Es un espanto, Cruella de Vil

 [Cruella de Vil. 101 Dálmatas. Disney. Emma Stone. Glenn Close. Príncipe azul. Moda. Feminismo. Baronesa. Heroismo. Romanticismo]

La ves venir y crees que es el diablo
Pero al llegar tendrás que admitir
Que en gran error estás
Pues ya de cerca ves
Que Cruella es mucho peor que Satanás
—Cruella De Vil, 1961

 

Londres. Años `70s. Llueve torrencialmente.

Una niña con el pelo de un lado negro y del otro blanco ve morir a su madre que cae de un precipicio al ser atacada por tres perros dálmatas. Lo que la pequeña Cruella no sabía era que romper reglas trae consecuencias y en el maravilloso mundo de Disney esas consecuencias suelen ser la muerte de los padres.

Ya tenemos a nuestra heroína: traumada, culpable y triste, que va a enfrentarse a múltiples aventuras para poder convertirse en la mejor versión de sí misma. En el camino encontrará amigos y algún villano muy malvado que la libere de cualquier culpabilidad y pruebe que su brújula moral está intacta.

¿Pero qué pasa si ya sabemos el final? ¿Qué hacemos si nuestra heroína termina secuestrando 101 cachorros de dálmatas para matarlos y hacerse un abrigo de piel? ¿Podemos pensar lo mismo?

Siempre hay una razón para enojarse con Disney 

 La película animada de 101 Dálmatas se estrenó el 25 de enero de 1961 y fue todo un éxito. Disney revisita un Londres oscuro poniendo el eje en un relato que incluye perritos, una historia de amor entre sus dueños y una villana que se identifica con ser más “mala que el mismo Satanás”.

A diferencia de muchas películas de Disney, en 101 Dálmatas no tenemos héroe o protagonista con algún tipo de problema o cuestión a resolver, sino que los protagonistas – perros dálmatas- se ven arrastrados al conflicto de la película por el deseo de Cruella De Vil de hacerse un abrigo con su piel.

En ese sentido la película animada nos da pequeñas pautas para la construcción de la mejor villana de todos los tiempos, pero tiene ligeras diferencias con la versión de 1996, la verdadera Cruella para nuestra generación: Glenn Close, diseñadora de modas extravagante, amante de las pieles, millonaria y sin escrúpulos.

Cuando salió el tráiler de Cruella, película live action de Disney que se propone contar los orígenes de este personaje, muchas cosas llamaron la atención a la audiencia millennial, hambrientos de revivir a la villana más mala de todos los tiempos. Se especuló mucho, se teorizó poco, y creímos que en el viaje a la nostalgia de un personaje tan desalmado íbamos a encontrarnos con eso: locura y maldad.

En el mágico mundo de Disney que conocemos y amamos, las historias se arman en un esquema antagonista muy básico. Un protagonista bueno y conflictuado que se tiene que enfrentar a un villano muy muy malo y bizarro. Es por eso que ante la propuesta de construir los orígenes de algunos de esos villanos, la productora del ratón se va esforzar en hacer empatizar a la audiencia con esta clase de personajes, pero sin muchos escrúpulos va a repetir su esquema al revés:  consigamos un villano más malo para que el villano que conocemos y amamos sea entonces el bueno.

Claramente fue un error de los críticos, que pensaron que la elección de elenco, dirección y producción, eran la apertura para conseguir una película diferente -mucho más similar al estilo, o incluso “copiando”, al Jocker–  cuando lo que obtuvimos fue todo lo contrario a esta futurología que muchos hacían. Disney va a lograr seguir manteniéndose fiel a su estilo, sin problematizar demasiado el plot pero redoblando con una propuesta estética impecable que es lo que pone realmente en valor esta película.

El fin está cumplido. Tenemos una película de Disney, sumemos a la mezcla una banda sonora con un balance perfecto entre música original y hitazos de época, a la mejor vestuarista de toda la industria hollywoodense y mucho maquillaje. Obtenemos la verdadera obra de arte: un homenaje estético a la cultura del Londres de los años 70s.

Y como buenos amantes de la nostalgia, nos encanta.

El camino al infierno está hecho de buenas intenciones

Entendemos, sí. Las personas no nacen siendo malas.

La necesidad de refundar una villana en la protagonista de una historia que muestre su infancia y juventud  entrega la historia de cómo una niña con un posible diagnóstico de doble personalidad pasa a convertirse en Cruella de Vil.

Ese trastorno es lo único que la película nos deja como posible conexión entre la maldad de la Cruella del futuro. Aunque muchos piensen que es horrible intentar que el espectador sienta empatía por el personaje principal “justificando su maldad”, no existe una romantización de dicha maldad sino más bien una realidad en la que las aristas que hacen que una persona tome determinadas acciones a lo largo de su vida son mucho más amplias y complejas que un simple blanco y negro. La Cruella de esta nueva película no es “mala”, sí es chistosa, amenazante y con arranques de ira, pero siempre entrando en contacto con un lado más humano que se ve en su relación con sus mascotas y sus amigos. La única romantización que existe es entre quienes ven como lineales las películas viejas y esta nueva versión.

Un ejemplo claro de esto es que ningún personaje le toca un pelo a algún animal. Claramente la cuestión política y el avance de las discusiones sobre el proteccionismo en nuestra década hace imposible que eso suceda en una película, mucho menos una película de Disney, muchísimo menos si es la protagonista quien lo hace. Y aunque se den el gusto de hacérnoslo creer por un momento, la protagonista sale indemne en el examen de la moralidad que debe tener una heroína Disney. En Cruella se sale del eje “malos y buenos” para el mundo animal y deja a los perros en un plano de comportamiento que tiene relación directa con sus dueños y lo que estos les dicen qué hacer. Que los dálmatas sean “malos” no es culpa de los perros en ningún momento, sino de su dueña quien es la verdadera villana.

