El Reino: estereotipos y fuegos artificiales

[El reino. Netflix. Claudia Piñeiro. Marcelo Piñeyro. Religión. Política. Pastor. Ficción. Espectador. Bondad. Maldad. Dios]

por Jero Maina (@jeromaina)

En marzo de 2019 vi a Claudia Piñeiro y Marcelo Piñeyro en una actividad del Festival de la Palabra sobre la relación entre literatura y cine. Ellos ya habían trabajado juntos en la adaptación de Las viudas de los jueves, y ese día adelantaron, generando expectativa en torno a una trama aún sin develar, que estaban desarrollando un proyecto para la omnipotente y omnipresente Netflix.

Hace algunas semanas, cuando salieron las gráficas de El reino, me acordé de ese momento y el entusiasmo volvió en forma renovada: ya se entreveía la magnitud y la calidad en términos productivos, en conjunto con un elenco de figuras estrella personificadas de manera prometedora. Siempre fui bastante fan del formato miniserie/unitario argentino (en tiempos pre-plataformas), especialmente por la calidad actoral, la profundidad y complejidad con la que suelen abordarse los temas y personajes, y la posibilidad de una identificación cultural distinta. Este parecía ser un producto con todos los ingredientes necesarios para cumplir con esa expectativa.

El reino se estrenó el viernes 13 de agosto y en poco tiempo los medios replicaron más y más notas sobre las claves del sensacional éxito. La serie ascendió rápidamente al segundo lugar de lo más visto en Argentina y al primero en tendencias.

Netflix dijo hágase la luz, y la luz se hizo.

Fuegos artificiales

El Reino engancha, avanza, funciona. Tiene una estructura de policial negro bastante simple: el desencadenante es el crimen de alguien de alto poder; el desarrollo se da de la mano de una fiscal quien se pone en busca de la verdad y se adentra en un mundo teñido de corrupción y de los instintos más bajos del hombre. El ritmo narrativo, potenciado por el despliegue técnico y de producción, logra que el relato traccione y genera fácilmente que el espectador quede al filo de la butaca (el sillón), y deje que la barrita de Netflix avance sola, episodio tras episodio, hasta llegar al final.

Mi impresión a la mitad de la serie (reforzada hacia el final) fue que era lo mismo estar viendo El Reino que La casa de papel o cualquier otra mega-producción de crimen, política y suspenso hecha en Estados Unidos, Inglaterra o Finlandia. Esto, seguramente, refleja para muchos el éxito: producir contenido con “calidad internacional”. Pero en ese camino se difuminan cosas que podrían hacer de este un producto distintivo, y no solo funcional.

Hacia el final de la temporada, El Reino no generó empatía con la gran mayoría de sus personajes, no involucra emocionalmente al espectador más allá del suspenso, no incomoda. Cuando se devela que Emilio ha abusado sexualmente, de manera sistemática, de niños en el hogar (giro que, como otros en la trama, parece absolutamente sacado de una galera: no hay construcción previa del personaje que logre que este desenvolvimiento sea impredecible pero natural), la reacción que se nos propone como espectadores es fácil: detestarlo aún más de lo que ya lo detestábamos.

En varias entrevistas, Piñeyro, Piñeiro y parte del elenco rescatan la complejidad humana de los personajes y sus razones para accionar de la manera en que lo hacen. Sin embargo, esta complejidad no se traduce en absoluto en el relato, el cual funciona con personajes arquetípicos que le calzan perfecto al efecto de la serie: reproducción continua, entretenimiento puro y duro.

El lugar que se nos da como espectadores es el de la comodidad y el de la superioridad moral: todo lo que pasa, pasa entre las personas con poder; nosotros somos un espejo de los fieles que reproducen mecánicamente frases hechas y no inciden en nada, pero con la enorme diferencia de que nosotros sabemos, a nosotros no nos engañan. A medida que los personajes se hunden más y más en el barro (si la serie escapa a la lógica buenos vs. malos no es porque se detenga en una construcción compleja de los personajes, sino porque casi todos son lisa y llanamente malos), como espectadores nos regocijamos en sus bajezas sin quedar pegados (no seguimos de cerca ninguna historia, no queremos que ninguno de ellos cumpla sus deseos/objetivos) y continuar reproduciendo, sin entrar en ningún tipo de cuestionamiento ético propio, de la escala que fuera.

