, que nos ha traído hasta este planteo. La verdad es que también había un montón de cosas que no valían la pena.

Cositas de mierda. Si nos fijamos en las listas de Buzzfeed -ese sitio en donde todos pensamos que generamos contenido- los años noventa fueron una época en la que se aceptaban muchas de esas cosas que ahora consideramos sobrevaloradas. Es increíble cómo, los-no-miembros-reales-de-la-Generación-X, nos apropiamos de la mayoría de sus productos sociales y culturales, así como parte de algunos escritores: Irvine Welsh, Chuck Palahniuk, Nick Hornby o Douglas Coupland, donde en dicha década encontraron realmente su lugar. Esto nos lleva a otra incógnita, casi necesaria: ¿existió una Generación X? La opinión mayoritaria es que no. Dicen los que saben que fue un invento de los medios de comunicación para vender revistas, ropa, libros y discos. Una oportunidad que, cuando se agotó, la dejaron seducida y abandonada. Algunos apuntan que estamos viviendo los últimos coletazos de la Generación X. Que aún no ha habido ruptura y que el cambió está a punto de producirse. No sé, esperemos que los más jóvenes que nosotros se hayan dado cuenta, desde la silla frente a la PC, que los años 90 no merecen nuestra nostalgia. Estaría más que bien deshacerse de ellos.

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Ya vuelvo. Me voy a quemar todas las listas en Internet.

Quedan advertidos.

***

[1] “No se trata de ya de imitación ni de reiteración, incluso ni de parodia, sino de una suplantación de lo real por los signos de lo real, es decir, de una operación de disuasión de todo proceso real por su doble operativo, máquina de índole reproductiva, programática, impecable, que ofrece todos los signos de lo real…” BAUDRILLARD J.- Cultura y simulacro (1991) Ed. Kairós. Barcelona. Pag. 11


 

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