El trap: patrimonio histórico de una generación maldita

[Trap. Industria Musical. Centennials. Capitalismo. Argentina. Identidad. Flow. Alejo Nahuel Acosta. Ysy A. El Quinto Escalón. Duki.  SSJ Records]

“que no se diga que no lo intentamos,
por los primos y los hermanos,
que nos fueron abriendo camino.
Tengo una misión en este mundo, te juro que la cumplo
aunque eso suponga mi último destino”
Gotham, Gata Cattana

por Tomas Hugo Garzon Loza (@territ0rio)

En los últimos decenios hemos perseguido una revolución humana que hoy para muchos se torna mezquina, autoritaria y grosera. En la necesidad de valorizar, crecer y progresar, generamos mecanismos que sintetizan procesos analógicos para capitalizar una plusvalía altamente positiva que, al final y como todo proceso cognoscitivo en la historia de la humanidad, está monopolizada por capitalistas excelsos. Perdimos el control de la propiedad otorgando nuestros derechos productivos a intereses desconocidos. Bueno, no. Justamente eso no. Se me están sublevando las ganas, al final bailaré bulerías gitanas decía Gatta Catana. La composición rítmica de ese verso combina la musicalidad característica de la poesía con la métrica propia del rap. El trap logró eso, y en el medio cambió el paradigma de toda una industria. Y ante esta tesis disruptiva, solo podemos decir que el trap es la expresión artística de una revolución que pobló los modos de saber, de hacer y de saber hacer, qué empoderó a una generación y que, de esta forma, da cuenta de una real concepción del valor humano. Hoy la Generación Z se detiene a contestar preguntas.

De todas maneras lo mantengo firme: gloria y honor a mi estirpe, gloria y honor es lo único que llevo dentro pa dejar el mundo antes de morirme

El capitalismo mutó, nada más cierto que eso, de la máquina de vapor a la computadora, y de la computadora al smartphone, un relojito: la producción en su máxima expresión. Ahora, abandonando el plano de lo físico para abrazar lo puramente simbólico y utilizar la fuerza más valiosa de lo humano: el dato.

El dato es nuestra unidad mínima significada y, por ello, resulta el capital humano más básico. Un genoma cultural que contiene la memoria del folclore identitario.  En la medida que podamos garantizar la existencia del dato y, consecuentemente, su valor, tanto humano como financiero, entonces será imposible que perdamos el control por sobre la propiedad. Un planteo de estas características es, cuanto menos, dialécticamente anárquico y, por lo tanto, ridículo, porque el capitalismo nos puebla y nos habita. Sería imposible que la revolución digital desdibuje laboralmente el control de nuestra producción y que allí la identidad se vea disuelta, porque el capitalismo nunca nos poseyó, es parte de nosotros.  El cuerpo de nuestra sociedad es capitalista y, allí, el cuerpo de nuestro conocimiento. Si el capitalismo muere, morimos nosotros. Si morimos nosotros, muere el capitalismo. Aún diría más: nosotros, centennials argentinos, no solo nacimos y fuimos criados en el seno del occidentalismo contemporáneo, sino que además somos nietos del yugo demoledor del neoliberalismo americano. Somos hijos bastardos de la propiedad, y encarnamos nosotros mismos la propiedad, porque requerimos de ella para reconocernos. La propiedad es necesaria, y nosotros, geniales estúpidos, criados a computadora y Play Station, no somos menos ciudadanos que los milennials o cualquiera de las generaciones anteriores, porque, como ellos mismos, nos valemos de los recursos de los cuales disponemos y nos hacemos cargo de nuestra realidad arisca y grosera. Y aquí hemos llegado: en el ojo de la tormenta, navegando entre el frenetismo, el deseo por el auto-conocimiento y la ansiedad por el desarrollo emancipatorio, surge una muestra de identidad asquerosa, mundana y eficaz: el trap.

No dudes de mi ojo de águila. Menos de mi instinto de animal. Trap, mucho trap, mi vida fue rápida

¿Qué es el trap? Musicalmente hablando resulta una expresión súper sofisticada de la evolución de los ritmos africanos en América. Nacido en el sur de EEUU, deriva del rap tradicional, popularmente conocido como bombo y caja, para reemplazar la percusión analógica por sintetizadores y hi-hats electrónicos. La búsqueda es explícita: otorgarle a la manifestación histórica el valor de las nuevas tecnologías como bioma natural del rapero, esa suerte de trovador contemporáneo cuyo apoyo rítmico es una pista musical producida sintéticamente a través de recursos instrumentales mínimos y un software de producción. En la necesidad artística de destilar su maremágnum emocional, ese rapero primario desarrolla una potencia melódica que condensa la urgencia y el candor del hambre. Al final, la fortaleza humana trasciende la banalidad y constituye, con la precisión de una escuela, un nuevo paradigma artístico: el flow. Al final, lo que deviene en una hiperrealización rítmica le otorga al ahora cantor la gracia de salir al encuentro de una nueva armonía musical.

