Fracasa, fracasa, que algún día triunfarás

[Fracaso. Éxito. Coaching. Richard Sennet. La corrosión de carácter. IBM. Estado de Bienestar. Mark Fisher. Realismo capitalista. Melancholia. Lars Von Trier. El lobo de Wall Street. Jordan Belfort]

por Diego Rach (@tre393)

Hace unos meses estaba scrolleando las lápidas en pasto seco de Facebook y me topé con un video de Neil Young dando una charla a un grupo de estudiantes de cine. En su alocución, Young hablaba sobre el fracaso. Básicamente le decía a su auditorio que el fracaso conduce al miedo, que a su vez derriba la creencia en nosotros mismos y que la respuesta es un big fuck off para todo el mundo. En Youtube abundan videos de este estilo: encontré a J.K. Rowling, a Peter Dinklage. En fin, se ve que garpa ser rico y famoso con pasado estrellado.

Tiempo después escuché a una gerente de recursos humanos de una famosa consultora hablar de una idea similar. Hay que abrazar el fracaso, porque es fuente de toda sabiduría y perfeccionamiento personal. Lo que arrancó sonando como una dulce campanada empezó a escucharse más bien como el agrio timbre de mi casa: EEEEEE. ¡Cuánto éxito tiene el fracaso, al final todo el mundo lo anda promocionando! Que bien se siente estar en la onda.

La tercera escena se dio en medio de un seminario. Estábamos discutiendo La corrosión del carácter de Richard Sennet, donde un capítulo está dedicado a la mutación en la mentalidad de los trabajadores de élite norteamericanos. El historiador entrevistó durante un período a un grupo de programadores despedidos de IBM y notó que con el correr del tiempo los trabajadores pasaron del enojo y la vergüenza por el fracaso a una postura más bien autocentrada en la misión de superar ese fracaso. Lo llamativo fue cómo prácticamente toda la clase se posicionó personalmente en ese mismo lugar. Estudiantes de clase media, más o menos acomodados, se reconocían fracasados. Vale igual, no es la primera vez que lo escucho. Seguramente ustedes lo escucharon infinitas veces, antes que nada, desde la oscuridad de su propia cabeza.

¿De dónde proviene toda esta moralina del fracaso? ¿Cómo se nos metió en la cabeza este discurso? Para las generaciones que vivieron con mayor conciencia las turbulencias del siglo pasado, el discurso gerencial del globalismo y la bonanza del mercado fueron el semillero. Antes que nada mediante la narrativa del fracaso soviético y del Estado de Bienestar frente al éxito del mercado. Para nuestras generaciones criadas entre los 90 y 2000, ese discurso se filtró en el consumo cultural. Dibujitos animados, series, películas de toda especie donde tan a menudo suena un Loser descalificativo. La gran industria cinematográfica, siempre cargada de una moral normalizadora, se encargó incontables veces de relatar la apoteosis del fracasado que se levanta de sus ruinas y convierte al matón en bobolón.

El historiador Richard Sennet dijo que el fracaso es el gran tabú moderno. Le valdría un sketch de Cualca. Pero al mismo tiempo es una experiencia cada vez más común por un simple hecho: “El tamaño cada vez menor de la élite hace que el éxito sea más difícil de alcanzar”. En la mayor parte del siglo pasado, la forma de combatir el temor al fracaso era la construcción de una carrera profesional. ¿Pero cuánto de esto es posible en el capitalismo flexible? En La cultura del nuevo capitalismo, Sennet habla del “fantasma de la inutilidad” que acecha a cada trabajador de nuestra época. Una jarra loca de paranoia frente a la sustitución de lo humano por la tecnología, desorientación ante el hecho de que las habilidades y capacidades adquiridas ya no sirven, envejecimiento, temor por la oferta de mano de obra cada vez mayor que se traduce en desempleo, subempleo, etc. Más áspero que suela de elefante.

Si el discurso neoliberal de los 80s y 90s estaba tan cargado de la exigencia del éxito por oposición a la vergüenza del fracaso, hoy parece suceder más bien lo opuesto. Ahora bien, si el fracaso aparece como el medio ineludible, la finalidad (la exigencia) sigue intacta. La línea discursiva parece ser “fracasa, fracasa que algún día triunfarás”.

En general, cuando alguien nos habla de esta antítesis éxito/fracaso lo relacionamos a la posición económica que uno ocupa en la sociedad. Convoqué a mi gnomo neoliberal para traer una imagen del éxito: una foto de Dybala y Ori Sabatini en un yate mirando el atardecer. Playa griega, horizonte verdeagua, sonrisa discreta, bronceado parejo, bikini blanca y pura. El sabroso encanto de la burguesía. Su discurso del éxito actúa como un imperativo moral, y en este sentido nos disciplina y nos constriñe a cumplir con sus demandas. Por no decir, nos seduce a reproducir sus imágenes a un costo financiero o emocional. La seducción por la foto en las playas de Aruba se financia con una deuda en la tarjeta de crédito. Mientras, en la playa de estacionamiento del subsuelo, reina la gris frustración de la ilusión neoliberal.

