Euphoria: lo raro es infinito

[Euphoria. HBO. Rue. Nate. Jules. Kat. Maddy. Sexualidad. Pornografía. Adolescencia. Identidad. Drogas. Mesías. Labrinth. Skins. Skam. Poder. Sexo. Signo]

My body is a cage that keeps me
From dancing with the one I love
But my mind holds the key
—My body is a cage, Arcade Fire

Taking it all
Taking it all for us
Ohh, doing it all for love
All for usLabrinth

por Pablo Durio (@PabloDurio)

En todo drama adolescente hay un momento que parece bisagra en la vida del grupo dominante (en esa escala social reducida a cuatro paredes que es un colegio secundario), un momento que hace tambalear la estructura en la que los buenos (los que no pertenecen al ámbito de la divinidad) ganan por la posesión de algo que los otros no tienen: un insistente (y pedante) mal gusto por la gracia de los valores que se supone deberían triunfar en toda historia. En Euphoria la escena es la siguiente: a Nate Jacobs, el líder de la manada que modeló su cuerpo en la perfección estética de la pornografía de la que nutre su encanto pero que sabe, además, que el sexo también es signo, se lo llevan preso por estrangular a Maddy (la novia porrista de todo mariscal de campo made in USA) en el carnaval del sábado pasado cuando la mismísima Maddy Perez, pasada de éxtasis y vestida en rebeldía con los códigos que la familia Jacobs profesa públicamente pero no puede mantener en lo privado (“estas vestida como una puta”, le grita Nate), tira una olla gigante con el chili ganador por quinto año consecutivo de Carl Jacobs al piso y le dice a la madre de Nate que es una conchuda. Nate la corre. La estrangula contra un tráiler en las sombras. La deja. Y le dice que vuelvan y que la ama cuando Maddy le revela que estuvo hurgando en su telefóno y que encontró un montón de fotos de pijas de otros hombres y que, entonces, Nate es (otro subcontexto constante en la vida del chico lindo del colegio con abdominales marcadas) puto.

Pero volvamos a la escena que abrió esto: Nate es llevado preso y la cámara lo enfoca de frente mientras abandona el colegio con la cabeza en alto no solo porque declaró que no hizo nada sino porque además Maddy y él reafirmaron que se aman contra todo, mientras sus padres lo escoltan como la familia tradicional que son, los más ricos del pueblo además, los que guiados por ese padre todopoderoso se circunscriben a la filosofía de esforzarse al máximo para pertenecer y, entonces, los Jacobs varones se cruzan con el origen de sus pesadillas: Jules, la alumna nueva de la East Highland que es al mismo tiempo la chica trans que cogió con el padre de Nate cuando recién llegaba al pueblo (nadie lo sabe) y que enamoró (¿enamoró?) a Nate cuando se conocieron a través de una app. Y ahí sentimos la tensión que se forma alrededor de todos los personajes: los Jacobs van a caer.

Las fotos de pija son la verdadera ventana al alma

En toda serie adolescente el sexo es uno de los protagonistas. Lo era en Skins, lo fue en Skam, y lo es en Euphoria. Pero en las tres hay algunas diferencias. En Skins el sexo era entretenimiento y necesidad (en algunos casos desafiante –Tony Stonem– y en otros bizarra –Sid Jenkins-), en Skam era descubrimiento personal (la historia de Isak -temporada 3-), y en Euphoria el sexo aparece inscripto en su cara más oscura: el poder, es decir, plantea que el sexo no puede ser reducido a la excitación biológica y que pertenece al reino de lo simbólico. Sin lo simbólico, sin lo alucinatorio, sin la trama que componen las personalidades y las relaciones interpersonales, no hay calentura. A nadie le importa si hombres o mujeres. En Euphoria para coger no sólo hay que ser un ser humano atractivo para otro sino que además hay que actuar como tal para componer lo real como si lo real (lo corpóreo) no estuviese ahí: si uno es la porrista latina de turno y quiere enamorar a Nate tiene que fingir ser virgen, posar como virgen, consumir pornografía pero no para masturbarse sino para saber cómo hacer, qué gestos poner, cuándo gemir y en qué grado encorvar la espalda para que Nate esté seguro de dos cosas: es el macho alfa y todo lo que necesitas, y si uno es Nate no alcanza con ser físicamente hegemónico sino que además hay que posar esa pertenencia: ser heterosexual, violento, despreciar a las mujeres que disfrutan de su sexualidad, y representar todos los clichés del homoerotismo al mismo tiempo que se huye de ellos (la escena donde todos hombres sin remera ven videos porno y se pasan nudes y se golpean y se burlan entre ellos vs la obsesión de Nate [y de la serie] por los pitos).