Esta nueva disciplina es más folclórica que nunca, porque encarna los dolores, las búsquedas y las pasiones de un colectivo. Pero no solo eso, encarna la exclusión y la marginalidad. Nuestra marginalidad, la contemporánea, urbana y occidental y nos enrostra en la cara lo que más nos cuesta aceptar. Allí, esa potencia trasciende la singularidad autóctona de su creación geográfica para abrazar su verdadera raíz originaria: el capitalismo. Y una vez expandido, el estallido de su capacidad revolucionaria era inminente.

No soy Dios y no puedo serlo, aunque use su traje para parecernos

 Hacer trap en Argentina ya no es subirse al carro de una tendencia internacional, reírse un poco (la mayoría de las veces a costa del dinero de una serie de ciudadanos promedio, por lo general aún no habilitados legalmente para poseer bienes o votar, que compran las entradas a un show, o incluso no de su dinero, sino de su tiempo implicado en dar clicks) aunque quizá nunca lo ha sido. En las entrañas de una generación podrida, hija de los desaparecidos en dictadura, de la derrota en Malvinas y el impacto mediático, de Menem y la constitución del neoliberalismo fraudulento, de De la Rúa escapándose en helicóptero, de los padres que nacieron sin padres y criaron a sus hijos desde la pobreza, se cocina una fuerza emancipadora al amparo del frenetismo tecnológico y con la convicción del desaliento. Hijos de la miseria, dignificándose en la vorágine del desastre. Algunos, haciendo arte y capitalizando económicamente ese esfuerzo. El trap se yergue como la expresión musical de una necesidad política: la del desarrollo humano y el conocimiento del mundo.

Alejo Nahuel Acosta, mejor conocido como Ysy A, fundador del Quinto Escalón (competencia de freestyle de plazas celebrada en el Parque Rivadavia de la Ciudad de Buenos Aires) tiene hoy veintidós años y dos discos editados. Su popularidad en Buenos Aires es abrumadora, y esto sin haber firmado con ninguna discográfica. El Quinto Escalón, y en general todo el movimiento en Argentina hasta el momento de su creación, no solo era autogestivo sino que sus militantes eran adolescentes de clase media, en muchos casos fuera de sistema educativo, cuya motivación principal era enriquecer la propuesta artística que sostenían a través del encuentro y, de este modo, hacer catarsis de las experiencias que estaban viviendo. Yo no creo que Ysy A sea ejemplo de que la industria cultural argentina es próspera, ni mucho menos, pero sí sostengo que la existencia de un movimiento como el trap en nuestro país, cuyos mayores referentes obtienen regalías por sus productos cobrando en dólares (por la monetización de sus videos en Youtube) y de forma absolutamente independiente (porque no han firmado con ninguna discográfica) da cuenta del valor cultural de una propuesta llevada a cabo por centennials que se hacen cargo de las contingencias sociales de su entorno específico. Don Jorge Pinarello, de Te lo Resumo, expone una reflexión que creo analógicamente se puede aplicar en esta argumentación: el rédito económico de una película en taquilla no da cuenta de su calidad artística, pero impacta directamente en las decisiones creativas dispuestas por los intereses en el desarrollo de sus sucesivas secuelas. Aquí, el dinero es producido de forma autogestiva y, de ese modo, el discurso artístico está estrictamente supeditado a los intereses del creador, primero y, luego, a los de su audiencia. Entiendo que para este punto pueden surgir dos vertientes: o el creador define su identidad a espaldas de lo que el mercado pretende, y por ello construye una audiencia “orgánica” pero muy limitada (Duki, por caso, que habiendo formado su propia discográfica, SSJ Records, se dedica a explorar las figuras más hardcore del género, o el mismo Ysy A, cuyo personaje está muy influenciado por el tango y el rock nacional, construyendo una estética que hace gala de cierta poética sofisticada pero popular), o amalgama los intereses masivos en su propuesta artística y construye un discurso muy diluido. Y ustedes dirán, es trap, es mercado en estado puro. Bueno, creo que no. En primera instancia, por lo que explique anteriormente: considero que el capitalismo forma parte fundamental de nuestra esencia identitaria y, de este modo, no sería ya una rama chabacana y grosera del mercado mainstream. Y menos aún en las condiciones en que fue planteado en Argentina: aquí no fue inscripto por intereses económicos externos, la gran industria, de forma expresa. De hecho, es ejercido por centennials nacidos en los márgenes, culturales o geográficos de las grandes ciudades o los grandes centros de poder económico y a partir de la reunión popular (El Quinto Escalón, del cual hablamos anteriormente, que resulta el alma mater de muchos artistas consagrados en la actualidad como Wos, Ecko, Trueno, o el mismísimo Duki por nombrar a algunos, jamás contó con sponsors y sus fundadores; Ysy A y Muphasa, eran adolescentes de clase media con conocimiento de community management y, ante todo, hip-hopers). Analicemos un ejemplo autóctono: como ya sucedió en CABA, un creciente colectivo, en su gran mayoría nacidos o criados en el interior de Córdoba y prescindiendo de toda clase de estructura discográfica externa, distribuyen su contenido a través de las redes, buscando, al mismo tiempo, definir una identidad estética que sea capaz de dar cuenta de sus intereses artísticos. Santoz, por caso, siendo miembro de la crew Who’s Sneaky se convirtió en referente del movimiento, produciendo musicalmente y participando de EP’s y producciones videográficas de colegas, e incluso llegando a colaborar con artistas de la talla de Duki, Akapellah y Moonkey. Tanto Who’s Sneaky, la Dirty Moob y Atuanorinos, por nombrar solo algunos de los grupos que eligieron o eligen Córdoba como centro de operaciones, se consolidan como militantes de un movimiento autogestivo y, ante todo, muy solidario.

