¿Existe la posibilidad de vivir una experiencia?

[Experiencia. Giorgio Agamben. Ulises. Orfeo. Pascal Quignard. Walter Benjamin. El narrador. Espectáculo. Mediación. Cosquin Rock. Lollapalooza. Modernidad]

por Julián del Vecchio (@juliandelvechio)

Me encontraba caminando por un shopping de Córdoba (no importa cuál, podría ser cualquiera), y en los locales vacíos, no alquilados, había un ploteado que decía: “Próximamente Una Nueva Experiencia en …”. Antes que nada: la experiencia no está en los locales de los centros comerciales, ni en los vuelos rebajados por las low cost, ni en el turismo, ni en la Coca Cola, ni en la Quilmes, ni en el bar de Güemes que más te gusta. No está en los carnavales de Paraná, ni en las fiestas electrónicas, ni en la música a ciegas. O es mejor decir: la experiencia está, pero siempre inalcanzable. Nada más allá de la contemplación. La experiencia no es una estrategia de marketing experiencial.

Sujeto contemporáneo y experiencia

En la actualidad, cualquier discurso sobre la experiencia debe partir de la constatación de que ya no es algo realizable. Al hombre contemporáneo se la ha expropiado la experiencia. Este enunciado, expresado en Infancia e Historia, de Giorgio Agamben es el punto de partida de este texto (o reflexiones) en torno a la idea de experiencia. Una idea que puede disparar para cualquier lado, y quizás este sea el inicio de una saga de textos en los que me pregunte sobre esto.

El pensamiento clásico desconoce un problema de la experiencia como tal; y aquello que a nosotros se nos plantea como el problema de la experiencia se presenta en cambio como el problema de “la relación entre el intelecto separado y los individuos singulares, entre lo uno y lo múltiple, entre lo inteligible y lo sensible, entre lo humano y lo divino”.

Que la humanidad haya perdido la experiencia, no quiere decir que hoy ya no existan. Más bien, éstas se efectúan fuera del sujeto, mientras este las contempla. Sujetos como Ulises atado de pies y manos escuchando el canto de las sirenas sin dejarse llevar hacia la isla; como Orfeo subido al puente del navío, sentado con su instrumento compuesto por un caparazón de tortuga y cuerdas de cítara, haciendo resonar el ruido del plectro para que los navegantes no escuchen el canto de las sirenas de la isla. La oposición de la música órfica; “salvífica” (en palabras de Pascal Quignard), articulada, colectiva, exclusivamente ordenada y ordenante; a la música originaria, animal, acrítica, continua, del mundo en el que la vida se desarrolla. Sujetos influenciados por la ciencia y el conocimiento científico. Sujetos de nuestra época, arrastrando toda una historia de la humanidad, toda una historia de separación capitalista. Sujetos que ven, calculan, especulan, fotografían, filman, graban.

Narración / Información. O la transformación en las formas de comunicar

La expropiación de la experiencia no es un fenómeno netamente moderno. Como Walter Benjamin dice en El Narrador: “se trata, más bien, de un efecto secundario de fuerzas productivas históricas seculares”. La pérdida de la capacidad de narrar es otro de estos efectos, o mejor dicho, es parte de la pérdida de la experiencia, y la pérdida de la experiencia es parte de la pérdida de la narración. La narración era uno de los pilares fundamentales de la experiencia en las sociedades. Esa pérdida es producto de un largo proceso de separación que se inicia con la novela, y llega a la modernidad con la información como forma de comunicación preponderante. La información es la forma de comunicación central del capitalismo tardío. Y Benjamin no llegó a ver la proliferación de las punto com en los noventa, ni las tablet, ni los celulares con cámaras de fotos y redes sociales con publicación al instante de hechos noticiosos, o las historias de Instagram con cuadros de los museos y panteones más notorios de la historia del arte plástico. Benjamin no vio todo esto, pero quizás como poseído por su propia idea del tiempo mesiánico pudo comprenderlo todo de antemano, o al menos escribir cosas que se tornan cada vez más actuales. La información “cada mañana nos instruye sobre las novedades del orbe. A pesar de ello somos pobres en historias memorables. Esto se debe a que ya no nos alcanza acontecimiento alguno que no esté cargado de explicaciones. Con otras palabras: casi nada de lo que acontece beneficia a la narración, y casi todo a la información. Es que la mitad del arte de narrar radica precisamente, en referir una historia libre de explicaciones”. Podemos pensar al turismo como uno de estos casos: uno compra un paquete de viaje, cada excursión cuenta con un guía que va informando al turista en lo que refiere a historia, geografía, monumentos;  está estipulada una cantidad de tiempo en cada excursión; cada uno de los pasajeros recorre el paisaje de la misma forma y captura con su teléfono celular la misma foto que se sacan miles para compartir en redes sociales, imágen que informa a sus seguidores que están en tal lugar, una comunicación unidireccional que en parte dice “mira dónde estoy”.

