Euphoria adolescente

[Euphoria. HBO. Sam Levinson. Hollywood. Drogas. Adolescencia.  Hunter Schafer. Zendaya. Rue. Jules. Nate Jacobs. Cal Jacobs. Homosexualidad. McKay]

por Gonzalo Zanini

¿De qué materia está hecha la adolescencia?

Preguntar a qué nos referimos cuando hablamos de adolescencia es enfrentarnos a una lista larga y extensa de respuestas que brotan de todos los campos de estudio. La adolescencia es algo que se observa, se padece, se señala y se recuerda. Todos tratamos alguna vez de domar ese monstruo cargado de momentos difíciles de clasificar, de felicidad ciega desenfrenada, de emociones de tintes claroscuros, con ese dúo molesto que conforman todo pasado precoz y melancólico: los errores que parecen irreversibles y los logros que resultan irrepetibles.

Entonces HBO hace su siguiente apuesta luego de la gloria con final amargo de Game of thones: Euphoria. La serie, dirigida y escrita por Sam Levinson, nos hace replantear una vez más qué pasa en ese interludio trágico llamado adolescencia. Y además deja en evidencia el fetiche de Hollywood por los jóvenes.

Aunque fue obvio. Desde siempre. La máquina de sueños en realidad fue siempre una máquina de explotar personas de todas las edades. Hollywood, esa gran familia desigual, tragicómica, con películas que tienen finales felices pero cuyas vidas reales involucradas terminan con finales desoladores y deprimentes.

Entonces vemos la industria interfiriendo en la conceptualización de algo tan discutible como esa etapa caótica llamada adolescencia. Y vemos que  las películas que abundan en la taquilla y en los canales de televisión a la siete de la tarde muestran siempre lo mismo: jóvenes que tienen un amor platónico, que no quieren encajar en su familia, que rechazan las responsabilidades futuras que les puede dar la universidad y la vida independiente, que desean de manera obsesiva disfrutar de las fiestas y el consumo ilimitado de alcohol y drogas antes de cumplir cierta edad, para que al cumplirla, ese conjunto de experiencia inservible eleve su autoestima. Por lo tanto, ante la ansiedad y la concentración de los objetivos a cumplir, estos protagonistas ven cada obstáculo que la vida les puede ofrecer como un bloque enorme imposible de superar. Y el final de cada película, los protagonistas parecen haber aprendido algo en esa hilera de peripecias ficcionales. Por más que, muy probablemente, la adolescencia no sea mas que un conjunto de momentos claves difíciles de enfrentar, cuyo sentido del contexto siempre se escapa.

Esos nuevos maquillajes

La serie Euphoria (no nos olvidemos que el ensayo va de esto) parece reunir lo básico para ser una serie teenager exitosa: droga, sueños a cumplir, sexo y amor platónico. Además de los dos plus que muy bien le viene a los tiempos que corren: Hunter Schafer, una actriz transgénero; y las redes sociales como mediador y generador de problemas. La propuesta de HBO nos hace pensar (insisto, en un primer momento) que la productora sabe decodificar muy bien lo que está pasando en la actualidad y que aprovecha los antecedentes coloridos, enternecedores, que las películas de adolescentes demostraron ser.

Pero por supuesto: no es tan así.

Euphoria nos dice que los adolescentes son adictos a las drogas. Bien. Pero Rue es una adicta que contamina y pulveriza a su familia. Entonces las drogas se alejan un poco de la imagen llamativa que usualmente se le da y se vuelve el parasito que empezó en incubación como divertimento o curiosidad y que al final resultó siendo epidémico: el portador que lleva a su tumba a todos los que lo rodean a causa de su adicción.

Euphoria sumerge al espectador en la mente de una chica con graves problemas de abstinencia. Pero no es una serie yonqui. Lo más admirable es la intención del director de mostrar la familia de esa persona, el entorno ya resquebrajado, a punto de reventar, de una madre y una hermana que ven la autoaniquilación de un ser querido, manejando los momentos dramáticos con un realismo crudo, aunque evitando la realidad chocante, casi documental, de los adolescentes de Larry Clark, director que supo dónde meter la cámara en los jóvenes de los ´90 y cómo narrar todo esa nueva ola de skaters promiscuos y mentirosos. Sam Levinson deja a un lado el realismo de Clark y los juegos de luces surgen en diversas escenas para inyectar el ambiente de un surrealismo no psicodélico sino artificial, con reflectores rojos y celestes que parecen indicar el comienzo de algún enfrentamiento bélico.

Además las pastillas no son las únicas drogas consumidas. Los adolescentes en Euphoria son adictos al éxito, que no es más que la máscara del terror al fracaso. Nate Jacobs es la representación del sueño americano alzándose glorioso para ser derribado de inmediato por los propios fantasmas que ilusamente sostuvieron ese éxito. Los fantasmas que pretendieron asustar pero que al final se asustaron a sí mismos. Estos son: la psicología del liderazgo (y la necesidad de ser mejor que los demás, cueste lo que cueste), la visualización de la otra persona como un objeto descartable y la idea de que la victoria es lo único que puede hacer feliz a una persona. Hay muchos otros adolescentes como Nate que reflejan el lado B del mundo encantador que las instituciones escolares y las presiones familiares defendieron. Y que demuestran que la vida no se vive y disfruta con sudor y esfuerzo, con belleza y seducción, con integridad y concentración. Ese es el caso de Chris McKay, el claro ejemplo de que la competencia no siempre es el mejor estimulante, y que el fracaso se vuelve tan difícil de aceptar, que la sociedad lo convierte en veneno.

Aunque a mi entender hay algo fundamental en la serie: el papel de los adultos. En Euphoria la adolescencia no parece ser un proceso natural de crecimiento, un instante biológico de transformación que después se disipa como una bruma matutina para dar espacio a la luz fulminante de la adultez.  No es una suerte de pesadilla de la cual despertamos para ser personas maduras, responsables, con una sonrisa firme en la boca que demuestra que lo peor ya pasó. En Euphoria los adultos (algunos de ellos, por supuesto) son los que demuestran que el peso de la vida es azaroso, berrinchudo, con demonios difíciles de exorcizar y placeres imposibles de borrar. Y por lo tanto sus hijos, que parecen vivir en una turbulencia justificada por la adolescencia, en realidad transitan una turbulencia que puede durar toda la vida sino se toma las decisiones correctas. Allí está Cal Jacobs, el padre de Nate, con apetitos sexuales que fácilmente desmoronan la familia casi perfecta que debe mantener como macho alfa protector. Cal Jacobs alza con sus propias manos la bandera del esfuerzo y el compromiso personal. Pero al mismo tiempo se encierra en la habitación hedionda de un motel para coger con hombres y mujeres de forma mecánica e inhumana. Lo mismo sucede con Suze Howard, la madre alcohólica que no deja de admirar la belleza de su hija mayor y que aparece en cada escena con una copa en la mano y con una cara pálida de sonrisa desfigurada, rastro menor de un problema mayor: el abandono incurable. Entonces tenemos a adultos despechados o reprimidos sexualmente, que pueden meterse en una misma bolsa junto al resto de los adolescentes.

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