La escritura como modo de vida

[Escritura. Vida. Ensayo. Renacimiento. Michel de Montaigne. Dios. Clément Rosset. Lo real y su doble]

por Federico Uanini (@efe.de.r)

La experiencia de lo íntimo es relativamente nueva en nuestra cultura. Sus inicios datan del período que el historiador francés Jacques Le Goff supo catalogar como “el Renacimiento del siglo XII”. Hasta ese momento habíamos vivido en el seno de una comunidad medieval omnipresente donde la soledad era síntoma de locura u ostracismo, pero entre el siglo XII y el XIV comienzan a manifestarse esbozos de una búsqueda por la interioridad humana que revolucionaría el arte y la filosofía misma. El surgimiento en esta época de objetos cotidianos como el monedero, las habitaciones personales o el plato individual para la comida comienzan a proponer un espacio y un tiempo que problematizan la forma en cómo el ser humanx se concebía a sí mismx: ahora es posible pensarnos en soledad. Los viajes de colonización a las américas contribuyeron a quebrar de forma definitiva la imagen que Europa tenía de sí misma: durante el siglo XV llegaron historias a las Cortes sobre los diferentes pueblos americanos y sus “extrañas” costumbres. La forma en que se podía vivir era mucho más amplia que la sostenida por una sociedad europea azotada por la Peste Negra y la debacle del feudalismo. La pintura supo mostrar este cambio de perspectiva cuando en esta época el autorretrato se hizo presente: pensar al ser humano implicaba ahora poder dar cuenta de esa interioridad que se abría como extraña pero también familiar. En este contexto escribió el filósofo francés Michel de Montaigne

Este personaje, leído más veces en literatura que en filosofía, fue el iniciador del género literario que hoy conocemos como “ensayo” (título que puso a su única obra publicada). El nombre que decora esta clasificación no es azaroso y está relacionado con la forma en la que el autor francés piensa que el ser humano se vincula con la verdad. Para este filósofo sólo la Divinidad está en posesión de un saber absoluto: a lxs seres humanxs sólo nos queda “intentar”, “ensayar” esa verdad que, por otro lado, posiblemente nunca podremos alcanzar. Escritura y Verdad son dos dimensiones entrecruzadas en este autor: ambas juegan en el límite de lo imposible, y su relación con nosotrxs establece un diálogo constante sobre quiénes somos en realidad. Gadamer supo escribir en “Verdad y método”, contra una perspectiva científica que sostenía a la veracidad como una propiedad exclusiva de las ciencias naturales, que la literatura aloja una forma de certidumbre, una certeza que cuenta más sobre el espíritu humano que una regla de gravitación universal. En ese vínculo entre verdad y escritura es donde Montaigne lleva a cabo su obra: mientras la Filosofía anterior buscaba verdades sobre el mundo, él prefiere buscar verdades sobre sí mismo. Aquella interioridad que desde el siglo XII comenzaba a permear el horizonte del arte y de la reflexión encuentra en este autor un punto cúlmine cuando nos comenta que su única tarea es “pintarse a sí mismo”. Compungido por un sentimiento de una muerte prematura, el francés decide aislarse del mundo en la torre de su castillo y comenzar una tarea meditativa que lo llevará a producir un voluminoso escrito que no pretende otra fama que dar cuenta de sí, es decir, intentar mostrar quién es ese Michel de Montaigne que escribe. Una franqueza absoluta recorre su gesto literario: escribir sobre uno mismo es siempre escribir con la verdad. 

¿Pero qué verdad se aloja en estos ensayos del escritor del Périgord? Al escribir sobre uno mismo, piensa Montaigne, de forma indefectible tengo que relatar las ideas y opiniones que la cultura me ha otorgado sobre lo que significa ser humanx. No sé tanto lo que soy como aquello que me han dicho que sea. Estas opiniones no son meras ideas: son propuestas sobre cómo llevar a cabo la vida. “Ser humanx” ha significado un mandato más que una descripción para la cultura y la filosofía. El escritor de Burdeos define a estas ideas que nos otorgan una vida “prefabricada” como “males imaginarios”: aceptar falsas definiciones sobre quiénes somos implica someterse a una forma de vida angustiosa que no nos es propia.  Perspectivas sobre cómo debe ser el cuerpo, cómo tenemos que comportarnos, incluso hasta cómo debemos amar son ideas que nos azotan: vivimos bajo la falsedad de no saber quiénes somos y, por tanto, qué queremos en realidad. La primera verdad que se aloja en la escritura de Montaigne es comprender que la búsqueda por nuestro “Yo” debe ir más allá de las opiniones que nos relatan quiénes deberíamos ser.

