El final de Game of Thrones: un gemido amargo

[Game of Thrones. Final. HBO. David Benioff. D. B. Weiss. Night King.
Daenerys Targaryen. Jamie Lannister. Jon Snow. Sansa Stark. Arya Stark. Arco narrativo]

por Federico Frittelli (@fedefrittelli)

T.S. Eliot supo escribir allá por mediados del siglo XX una frase que muy pocos literatos y amantes de la poesía desconocen: This is the way the world ends/ Not with a bang but a whimper. Así es como se termina el mundo, no con una explosión, sino con un gemido. Con un lamento. Un mundo donde ya nada se dirime por choque de fuerzas violentas sino por decantación, un mundo donde la languidez impera sobre la épica.

Y Game of Thrones, quizás la mejor serie televisiva de la historia, terminó así, con un gemido apagado, con un lamento ni risible ni enfurecedor, con una parsimonia que fue, por fin, la máxima subversión de expectativas (falsa bandera que, hacia el final, la serie misma creyó que portaba) de los espectadores. Se esperaba muchísimo del último capítulo, incluso entre los que creemos que el penúltimo fue pobre. Nadie, ni el más pesimista, esperaba aburrirse. Muy bien, otra vez nos sorprendieron, ahora sí por última vez.

Génesis

Prácticamente nadie sabía, en la cuarta temporada, quién guionaba Game of Thrones.

¿Por qué se dice que la octava temporada de Game of Thrones está mal escrita? ¿Por qué, de repente, un producto audiovisual centra en la mira a los guionistas, David Benioff y D. B. Weiss, cuando ante cualquier genialidad siempre empezamos por el director, la cinematografía, incluso los actores antes de considerar el trabajo de guion, la fábrica de historia? Y creo, a riesgo de entrar en una paradoja, que mi pregunta se responde sola: la octava temporada está mal escrita porque ahora sabemos quiénes son Benioff y Weiss (conocidos en el ambiente como D&D, por llamarse ambos David). La forma en la que entiendo la crítica me obliga a esta explicación: considero que un producto artístico ficcional es malo cuando, sin mediar intención, la atención de su receptor pasa del producto a la producción. Cuando dejamos de preguntarnos ¿por qué hizo esto Daenerys? Y empezamos a preguntarnos ¿por qué los guionistas hicieron que Daenerys haga esto?, ahí está, en mi opinión, la génesis de una obra mal realizada.

Los rumores dicen que D&D rechazaron una propuesta de HBO de finalizar la serie con 20 capítulos para las temporadas 7 y 8. Ansiosos por un nuevo contrato con Disney para producir y guionar nada más y nada menos que Star Wars, D&D habrían sostenido una y otra vez que no se necesitarían más de 13 capítulos para atar todos los cabos y dar por finalizado el Juego de Tronos. Con el diario del lunes, podemos decir que ya empezaron mal. Se notó muchísimo la falta de esos 7 capítulos, por todos lados. Los personajes empezaron a teletransportarse de una ciudad a otra porque ya no había tiempo para larguísimos viajes como el del Perro y Arya en las temporadas anteriores. Las elipsis se intensificaron, los diálogos se acortaron y, al acortarse, optaron por el punch line y los cortes de cámara abruptos (epítome de esto: la escena donde Jon cuenta a sus hermanas Stark que él no es su hermano sino su primo, y en vez de obtener las reacciones faciales de dos grandes actrices y dos fabulosos personajes, se corta a negro y cambia la locación de la próxima escena). Para cualquier observador no demasiado incisivo, la serie al menos había cambiado.

Y luego sucedió el tercer capítulo de la octava temporada. Es imposible engañarse en este punto: bajo cualquier perspectiva, previo a ese capítulo, el antagonista de la serie era el Night King. Su fuerza era la más temible, sus motivos los más inciertos y por tanto imposibles de empatizar, su maldad más pura por lo injustificable. La serie, que se había vuelto maniqueísta, había decidido que esto fuera así en la séptima temporada que es ni más ni menos que un preludio enorme para ese capítulo. Y al finalizar, ya no tenemos más antagonista. Nos vemos forzados, nosotros, a que la tensión que justifica que algo sea narrado pase de un ejército imposible de enfrentar porque se nutre de sus propios caídos a una contendiente más al trono, maquiavélica sí, pero humana, terriblemente humana, terrenal y, en comparación, derrotable.

Pero hasta acá, todavía era Game of Thrones. Todavía era sin dudarlo la mejor serie de la historia.