Pero quizás quienes mejor personifiquen esto sean Jules Vaughn y Kat Hernandez.

Kat pasa de lo burdo del video porno homemade a la estética hardcore en una secuencia más o menos fiel a esto: Kat inicia siendo la compañera fea (no tiene un cuerpo hegemónico) de las nenas lindas y, en consecuencia, es virgen y lo vive como una marca más de su exclusión. Entonces decide tener sexo con el primero que se le cruza (para empatar en la rivalidad latente del mercado del deseo) y éste la filma. El video se distribuye por toda la escuela y ella, consciente, se automodela en el instructivo de internet como diosa de cuero y corsets y arneses: lo mecánico del sexo (la reducción de la sexualidad a un Tetris -y también la ideología dominante de cómo funciona el placer-) es cambiado por el ritual y el simbolismo, es decir, hace de ella misma un personaje, una dominatrix, se convierte en una caracterización estereotípica de sus propias fanfictions[1] y termina demostrando su valor por sobre el miserable Luke Kasten (un ex alumno de East Highland que alcanza la categoría de mito al ser expulsado y tenerla grande al que Kat se coge en el carnaval antes mencionado y cuando él le pregunta si ella acabó -la relación dura segundos- le responde, dejándolo empequeñecido, que no): “no importa que tan cool, inteligente, o sexy sea un hombre: son todos patéticos” Kat Hernandez.

Y Jules, por su lado, es tan teatral como le es posible, porque la narración de lo normal la dejó afuera y ella tiene que reinventarlo todo en un lenguaje traducido en maquillajes y brillos, en lo performático de su identidad: si los Nates y las Maddys del mundo se constituyen como géneros heteronormativos y por lo tanto hegemónicos actúan su pertenencia, entonces otros actos son posibles, si sus actos y sus deseos crean el efecto de un núcleo interno, lo hacen en la superficie del cuerpo mediante un juego de ausencias significativas y Jules es, en todo caso, todas esas ausencias: el verdadero (o parte del) deseo de Nate y, al mismo tiempo, toda la feminidad de Maddy[2].

Dos segundos de vacío

Rue es la protagonista de Euphoria. Es la narradora que lo sabe todo y es, al mismo tiempo, una drogadicta y la mesías: la caída de Dios y el triunfo de la Industria Farmaceútica. Hay algo que Rue Bennett sabe desde el origen de los tiempos (una nena de pocos años en un suburbio de un Estados Unidos postimperial que es diagnosticada con una serie de enfermedades mentales muy DSM-V que la convierte en largo plazo en una adicta): el ser humano es un ser desvalido y desde el inicio hasta el final de su existencia está necesitado del auxilio del otro. La comunidad humana se funda sobre el desamparo y se organiza ordenando los vínculos recíprocos, limitándose en las posibilidades de satisfacción, los miembros de una comunidad buscan protección frente a la naturaleza y auxilio para resolver necesidades corporales. Esposito dice que la comunidad empieza allí donde lo propio termina: la unión está basada en una falta, una renuncia que puede experimentarse como una exigencia, cada ser humano existe en la disputa entre el afán de pertenencia y el anhelo de ser libre para satisfacer los deseos. El ser humano existe en este conflicto, en este desgarramiento, en este sufrimiento interior que se vive como una carga gravosa: tener que reprimir algunos deseos para pertenecer a una comunidad. La fiesta, y las drogas, son una liberación temporal de esta carga o, mejor  todavía, la asunción por completo de ellas y sus dos minutos de vacío de sentido. Y Rue parece estar parada justo en el medio de esta comprensión, en el medio entre la pertenencia y la satisfacción del deseo y (All for us, Labrinth de por medio) se nos dice que lo está haciendo por todos nosotros.

En Euphoria hay personajes que son fusibles de sensibilidad: cuando el universo encuentra su big bang electrizante, cuando parece que sus músculos están al borde del calambre, estos son los primeros en entregar sus cuerpos para que funcionen como grietas por las cuales se escape la presión y el mundo respire para reordenarse. Quizás porque entienden que el cuerpo es sólo un vehículo de algo más, un elemento igual de significativo que los otros para la obra sin remate que llamamos vida real. (Acá los parecidos con el mito católico y la pelea con el mismo son significantes: Jesús entregó su cuerpo para salvar al mundo. Lo hizo por nosotros. Y los elementos de relajación -las fiestas de esa época- consagraban al alcohol como la sangre de ese hijo de Dios cuando, ahora, con Dios todo manoseado y tirado a un costado del camino pidiendo limosna, se convirtió en distintas variantes de las drogas de diseño)

