El evangelio según Ricardito

por Emilia Pioletti (@milipioleti)

1997. Llegan unos objetos rectangulares que aparentaban ser comida para pollos comprimidas.Desembarcan sin bombos, sin platillos, sin gloria y sin pena, las barritas de cereal. En pleno idilio de la pizza y el champagne, los kioskos emulaban sin saberlo, el último grito afónico de la moda diet de Miami. ¿A quién debemos tamaño honor? A Ricardo Fort. Como un Charlie del subdesarrollo, Ricardo se convirtió en uno de los herederos de la Fábrica de Chocolate Fel-Fort y el vanguardista de las barras cerealeras. Sin embargo, con la rebeldía de los anabólicos y los tacos chinos hechos de cartílago en los talones, Ricky desoyó el mandato familiar y cambió las golosinas por la carrera artística. Ahora bien, podemos discutir el resto del día sobre qué es el arrrte. Aparentemente para Ricardo, era algo tan amplio que le permitía soñar con ser cantante, dirigir su propio reality show y convertirse en jurado de un certamen de baile. Así fue que el nuestro muchacho golosinas anabólicas, terminó el colegio secundario, viajó a Estados Unidos y vivió durante 15 años en MAIAME (sic). Sin que sus cuerdas vocales conquisten a nadie, volvió vencido a la casita de sus viejos. La calle Gascón al 329, barrio de Almagro, volvía a contar con el Transformer musculoso enfundado en jeans entre sus filas.

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Luego de desfilar por estudios televisivos chimenteros e intentar entrar a la fama cantando en un programa que conducía Carmen Barbieri en los ’90, decidió que su vida de derroches, viajes y arte kitsch era lo suficientemente interesante como para tener su propio reality show en América TV: Reality Fort que luego mutó a Fort Night Show. Habiéndose convertido casi en una personalidad destacada del arte -si nos basáramos en lo criterios de la escuela macriana– llegó a tirar unos pasos al gran espectáculo bate-ratings del país: Bailando por un Sueño. Movió un poco las caderas y se catapultó hasta el sillón del jurado. Desde allí, la fama no paró jamás. Teatro, entrevistas, fotos, dinero, viajes, peleas mediáticas, novios, novias, ambos.

Un día de 2013 nos desayunamos con que el hombre-show, había muerto. Y ahí explotó la Matrix porque nadie supo cómo actuar. Los medios de comunicación, que habían nutrido su carnicería despiadada de las vísceras frescas de Ricardo y todo su entorno, no supieron muy bien qué decir. Había dolor, había burlas, había responsabilidad periodística impostada. ¿Había que reírse? ¿Había que llorar? Confusiones que se diluyeron cuando su madre, Marta Campa de Fort, llevó media tirada de su disco para repartir en pleno entierro en el cementerio de Pilar. Show Must Go On. 

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Ricardo es dinero. El dinero es números. Quinientos sesenta y tres mil quinientos veinte personas. La mitad de la ciudad de Córdoba. Un poco menos que los habitantes de Mar del Plata. Todos seguidores del muchacho golosina.

Marc Angenot define el discurso social como todo lo que se dice, se escribe en un estado de sociedad, todo lo que se imprime, se habla públicamente o se representa en los medios de comunicación. La hegemonía  indica cuáles son los temas aceptables, las maneras tolerables de tratarlos y quién puede decir qué y en qué circunstancias. Cuestión que Ricardo utilizó como elemento de higiene personal, se limpió sus partes pudendas y dijo lo que quiso, cuando quiso, como quiso. Subversivo y revolucionario, supo dar vuelta el tablero del academicismo y convertirse, post-mortem en un referente: material de consulta permanente ante las situaciones más disimiles de la vida. Después del paso a mejor vida, es fácil subir algunos puntos de imagen positiva. Todo muerto era bueno. Pero el caso aquí es otro. Porque Ricardo supo resumir a puro tipeo y Bloq Mayús las grandes verdades universales que trascendieron a la desaparición de su cuerpo lleno de artificios estéticos.

Ricardo es inmortal, inquietantemente acertado, perturbadoramente vigente. La inimputabilidad, el anonimato, la protección de una pantalla, el blindaje, la ausencia de moral y buenas costumbres ciudadanas y una idea muy laxa del respeto a la otredad hacen de Twitter una red social encantadora. Vamos a poder reírnos del ChanoGate hasta el hartazgo. ¿Por qué? Porque podemos. Y porque una de las delicias de la semiótica aplicada es la semiosis infinita y esa intertextualidad que nao tem fim.

Bueno, Ricky, aflojá, sólo quería tender un manto de academicismo innecesario a la nota. Disculpame. Sigamos.  

 Ricardo, nos reúne en comunión para seguir pronunciándonos sobre todo y todos porque Twitter y opinar es gratis. Y todo lo gratis sabe a la gloria.

ElEvangelio indica además, que las competencias de cualquier tipo, ya tienen su análisis definitivo que resiste todos los archivos del universo:

Así, desprejuiciado y con el respaldo de quien se sabe multimillonario, Ricardo nos dejó en vida versículos de 140 caracteres que conforman gemas invaluables en los libros sagrados del Fortismo Ilustrado:

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Ricardo apagó la tele, pero su feligresía sigue hablando de él, manteniéndolo vivo a fuerza de retweets. Mega citado, es una especie de Dalai Lama, de guía espiritual, de literato de nuestro tiempo. Ricardo nos demuestra que no se murió, que vive en el pueblo, la puta madre que lo parió. Porque MAIAME siempre estuvo cerca. Hermanos, oremos: son los tiempos del Evangelio según Ricardo.

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