El filósofo Clément Rosset supo escribir en “Lo real y su doble” que lxs narcisistas no se aman tanto a sí mismxs como en general se piensa. En realidad, el afecto que lxs recorre es el de un fuerte autodesprecio. Lxs narcisistas prefieren las historias que se cuentan a sí mismxs antes que a sí mismxs. Ese es el significado de la muerte de Narciso para Rosset: escoger la imagen que se refleja por sobre el cuerpo que se asoma, vivir bajo el retrato que tolero ante que aceptar el cuerpo desde donde la apariencia surge. Lxs narcisistas son una especie de Pigmalión que se enamoran de su propia obra: creen que ellxs mismos son el cuento que se han (y les han) contado, piensa que su identidad se limita a las ideas que se han dicho a sí mismxs al oído, ocultando como contraparte un verdadero “Yo”: el que se asoma al espejo de agua. La humanidad entera, dice Rosset, padece el mal de Narciso: no aceptamos la verdad de lo que somos, y preferimos ficciones que nos cobijen frente a un mundo hostil. No dejamos de ser animales que le temen a la noche. Pero el Narciso que somos tiene un enemigo para Montaigne: la escritura. Cuando la letra presume de ser un espejo de nosotrxs mismxs, las historias que nos contamos estallan frente a la verdad somos. Kundera supo escribir que mirar hacia el abismo nos da una mezcla de miedo y placer porque, en el fondo, una parte de nosotrxs quiere tirarse, aniquilarse desde las alturas. Cotidianamente nos recorre el deseo de sacrificar la realidad, de negar lo que en verdad “es”, para sólo darle el mote de “existente” a aquello que preferimos que sea. La escritura es el espacio donde narrándose a sí mismo Montaigne encuentra la fragilidad de Narciso: la humanidad ha preferido falacias y quimeras antes de aceptarse precaria y débil. La escritura impulsada por la verdad de narrar quiénes somos nos devuelve las mentiras que nos contamos día a día. Como bien supo escribir Tolstoi en “La muerte de Ivan Ilich”: el poderío de un juez cae a pedazos cuando no hay veredicto que lo salve de su condición de mortal. El escribir sobre unx mismx no es un acto comunicativo: es reconocer y erosionar las falsas imágenes que hemos proyectado de nosotrxs en el mundo. Pero si todo era mentira, si esas ideas sólo servían para darnos un sentido propio en un universo cuasi nihilista, ¿dónde queda esa pequeña verdad que Montaigne pretende buscar?, ¿quiénes somos si, como decía Dostoyevski, Dios está muerto?

Tal vez el primer paso para encontrar esa respuesta implique considerar lo más próximo que tenemos y que ha sido desdibujado por el gesto irreal de Narciso. “Lo más cercano es lo más extraño” reza cierto dictum del Tao, y Montaigne no podría estar más que de acuerdo. Si las narraciones que nos habíamos contado sobre quiénes somos son falsas, lo que se abre frente a nosotrxs es otro tipo de lenguaje: ahora el cuerpo nos habla. El filósofo francés decora decenas de ensayos relatando sus males corporales: sus dolores físicos, su mal de gota, sus piedras en los riñones, su predilección por tal o cual comida para no tener gastritis, etc. Lo que a simple vista suena fútil y hasta escatológico, es en realidad lo más propio que tenemos. En la escritura el cuerpo emerge como verdad. Pero no es un cuerpo abstracto el que aparece en sus escritos, es la carne de un hombre que sufre, que reconoce que las ideas que ha tenido de sí mismo le han causado infelicidad y que es necesario escuchar lo más cercano en lugar de lo esgrimido por el Narciso de la cultura. En la letra surge un cuerpo propio pero extraño: indomable, frágil y necesitado, que no se condice con aquellas imágenes grandilocuentes que antes tenía de sí mismo. La escritura muestra la verdad: la fragilidad que ahora surge era lo que se intentaba negar con aquellas ideas que buscaban definirnos. Cuando el cuerpo emerge sobre la vanidad del relato impropio, la pregunta por quién soy comienza a decirnos que somos seres que no nos aceptamos a nosotrxs mismxs. Aquellas ideas con las cuales nos vestíamos eran la respuesta de un miedo frente a nuestra propia fragilidad: el mostrarnos en ese cuerpo doliente y frágil resulta casi insoportable, y como Pigmalión aprendimos a enamorarnos de esa escultura vanidosa que son las definiciones que la sociedad ha proclamado como buenas formas de vida. 

Pero si la escritura de sí mismo es el lugar donde el cuerpo se hace presente, donde los “males imaginarios” se deshacen cuando somos capaces de notar las mentiras con que adornamos nuestro miedo hacia la precariedad, entonces esa misma escritura es una terapia. Escribir es establecer un diálogo con unx mismx, sabiendo que la verdad de lo que somos se encuentra oculta por nuestro miedo a la indiferencia del universo. La escritura de sí es una forma de vida, un ejercicio constante por quitarnos aquellos miedos con que preferimos negar la realidad. Escribir es, para Montaigne, la terapia contra una presunción que desdibuja la fragilidad que somos como seres humanos. Si el ensayo supone cierto acercamiento con la verdad, ensayar la respuesta por quienes somos implica hacer presente los deseos y sentimientos que se alojan detrás de la mascarada. Sólo nosotrxs sabemos cuál es la verdadera respuesta a quiénes somos y, aunque la solución no sea fácil, el sentido de preguntar implica siempre evitar que alguien nos dé una respuesta acabada, una afirmación sobre la vida que se nos vuelva grillete. Sólo cuando escribo sobre mí mismx, cuando soy consciente de la carne y el dolor que intento negar a como dé lugar, soy propiamente Yo. En alguna parte de “Edipo en Colono”, si la memoria no me falla, Sófocles escribe: ahora que he perdido todo es cuando empiezo a ser un ser humano.

Siguiendo, tal vez, el espíritu de autores clásicos que consideraban a la Filosofía con la capacidad de curar nuestras “enfermedades del alma”, el filósofo francés comparte el gesto de “ensayar”, de vincularnos con esa precaria verdad que somos porque sólo desde ahí la felicidad puede enunciarse. La escritura se vuelve entonces un gesto ético, una defensa por sostener la eterna pregunta por la identidad frente a las opiniones que aseguran garantizarnos cómo se debe vivir. No se escribe, como bien supo decir Clarice Lispector, para cambiar el mundo: escribimos sólo para poder florecer.

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