Factor Chano

[Chano. Santiago Moreno Charpentier. Tan biónica. Letra. Música. Drogas. Chetos.  Biónica electrónica. Tan electrónica. Destinología. Ciudad Mágica. Poesía]

por Juan Blanco (@_juanblanco)

Durante su existencia, Tan Biónica fue el absoluto de la “mala música”. Hacía las veces de pop tilingo -sin la excelencia de un Miranda, por ejemplo- o de baladas para chetos que pervertían lo que tenían de rock, y que nunca daban descanso a su artillería de lugares comunes. Por momentos era un Poxyclub no irónico. Un poco contribuía a esto el personaje de Chano Charpentier, ‘el cantante del macrismo’, el tonto; y encima el imprudente: sus inconvenientes con las drogas daban lugar a repetidos accidentes automovilísticos, por los que no solo se hacía acreedor de todas las imputaciones de irresponsabilidad del caso, sino que también interpretaba una especie de parodia del artista maldito: iba a los canales de televisión a pedir perdón, decía que estaba enfermo, que las drogas eran malas, e incluso en uno de los incidentes después de chocar lo fajaron entre veinte tipos.

Una vez separada la banda, todo ese aura negativa fue relajando con el tiempo y se empezó a reivindicar algo de lo que fue Tan Biónica, al principio con ironía, después con menos. También este movimiento coincide con una retirada en general de cierta solemnidad en los criterios; es el mismo tiempo del crecimiento en Argentina del indie, el trap, etc, que más allá de las opiniones para con estos contenidos en sí, hicieron lo suyo limando con su lejía androginizante esa erudición musical (tan primitiva) del fundamentalista del rock tradicional. Despejado todo esto estamos recién en cero, en la pregunta de si Chano es bueno, malo o regular.

Primero es un genio de la melodía comercial: incluso yendo a “Tapa de moda”, un demo grabado en 2001 cuando la banda llevaba por nombre tanto Biónica Eléctrónica como Tan Electrónica, se pueden ver melodías muy pegadizas en un estilo bastante más pesado. Después la banda adopta el nombre de Tan Biónica y ese disco queda atrás, no siendo grabado profesionalmente pero sí rescatando algunas canciones. La habilidad para la melodía adictiva se mantendrá en todos los discos de la banda y también en la posterior obra solista de Chano. Esa facilidad marca cierta rareza que distingue sus temas, en los que hay sin dudas un desfasaje entre música y letra: si se abstrae un poco la melodía festiva porteña se puede ver la incompatibilidad o la anomalía en la combinación con las intenciones serias de las letras (parece el chiste de Melero pero no lo es) [1].

Si se ve la totalidad de los versos de Chano, el resultado es una superabundancia de elementos tradicionales del lamento introspectivo (“mis fantasmas”, “mis sombras”, tristeza, autodestrucción, etc) y romántico (“nuestras mañanas”, “abril”, “tus ojos”) rebasante y temeraria. Como si no hubiese segundo criterio y todas las ideas salieran sin parar. Para ejemplificar ese factor errático basta con ver Destinología (2016): el disco arranca con “Ciudad Mágica”, el más banal jingle macrista, y termina con títulos tan hiperbólicos como “Poema de los cielos” y “Sinfonía de los mares” (este último un instrumental). Las imágenes en las líricas de Tan Biónica son muy comunes, las más comunes que pueda haber, pero su modo de uso es vertiginoso y valiente; ese uso rompe una regla, que podríamos imaginar que dice algo como: “En caso de usar clichés, tener la elegancia de dosificarlos leve y conservadoramente. Alerta: se requiere sutileza extrema”

La diferencia entre el delincuente común y el terrorista -el delincuente político- es que el primero reconoce la legitimidad de la norma pero la incumple, mientras que el segundo va contra la norma misma, la incumple porque cuestiona su legitimidad. Respecto de esa norma recién inventada, Chano es ambos: la composición tiene un errabundeo general que simplemente no respeta la norma, y otros fragmentos (quizá los más interesantes) van contra esa norma y hacen terrorismo (¿vanguardismo?): así dice la canción ‘La suerte está echada’: 

 “Dicen que para olvidarte
   Tengo que viajar a Marte
   Hacer trescientos años de terapia(…)
   Juntar todas las hojas del otoño
   Tomarse toda el agua de la lluvia”

Y así ‘Mi vida secreta’:

 “Hoy siguió llorando a mares
  Penas internacionales
  Llueven cien mil tormentas por acá”

