El heroísmo de Los Simuladores

[Los Silmuladores. Damián Szifrón.  Heroismo. Moral. El heroe de las mil caras. Joseph Campbell.  Santos. Lamponne. Medina. Ravenna]

por Augusto Villareal (@lapanteraaugust)

Cada sociedad tiene su propia brújula moral que estará siempre ubicada en dos mundos: el que le da lugar para existir y el que la utiliza para seguir existiendo. Pero así como esta brújula moral está atravesada por dos mundos, también esos mundos tienen fecha de caducidad pues cada concepción de lo que está bien y lo que está mal está unida necesariamente a un tiempo. El tiempo cambia, nuestros valores cambian, y la sociedad en su conjunto autopercibe sus partes siempre de formas y maneras diferentes. Por eso parece importante aclarar que cada sociedad tiene sus propios héroes y villanos. No vamos a discutirle a Kant si tiene sentido pensar en términos de imperativos categóricos o morales absolutas, simplemente vamos a marcar que más allá de las categorías con las cuales interpelamos el mundo, cada sociedad tiene sus propios héroes, con sus propias particularidades y sus propias contradicciones. Más aún: cada construcción específica de héroe tiene su propia relación especial entre lo pensado como bueno y malo. Es decir, su propia manera de decodificar el “bien” que encarna. En definitiva, Batman no es Patoruzito y ni siquiera las cercanías técnicas (ser ambos cómics, la narrativa lineal, etc) los acercan lo suficiente como para ser entendidos como algo paralelo: cada Héroe tiene que tener su propio espíritu particular.

El camino del Héroe que propone Joseph Campbell en El heroe de las mil caras está lleno de altibajos, antagonismos, y redenciones. La construcción de categorías comunes para entender el desarrollo del héroe en las distintas narrativas es algo tan viejo como el mito mismo. Pero la relación de las sociedades con las unidades de una historia (por ejemplo, la relación héroe-matar, héroe-amor, etc) siempre estará marcada por un contexto socio histórico específico. Existe un juego doble cuando se invoca la existencia de un Héroe: pareciera encarnar los valores más altos de una sociedad a la vez que busca romper la forma específica que toman esos valores en su vida fantástica. El héroe no es ni semidiós ni hombre, sino más bien el hombre devenido en semidiós. Pero aun así, el viaje del mismo es introspectivo, narra su propio proceso y su propia historia a la par que sedimenta valores que deben estar presentes en el resto de los mortales para así poder compartir ese proceso hacia la virtud.

Aquí no podemos ignorar la intencionalidad de Campbell a la hora de narrar cada historia, pero lo interesante de este planteo es que pese a que pueden existir intenciones directas (pensemos por ejemplo, donde quiere llegar un autor), la estructura narrativa sobre la cual el héroe recorre su viaje pareciera tener elementos comunes a la del resto. Y la existencia de anti-héroes no hace mas que reafirmar esto. Un héroe se construye sobre elementos que nos son comunes para poder llegar a los que no lo son (para llegar a su lado sobrenatural) pero esta expresión siempre esta condicionada por una historia, por una sociedad, por un tiempo, que nunca le son ajenos.

Y pocos héroes pueden tener tanto sabor a local, un espíritu tan nítidamente nacido de una sociedad y sus devenires únicos, que Los Simuladores.

El héroe argentino

Con tono ácido y una estructura narrativa totalmente atípica para la televisión argentina, la serie (creación de Damián Szifrón) trata sobre las desventuras de un grupo de solucionadores de problemas de la gente común mediante operativos de simulacro. Santos, Lamponne, Medina y Ravenna son los protagonistas perfectos. Todos arquetipos de personas distintas, todos con sus características, gustos y personalidades remarcadas para crear personajes exóticos y queribles cuyas acciones nunca se ponen en juicio. Su carisma viene, aparte, acompañado de una moral muy especial: son el reflejo del deber ser argentino. Seguidores de las leyes que creen justas, rompedores de las que creen que no, el fundamento de su accionar es la mentira y sin embargo nunca los vemos actuando de una manera especialmente condenable. Su estatus de Héroes no viene de la ayuda que proveen (a personas comunes y casi de manera transversal) sino más bien de un sentido de justicia con el cual parecen interpelar al argentino-promedio. Esto refuerza constantemente la poderosa sinergia que hay entre ellos y a la vez su estatus de Héroes sobrenaturales: si estuviera en su situación haría lo mismo.

La serie es considerada como una de las mejores series del país y se despidió con más de 37 puntos de rating en la emisión de su capítulo final: un éxito total, cuestión atribuida al ojo de su director que supo canalizar los anhelos y la bronca de un tiempo convulso. Es imposible disfrutar gran parte de los detalles y sentidos de la serie sin pensar en el ser y el deber ser argentino. Porque la serie es una interpelación: post crisis institucional del 2001, toca el escepticismo a la política, al empresariado, a la policía; la desconfianza mutua, la corrupción y el fatalismo de una sociedad absolutamente golpeada por la que fue una de las crisis más virulentas y catastróficas de nuestra historia. El espíritu de la serie se sedimenta en estas ideas: el mundo que presenta es de gente buena con problemas que no puede resolver y gente mala aprovechando la situación. Es un denominador común en la caracterización de cada antagonista capitulo a capitulo: policías corruptos, parejas violentas, estafadores. Y sin embargo, toca el nervio cuando presenta problemas sin enemigos: falta de plata, miedo a perder la pareja, depresión. La banalidad del mundo se presenta siempre disruptiva cuando entran los protagonistas. Desde su capacidad de afrontar cada situación hasta su aparente poder (al controlar siempre cada situación que se les presenta), permite construir una concepción de héroe única al mundo que trata de interpelar. Su brújula moral parece ser incuestionable incluso cuando cometen errores.

Y tal vez no es solo como trabajan los temas sino los temas que tocan. Desde violencia doméstica, cuerpos hegemónicos, bullying hasta amor propio, cada problema que la serie aborda pareciera ir en sintonía con la “moral heroica” de sus protagonistas cuando asumen el rol de visualizadores de situaciones (¿o de qué otra manera podríamos juzgar los casi 5 minutos hablando de las causas y formas de identificar la anorexia y la bulimia?). La dualidad natural-sobrenatural aparece siempre como un elemento necesario para constituir al héroe y, en Los Simuladores,se da uno de sus despliegues más increíbles: hay solo dos capítulos de diferencia entre un episodio que trata sobre un chico que quiere dejar de sufrir bullying a otro sobre rescatar un grupo de personas cautivas por la CIA acusadas de terrorismo islámico internacional.

Los Simuladores es una obra magnífica. Su tratamiento de tópicos sensibles, su construcción de personajes, su timming, su calidad narrativa y su tono que oscila siempre entre el humor y lo serio la vuelven una serie querida y reconocida por millones de personas (de hecho, existen versiones mexicanas, rusas y colombianas).

Ahora, hace más de diecisiete años de su comienzo, nos quedamos sin otra serie igual. Los tiempos, nuestros valores y nuestras vidas cambiaron radicalmente desde esos lejanos comienzos del siglo. Nos quedaremos huérfanos, por ahora, hasta que aparezca otra serie que con tanta habilidad para narrarnos sin que nos demos cuenta.

Es difícil vernos al espejo, esperemos que aparezcan héroes que nos permitan hacerlo sin miedo ni pudor.

 

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