Exagerar como principio de invención

[Exagerar. La vuelta al día en ochenta mundos. Julio Cortazar. Llanto. Drama. Toy Story 3. Invención. Política. Estética. Caos]

“Exagerar es un principio de invención”
Julio Cortázar

por Bruno Osella (@Bruno_SayNoMore)

(esto es exageradamente ficcional, pero no)

No me acuerdo qué página es, sé que es de La vuelta al día en ochenta mundos, un libro homenaje de Cortázar a otro Julio y a otros Julios además de ése y a otras gentes que no se llamaban Julio, también, pero básicamente y en realidad el libro es un homenaje a sí mismo haciendo lo que se le cantó el culo amén de lo que les intelectuales de la época esperasen de él. Y entre tanto quilombo de papelitos pegados y dibujos y fotos viejas que tiene el libro encontré una vez ésa frase que es de un grafiti en una foto de una pared en alguna facultad de alguna pintoresca universidad de vaya saber qué porción de Europa, y que me ha salvado la vida desde aquel entonces, y para el incrédulo que esté haciendo ésa cara le digo que es verdad primeramente porque no miento y segundamente porque le hablo de lo que hablo y entonces ¿en serio usted piensa que voy a hablar de la exageración sin exagerar? No, rotundo y para siempre. Pero explicaré por qué y le ahorraré así al lector de movida el saber que ésta no es otra cosa que una exagerada apología a la exageración como motor fundante de todo lo creado, y si no se entiende así lo sesgo desde el vamos para que vaya exageradamente predispuesto. Para que se dé una idea, quien escribe intentará defender la tesis de que la lluvia es una gota exagerada aunque deba dejar hasta el último ápice de cordura en ello.

En fin, desde la cresta de mi madre hasta la punta de mis vínculos se han cansado de repetirme hasta el hartazgo que exagero, que soy exagerado, que qué dramático Brunito, siempre con un maternalismo de gaviota casi envidiable si no fuera exasperante pero, claro está, dichos epítetos me son arrojados en plena cara de la emoción sí y sólo sí se está dando el caso de que me paré, por ejemplo, en la punta de la catedral a las diez de la mañana desgarrado de dolor e incitando a Dios a un duelo de espadas porque se me pudrió la plantita que venía cuidando con nada de delicadeza y una falta de talento botánico que casi podría contabilizarlo como un contratalento y asombraría de la misma forma hasta al más escéptico, o cuando me lloro toda la sábana de corrido de sólo acordarme el final de Toy Story 3, o cuando necesito salir a bailar la intro de Evangelion al pasillo con la vecina que a ésta altura todo lo acepta porque pago al día las expensas, y cosas semejantes que ya pueden imaginarse y si no pueden no sé qué hacen leyendo a un exagerado.

