Elogio a las cartas de amor

[Cartas de amor. Amor. Romanticismo. Roland Barthes. María Moreno. La última carta de amor. Netflix. Personas tóxicas. Amor libre. Neoliberalismo] 

No es verdad que haya desaparecido el amor romántico:
sólo ha pasado a la clandestinidad
y desde ahí habla hasta por los codos
María Moreno

por Francisca Mattoni (@fran.mattoni)

Siempre quise ser la destinataria de una carta de amor. Que exista en algún lugar de la historia un pedazo de papel arrugado, con una sarta de sentimientos ridículos e inexplicables, y que sea para mí. Me parece una de las cosas más hermosas que existen, que alguien intente hacerte entender algo en palabras que en realidad nunca van a ser suficientes.

Lo que decimos construye realidad, lo que escribís se vuelve historia

En la historia de la literatura universal las cartas fueron la primera forma de comunicación entre personas que se encontraban a distancia, y no solo una distancia de espacio sino una distancia impuesta por las realidades sociales de la época. Las cartas de amor quizás fueron una pequeña porción -entre documentación mucho más importante- pero denotaron la existencia de una persona que necesita hacerle llegar a la otra sus sentimientos, su convicción, su amor a otra.

Quizás existan las idas y las vueltas en el amor correspondido. No hay que generalizar que siempre el que escribe la está flasheando y hay otro que no sabe y que no tiene idea. Pongámosle un poco más de fe a la posibilidad de que el chico que te guste te de bola, ¿no? Pero es verdad que en una carta solamente podemos ver (mejor dicho leer) un lado de la historia. Es esto lo que genera una desventaja para el destinatario, quien ve supeditada su existencia a la posibilidad del olvido de su versión y en ese olvido es donde se encuentra todo lo que no somos capaces de entender en una historia de amor, todo lo que se perdió en el camino o, mejor dicho, en el correo.

El monólogo de aquel que escribe sin respuesta se impone como el único relato y aquellos románticos quedan como almas en pena, cursis, ridículos, en fin, altos intensos. Se convierten en sujetos que le cantan al amor, a una persona que se vuelve insignificante entre sus palabras y que pasa a ser un personaje más. Esa carta sin respuesta, esas emociones en el aire, palabras volando en un sueño de enamorado, trascienden al objeto del amor. Como dice Barthes, la carta de amor está escrita siempre con una sensación de despedida, un renunciamiento histórico a que el otro pueda ser capaz de devolver el sentimiento, salir del vacío que provoca no estar cerca del otro, siempre esperando un encuentro que a los ojos del lector nunca es posible de concretar.

¿Pero a quién vamos a engañar? El amor siempre es más lindo cuando no tenemos ni idea de cómo termina.

El amor nunca es suficiente

Sabemos bien, más allá de las mil películas que consumimos todos los días, que las historias de amor siempre son más traumáticas de lo que parece, los sentimientos no alcanzan, claramente no se puede vivir del amor. La realidad, la materialidad y el contexto siempre impacta sobre las emociones. A veces las razones son una estupidez, a veces son trascendentales, no será nunca nuestro lugar simplificar algo que es complejo.

En La Última Carta de Amor, película que subieron a Netflix hace unas semanas, se refleja ese limitante que tienen la mayoría de las historias de amor. La relación entre una mujer casada, infeliz con su matrimonio, y un periodista divorciado en los años 60s llega a nuestra actualidad a través de cartas perdidas en el archivo de una revista. Nuestra protagonista encuentra una de las cartas y decide descubrir qué pasó con esa historia de amor. No es spoiler decir que las cosas de mucha intensidad terminan mal, y que el contexto, con sus idas y vueltas, dejará a los enamorados separados.

Pero la carta, esa última carta de amor llegó a destino, trascendió las manos de su destinataria y la pluma de su remitente, se volvió parte de la historia y, con la suerte que implica una película romántica, pasó a construir la historia de amor de alguien más. La casilla de correo siempre quedó abierta, esperando otra carta, un suspiro más de esas miles de palabras que una vez lo fueron todo. Esperando que el “final feliz” aparezca entre el papel. Pero la cruda realidad es que las personas se cansan de escribir a los amores que siempre los dejaron esperando y, a veces, las oportunidades no son las suficientes.

En la historia de nuestro país, llena de militares, ejércitos y -si el gremio de historiadores me lo permite- hombres con poca responsabilidad afectiva, existieron también cartas de amor. Y quizás las más importantes fueron las que le mandó Encarnación Ezcurra a su esposo Juan Manuel de Rosas cuando, como estrategia política, decidió irse de campaña dejando a su amiga y fiel compañera (así firmaba ella) rodeada de sus enemigos. En esas cartas, Encarnación le va a pedir a Rosas que vuelva una y otra vez. Hasta que lo logra pero sin palabras de amor sino con una promesa política. Como dije, el amor nunca es suficiente.

