El sentimiento de inseguridad como atrofia neoliberal

[Inseguridad. Robos. Sistemas de vigilancia. Neoliberalismo. Gabriel Kessler. Cámaras. Ubanización. Countries]

por Conrado Rey Caro (@conrareycaro)

 

  • I

 

El miedo a ser robado afecta a porciones grandes de la población cuyas vidas se ven transformadas. El terror a ser la víctima de un delito tiene efectos concretos sobre los modos en los cuales la población habita la urbanidad tanto en el espacio público como entre las paredes de sus casas. A lo largo de la historia de nuestra especie le hemos tenido miedo a una gran diversidad de cosas, fundamentalmente al fuego y a la oscuridad. En torno a estos miedos construimos civilizaciones y formas de vida para sentirnos segures. Como humanidad hemos domado a la noche y al fuego, nos hemos expandido alrededor del mundo y hoy somos 7.8 billones de humanes. Lo que nos da terror nos define mejor cantó Gabo Ferro; y le tenemos miedo a muchas cosas, entre las primeras se encuentra el delito.

El sentimiento de inseguridad comienza a darse a partir de las últimas décadas del siglo XX.  Eran tiempos de cambios en las formas de vida urbanas y del trabajo. Los Estados llevaron adelante cócteles de políticas económicas neoliberales de ajuste, seguidas de un aumento exponencial del desempleo y la crisis social. Sus aparatos represivos aumentaron hasta transformarse en un culto a la privatización. Se lleno de policías el espacio público y los ojos se volvieron a los enemigos internos. Sucedió una popularización de la televisióny luego apareció la posverdad. Se digitalizó la vida y el control.

Vemos en nuestros municipios como proliferan sistemas de videovigilancia.

Vemos en nuestros vecines las rejas impresas sobre sus ojos. 

Gabriel Kessler investiga al respecto del sentimiento de inseguridad. En cuanto al caso de Argentina advierte que en el retorno a la democracia “la inseguridad como problemática y sección mediática aún no existía” [1]. La dictadura militar dejó sus cicatrices y los crímenes que conmocionaron a la población eran aquellos que tenían una herencia maldita en el gobierno militar (como es el caso del secuestro y homicidio del banquero Osvaldo Sivak y las tramas homicidas del clan Puccio).  El sentimiento de inseguridad frente a la figura del delito no era una de las preocupaciones principales, la población estaba atenta al devenir de la recién nacida democracia y conteniendo el aliento ante el miedo de otro golpe de Estado.

Tras la hiperinflación la seguridad y la cuestión social se imbrican: la crisis social es explicativa del aumento de la sensación de inseguridad. En los años 90 el miedo al delito comenzó a subir en las encuestas y en las portadas de los diarios y noticieros. En los noventa los titulares empiezan a hablar de “la justicia por manos propias” y de “olas de violencia” fundadas en la reimpresión de casos particulares y en la estigmatización de los sectores populares. Argentina comienza a ser caracterizada en los medios de comunicación como un país peligroso donde ni el espacio público o privado es seguro para el individuo. 

Ya adentrados en la década de los 2000, con Néstor Kirchner en la presidencia y una recuperación económica en proceso, el desempleo deja de ser la principal preocupación de las encuestas y la inseguridad se convierte en el principal problema público nacional. Las narrativas se enfocan en el carácter  innovador de los modos de delito (como pueden ser los “motochorros” o los “hombres araña”), crear editoriales especiales al respecto de estos y luego olvidarlas ante el fervor de nuevas formas. Otra características de las narrativas mediáticas respecto a la sensación de inseguridad es la estigmatización de les jóvenes de sectores populares representados bajo la figura del “pibe chorro”[2].

El negocio de la seguridad privada crece y para 2008 su facturación anual era de 2000 millones de dólares por año. A lo largo de los años siguientes el mercado continuó creciendo ofreciendo recursos humanos y nuevos dispositivos electrónicos para aplacar la sensación de inseguridad. Ante el miedo, les habitantes de las urbanidades encuentran alivio en las ofertas del mercado para llevar adelante una gestión individualizada de la seguridad. Aumentaron las instalaciones de rejas, alarmas de seguridad y cercos electrificados en las pequeñas y medianas ciudades. 