El
fin

Repito, los últimos tres
capítulos ya no tenían propósito. La tensión liberada en el anterior fue tan
enorme que prácticamente cualquier otro final respecto al trono (mísero juguete
cuando uno se enfrenta a la Muerte) daría narrativamente lo mismo. Dos famosas
palabras inundaron internet: arco narrativo. Es decir, primer indicio de que ya
no nos importa particularmente lo que está pasando sino la puesta en
perspectiva, ya metanarrativa, de los personajes hacia atrás. Ya somos todos críticos,
no espectadores.

El foco estuvo puesto en dos personajes: Jaime y Dany. Debo decir una cosa, el concepto mismo de arco narrativo que se manejó no solo en redes sociales sino en críticos, guionistas y demás enojados con el desarrollo de ambos personajes, es pobrísimo. Un arco narrativo no tiene por qué ser necesariamente un camino fijo y cultivado a lo largo del tiempo donde al final el personaje ha cambiado, evolucionado y llegado a donde la narración lo ayudó a llegar. Esta visión de la literatura y la ficción en general habría dado, con fuerza, tres historias: la del viajero, la de la redención, la del aprendiz. Y las tres son más o menos la misma, disfrazada por las circunstancias. Por lo tanto, creer que un arco narrativo si no lleva a su culminación sugerida está trunco, es simplemente un error, un error que achata la visión de la literatura como un todo: está bien que Jaime vuelva con Cersei. Se puede jugar con los arcos narrativos, decir cosas diferentes, las personas son complejas y los personajes no tienen por qué no serlo. ¿Qué arco narrativo maneja tu vida, si no? El problema fue la ejecución, nuevamente, desde el guion. Todo a las apuradas y salpicado de elipsis (¿cómo capturan a Jaime cuando a Arya y el Perro los dejan pasar?). Y nuevamente el problema, si todo el mundo habla de arco narrativo, es porque dejaron de pensar en lo que pasa, para preocuparse del cómo pasa.

Uno casi puede ver la idea en el pizarrón de D&D: Jaime rompe su redención porque la pasión que lleva dentro de sí, en el momento crítico de saber que su amada morirá, lo empuja más que la moral. Dany enloquece (pero, ¿enloquece? ¿No es el último capítulo prueba cabal de que fue una decisión totalmente racional un genocidio espontáneo con el enemigo rendido? Yo ya no sé)  al verse desprovista de aliados y tan cerca de su objetivo. Pero el desarrollo, hermano: hay que respetar lo que uno está contando. Hay que creerlo con el alma, hay que lograr que la historia sea el escudo que tapa al escritor para el público. Ni la mejor dirección del mundo pudo lograr que el capítulo 5 no sea ridículo, capítulo 5 del cual el 6 intenta recomponer los pedazos rotos pero es simplemente demasiado. La sorpresa, por sí misma, no basta. De hecho, ninguna sorpresa es verdaderamente una sorpresa: el espectador/lector sabe, aun en el fondo, lo que va a suceder, pero lo ha olvidado. D&D lo saben bien, ellos adaptaron el guion de la Boda Roja en el capítulo “The Rains of Castamere”. Cuando la masacre ocurre luego de la boda, la reacción jamás podría ser de incredulidad, porque ya teníamos en nuestra memoria todos los datos que llevaron a la masacre, estaba en el universo de eventos posibles, solo no lo estamos teniendo en cuenta. Cuando Dany quema familias pobres que corren por su vida, estamos viendo algo que jamás ocurrió y cuyos fundamentos, dados como evidentes, no manejamos.

Si algo no es inmediatamente autoevidente en la ficción, si fuerza la salida metanarrativa (la pregunta por el cómo), se inicia una rueda destructiva que por momentos pone en tela de juicio el pacto de lectura. Y cuando se trata de la serie mejor producida y dirigida de la historia que coincide que con el boom de las redes sociales, esa rueda se experimenta en una convivencia narrativa como pocas veces se ha visto. Sin duda habrá que analizar lo que pasó con Game of Thrones como fenómeno discursivo-narrativo-massmediático. Pero primero, dejemos que pase bajo el puente el río de memes.

Un gemido

Allá va la serie que revivió al fantasy alguna vez ideado por Tolkien, que le peleó cabeza a cabeza el cetro de mejor épica jamás creada, que nos dio una clase magistral, año tras año, de cómo se escribe, de cómo se orquestra un drama político, de cómo se dirige una escena bélica, de cómo se actúa. Creo que nunca vamos a volver a ver algo así.

Y sin embargo
allá va, un último capítulo desplegado entre cenizas, tanto literal como
metafóricamente, tanto en la trama como en las expectativas. Pero ya está.
Mañana será un día igual a cualquier otro, el mundo escasamente ha mejorado o
empeorado, una serie en inglés dejó de emitirse.

Así es como termina Game of Thrones. No con una explosión, sino con un gemido amargo.

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