A tu lado retrocede el tiempo

Quizá los sentimientos como bandera, el amor romántico desde el no ser correspondido, sea algo que nuestra generación nunca pueda entender como bueno. El sufrimiento es mala palabra, ir y venir en emociones es lo que constituye el concepto de “ser tóxico” ¿Pero solo enarbolar el ideal ignorando las cosas que nos pasan todos los días no será a fin de cuentas lo más tóxico de todo?

Como dice la psicoanalista, Alexandra Kohan “si de pasarla bien se trata, nada más alejado que el amor” y el pasarlo bien es quizá la primera premisa sobre la polémica discusión entre el amor libre y el amor propio contra el amor romántico y el amor al otro.

“Desde ese moralismo disfrazado de transgresión. La pretendida libertad del “amor libre” no hace sino destacar el patético individualismo que pregona el credo neoliberal, en un hacer de cada cual, desligado de los otros, desligado de otro, afirmado en el sí mismo. Paradoja de este “amor libre”, que no deja que elijamos ningún otro tipo de amor más que el propio.” dice Kohan en contra de un moralismo cultural que intenta hacer desaparecer las espinas de la rosa que es el amor para una generación que ya no se banca sufrir por nada en público pero que después se esconde en el diván de su psicoanalista de turno para llorar una hora en privado. Lo reprimido, dice Kohan, dejo de ser lo sexual y pasó a ser lo sentimental. El amor está vedado por el neoliberalismo que necesita individuos productivos, emprendedores que funcionen en base a demandas, en esa lectura el amor no es más que una pérdida de tiempo, en donde nos perdemos a nosotros mismos.

La adrenalina del saber, del no saber, del sentir, es una adicción muy hermosa para que desaparezca de nuestras expresiones culturales: las cartas de amor, las canciones, las películas, serán quizá municiones en el campo de batalla contra un futuro presente que nos demanda ser sin sufrir aunque eso signifique “ser sin sentir”.

Esto es mucho más que una carta de amor

La discusión sobre el amor romántico y la dicotomía de ser una generación que dice que no se banca sufrir pero a fin de cuentas sufre demasiado, quizás exceda un poco el tema de las cartas de amor.

El problema actual tiene más que ver con la falta de papel y la rapidez para comunicarse con otra persona sin importar las barreras que nos imponga el tiempo y el espacio. Las grandes declaraciones de amor ya no existen porque se convirtieron en medio párrafo de algún chat olvidado de WhatsApp y el amor romántico es una simple expresión cultural que se puede encontrar tanto en los libros de historia de la literatura o en alguna canción de Taylor Swift.

La esperanza de pensar que quizás la chica fue corriendo al lugar que rezaban los últimos párrafos de la carta, de que hubo una respuesta y que el único problema es o fue que los papeles no se conservan bien, se la dejaremos a los historiadores y a nuestra imaginación. Por lo menos sabemos que Rosas volvió a Buenos Aires y se quedó con Encarnación hasta su muerte. Y que en la película de la que estábamos hablando la chica del 2021 pudo juntar a los enamorados en sus últimos años.

Como dijo algún poeta perdido entre mis publicaciones de Instagramno te preocupes por el amor, no vale la pena ya lo tenés, ya lo fabricaste hace mucho para defenderte de su inexistencia”

Las cartas de amor importan porque son más que una idiota enamorada. Son una historia, son algo material dispuesto a superar todos los contextos posibles, son marcas que deja la cultura, son destellos de formas de ver el mundo que no pueden contenerse en ningún esquema de cotidianidad. Al final, no importa realmente el destinatario de la carta, sino el poder trascendental de quien escribe, de quien describe al otro como alguien que pudo ser todo.

Pero, volviendo al principio, una tiene que hacer una elección.

Una entre ser quien recibe cartas de amor o ser aquella que las escriba.

¿Serán acaso delirios de protagonismo?

Supongo que siempre seré de esas, pero esto es mucho más que una carta de amor.


-Kohan Alexandra. 2017. Elogio de los celos: el amor, frente al mercado y la moral. http://www.polvo.com.ar/2017/07/elogio-de-los-celos/

Barthes, Roland. 2011. El discurso amoroso. Seminario en la Escuela de Altos Estudios 1974-1976. Editorial Paidós.

– Poema de @debret

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