“Referir una historia libre de explicaciones”, como decíamos antes en palabras de Walter Benjamin, es otra evidencia de la imposibilidad de la experiencia. Si consideramos, como Agamben, que la constitución del sujeto en el lenguaje y a través del lenguaje es precisamente la expropiación de esa experiencia “muda”, es desde siempre un “habla”. Una experiencia originaria sólo podría ser aquello que en el hombre está antes del sujeto, es decir, antes del lenguaje. Como la música que Pascal Quignard define a partir de las argonáuticas de Apolonio como música acrítica.

Todo lo que se vivía de forma directa, se aleja ahora en un representación

La experiencia no tiene su correlato necesario en el conocimiento, sino en la autoridad, en la palabra y el relato. Por esto, si experiencia y narración se pierden en oposición a la información, lo que empezamos a ver como época contemporánea es una sociedad mercantil-espectacular.

La sociedad del espectáculo, siguiendo a Debord (sí, otra vez voy a hablar de Debord), no es una sociedad de las imágenes expuestas en los medios y las redes. Es, ante todo, una forma en que los sujetos se relacionan. La separación es la relación predominante. Entre sujetos con sujetos, pero también con su entorno. Lo que puede llevarnos a la idea de que también la separación es la forma en que el sujeto contemporáneo se relaciona con la experiencia. La mediatización es la forma en la que se expone esta forma de relación. Expropiada la experiencia, “toda la vida de las sociedades donde rigen las condiciones modernas de producción se manifiesta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que antes se vivía directamente, se aleja ahora en una representación”.

Retomando algunas ideas: si tomamos la idea tradicional de Montaigne de que la experiencia es incompatible con la certeza, y pensamos a su vez en la música originaria de Quignard, y en la experiencia “muda” previa al sujeto; no podemos no considerar algo más ajeno al mundo y los sujetos contemporáneos. La sociedad capitalista es una sociedad en constante progreso de medición, cálculo, configuración, información, puesta en escena. La separación total de la experiencia se da en el espectáculo: tiempo y territorio son acondicionados para que cada persona viva el acontecimiento de forma similar. Como un guía turístico que te va contando cada cosa que vas a ver, sentir, y encontrar; como la pista de baile dispone los cuerpos y los consumos de bebidas, drogas y sonido; como la música electrónica y las luces bajas de los locales de ropa en los shoppings. Toda experiencia está definida de antemano. En palabras de Debord: “La proliferación de pseudoacontecimientos prefabricados deriva de que las personas, en la realidad masiva de la vida social actual, no experimentan los acontecimientos de manera directa”.

¿Cómo lidiar con la angustia?

Si asumimos (contra todo dolor que esto puede causarnos) que nunca vamos a poder vivir una experiencia, ya la búsqueda no va a ir orientada a ese momento irrealizable e inalcanzable; pero podemos preguntarnos: ¿Qué diferencia un viaje a cualquier parte del mundo, una fiesta electrónica, el Cosquín Rock, el Lollapalooza, un retiro al campo a lo Henry David Thoreau? Si todos estos tienen en común que por más que uno desee no va a alcanzar la experiencia ¿Cuál es la diferencia? ¿Y por qué no es realizable? ¿Y por qué preguntarse sobre la experiencia? ¿Y por qué plantearse un estudio de caso de la misma?

Quizás, ante las preguntas planteadas, el interés puede pasar por el nivel de separación que puede haber en algunos tipos de experiencias en referencia a otros. Plantar una huerta no implica el mismo nivel de separación que asistir a un festival de música, donde el escenario, las luces, el sistema de sonido, el puesto de agua, el puesto de masaje, las drogas y bebidas a consumir, todo, absolutamente todo está diagramado.

Y quizás el interés pase por el ejercicio mismo de la crítica, de habitar la pregunta. Y quizás, retomando una vez más a Walter Benjamin, porque “en la filosofía debe ganar siempre el muñeco llamado materialismo histórico”, lamiendo la historia a contrapelo, nos guste ejercitar la memoria de “los olvidados del recuerdo del mundo”.


Bibliografía

– Agamben, G. Infancia e Historia. 2015.

-Benjamin, W. El Narrador.

-Benjamin, W. Ensayos Escogidos. 2010.

-Debord, G. La Sociedad del Espectáculo. 2018..

-Quignard, P. Butes. 2021.

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