En defensa del veganismo por alguien que no es vegano

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por Eliseo Llobet (@eliseollobet)

A fines de julio, La Rural de Palermo fue el escenario de un evento que quedó en la memoria. Un grupo de manifestantes veganos irrumpió en medio de una premiación con carteles en contra del uso y el maltrato de los animales. Los otros asistentes respondieron de forma peculiar: en lugar de esperar la intervención de seguridad, se lanzaron a caballo al centro de la pista para rodear al grupo de protestantes. A los que se escapaban, los perseguían. A algunos los arrastraban y los tiraban a un lado. A otros los golpeaban. La ironía no le pasó desapercibida a internet.

La “corrida de veganos” se convirtió inmediatamente en el último meme argentino, como era de esperarse de una situación tan surreal. No es anormal. El humor negro y el cinismo son la nueva forma de la comedia millenial. Lo que resalta de este caso no es la memetización en sí misma, sino el ángulo con el que la mayoría abordó el contenido.

Hoy la reacción más usual a la violencia desmedida de un grupo en respuesta a otro, es el rechazo al primero. Pero en este caso fue distinto: la sátira tomó como su punto a los veganos; mientras que “los gauchos” agresores se llevaron la defensa y el apoyo popular.

No es un secreto que el veganismo goza de una muy mala fama. Pero es curioso, porque las causas por las que pelea, independientemente de las formas, no son solo respetadas, sino también compartidas con mucha gente que tiene en contra, sin que estos últimos lo sepan ni los relacione con ellas.

¿Los no-veganos, entonces, simplemente están en contra del movimiento por hacer la contra? No es lo que digo. Creo que el desagrado que se le tiene viene del desconocimiento de sus bases. Lo que propongo es que en realidad esa mala mirada al vegano está basada en un conocimiento muy superficial, y que, al ver estas causas en profundidad, lo más probable es que nos encontremos estando de acuerdo con ellos.

¿Consciencia? ¿Conciencia? ¿Importa?

No soy vegano, vegetariano tampoco. Escribo esto desde una perspectiva exterior. Al inicio, estaba más cerca del desprecio que de la indiferencia hacia los dos grupos, y eso venía de una percepción simplista. Como a mí en su momento, a lo mejor a muchos les moleste que una preferencia dietaria intente imponerse con tanta fuerza, pero lo cierto es que se trata de algo mucho más complejo que eso. El veganismo no es una cuestión de dieta.

Es una concepción ética.

Para el vegano, el rechazo al uso y la explotación de los animales no viene de simplemente decidir no usarlos como comida. Viene de una actitud empática hacia ellos que ve la mercantilización animal no solo como una injusticia, sino también como un acto éticamente perverso que produce su sufrimiento.

El abuso animal es un tema paradójico. Mientras que la gran mayoría de las personas se le oponen y lo condenan, al mismo tiempo mantienen su consumo de productos de esta industria. No es un acto hipócrita, sino que, en general, las personas no detectan un conflicto entre estas dos realidades.

La razón base de esta disociación es la creencia de que los animales no son poseedores de consciencia, “el conocimiento que tiene el sujeto de sí mismo y de su entorno”. La justificación se basa (y acá alguna vez me incluí) en que los seres no-humanos no serían capaces de reconocer su entorno ni procesos internos de alta complejidad, como el dolor o el estrés. Bajo esta perspectiva, un animal no sufre durante la producción, lo que quita del camino la preocupación ética de provocar el malestar ajeno. Lo cierto es que no hay demasiado mérito en esta afirmación.

El 7 de julio de 2012 se proclamó la Declaración de Cambridge sobre la Consciencia. Surgió como la conclusión de las múltiples tesis presentadas durante la Conferencia Conmemorativa Francis-Crick de 2012, que tenía como tema central la consciencia, tanto en humanos como en no-humanos.

La declaración fue firmada por un grupo de 13 neurocientíficos en presencia de Stephen Hawking, y teniendo en cuenta estudios neurofisiológicos y químicos, anunciaron, entre otros postulados (que podés encontrar acá en su idioma original, y acá una traducción no oficial), que las especies no-humanas son capaces de experimentar estados afectivos (dolor, placer, comodidad, e incluso tristeza y felicidad, entre otros) de formas muy similares a nosotros.