Pero claro, nadie puede tomar en serio algo de eso en sus mundos de adultes, y yo soy un tipo (“un tipo grande, che”) que se toma muy en serio los chistes y los juegos y los juguetes y me incomoda cada vez más ésta tregua con la normalidad a la que me quieren obligar la oficina, las relaciones, las góndolas, y me ocurrió ayer o anteayer o antes de eso (según cuándo lo esté leyendo el distraído que siguió con éstas letras hasta acá) que el tipo exagerado que soy yo estuvo al borde de tres o cuatro muertes igualmente pintorescas y explosivas, para luego despertarse insoportablemente vivo al día siguiente extasiado hasta los tuétanos por la mejor de las noticias que casualmente se llama también Julio pero tiene cinco años y ha heredado mi verborragia y mis orejas, pobrecito, pero/no-obstante/sin-embargo no hay forma feliz de exageración que se compare a la del día siguiente a ése día siguiente, cuando a la noticia bellísima del hijo la siguió un baldazo absoluto de realidad con cara de Ministerio de Salud en la que se mezcló la peor de las suertes y una clara hijaputez del destino, y que coartó toda posibilidad de encontrarme de acá a tres días jugando al Banjo Kazzoie y al Minecraft hasta las cuatro de la mañana en una maratón gamer sin precedentes con coca y papitas, por ejemplo, y me sacó de la boca y de las manos la elaboración divertidísima de las tareítas vía Zoom del 9 de Julio en las que ya estaba urdiendo el sello que siempre nos caracterizó con el guachín y hasta me relamía viendo cómo hacer para incomodar lo más posible a la cultura pueblerina de su jardín de infantes, pero el cuadro se volvió oscuro con una fiereza de cuchillo que todavía me arde y entonces ¿qué hizo Bruno? Exageró, según dicen, y me cago en las caras de todos los racionalistas militantes del ocio del alma, porque entonces, y si les gustaron o no las razones poco me importa, porque sí, el tipo (a partir de ahora léanme como “el tipo”) exageró, según el diccionario de los cuerdos. Un día, así, y vaya a saber qué cosa del día que justo fue, el tipo agarró todo ése cúmulo que les acabo de contar y exageró, y lo que se cuenta luego de esto no es otra cosa que el registro que alguien más racional que yo ha hecho del asunto ése día que casualmente fue ayer:

“El tipo exageró, sí. Podré exageradamente empezar diciendo, hubo un día en que hubo un viento helado de dramatismo y fue ahí que de pronto el mundo se levantó ofreciendo una performance teatral y el tipo que estaba como al borde de todos los bordes decidió que era buen momento de exagerar o al menos eso le dijeron los exagerados de siempre en su interior.

Ni bien el alba acabó de desplumarse las lagañas de la noche comenzó entonces a exagerar primero las palabras; tomó unas pequeñas, las primeras que encontró ahí matutinas, ésas que vienen como todavía del sueño y tienen formita apelmazada y un dialecto montañés pero que con la temperatura suficiente pueden leudar hasta convertirse en amebas livianas y espumosas, y así fue que conformó su primer bastión conceptual de lunático exagero. No sabía, claro, exagerada distracción, que la exageración de las palabras en invierno, con los ambientes tan cerrados, sin ventilación ni visitas, bueno, ya se sabe, sube enseguida la fiebre y el monóxido. Estallaron, como es natural, en una combustión sin precedentes ni testigos salvo él, que nos cuenta exageradamente que hasta le zapateaban en las tripas, le exprimían la sonrisa y le adelgazaron todas las ganas y que escapó casi por milagro de ahogarse, dice el exagerado y jura y perjura que sí, que escapó porque la palabra milagro y lo dice más fuerte y lo miramos en el bar mientras lo cuenta a punto de salirse de adentro de sí mismo. Corrió, dice, salió corriendo entonces hasta la esquina totalmente desnudo y dobló pero decidió exagerar la curva y allá fue y la dobló de más, la dobló del todo, la volvió redonda y luego de ésa la siguiente y entonces la otra también y el barrio se llenó de rotondas y glorietas en lugar de esquinas u ochavas, todo según la nacionalidad del distraído transeúnte que se veía succionado por la inercia centrífuga ni bien estaba por apoyar su prudente pie de peatón en una senda peatonal que de pronto se curvaba hasta el infinito ante sus ojos. Y el tipo ni enterado, siguió corriendo exageradamente y se metió en el supermercado y exageró el cambio de tal forma que acabó por regalarle su compra mensual a le estupefacta cajera con todo y milanesas y hasta le exageró un beso en toda la mejilla con una boca más grande que la de él y exageradamente pensó que estaba besando todas las mejillas del mundo, volvió a salir y se dirigió a la parada de colectivo más cercana y cuando el distraído chofer cumplió con su trabajo de frenar ante la seña vio cómo el tipo en pelotas empezaba a subir al bondi de forma exageradamente lenta, y tanto tan lento fue subiendo que el colectivo empezó a ir en reversa y a devolver a todos los pasajeros a sus garitas iniciales mientras les decrecían las barbas y las horas pero al tipo no le importaba porque cada pedacito de aire, porque cada gotita de la sustancia tiempo no era más que una vibración exagerada de la materia, y entonces pensó que aquella nube de allá debería exagerar y estrellarnos un tsunami en plena cara de la ciudad, y acá deberíamos dramatizarnos hasta el paroxismo y devolverle la lluvia a la lluvia llorándosela en toda la jeta y ¡¿por qué no?! se dijo exageradamente mientras bajaba marcha atrás a llorar todas las tristezas de todos los transeúntes que se volvían a su paso injustamente tristes, pero a él qué le importaba a ésta altura si todo salía según su plan que jamás había planeado, si estaba logrando sin querer lograrlo que la ciudad entera se inclinara a la vorágine inclemente de estar sintiendo para siempre.