En la última década se ve en las ciudades neoliberales un aumento de countries. El fenómeno de los barrios cercados y con guardias privados que monitorean los ingresos y salidas todo el día. Un strike del negocio inmobiliario que reditúa de la segmentarizacion de la sociedad. A su vez, con el gobierno de Cambiemos y el sostenido discurso securitista de su ministra de seguridad Patricia Bullrich, el miedo se utilizó como recurso de campaña y reverbero en el cuerpo de muchos argentinos. La sensación de inseguridad es una de las tantas atrofias corpoemocionales regurgitadas por los estómagos acidificados del neoliberalismo. 

 

  • Territorializaciones neoliberales

 

La guerra fría terminó hace más de treinta años, estamos en el epílogo de la historia según un Fukuyama. El capitalismo, la coca cola y la utopía consumista. La fetichización de la mercancía ha parasitado nuestros procesos conectivos. Entre estos bucles y engranajes existenciales se expande la pandemia de la sensación de inseguridad entre los enraizamientos del macroorganismo humanidad. Pensar en las formas en las que marcamos territorio como seres bio-culturales es atender al fundamento de nuestra expresividad, hoy orientada a salvaguardar la propiedad privada.

El perro doméstico marca territorio haciendo pis. El olor define algo que “es mío”. A medida que pasa el tiempo, el olor se vuelve menos intenso y eso advierte a otros perros que el otro ya no está allí y que es seguro habitar aquel espacio. Este nuevo perro procederá a hacer pis sobre la huella de orina anterior y expresar su poderío sobre la relación de territorialidad Se recompone a otro olor, el territorio pierde sus anteriores cualidades y transmuta porque transmuta la relación entre los elementos que lo componen expresivamente.

El territorio, de este modo, no  remite a una extensión física mesurada y delimitada geográficame. Sino que refiere a una relación espacio-temporal entre los seres vivientes  y sus expresiones demarcadoras de territorio. A través de gestualidades corporales los perros expresan su presencia y su poder sobre determinado espacio por determinado tiempo. Simone Borghi [3] señala a aquellas expresividades como el nacimiento del arte.  Estas coreografías creativas de pis y mierda transmutan el tamiz de lo real erigiendo membranas, reconstruyendo el mundo.

¿Qué hay de nosotres?¿Cuáles son nuestras expresiones territoriales? ¿Qué relaciones espacio-temporales establecemos entre nos y nuestres vecines para crear lo que “es mio”? ¿De qué expresividades y gestos nos valemos para moldear nuestros mundos? ¿Qué pausas, acercamientos, y distanciamientos orquestan nuestra vida en la urbanidad neoliberal? 

 En nuestro habitar contemporáneo la rítmica de une cuando se encuentra con el otre está teñida de una hiper-individualización que anida en nuestra carne y en nuestra forma de devenir especie. Le tenemos miedo a la otredad. En los últimos tiempos desaparecen los vecindarios, las redes de vecines que se conocen y toman mate los domingos. La idea de una pequeña comunidad que confía en que sus niñes juegan en la calle con les demás niñes del espacio vivido se desvanece. 

En los últimos años se ha profundizado una fiebre por la seguridad. Le otre se ha convertido en el enemigo y del mismo modo que erigimos cercos cada vez más tupidos y recubiertos de alambres de púa que convierten a cada casa en una unidad individualizada, se han erigido distancias enormes entre les unes y les otres. Del vecindario se pasa a una urbanidad residencial compartimentalizada en núcleos familiares desconectados de la vida en comunidad. Les niñes ya no salen a la calle ni se encuentran con sus vecinos, sus primeras socializaciones con chiques de su edad son en las redes sociales y en las escuelas. La experiencia comunidad se diseca. 

En mis paseos por mi barrio he identificado tres formas de expresión de territorialidad sobre los propios hogares:  la presencia de guardias de seguridad privados, los grupos de WhatsApp de vigilancia entre vecines y la instalación de cámaras de seguridad domésticas. Ya no son sólo los cercos los que separan las casas de las demás casas, esta proliferación de ojos vigilantes se convierten en un agente de nuestro hábitat que se naturaliza como parte de la vida en urbanidad. 

Respecto a los guardias de seguridad privados únicamente me interesa advertir que son contratados por múltiples dueños de las residencias contiguas para vigilar sus manzanas. Estos agentes tienden a vigilar desde alguna cabina de plástico o madera y cada tanto dan vueltas en moto vigilando. 