Determinar cómo algo afecta a otra especie es extremadamente difícil de conocer al no haber un sistema comunicativo que pueda utilizarse para expresarlo, pero, si a niveles neurobiológicos, psicológicos y químicos, existen reacciones similares a las que suceden en nuestro propio cuerpo cuando experimentan dolor o miedo, es difícil negar que los no-humanos también son poseedores de consciencia.

La situación en la que el animal para producción vive es tortuosa: desde inseminación artificial en animales lecheros  a mutilación sin anestesia y engorde acelerado de cerdos recién nacidos, pasando por la trituración (literal) de pollos, la industria animal somete a otras especies a vidas de aislamiento y agotamiento físico con el objetivo de realizar comodidades e incrementar el capital. Entendiendo esto, no podemos decir que la crítica del animalismo sea falsa, y que por más que no sea de manera consciente, de cierta forma sostenemos un sistema de explotación que termina siendo, paradójicamente, inhumano. Puede que la mala imagen del vegano no sea del todo justa, entonces.

Verde y equitativo

Existe un debate acerca de si alguien puede considerarse vegano si sus motivos no son, ante todo, anti-explotación especista. Si seguimos esta posición, el veganismo se preocuparía únicamente por la liberación animal. Sin embargo, creo (y sin intenciones de estancarse en la parte sintáctica) que conlleva una dimensión ecológica que se desarrolla en paralelo y que llevaría una mejoría ambiental a escala global si fuese adoptado por todo el mundo.

En 2018, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) publicó un ensayo escrito por Poore y Nemecek, detallando los efectos ambientales de la producción de comida y como mitigarlos en varios niveles.

Los números dan miedo: la industria alimenticia, en su totalidad, es la generadora de un 26% de todas las emisiones antropogénicas de gases de efecto invernadero (13.7 millones de toneladas métricas de equivalentes de dióxido de carbono, o CO 2 eq, si ese número te sirve), con un 5% agregado por agricultura no comestible y deforestaciones para expandirse. Otras responsabilidades que le adjudica son: alrededor de un 32% de acidificación del suelo y 78% de eutrofización (abundancia extrema de nutrientes inorgánicos en un cuerpo de agua).

De esos mismos valores, la etapa de granjas son las más destructivas: producen un 61% de esos gases antropogénicos (81% si se tiene en cuenta la deforestación para despejar y utilizar más tierras), 79% de la acidificación y 85% de la eutrofización. Mientras que la degradación atmosférica por gases es de conocimiento común, el impacto contra el suelo y el agua es menos conocido, pero no por eso menos grave: provocan cambios al ecosistema, reducen la biodiversidad y la resistencia ecológica de sus habitantes.

Otro de los requerimientos más demandantes es, según Poore y Nemecek, la utilización de terreno: un 47% de la superficie no desértica ni congelada de todo el planeta se utiliza para agricultura. De esto, un 83% de las tierras de granjas están destinadas a la producción animal (lácteos y huevos incluidos). Con estos datos, la industria alimentaria está por encima de la de transportes en sus aportes a la contaminación, y es casi en su totalidad por las demandas de la carne y sus derivados.

Un cambio total a una dieta puramente vegetariana reduciría todos estos niveles (50% de acidificación, eutrofización y gases invernaderos actuales); además de la liberación de aproximadamente 3.1 mil millones de hectáreas utilizadas en producción alimenticia (un área de tamaño similar a la superficie de África), por no mencionar la ayuda ambiental que la vegetación natural renovada de estas zonas brindaría.

Pero lo medioambiental no es el único fracaso de la industria carnista. Godfrey et al. escribieron otro ensayo en 2010, donde se exponen que el sistema alimentario actual no será capaz de alcanzar la cuota mínima necesaria para alimentar a la población mundial en 2050.

En su escrito, ofrecen múltiples alternativas para que la producción aumente, y una de ellas es el cambio dietario de productos animales a vegetales. Según dicen, el índice de transformación de materia vegetal a animal es de alrededor del 10%; y aunque teorizan que la alimentación de ganado se da en gran parte en pastizales, para Poore y Nemecek solo el 65% del terreno usado para su alimentarlos no puede cargar cultivos para consumo humano. Otro problema es que un 36% de calorías producidas por alimentos vegetales se destinan a alimentar ganado, de las cuales un 89% se pierden en conversión.

