En qué se parecen los debates presidenciales a la lucha libre

[Lucha libre. Debate presidencial. Roland Barthes. Espectaculo. 100% lucha. Bien. Mal. Justicia. Ideología. Performático. Luis juez. Reloj despertador. Memorex compuesto. Alberto Fernandez. Mauricio Macri]

por Gaspar Roulet (@rouletgaspar)

Es el año 2006: Estudiantes de La Plata gana el Torneo apertura en un desempate con Boca Juniors, Pablo Echarri protagoniza Montecristo y Bañeros III todopoderosos se estrena en el cine. Pero, además de todos estos hitos irrelevantes (qué contradictorio todo), la televisión argentina recibe un programa que se pronuncia heredero de Titanes en el ring: 100% lucha. Este es el comienzo del efímero retorno de la lucha libre a la pantalla chica nacional (sólo duró 5 años, en contraste con los 49 de su antecesor). Hoy casi nadie se acuerda del programa (básicamente porque era pésimo), pero me sirve para introducir de manera amena todo lo que viene a continuación.

La iconografía del movimiento

Roland Barthes entiende a la lucha libre como “un espectáculo del exceso”. Esto significa que la reduce a una actividad meramente performática (y absolutamente grandilocuente) y la aleja del espectro del deporte. Sin embargo, su análisis (realizado en el ensayo “The world of wrestling”) tiene como objeto también al público.

Una idea fundamental es la de que este último tiene conocimiento de que todo aquello que ve en el ring es una coreografía, por lo que no sería erróneo creer que piensan que todo está arreglado desde un principio. A pesar de esto, las personas que integran la audiencia jamás rompen el silencio para señalar que aquello que están viendo no se trata de una “lucha” real. Es que, según el autor, poco importa al espectador quién va a ganar e incluso si todo está previamente determinado o no, sino que lo único relevante es aquello observable a simple vista. Sostiene Barthes: “entonces la función del luchador no es ganar: es realizar adecuadamente cada movimiento que el público espera de él”. Por eso, es necesario que los luchadores realicen gestos exagerados: el “dolor” (recordemos que no lo hay realmente) debe verse reflejado en el rostro de quien perece; la felicidad tiene que materializarse en la sonrisa de quien inmoviliza al contrincante; el poder (y su consecuente obtención o pérdida) debe ser cristalizado en el cuerpo.

Esto último es fundamental: el poder y el cuerpo están íntimamente relacionados. Desde un primer momento la audiencia debe saber qué rol ocupa cada uno en la coreografía basándose en la imagen de quien entra al escenario (un paralelismo con las obras teatrales modernas o las tragedias griegas). Barthes plantea que lo que se muestra al público es el “gran espectáculo del sufrimiento, la derrota y la justicia”. Sin embargo, sostiene que la audiencia no desea que el luchador sienta dolor realmente, sino que disfruta de la perfección de la iconografía del movimiento, la realización precisa de la gestualidad (que va más allá de lo puramente facial e implica al cuerpo entero) que simboliza el sufrimiento, sujeta a escrutinio masivo, como la ejecución de una figura en un número de baile. Esto último (la no-búsqueda de un sufrimiento real sino simbólico) es lo que hace que la lucha no sea un espectáculo sádico sino inteligible.

La lucha libre, entonces, busca solamente retratar la noción de justicia. La disputa de poder entre el “bien” y el “mal” hecha carne en dos personas y limitada por las dimensiones del escenario, donde la justicia es pagar por los actos realizados en ese mismo instante. Así, cuando el “malo” rompe las reglas y el “bueno” también lo hace (pero sólo con el objetivo de aplicar “justicia” sobre el primero), la gente lo permite y aclama porque entiende que es “lo que hay que hacer” para que el mal reciba su castigo.

Lo que vinimos a ver

Una lectura similar se puede realizar sobre el debate político: es que el público, que encuentra su reflejo ideológico en un partido, no espera algo “espectacular” por parte de su candidato durante un debate, sino que lo que busca es la confirmación de la cristalización (hasta entonces supuesta) de sus propios valores en una figura que tiene peso puramente a nivel simbólico. Esta última, entonces, tiene un libreto en base al cual debe actuar para no contradecir el ideal de la audiencia (su audiencia) que lo observa expectante.