Por eso Rue y Nate son los mejores personajes de la serie, por eso la escena final es un videoclip de ella aspirando una raya de algo (no se especifica qué es exactamente) marcando la muerte de su período de abstinencia: intentó sostenerlo pero al final, en el momento en que todo parece marcar los últimos segundos de una bomba de tiempo que nos hace aguantar la respiración, alguien debía ser crucificado para que todos siguiéramos adelante, ella tenía que abandonar a Jules en ese tren para que Jules pudiese seguir siendo el ícono de la libertad (una libertad, por otro lado, ganada a expensas de mucha gente), alguien debía quedarse a cumplir el rol del oprimido: Rue no rinde la historia de amor. Rue se queda para cumplirla. Y Nate, en el otro extremo, es el motor de casi toda la trama, porque plantea las posibilidades a seguir y el triunfo del “mal” tanto como del “bien”: cómo no creerle cuando se encuentra con Jules en el lago y le dice que él no es todo lo que parece, cómo no creerle cuando le dice que no puede confiar en ella porque ella está rota (acá rota parece significar que es libre, y la libertad es algo que a Nate no le fue enseñado porque lo criaron como a un robot de la pertenencia y, para ser incluido, hay que ceder), cómo no creerle cuando dice que ama a Maddy, cómo no creerle cuando (otra vez en el momento justo como Rue aspirando en su pieza) se tira al suelo y se golpea la cabeza contra el piso y grita. Pelea con el padre y grita y llora y el padre se aleja y Maddy se aleja y Jules se aleja y está solo e, incluso, hasta la cámara nos lo muestra ahí tirado a lo lejos, con todos sus músculo y su belleza, con toda su niñez de un metro noventa y tres  (¿dónde está el resto de la familia de Nate? ¿Y los amigos? ¿Por qué en todas historias adolescentes el popular de la historia siempre termina terriblemente solo?)

Hay un capítulo de Middlesex (libro de Jeffrey Eugenides) en el que el protagonista hermafrodita (todavía en su versión femenina) se encuentra con alguien igual a él pero que, en contradicción con todo lo que le enseñaron y aprendió, no lo oculta. Después de conocerse, después de comprenderse, después de arriesgarlo todo en conversaciones poco comunes en las que solo se expresa la verdad de los sentimientos, se da el siguiente diálogo:

“—Voy a hacerte una pregunta— le dije un día— ¿por qué lo vas diciendo por ahí?

—¿A qué te referis?—

—Mirándote, nadie lo sabría nunca

—Quiero que la gente lo sepa

—¿Por qué?

Dobló las piernas y se sentó sobre ellas. Con los ojos almendrados, azules y glaciales fijos en los míos, dijo:

—Porque somos lo que viene después”

Solo nos resta creer que lo que viene después en Euphoria es la normalidad de Nate dando paso hacia algo más. Porque de lo contrario, si a Nate se le ocurre devolver el disparo, todos los que nos encontramos del otro lado estaremos terriblemente perdidos y habremos muerto.

Porque quizás lo que más le duele a lo normal cuando se cruza con lo raro es esa posibilidad pequeña pero cierta de abandonar la cárcel y volverse infinito.

Pero si nos toca morir. Entonces lo habremos hecho por todos nosotros.

Lo habremos hecho por amor.


[1] Llegue a Euphoria gracias al capítulo tres porque en el relato biográfico de Kat se extrapola la impopularidad de ella en la vida real contra la popularidad de ella en internet: es la autora más leída y la creadora de la historia gay que inaugura la idea de Larry Stylinson, el ship entre Harry Styles y Louis Tomlinson.

[2] En un capítulo en el que Jules viaja a la capital para alejarse de Rue (de quien todavía no hablamos) conoce a Anne y, charlando sobre su sexualidad y sobre los descubrimientos que implica (como si los secretos del universo estuviesen escritos en la piel de las personas con la que nos acostamos -vot sí-), le dice algo bastante interesante: que se acuesta con hombres para así conquistar la parte femenina que le fue negada y, en ese mismo gesto, destruirla porque no la contiene. Lo masculino y lo femenino no terminan de envolverla en su trampa discursiva disfrazada de verdad biológica. A lo que Anne le contesta algo que, a mi parecer, es hermoso: mientras la maquilla con colores flúor y, todos lo sabemos, se anticipa la escena de sexo entre ellas (en la que Jules imaginara a Nate abriendo un mundo de posibilidades), le responde que “lo raro es infinito”. En contraposición, lo normal está condenado a vivir en una cárcel asfixiante.

 

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