Escritos berreta, revolución electrónica y hombres encajados en Fiorucci*

*Charles Bukowski dice “dios maldiga nuestra flaca bravura”
** A Asael, por ser un campeón.

por Antonella Saavedra (@PezPost)

Qué pesadilla estúpida esa en la que fui al cine a ver “Volver al Futuro”, al Hoyts del Patio Olmos y apareció en pantalla descomunal el rostro del gobernador de la provincia, exagerando la tonada cordobesa. Invitaba a pasear por acá en una publicidad de turismo. Dramatizaba las muecas, grotescas y escupía toda una perorata de incoherencias escritas en un guión por el asesor infeliz de turno.

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Un espectáculo de propaganda política en HD, el tipo decía “desenojate” y vení. Desenojate, dale. Amor panóptico.

Me tomó por sorpresa, en verdad. Una pantalla gigante es la indefensión absoluta. Así no se puede. Me pasa seguido de tener encuentros accidentales con extraños que vociferan. Un ciruja me corrió a la vuelta del Hospital Córdoba y me dijo: “¡Control mental, escuchá Pink Floyd!”.

Control mental, De la Sota en la pantalla del cine. Alguien hizo su tarea y aprendió bien lo que Joseph Goebbels tenía para decir.

La única defensa que encontré fue cerrar los ojos. Aquello que Alex DeLarge en “The Orange Clockwork” no pudo hacer cuando era sometido al Método Ludovico. Así de asqueada y con lanzallamas en mano, imaginé su quincho arder en mi cabeza. Una combustión lenta, slow motion. Así como ardieron las sierras la primavera pasada hasta quedar negras. Durante días tuvimos los ojos profundamente irritados y lloramos alquitrán. Del enojo, pasé a una angustia pequeña pero despiadada.

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Busqué la forma de evadir todo y se me pasó. Me vi desenojada, pero no como él pedía. Me vi haciendo guardia de cenizas de su peluquín fabricado con el pelaje de algún triste animal muerto. Afortunadamente estábamos en el cine por una película feliz y clásica. La sala estaba llena de nerds. El film estaba subtitulado, pero muchos se sabían el doblaje al español de memoria y lo repetían. El doblaje al español de “Volver al Futuro” se perdona, como el de Dragon Ball o Los Simpsons. No me importó el gesto incongruente de que aplaudieran la película al terminar. Josema había quedado atrás.

Spinoza escribió “toda tristeza no es más que una disminución del yo” y les digo, cuando salgamos a la calle hay que cagarse en José Manuel y en el malgobierno, para que no nos quiten el yo. Que no nos quiten el vos. El escape, eso sí, no corre por cuenta de la casa. Cada uno debe sentirse libre de fabricar el suyo. Diría uno que a mí me gusta mucho, “dios maldiga nuestra flaca bravura” de tomarnos un vino en una plaza.

A propósito de la tristeza, mi viejo dice que en los números está la respuesta y la pregunta a todo. Fue profesor de álgebra avanzada. Yo pensé que no había heredado nada de su intelecto lógico-matemático. De curiosa una noche comencé a hojear uno de sus libros y encontré un procedimiento de cálculo que me resultó por demás simpático.

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Decía “cálculo de un número feliz”. Lo que hay que hacer es comenzar por cualquier número entero positivo. Se calcula el cuadrado de sus dígitos progresivamente hasta que el resultado de la operación sea uno (1). Ese número, es feliz. Por convención, luego de calcular veinte veces el cuadrado de los dígitos del número elegido en primer lugar sin llegar a uno, se entra en un bucle infinito que no incluye el uno. El número que entra en un bucle infinito, es un número infeliz (o triste).

Así pasó que terminé pensando en los números tristes durante semanas. Pitágoras fue un filósofo, matemático y astrónomo destacable. Fundador de la Hermandad pitagórica formuló su máxima fundamental: “los números son cosas en sí”. Además de cierta agencia incluso les atribuía cualidades o dotes como “masculinos y femeninos”, “perfectos e imperfectos” o “bellos y feos”. A Pitágoras se le adjudica la definición de “números amigos”.

Entonces no es tan loco plantear en un mismo nivel ontológico a hombres y números. A Pitágoras le cabía, ergo para mí debe ser suficiente.

Al igual que para los números, las personas en teoría somos felices al “llegar a uno”. El trabajo, la carrera, la casa, la mascota, el hijo, la escapada anual veraniega, la jubilación, la medicación, la parcelita en el cementerio. Una vida construida progresivamente, suma de los cuadrados tras suma de los cuadrados hasta que llegás a la meta, y listo.

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Distintas son las cosas cuando sos un número triste. A tan sólo veinte intentos o menos, entrás en el bucle infinito. Un loop jodido pero agradable, en el que el uno (1) no está incluido. Llegás a tener plena conciencia de que quizás no todo va tan mal. Te cruzás por la calle con conocidos entrometidos y comenzás a idear respuestas ingeniosas al ey-che-tanto-tiempo-qué-es-de-tu-vida-en-qué-andás.

– Tanto tiempo, che ¿vos en qué andás, Anto?

-Nada, no mucho. El laburo bien, los pibes sanos. No tengo ébola. Hace dos meses que no consumo.

-Ah.

Otro modo efectivo de esquivarlos es usando gafas oscuras. Me encanta creer que invisibilizan al prójimo indeseable. O a uno mismo.

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Algunas personas te quieren ver como una extensión de sí. En esos casos tales respuestas son bastante atinadas y hasta con cortesía. En la misma caja cabe el discurso delasotista y su modelo de país y los abanderados de los cánones de felicidad.

Ahora bien ¿cerrar los ojos combate el amor panóptico que De la Sota te quiere brindar? ¿Los lentes oscuros combaten a la gilada? Te ayudan a evadirla, pero no.

Williams Burroughs en 1970 publica “La Revolución Electrónica”. Allí desarrolla un manual escrito a modo de panfleto, para guerrilleros urbanos. Comienza tratando el carácter viral y parasitario del lenguaje, que al reproducirse con una facilidad terrible, condiciona la vida humana. La difusión massmediática de propaganda, por ejemplo, ponen a funcionar la maquinaria de control mental.

¿Conspiracionista? ¡Control mental, escuchá Pink Floyd!, diría el ciruja de la Avenida Patria.

La contrapartida según Burroughs es utilizar la tecnología contra el enemigo. Explora sobre técnicas de sabotaje accesibles a cualquiera como el cut-up (montajes). Armados con celulares, computadoras, impresoras o aerosoles. Carlos Gamerro dice al respecto “(…) la acción política de Burroughs se dirige así no contra algún sistema de control en particular (por eso no puede tomar partido) sino contra todos, o más bien contra lo común a todo sistema de control: la manipulación del pensamiento mediante el uso de la palabra y la imagen”.

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En esta revista siempre decimos que no venimos a recomendar ningún libro ni mucho menos a reseñarlo. Por lo demás, en este caso es una lectura imprescindible para la acción.

Porque sucede que la angustia que produce el poder estatal y la presión social parecen ser enormes e imbatibles. Pero no tienen por qué serlo. ¿Qué hay de arremeter con un fanzine, con tu arte, con tu militancia, con un vino en la plaza siempre en nuestra flaca y maldita bravura?

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