Poore y Nemecek calculan que el sistema ganadero provee solo un 37% de la proteína necesaria para una alimentación correcta y apenas un 18% de las calorías. Estos valores son a escala mundial de población. Y mientras que producir 100 gramos de proteína de animales de ganado demanda aproximadamente 370 m² de tierra por año y produce 105 kg de CO 2 eq, la crianza de animales para lácteos requeriría 12 veces y 50 veces menos de estos recursos respectivamente, y las arvejas, como las legumbres de menor impacto existente, 36 y 6 veces menos que los lácteos. La tendencia de los gráficos que presentan muestra que, en líneas generales, los alimentos vegetales requieren muchísima menos superficie para cubrir una mayor cantidad de proteínas y calorías, y, por lo tanto, un impacto ecológico minúsculo en comparación para alimentar a la misma cantidad de personas.

Hay que aclarar, sin embargo, que, si bien una dieta vegana global sería mucho menos contaminante, no sería necesariamente la más eficiente. Un ensayo, escrito para el Journal of the Academy of Nutrition and Dietetics compara cultivos para regímenes de este tipo con otros de consumos animales reducidos. Los resultados finales muestran que tiene una capacidad de carga mucho menor con respecto a una alimentación con menos de 40% de consumo de carne. Sin embargo, sí son las más ecológicamente sustentables, y existe la posibilidad de que distintas mejoras en los métodos de producción lo conviertan también en el más eficaz.

La cadena industrial basada en animales se muestra entonces como no solo poco práctica, sino también peligrosa para todos a la larga. Queda claro que hace falta una transformación sistémica a nivel industrial para una producción que sea, como Godfrey et al. lo ponen, capaz de cubrir las cuotas de producción necesarias, que se asegure de que la gente en situación de pobreza no pase hambre, y que sea ambiental y socialmente sostenible. El sistema animal, al menos en la forma que tiene hoy en día, no es ninguna de estas cosas.

F.A.Q.s y respuestas preventivas

Los argumentos en favor de un vegetarianismo global son discutidos constantemente. Los que vimos más arriba son solo algunos de ellos y forman parte de la “ofensiva” de estos movimientos. Hay otros, sin embargo, que creen identificar fallas en otras cuestiones de base, según las cuales la lógica vegetariana no es sostenible.

Uno de ellos es que la carne y sus derivados son fundamentales para la salud del cuerpo humano, porque tiene nutrientes esenciales que no pueden ser obtenidos de otra forma. Esto es parcialmente cierto.

Los productos animales son la principal fuente de vitamina B12, hierro y calcio de la dieta promedio. Mientras que los últimos se pueden obtener de otras alternativas (el primero de legumbres y otros cereales, el segundo de leche vegetal y otras verduras), la vitamina B12 no tiene un sustituto directo y necesita de refuerzos. Al ser clave en la división de las células, la formación de glóbulos rojos y el funcionamiento nervioso, un déficit de este nutriente tiene efectos extremos sobre el cuerpo, incluidos efectos neurológicos severos y anemia. Así que, sí. Un nutriente exclusivamente animal es necesario para la salud humana. Sin embargo, existen alimentos reforzados y suplementos vitamínicos que solucionan esta necesidad de forma excepcional (y a veces, mejor que productos animales).

Un número de asociaciones de salud y nutrición consideran que el veganismo es apropiado para todas las edades y mujeres embarazadas sin ningún riesgo. Incluso hay estudios que indican que una dieta basada en vegetales tiene menor porcentaje de incidencia de cáncer y enfermedades cardíacas crónicas. Es necesario, de cualquier forma, el control médico y nutricional periódico si se quiere llevar una dieta de este tipo.

Una desacreditación un poco más sutil que intenta minar las bases existenciales mismas viene de la idea de que los cultivos vegetarianos con los que se alimentaría a sus miembros también producirían la muerte y el desplazamiento de especies, por lo que el movimiento ya habría fracasado en su objetivo de entrada.

Una posible respuesta es que el veganismo no está en contra de la muerte animal, sino solo en su explotación. La muerte indirecta, aunque trágica, no es verdaderamente culpa del ser humano si es que no es él la causa al explotarlo. Y teniendo en cuenta que la alternativa es la desaparición de la especie en sí, no parece un argumento viable (esta es una posición muy basada en tecnicismos y no es oficial de ninguna organización animalista, pero es una perspectiva alternativa que es interesante de leer y la podés encontrar acá).