Tecnológicamente hablando, en Argentina era imposible producir un producto musical de la calidad de las producciones anglosajonas, hasta que la revolución digital pobló este bioma natural de una generación con las herramientas cognoscitivas necesarias para emplear los algoritmos a su favor. Distributivamente hablando, el mercado cambió, puesto que el internet otorgó los medios para comercializar cualquier clase de producto musical prescindiendo de financiación discográfica, y ello posibilitó la proliferación de propuestas artísticas baratas. ¿Entonces, si el trap es musicalmente barato y culturalmente vacuo, dónde está su valor?

Ante un folio en blanco jurando bandera / yo solo me debo a mis quimeras

Yo creo que esa pregunta es un poco negadora. En ella no se reconoce la realidad específica de las generaciones que pueblan el mundo post-revolución tecnológica y el modo en que están imbuidas de la afluencia incorruptible de lo frenético. Melodía mezquina para antiguos la de los centennials, que se hacen cargo de un aluvión de necesidades humanas organizadas y expuestas masivamente a través de mecanismos tan expresamente sofisticados que parecieran escapar al mismo rigor humano. Allí el error: en la yuxtaposición inabarcable, en la furia increíble, en el pasmo de la humanidad y el surgimiento de lo sintético, de lo antireflexivo, el centennial reconoce, adquiere y se imbuye: hay una identificación. Somos lo anti-estético y lo anti-humano, porque en nosotros conviven la desilusión, el desconcierto y la virtualidad. Y en esa vorágine tomamos lo que es nuestro y lo utilizamos. El tiempo nos va a matar, pero mientras tanto, somos lo que está vivo, exacerbado a su enésima potencia. Ahí, en ese ritmo ya no analógico, expresamente artificial, nos hacemos cargo de lo propio y determinamos nuestra convicción por la vida.

¿Qué es el Trap argentino? Definitivamente no es trap yanki, y aun así es demasiado masivo, machista y estúpido. Algunos exponentes firmaron con grandes discográficas internacionales, vale mencionarlos: Bhavi, Neo Pistea, el mismo Louta con su pop desinhibido, al que no le cuesta mimetizarse con otros géneros y  que comparte profesionalmente escenarios, camarines y estudios con otros referentes de esta cultura del frenetismo. Otros no lo hicieron, o la van piloteando. Otros monstruos se destruyen con tal de hacer que su arte prospere, puro. Y así es, eso pasa. En cierta medida, estamos hablando del negocio más expuesto y por lo tanto más disfrazado del país. Pero el negocio lo pone la industria, no el trap. Y el trap le aportó mucho a la industria argentina.

Creo que todas las generaciones se hacen cargo del mundo como pueden y, en cierto modo, todas lo destruyen. Ahora bien, no todas pudieron cargar la potencia de su conocimiento y desplegarla, y generar un impacto positivo en su medio. Hijos perdidos de una generación destrozada, los milennials reconocen el valor de lo humano pero no supieron capitalizarlo, y aquí estamos hoy, nosotros: centennials, niños vacíos, aprendiendo a llenarse de lo efímero del dinamismo. Aprendiendo a hacernos cargo del valor de la información, poblando, a nuestro modo, el dato, y demostrando que dentro de lo que pareciera simple sintaxis fría, calculadora y demonizada, existe humanidad.

O existimos nosotros, por lo menos.


En este ensayo se utilizaron versos de:

  • La Prueba, de Gata Cattana (prod Wiloo A.K.A. William Pander)
  • Papeles, de Gata Cattana (prod. David Unison)
  • ¿Quién eres Tú?, de Duki, Frijo, Dirty Couk y Sync (prod. @tomi_lago_)
  • Algo del Vacío, de Wos y Manu Oliva (prod. Evlay)
  • Desértico, de Gata Cattana (prod. David Unison)
  • Y Full Ice, de Ysy A (prod. Yesan y OroDembow)

 

 

 

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