La familia: esa institución con sabor a sangre

[Familia. Institución. Levi-Strauss. Maria Belen Davil. El sabor de la sangre. Editorial Nudista. Ricardo Piglia. Ficcion. Realidad.  Rosemary Jackson]

por Jero Maina

La familia es la unidad social básica, la primera institución a la que el ser humano ingresa, apenas sale del vientre. Los lazos familiares, se dice, son completamente distintos a cualquier otro vínculo que uno pueda gestar a lo largo de la vida: son lazos de sangre, y, contra eso, es muy difícil luchar. Los miembros de una familia pueden discutir, pelearse, mudarse, matarse, pero nunca dejarán de ser padres, madres, hijxs, hermanxs. Para Lèvi-Strauss, la única regla cultural que presenta la universalidad de lo natural entre los humanos (y lo que nos termina diferenciando realmente del resto de los animales) es la prohibición del incesto. En las familias hay peleas, tabúes y secretos que podrían quebrar cualquier otro vínculo. Pero los vínculos familiares son para-toda-la-vida.

El arte (en este caso, la literatura) permite acercarse a la familia desde una intimidad que en general no se muestra, llamar la atención, hincar ahí donde el aparato institucional refleja que está lejos de ser perfecto, lejos de ser irrompible.

El género de lo extraño: los monstruos están al lado

“La ficción trabaja con la verdad para construir un discurso que no es ni verdadero ni falso. Que no pretende ser ni verdadero ni falso”, dice Piglia en su libro Crítica y Ficción (1986). Al liberarse de la carga de reflejar una supuesta “verdad” lo más fidedignamente posible, la literatura hace uso de mecanismos y licencias que le permiten adentrarse en la realidad por la puerta del costado y llegar a ciertos niveles de profundidad que en el discurso cotidiano permanecen ocultos. Paradójicamente, a través del pacto de ficción (“esto no es real”), el texto literario permite conectarnos con lo real de una manera potente, desanudar lo que está hecho nudo, entrever las hilachas, los sitios en que las sociedades penden de un hilo, pronto a desprenderse y caer de un momento a otro.

En este sentido, el género del fantástico (o más bien, como propone Rosemary Jackson, el modo fantástico, que puede asumir diversas formas genéricas) permite a la literatura atraer al lector hacia un mundo aparentemente “normal”, similar al que este conoce, para luego quebrar el orden de la realidad con elementos que, por más esfuerzo que se haga, no pueden terminar de encasillarse en el mundo de representaciones conocido por el lector. Las fronteras de lo real se difuminan aún más cuando hablamos del género de lo extraño, en el que no encontramos elementos claramente sobrenaturales, sino más bien presencias o sucesos que no parecen formar parte de lo cotidiano pero tampoco son lo suficientemente rupturistas como para modificar la naturaleza del mundo en el que suceden. Mientras algo extraño oscurece (y amenaza con tomar por completo) el terreno confortable y conocido de los personajes, el resto del mundo sigue su curso como si nada estuviese ocurriendo: ahí el quid de lo siniestro, la rajadura a través de la cual estos textos pueden hablar y desarmar la realidad, lo normal, lo anormal y lo normalizado en el cuerpo social y en las instituciones.

 El sabor de la sangre

“<<Quiero verte y conocer tu familia>> fueron las palabras que le dijo la madre antes de colgar el teléfono.

Sacó cuentas: veinte años. No, diecinueve años, diez meses y veinticinco días. Ese era el tiempo que pasó desde la última vez que vio a su mamá. Pensó en su papá que había fallecido dos años antes. El subte frenó y Lucas encogió los dedos de los pies aferrándose al suelo. Se agarró de uno de los asientos para mantener el equilibrio”.

Así empieza El sabor de la sangre, cuento del libro homónimo de Belén Davil (Ed. Nudista, Córdoba, 2019). De este comienzo se pueden sacar varias conclusiones:

  • La historia nos será contada desde el punto de vista de Lucas.
  • Lucas puede recordar la fecha, lejana y exacta, en que vio a su madre por última vez. Esa fecha es crucial.
  • La historia girará, probablemente, en torno al reencuentro.
  • La madre dice: quiero conocer a tu familia. Tu Tema del cuento: la familia.
  • Lucas viaja en subte. Puede parecer banal, pero no lo es. Lucas es como cualquiera. Lucas vive hoy, en un mundo como el que conocemos.
  • Lucas pierde el equilibrio. Lucas no quiere perder el equilibrio. Luchas hace un esfuerzo por mantenerse en donde estaba, por no perder el equilibrio. Tema del cuento: el equilibrio

SPOILER ALERT! Lucas recuerda a la perfección el último día en que vio a su madre porque fue cuando ella se pegó un tiro y él la encontró en el piso de la cocina rodeada de sangre. De aquel intento de suicidio, directo a un instituto psiquiátrico. La vida de Lucas y de su hermana se reconstruirá a partir de eso. La madre recluida en una institución que le permitirá a la familia recuperar el equilibrio, el orden de lo normal. El padre tiene una segunda familia en algún lugar de Buenos Aires, pero eso no hace que la institución familia peligre, se enmarca en sus posibilidades, no requiere intervención externa. La vida puede seguir su curso.