Una refutación no tan fría es que el veganismo se maneja en base al principio de menor daño: es imposible que no tengamos absolutamente ningún efecto a cualquier escala, es una consecuencia inevitable del desarrollo humano. El objetivo entonces es lograr afectar el mínimo posible a las otras especies y al planeta en sí, porque no podemos subsistir de otra manera.

Versus el mundo

No hay mucho con lo que se le pueda discutir a los movimientos animalistas. Después de profundizar más en sus bases, descubrimos las consecuencias de adoptarlos a una escala global no serían menos que positivas para todos nosotros. Y no creo que haya nadie en contra de evitar el sufrimiento a cualquier ser vivo, independientemente de si consideramos que su capacidad cognoscitiva es parecida a la nuestra o no.

Y, sin embargo, existe un antagonismo general cuando se habla del veganismo o cualquier movimiento similar. ¿Por qué?

Ya dijimos que, en parte, la imagen negativa viene del desconocimiento de qué defiende. Pero no es lo único. Como todo proceso social, creo que hay una culpa compartida por los dos lados en la creación de este enfrentamiento. Dije antes que el veganismo peca de plantar su bandera en donde no tiene lugar, y no creo que sea un factor menor.

De hace años sabemos que el cambio de opiniones o actitudes a un tema no es un proceso pasivo por parte del receptor. Hay resistencia, determinada por su estructura subjetiva y la influencia de su entorno. Entonces, presentar una pelea en un terreno ajeno, de forma invasiva, y sin ofrecer la oportunidad de retroalimentación, como hicieron los veganos en La Rural, nunca va a ser eficaz. La violencia con la que los presentes actuaron me parece injustificable y patético, pero no puedo decir que era imposible de esperar, teniendo en cuenta la forma del discurso y la psicología común de los que generalmente participan ahí.

Hace algún tiempo escribí acerca de la reactancia y cómo tenemos respuestas negativas a un estímulo ajeno que percibimos como privador de algo. Creo que, al sentirse atacados por un movimiento que denunciaba lo que hacían como “malo”, los participantes de La Rural reaccionaron de forma psicológica, queriendo defender un modo de actuar y pensar que, sintieron, estaba siendo atacado.

¿Significa que estaban en su derecho de actuar de forma brutal? Para nada. Si el veganismo erró en presentarse en un predio donde no iba a ganarse un lugar, la respuesta de los contrarios demostró la falta de herramientas para contraargumentar, y necesitó violencia para silenciar una opinión a la que no podían responder.

Puede sonar muy contradictorio, pero no pretendo atacar ni defender al carnismo (con excepción del ya por demás explotado suceso de La Rural). Al menos de momento, no dejé de ser parte de él. Estoy seguro de que muchos lo defienden por la misma razón que yo hace tiempo: no una defensa del especismo, sino simple ignorancia de que existe. No creo que una protesta que ataque a alguien por formar parte de algo de lo que ni siquiera sabe lo lleve a querer solucionar el problema, y posiblemente lo empuje a transformarse en un enemigo. El veganismo falla en la manera en que comunica sus objetivos. Debería hacer crecer sus números, pero este tipo de interacciones con sus opositores nunca lo va a lograr.

Aun así, solo podemos justificarnos en nuestra ignorancia hasta cierto punto. No podemos decir que no sabemos que algo existe una vez que se nos presenta la evidencia. Y si seguimos queriendo actuar en contra porque no queremos que “alguien me diga qué hacer en mi casa” no podemos decir que no defendemos un sistema que es cruel y destructivo.

El vegetarianismo y el veganismo ciertamente no son fórmulas mágicas que eliminen todo problema que existe, pero bajo este contexto, y limitados a un rol de consumidores, son una respuesta provisoria de efecto positivo. Capaz que sea lo mejor que podamos hacer por ahora.

En cuanto a mí, empecé este artículo con poco más que simpatía a movimientos animalistas, pero mientras más y más datos aparecían acerca de los modelos que, sin darme cuenta, ayudaba a sostener, se fue haciendo más difícil sentir que no estoy haciendo las cosas mal. A lo mejor, igual que yo, mucha gente se haya dado contra una pared y haya empezado a pensar lo mismo. Y, a lo mejor, igual que yo, mucha gente empiece a pensar que el veganismo no es una locura.

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