Así como en la lucha existe el ring, en el debate también hay límites: el tiempo, la temática, el moderador y, finalmente, la capacidad discursiva del candidato mismo. Dentro de estas líneas es donde este último se mueve sin el objetivo de ganar (la finalidad del debate jamás es ganar argumentalmente, a pesar de los numerosos compilados de “x destroza al zurdaje” o de “x humilla al facho”), sino con el único propósito de lograr que el público refuerce la visión que posee de él como figura que encarna una cosmovisión determinada.

El espectador espera, entonces, que su candidato sea claro al apegarse al libreto (ya que él sostiene un acuerdo tácito de respeto hacia este al sumarse al partido) y esto significa no solamente una exposición clara, sino también reforzada y reflejada en el lenguaje corporal: la preocupación por una situación trágica debe verse en la mirada y escucharse en la entonación; la demanda de “mano dura” tiene que estar acompañada de seguridad en el tono y en el puño cerrado que puede hasta golpear el atril.

Cualquier falla en esta correspondencia ideología-cuerpo generará duda y descreimiento.

Choose your fighter (en esta danza)

Es en este punto donde el resto de los candidatos entran en juego. A pesar de lo anteriormente mencionado, sería erróneo minimizar su presencia, siendo estos vistos a la vez como “héroes” y “villanos” (porque la audiencia se encuentra segmentada y tiene variadas nociones del “bien” que se corresponden con partidos -y por ende candidatos- distintos) con posibilidades de ataque. Es acá donde se produce una segunda lucha (que es más una danza realmente): el candidato buscará defender su ideología y figura. Ésta es la disputa del “bien” versus el “mal”. El libreto contempla esta situación, por lo que todo está previamente determinado. Es entonces que el baile empieza a través de preguntas, increpancias, defensa y contraataques que ya han sido previstos, por lo que el resultado no es importante, sino la ejecución perfecta de aquello que se ha planeado. De llevarse a cabo correctamente, nada importará: el público siempre verá a su candidato “victorioso” debido a la coherencia que ha mantenido respecto de lo esperable.

En esta danza entre el bien y el mal es donde el poder más vulnerable se ve pero, a la vez (y paradójicamente), donde hay más oportunidad de reforzarlo. Es que el candidato podrá escaparse hasta cierto punto del libreto (“romper las reglas”) si su contrincante, a través de su argumentación y actos, se lo permite.

Como ejemplo se me ocurre el debate de los candidatos a Gobernador de la provincia de Córdoba que hizo el Noticiero Doce en el año 2007. En una de las “contra-réplicas”, Luis Juez puso en su atril un reloj despertador con temática de River Plate a modo de chicana a Juan Schiaretti. Más adelante, redobló la apuesta: contra Mario Negri usó una caja de “Memorex compuesto”. Lo performático y lo border se combinan en lo simbólico de un acto que genera risas y descontento en partes iguales, sin romper las reglas pero jugando en la frontera de lo permitido y lo inadmisible.

Aquí se abre otro paralelismo con la lucha de Barthes: el trascender los límites no es condenado por la audiencia, es a la vez parte “legal” e “ilegal” del combate. Lo curioso es la dualidad que esta acción puede generar a nivel perceptual en el público: siempre su candidato será quien trascienda “bien” los límites, por lo que la maldad nunca es adjudicada al propio partido, sino que recae en el del otro.

We the people (la declaración de dependencia)

Y nos queda el público: se habló anteriormente de la segmentación que lo caracteriza. Ésta se origina en la división ideológica que, en última instancia, lleva a la identificación/reflejo en un candidato determinado, originando la necesidad de debate. A su vez, dentro de cada segmento no solamente hay homogeneidad (en mayor o menor medida) en el esquema de valores y creencias de cada uno de sus miembros, sino que también estos comparten el silencio.

Este se produce en dos instancias específicas del debate: al notar que el candidato decide transgredir las reglas y, además, en el momento en que su propio discurso se contradice.

Cuando un candidato rompe las reglas, su segmento del público no se lo recrimina, por el contrario: se produce un proceso de justificación donde el fin último es depositar la culpa de la transgresión en un candidato ajeno para sostener así la propia moral.