Veinte años más tarde, la madre sale del instituto y recupera el contacto con su hijo. El hijo está enojado, no quiere saber nada con ella, pero su esposa lo acompaña a conocerla y lo convence de pasar todos juntos un fin de semana en la costa. Maite, la esposa de Lucas, es psicóloga, y tiene a lo largo del relato la función de hacer que nada parezca tan grave, de otorgarle un sentido, de aportar cordura y mesura. El miembro externo a la familia funciona en este caso como representante de la institución externa. La psicología, la ciencia, apunta a poner un nombre, encuadrar, normalizar la experiencia: lo que le pasa a tu mamá es esto. Pero en el núcleo de la familia subsiste siempre algo innombrado e innombrable, algo particularísimo de esa y solo esa familia, algo extraño (extraño de desconocido, de lo que no se puede entender con los parámetros con los que sabemos leer el mundo).

ph Lucia Leiva

El sabor de la sangre no es estrictamente un cuento fantástico (todo lo que ocurre podría ocurrir en el mundo real), pero sí se acerca todo el tiempo y minuciosamente a los límites de esta realidad. El misterio ronda siempre la vida de esta familia a partir del regreso de Gloria, la madre, el bicho que pasó 20 años internado y que ahora regresa, sin que nadie lo haya pedido, a romper el equilibrio. Un elemento externo que rompe el orden de lo conocido.

El personaje de Gloria encarna lo extraño y lo siniestro, lo incómodo, aquello que persiste en impedir que la familia se asiente en una cierta calma y normalidad, que la familia “particular” se corresponda con la familia “universal”, con aquello que debería (y que, SPOILER ALERT, nunca sucede en el mundo real) ser una familia.

Esto es también un poco la familia como institución: una de las más específicamente regladas (todos podríamos hacer un catálogo de lo que una familia “normal” hace y no hace, de lo que es una buena madre, un buen padre, un buen hijo, de cómo y hasta dónde los hermanos se pelean, de la naturaleza -y el sabor- de los lazos de sangre) y, al mismo tiempo, una institución que se controla desde dentro por sus propios miembros, que es y aparenta, siempre al mismo tiempo y casi siempre con una distancia bastante grande entre una y otra cosa.

“Gloria tenía el ojo derecho de vidrio y una cicatriz que se extendía desde la comisura del labio hasta la frente. Estaba arrugada y delgada”. Ya antes de su intento de suicidio, la madre presentaba comportamientos que se apartaban de lo normal: “Cuando terminó de hablar, la mamá, que hasta ese momento asentía con la cabeza cada palabra, acarició la punta del mantel como si se tratara de un pañuelo. Bastaron segundos para que de un tirón volaran los platos y los vasos hasta estrellarse contra el piso”. Comienza a tomar pastillas. Hasta el momento, no obstante, eso no significa un problema que amerite pasar a mayores, porque, así como la segunda familia del padre, no amenaza la visión pública de la institución. De la puerta hacia afuera, pueden ser una familia normal. Veinte años más tarde, esta misma madre tiene un ojo de vidrio y una cicatriz en la cara: la monstruosidad, la a-normalidad, es su carta de presentación y la acompañará siempre. Ya no hay disfraz que alcance, no hay distancia posible entre el ser y el parecer.

Mientras a Lucas estos rasgos lo espantan y lo hacen desconfiar, a su hijo y a su sobrina los atraen. Ellos están encantados con su “abuela pirata”. Los niños, fanáticos de lo extraño, inocentes aún ante los parámetros de lo bueno y lo malo, analfabetos frente al manual de a qué se le debe temer y de qué debe uno alejarse para permanecer a salvo, representan la contra-institucionalidad. No necesitan encasillar ni enmarcar personas o experiencias para sentirse a salvo.

Lo extraño funciona siempre y cuando se mantenga en un territorio de sombras. Así como Lucas no puede terminar de descifrar a su madre (desconfía de ella, se enoja, le teme), el lector tampoco puede hacerlo, y ahí radica la potencia de las experiencias que no pueden terminar de iluminarse. Luego de que los chicos convenzan a sus padres de que los dejen dormir con la abuela pirata, el narrador solo apunta lo siguiente:

“Lautaro y Justina estuvieron somnolientos toda la mañana, desayunaron entre bostezos y apenas probaron una tostada y un sorbo de leche. Fue una gran pijamada, dijo Gloria agitándoles el pelo con la mano”.

La familia normal

La familia no es un terreno claro, no tiene el significado unívoco de la luz del día. Con el afán de acercarse a la normalidad, o quizá más bien a la funcionalidad (como toda institución moderna, la familia debe ser funcional), la familia tapa, tergiversa, esconde. La brecha entre lo real y lo aparente se agranda, la imagen de familia normal se refuerza, lo que refuerza a su vez la frustración ante la imposibilidad de alcanzar ese estándar, la determinación de mostrar que ese estándar es alcanzado, y así sucesivamente.

Lo oscuro, entonces, viene a incomodar y a generar miedo, o una cierta sospecha (lo desconocido siempre genera sospecha), pero también a ampliar el campo de lo posible. La frontera de la realidad se expande gracias a los elementos que están por fuera, pero no lo suficientemente fuera como para no molestar; elementos que insisten en rebotar contra el límite hasta atravesarlo, romperlo, obligarlo a expandirse. El discurso literario tiene la potencia de moverse de esta misma manera. Destapando el silencio, trayendo a la luz lo que quiere reservarse en el sótano, dejando que los monstruos caminen por la calle. Quizá sea ese el camino para rever el concepto que tenemos de monstruos, y todo lo monstruoso que hay dentro de todo aquello que consideramos normal.


Bibliografía

Davil, M.B. (2019). El sabor de la sangre. Córdoba: Nudista.

Jackson, R. (1986). Fantasy: The literature of subversion /Rosemary Jackson. London: Methuen.

Piglia, R. (1986). Crítica y ficción. Santa Fe, Argentina: Universidad Nacional del Litoral.

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