Esto es pura ficción

El reino muestra al pastor de una iglesia muy convocante y a su círculo como personajes despiadados que esconden (y bendicen) dinero, engañan a los fieles, ejercen abusos de poder y tienen grandes ambiciones materiales antes que cualquier tipo de interés espiritual. El personaje religioso con un involucramiento social fuerte que interpreta Peter Lanzani queda relegado, y el hogar de niños que llevan adelante se muestra como una fotografía sin mayor importancia y sin ninguna historia particular (solo dos chicos del hogar tienen nombre –Brian y Jonathan– y ninguna incidencia mayor en la trama, más que la de ser víctimas de abuso sexual y realizar una suerte de milagro que rompe con el código del relato). Los fieles, por otra parte, son seres autómatas representados como personas absolutamente pasivas y manipulables (lo que se vuelve una caricatura en la misa del capítulo 3, donde pasan de repetir mecánicamente y fervorosamente “¡fue el demonio!” y “alabado sea Cristo”, a “el demonio es la política”, por la intervención de la pastora).

“Notamos que la política y el evangelismo, los dos ejes de nuestra historia, tenían muchos puntos en común”, dice Marcelo Piñeyro en una entrevista a La Nación[1]. “Y sobre todo una de las características que va adquiriendo el siglo XXI hasta ahora. Se empieza a cancelar la racionalidad en los debates. Ahora todo se coloca en una esfera puramente emocional”. Al mismo tiempo, se apura a aclarar (como hacen también otras personas del equipo en otras entrevistas) que la serie es pura ficción, que no puede relacionarse con personajes o historias concretas del contexto de nuestra realidad.

En El reino la historia está mayoritariamente des-localizada (quizá como estrategia de venta global), pero se agarra en algunos momentos del contexto socio-político argentino (referencias aisladas al 2001 y al peronismo), y fundamentalmente de la región (es difícil no hacer el paralelismo con el ascenso de Bolsonaro al poder). La serie queda en un lugar contradictorio en el que quiere poner sobre la mesa una problemática real actual, pero abogando al mismo tiempo una cualidad 100% ficcional (sea lo que sea que eso signifique), sobre la cual no sería pertinente hacer un análisis más profundo en torno a las representaciones que propone (ya que es, de nuevo, pura ficción, puro entretenimiento).

¿Qué papel se le asigna y qué lugar ocupa la ficción en relación al contexto extra-ficcional?

Para qué hacemos ficciones

La ficción tiene, como plantea Piglia, una “relación específica con la verdad”. No se puede tildar a una ficción de verdadera o falsa, simplemente porque no tiene pretensiones de verdad. Una ficción nunca miente. Pero sí, siempre, representa. Toma hechos y discursos anteriores (ficcionales y extra-ficcionales), hace uso del imaginario y el conocimiento del público y genera representaciones nuevas, que inciden en la visión que tenemos del mundo.

Decisiones como las de crear un relato desde los arquetipos bueno vs. malo o desde una configuración más compleja, así como de cómo se desenvuelven los hechos en las relaciones de causa-efecto, no son solo decisiones narrativas sino de la manera en que leemos y entendemos el mundo. En última instancia, del modo en que nos contamos a nosotros mismos nuestras historias y los vínculos que nos entretejen como sociedad.

En las ficciones buscamos (o tenemos la posibilidad de) ver reflejada nuestra historia, nuestros conflictos, nuestros horizontes y nuestros interrogantes más profundos como seres humanos y sociales. Podemos obtener respuestas y preguntas que nos incomoden, que nos intimen a des-simplificar las maneras en las que leemos la realidad y, en esa complejidad molesta, nos acerquen un poco más a una comprensión profunda de quiénes somos, con todas sus contradicciones.

El reino, en lugar de aprovechar el tema que plantea y entregarse a la búsqueda de traspasar la polarización nosotros/ellos, en lugar de ponernos en jaque como espectadores frente a historias particulares, dinámicas de poder y discursos que existen y convocan masas dentro y fuera de la ficción, prefiere darnos un relato ya digerido, ofrecernos el lugar de la superioridad para ver a estos personajes denostables y absolutamente distintos de nosotros pelearse entre ellos, acomodarnos en el sillón y dejar que los episodios avancen, uno a uno, hasta llegar al final.

¿Qué queda, entonces, después del final?

 


[1] “El villano de El reino es un mecanismo para la conquista del poder”, en La Nación. Disponible en: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/series-de-tv/claudia-pineiro-y-marcelo-pineyro-el-villano-de-el-reino-es-un-mecanismo-para-la-conquista-del-poder-nid16082021/

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