Por otro lado, el mayor momento de silencio es aquel que se produce cuando el discurso se contradice: ya sea en el instante mismo en que sucede o posteriormente a la finalización del debate. Acá es donde el segmento del público elegirá obviar (a conciencia) la evidencia que se le presente sobre la contradicción. Esto sucede con dos objetivos: uno de carácter práctico y uno de índole ideológica. El primero responde a una situación más que obvia: la contradicción discursiva implica necesariamente la generación de desconfianza en la honestidad del candidato en cuanto a su rol como figura política y potencial dirigente de la totalidad de la audiencia. Tal suceso llevaría a que los miembros de otros segmentos que se encuentren dubitativos respecto a su decisión de voto no opten por él como alternativa. Este fin es de carácter práctico porque su efecto impacta en el acto de votar. El segundo es de carácter ideológico porque, partiendo de la idea de que el candidato es el reflejo de los valores del partido al cual suscribe el segmento, cualquier contradicción que aflore se percibe como una amenaza a la legitimidad de su figura simbólica.

Acá podemos traer algo más reciente: cuando Espert preguntó a Alberto Fernández si no había formado parte (o incluso si ni siquiera estuvo al tanto) de los hechos de corrupción de los que acusan a su partido, este último optó por la mejor salida (pero no por eso una buena). “Cuando tuve diferencias renuncié y me fui a mi casa”, dijo. Esta respuesta no es lo que cualquiera hubiera esperado (una negación rotunda de los hechos delictivos), sino que es él separando totalmente su figura personal-política del partido al que perteneció en el momento en que tales crímenes aparentemente sucedieron, sin afirmar o negar su existencia. Esto dejó un amplio lugar a dudas y un hueco tanto en la legitimidad de él como representante de los valores totales de su partido como en la honestidad del partido en sí mismo, por lo que, al preferir el mantenimiento de su figura personal por sobre la defensa de  los valores del Frente de Todes, el silencio de su segmento fue la respuesta. Esto por dos motivos: si implicaran que fue partícipe, significaría asumir que las acusaciones son verdaderas y por ende deslegitimarían a él y al partido en general. Por otro lado, señalar que él no tuvo nada que ver tendría como consecuencia asumir que los hechos realmente existieron, salvando la figura de Alberto pero sacrificando la del partido. El silencio entonces es la mejor opción: cohesiona y mantiene.

Es por estos dos motivos que el silencio se planta como la mejor alternativa y llevarlo adelante implica entonces un proceso de refuerzo ideológico en simultáneo, donde se destacan aquellas ideas que el candidato ha logrado exponer siguiendo el libreto, primando lo performático y protocolar por sobre su desliz, sobre el cual se tiene consciencia, pero que se relega a un segundo plano.

No somos fabulosos

Así, las similitudes entre la lucha libre y el debate son múltiples: ambos son espectáculos donde lo importante no es el resultado sino la ejecución coordinada de acciones previamente estipuladas (un golpe, la enunciación de una idea). Los dos cuentan con “héroes” y “villanos” definidos por la audiencia. Ésta última (a pesar de estar conformada por miembros que no se conocen entre sí) está enmarcada por un pacto tácito de silencio que implica no señalar la incongruencia entre lo visibilizado y lo real pero, por sobre todo, la mayor similitud reside en el carácter esencial de ambas: su existencia como campo de lucha entre las nociones abstractas del “bien” y el “mal” materializadas en personas que sirven meramente como marionetas (totalmente descartables) del zeitgeist de la sociedad en la que toma lugar.

Por eso el debate no es importante, es una perfo, un espectáculo que tiene como fin último el disfrute de la gente de cada partido que, ante la concordancia entre discurso-ideología-cuerpo, se masturba ideológicamente de manera eufórica y egoísta (no hay masturbación solidaria) en la comodidad del silencio de una masa que elige mirar al costado cuando descubre que la perfección no se alcanza, que la contradicción aflora y que puede estar equivocada porque, al fin y al cabo ¿qué mejor que creernos fabulosos en vez de asimilar nuestras inherentes contradicciones?

Comentarios

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

You may use these HTML tags and attributes:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>