Contra la dosis, lo completo. Si las hojas de otoño son melancólicas, juntarlas todas; si la lluvia es nostálgica, tomarla; si la tormenta es el mundo que se abate implacablemente sobre uno, son cien mil. Ese movimiento exacerbado y contracorriente (o demasiado a favor de la corriente) es una matriz constante, y hace que muchos versos tengan algo chistoso y ridículo –“Este amor (…) que nos hace encapricharnos como chicos, que lloran porque extrañan a mamá”-, que otros tengan algo chistoso y ridículo aún siendo considerablemente buenos –“Ella dibuja mi destino con rouge” (no se puede retratar el imaginario femme fatale más concisamente)-, y que otros sean buenos en su exceso –“Un sueño amenzado como el cielo de Babel”-. Entre esos recursos cuya gracia es la de ser arriesgadamente directos está el de las ‘Pastillitas del olvido’, una de sus mejores canciones: “En una esquina de mi barrio hay una tienda que vende unas pastillas para olvidar. Los vecinos aseveran que su efecto prolifera pero yo no las quise ni probar”. Que, hablando de la relación entre lo chistoso y lo literario, parece el arranque de una novela de Aira, quien justamente dice que su proyecto estético es la vuelta a los primigenios ‘cuento de hadas’. Hay algo de eso también en Chano. La imagen de las pastillitas del olvido, diminutivo mediante, hace exactamente lo mismo que los cuentos de hadas: traer lo metafórico a la materialidad menos ambigua. 

Toda esa forma de componer tiene más valentía que la de varios, que igualmente adoptan los tópicos de siempre, los que nos llenan de aburrimiento el corazón, pero sin hacer nada con ellos. Y no es solo una cuestión de valentía, sino que cada tanto logra versos muy buenos y por todo lo anterior, más que merecidos. Está esa frase de Borges sobre que en todo escritor, por más malo que sea, hay una línea sensacional. En Chano esa afirmación parece un procedimiento poético. No porque él sea malo ni porque sea sólo una (son varias más), sino porque es como si en esas combinaciones temerarias efectivamente apostara a un ratio de versos buenos sobre versos totales. Esto tiene dos virtudes: primero, los versos buenos; segundo, lo genuino que hay en esa forma de componer.

Luego de todo eso, en ‘Hola mi vida’, el último disco de la banda, sorprende, como mirando el propio recorrido, con una línea sobre el lugar común y todo lo dicho anteriormente: “La lluvia provoca lo habitual, planta nostalgias automáticas”. 

Universo Chano

  “…Y tu carita de reventada
   Disfrutamos madrugadas
   Bukowski y chinos y carcajadas” (Lunita de Tucumán)

“Cómo te animás cuando bailás a desafiar al tiempo
 Cómo te olvidás de lo que pasa si te estás moviendo
 (…) cómo te vas perdiendo
 Cómo despegás del suelo, cómo transitás el duelo” (El Duelo)

“No di más y le di noches exóticas a mis ideas neuróticas para poder encontrarme” (El Duelo)

La gran mayoría de las canciones de Tan Biónica trata sobre un universo en particular: las fiestas de clase alta en la noche porteña. De ese mundo, Chano está un paso al costado y casi siempre lo aborda como tema (otro género relacionado con ese ámbito sería la cumbia canchera, pero no abordándolo como tema sino simplemente siendo parte; hay algo de Tan Biónica que hace ensayismo sobre ese mundo). Chano está en los márgenes de ese universo aunque pertenece a él. Su simpatía estética con cierta bohemia es evidente (de ahí la mención a Bukowski, poniendo el ejemplo más llano), pero su mundo tiene esos límites: es como si viviese en una tierra plana que se circunscribe a cuatro o cinco barrios acomodados de Buenos Aires, puede estar en la orilla pero un paso más sería caer al vacío; su destino es ser el más bohemio de los chetos -a lo que ayuda el talante carenciado de los vocalistas poco virtuosos de los que forma parte-, y ese lugar de enunciación curiosamente resulta muy original. 

Por último, el sentido que le da a esa recurrencia de la noche y la fiesta en su obra es el de la frivolidad de justificación nihilista, la sanación dionisíaca (Dionisio también mencionado por ahí en alguna canción): los problemas del existencialismo y del desamor atormentan, y esa fuga es la única forma de olvidarlo, aunque sea por unas horas. Es un relato muy fuerte y también muy tradicional, en la misma línea de lo que se dijo antes. Esa es su materia. Los temas eternos del arte, esos enormes glaciares que, según dicta una sana y elegante vergüenza de la vanidad, hay que pulir como a una escultura, durante horas de buen gusto, para sacarles algo. Sin pulido, combina esos grandes bloques y los hace chocar entre ellos. Si lo virtuoso que surge de ahí es intencional o accidental es, como siempre, lo de menos. Importa esa conmoción particular que pueden provocar los glaciares al chocar en su monumental crujido sordo.

 


[1] Dijo Daniel Melero sobre Spinetta: “Le valoro más sus búsquedas que sus hallazgos”

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