Los grupos de WhatsApp funcionan como una vigilancia autoimpuesta por los compartimentos de unidades familiares que dialogan entre ellas a través de un chat compartido. La dinámica de estos grupos se funda en alentarse mutuamente sobre la presencia de potenciales delincuentes.  Ya sea a través de un mensaje o una foto, un integrante de la red de vigilancia pone en alerta a los demás de una otredad que está circundando. Alerta que cultiva la ansiedad por lo desconocido, el miedo a una otredad sectorizada y marginalizada, y la policialización de la circulación en el espacio público[4].

En 2018 el mercado global de la videovigilancia se valoró en 40.000 millones de dólares y se espera que duplique su valor para 2024. Los Estados están implementando este tipo de sistemas en los centros urbanos. Ya no son únicamente las grandes ciudades como Londres o Hong Kong las repletas de ojos vigilantes. Hoy hasta los pequeños municipios de una provincia como Córdoba están invirtiendo cada vez más en sistemas de videovigilancia.

Su aumento progresivo en las ciudades no se da únicamente debido a las políticas públicas. Cada vez más son les vecines quienes gestionan sus propios sistemas de seguridad para el hogar. En el caso de las cámaras domésticas el modelo de paquete panóptico parecen ser 4 cámaras de seguridad para la casa: tres afuera que vigilan los flancos del patio y una adentro. De las tres de afuera, una siempre apunta al portón y a la calle detrás. Si uno se decide por caminar por mi barrio, hay márgenes de las calles públicas que están en la mira de las cámaras privadas. Alguien siempre nos está viendo. En pos de la obsesión por la propiedad privada se vulnera el derecho a la privacidad.

La sensación de inseguridad se materializa en estas arquitectónicas urbanas.  La forma en que marcamos territorio es de una expresividad maquinica efectivizada a través de la videovigilancia. Nuestras ciudades están repletas de entidades escondidas en sus márgenes que nos observan, registran y codifican. Entidades cuya constante vigilancia es inmanente, almacenable en el tiempo y capaz de reconocimiento facial. Quizás, a fin de cuentas, sí hemos construido nuestro propio Dios y sí hemos perdido la libertad por él. 

Los medios de comunicación suben el rating provocando miedo, le otre es constituido en enemigo y cada vez más se  profundiza la mercantilización de nuestras pasiones. El espacio público es comido por las fauces de la misma bestia que corroe nuestros afectos.  La sensación de inseguridad no es únicamente el lector de los diarios amarillistas, la sensación de inseguridad se ha constituido en procesos neuronales arraigados a las formas en las cuales habitamos nuestra urbanidad. Ya no se puede caminar por el barrio sin que el capitalismo salive en el chirrido de una moto o en las pupilas rojas de las cámaras nocturnas.

 

  • ¿Por qué ladran los perros?

 

Ya no se trata solo del miedo humano, nuestros modos de existencia sobre el mundo afectan también a las rítmicas de la biodiversidad. Los animales domesticados que comparten espacio con nosotres en las urbanidades son, por antonomasia, los perros. ¿Te preguntaste por qué se la pasan ladrando? 

Su biología tiende a la acción pero los tenemos encerrados en parcelas cada vez más chicas para gritar en caso de que algún intruso se anime a entrar. Perros para la seguridad o perros de la calle. Los hemos encerrado detrás de nuestros cercos y solo pueden comunicarse y aprehender esa existencia a través del ladrido.

Los cambios en la biodiversidad que nos rodea son evidencia del camino de alienación que protagonizamos como humanidad y que forzamos en el mundo.

Coros de ladridos en las urbanidades contemporáneas. 

Aullidos que añoran la manada en una selva de fronteras de alambre y negocios de asfalto. 


[1]  Kessler, Gabriel, 2009. El sentimiento de inseguridad: sociología del temor al delito. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores

[2] Meritano, Silvina, 2019. ¿Cómo se construye un pibe chorro? Los jóvenes como productores de riesgo en el discurso de la [in]seguridad neoliberal. Revista Margen, edición Nº92, marzo de 2019

[3] Borghi, Simone, 2014. La Casa y el Cosmos: el ritornelo y la música en el pensamiento de Deleuze y Guattari. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Cactus

[4] Un aspecto deprimente de esto es notar cómo muchos de los que forman parte de estos grupos los usan para socializar: los espacios de diálogos entre vecines están mediados hoy por el miedo, la vigilancia de la propiedad privada y una constante sospecha del otro que habita el espacio de todes.

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