Pensó al mundo como negación del mundo, como su propia cáscara, como su primer déspota, recorrió las oficinas y a los oficinistas les dio de beber sus tristezas azucaradas en el café y consiguió un estallido maníaco de dolores estimulados por la cafeína en Tribunales a las diez y cuarto de la mañana, que dicho sea de paso daban hacía horas y horas porque cada minuto también iba a exagerarse hasta la herida, iba a engordar hasta el límite del tiempo, iba a implicar todo lo que nunca en su puta vida pudo implicar un minuto, ésas diez y cuarto iban a tomarse toda la revancha de la historia ahora que alguien había abierto las puertas fatales (o fatalistas) de la sensibilidad absoluta, ahora que no había cordura capaz de sostener tornados semejantes, ahora que también se le revelaban los tristes a la tristeza y se acostaban a besarse en las veredas, ahora que se juraban eternidades los mozos con las golondrinas, ahora que en la radio pasaban una maratón de cine mudo, ahora que actuaban los tocadiscos en el teatro callejero de las cosas y la ciudad era un solo grito y un solo silencio, ahora que de tan exagerada la cosa se estrellaba contra la cosa y entonces sí, finalmente el mundo era un lugar habitable para él, entonces sí su angustia tenía que ver con la angustia, ahora sí todo su sentir no era más que un sentir común porque lo común era sentir tantísimo, ahora sí podía sonreír como sonreía el mundo y gritar sin medio decibel sobrante y callarse mientras todo alrededor estaba mudo, ahora las bibliotecas estaban equiparadas y los victimarios y las víctimas ocupaban el mismo casillero y se movían de la misma forma en el tablero de la violencia, ahora todo era absolutamente todo, y se recostó tranquilo en pleno centro de la exageración y entonces sí y porque vaya a saber por qué sí, se tranquilizó, bajó un poco y se sentó entonces como extrañado a exagerarle la calma a la exageración, meditó sobre el espectro cromático y el orden natural, ¡el hijo-de-puta se quedó tranquilo de pronto mientras a ésta altura el Banco Nación ya se estaba cruzando de calle para cojer con la catedral y los desayunos continentales se juntaban para formar una nueva Eurasia del desayuno y los perros corrían aterrados de que los árboles los persiguieran para mearles las patas! Se recostó, inimputable, delgadamente sonriente y miró alrededor todo el dramatismo que había generado, vio entre divertido y algo más la imposibilidad de una única y total salida, ahora que todo final terminaba terminante para volver a comenzar inmediatamente después, ahora que se suicidaba la gente por un semáforo en rojo, ahora que mataba más el aburrimiento que el cáncer como-debe-ser, ahora justo justo ahora (entonces, justo entonces) el tipo se paró de pronto redondo en medio de la plaza y dirigiéndose más a sí mismo que al Kosovo emocional en el que había transformado a una ciudad entera, se lo oyó decir, con exagerada impunidad:

—Che, bueno, que tampoco es para tanto”

 

 

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