El punto en esta discusión deja de ser si la película tiene valor o no por no cumplir con la expectativa de una obra disruptiva para el cine, si es políticamente correcta o si ingresa a esas nuevas lecciones morales de que la maldad es algo que surge por culpa de los entornos sociales.

El punto es que todas esas discusiones, a las que Disney se adelantó cubriendo lo que se pudo cubrir – como el cambio en los personajes de Anita y Roger, por ejemplo – se desarman con una propuesta estética que sobrepasa cualquier crítica posible en este sentido.

La verdadera muerte es dejar de estar de moda

 A diferencia de otras muchas películas, el universo de los 101 dálmatas es en el único donde las villanas no mueren. Esto es algo increíble para estas películas animadas que no escatiman en darle finales truculentos, merecidos y “accidentales”, pasando por el cazador de Tarzán muriendo ahorcado por las lianas hasta el Juez del Jorobado de Notre Dame que cae de la catedral para quemarse en el fuego.

Como bien sabemos, Cruella no muere -obviamente- en esta película ni en los 90s, después de fallar en su plan de capturar a los dálmatas. Tampoco lo va a hacer su antagonista, La Baronesa. El verdadero castigo para estos personajes es el olvido, dejar de estar a la moda.

El mundo de la moda y el diseño cambiaron para siempre con la primera ola del punk, como una crítica de los jóvenes hacia una generación anterior que consideraban hipócrita, basada en las apariencias y en la opinión de los roles que cada quien debía cumplir en la sociedad. Por medio de la música, el punk fue una rebelión y una puesta en ridículo a la rigidez de los convencionalismos que ocultaban formas de opresión social y cultural.

Nuestra Cruella joven se va a encontrar reflejada en esta rebelión generacional, que va a impactar también el mundo de la moda. Su búsqueda artística de hacer vestuarios cada vez más extravagantes y su guerra disruptiva contra el personaje de la Baronesa nos lleva a toda esa actitud del punk que viene a romper con lo estructurado, con las reglas y con la ley.

Siluetas voluptuosas, ropa harapienta y rota, mucho tul, faldas anchas, camperas de cuero y otras pieles.

La Baronesa se queda afuera del mundo de la moda de la misma manera que Cruella se va a quedar afuera años más tarde, cuando necesite hacer un abrigo con piel de dálmata para “innovar”, el límite de la moda pasará a ser el límite moral.

Pero, así como todo vuelve, esta Cruella resurge para las generaciones del s. XXI como lo que es la moda: sus años 70s la reivindican, nos hacen entenderla y la vuelven un ícono que rompe las barreras sociales ganando la guerra contra el pasado y proyectándose en nuestro presente. El viejo y repetido truco de la melancolía.

Vamos a seguir comprando aunque nos enojemos

 Hace unos meses salió una canción que se hizo viral en Tiktok que se llama I’m mad at Disney (estoy enojada con Disney). Esta canción básicamente culpa a la productora animada por engañar a una generación de chicas – que tiene “veintialgo” – y convencerlas de que encontrar el beso de amor verdadero era algo posible.

Paralelamente -con el estreno de esta película – se abre un debate en el feminismo con respecto a la representación, tanto en Cruella como en la Baronesa, de las mujeres empoderadas y exitosas. Para triunfar en un mundo de hombres hace falta ser mala y muy mala. La crítica: el triunfo de las mujeres parece esconder un individualismo que no permite compartir la escena con ninguna mujer más ni dejar lugar para establecer vínculos emocionales con otros a menos que signifiquen algún beneficio.

Pero acaso ¿esas no son las bases capitalistas en las que vivimos actualmente? ¿Por qué las mujeres tenemos que mostrar el ejemplo y cambiar los estereotipos de lo que se considera exitoso? La figura tantas veces utilizada en las películas y en la literatura del hombre millonario, dueño de alguna empresa, de una marca, sin apegos emocionales a ningún ser vivo, solo interesado en su fortuna y su trascendencia individual, suena como un buen ejemplo de lo que va a elegir ser Cruella. Y sin embargo al personaje masculino nadie le cuestiona moralmente su lugar en relación a sus pares. Es un buen personaje. Algunos querrán ser como él por varias razones, otros lo detestarán por otras.

Sin embargo, nuevamente, la crítica moral cae sobre las mujeres, sobre los personajes femeninos. La deconstrucción debería apuntar a que las mujeres puedan construirse en personajes desalmados, locos y desquiciados, puedan ser exitosas y maltratadoras de quienes las rodean. Algunas querrán ser como ellas, otras las detestarán.

Pero volviendo a Cruella y siendo que la verdadera discusión recae en si abandonar las aspiraciones románticas es lo que diferencia a los personajes malos de los buenos, esta película nos dice todo lo contrario: a fin de cuentas Cruella ganó, derrotó a la mala gracias a la justicia y tuvo éxito sin haber hecho nada malo. Es la heroína. Y es la heroína sin necesidad de enamorarse de ningún idiota.

Hay que aceptar que veces los finales felices no llegan solo mirando una estrella fugaz o esperando que el idiota del príncipe llegue a salvarnos. Podemos ser buenas, conseguir lo que queremos y no enamorarnos de nadie en el camino.

 

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