Pero el llamado directo al éxito se volvió demasiado pesado para la levedad creciente de estos tiempos. Chill out. El fracaso parece algo más frecuente, es un sentimiento más compartido e incluso es una pasión peligrosa si no se la encauza. Quiero decir, llegado a un punto extremo, el desajuste entre el éxito y el fracaso produce indignación, moviliza pasiones, en el mejor de los casos, políticas. Por lo tanto, es conveniente darle sentido al fracaso, incluirlo en el tramo de la promesa neoliberal. El discurso del fracaso estandariza nuestras vidas. “Todos fracasamos”. Por lo tanto, no hay de qué preocuparse. Esa tristeza que sobreviene es pasajera. Hay que soportarla. Lo mejor es calmarse, disciplinar las pasiones negativas porque la negatividad contamina, es mala onda, pincha el globo. No seas aguafiestas.

El discurso del fracaso funciona porque es más realista. Mark Fisher publicó en 2016 un librito titulado Realismo capitalista ¿No hay alternativa? en el que desentraña esta peculiar idea del realismo que gobierna la cosmovisión de nuestra época. Para Fisher, el capitalismo no solo se presenta como el sistema más viable, sino que hace imposible pensar una alternativa. Las gafas del posmoderno que todxs llevamos puestas miran al futuro como un tiempo fracasado: No Future. Este realismo, es la contracara irónica del discurso del fracaso. ¿Vieron que no hay momento más crucial para sopapear el deseo que cuando alguien te dice “sé realista”?

Mark Fisher dice: “el realismo es análogo a la perspectiva desesperanzada de un depresivo que cree que cualquier creencia en una mejora, cualquier esperanza, no es más que una ilusión peligrosa”. Ve la depresión como una patología del capitalismo tardío. El problema principal es que en vez de ser tratado como un tema de salud pública, se lo individualiza. La depresión deja de ser producto de una estructura de exclusión y marginación para convertirse en una cuestión de desequilibrio de la química corporal y por lo tanto la solución es farmacológica.

La depresión es una pasión antipolítica en un sentido puntual: impide la acción. El tiempo de la melancolía es una mezcla de presente eterno y de nostalgia regresiva. Como en la película Melancholia de Lars von Trier (2011). Kirsten Dunst vive congelada-colgada, como esos errores en la PC. El tiempo es largo, lento, insoportable. ¿Pero qué nos dice de la utopía? La utopía—la alternativa de la que habla Fisher—es imposible. ¿Qué sucede cuando un melancólico imagina el fin del mundo? El fin nunca llega, y por lo tanto nunca pasa. El melancólico se aferra a la idea del fin como algo imposible (hasta que sucede) pero no puede completarlo. Esto vale para la utopía de Fisher: lo único posible es lo que sucede. La depresión es lo opuesto al martillo de Nietzsche, es un machete que tala la ilusión, la torna irreal e irrealizable.

Pero el discurso sobre el fracaso empezó a cotizar en los últimos años por una razón peculiar. En los 80, el orden de mercado le ganaba al bloque socialista. Era más exitoso porque el bloque occidental era más feliz. Pero desde la crisis del 2008, la hegemonía del neoliberalismo empezó a crujir. Lamentablemente, por el lado del neoconservadurismo de Trump y del homo bolsonarus. Lo cierto es que el neoliberalismo fracasó porque el mercado financiero debió ser rescatado por su principal enemigo: el Estado. El salvataje al sistema bancario derribó el pretendido éxito del mercado, pero no tocó sus estructuras. El mercado sobrevivió y sus agentes se convirtieron en los apologetas del fracaso.

La imagen más patente de la instrumentación del discurso éxito/fracaso está en la película de Scorcese, el Lobo de Wall Street (2013). Jordan Belfort es un corredor de la bolsa, figura típica de las altas esferas de la globalización. Es acusado de fraude fiscal y lo mandan a un pabellón de Devoto donde la pasa de 10. Pero lo curioso es la escena final en la que vemos a Belfort dar charlas motivacionales. La escena completa es hermosa y retrata la ficción política que sustenta el coaching pastoral: plano abierto, en un extremo vemos a Belfort parado arriba de un escenario, de repente da un paso y desciende al otro extremo del plano donde aguarda un público expectante. La devoción es infinita. La última toma recorre esa comunidad de creyentes iluminados por la gracia de la promesa del éxito: frente a ellos, el profeta les está enseñando a vender una birome.

El lobo que pastorea a la manada ya no infunde miedo, sino admiración. Es un sobreviviente. Este es el rostro de quienes están habilitados a enseñar a los demás las virtudes del fracaso. Son precisamente, unos pocos. La función del discurso del fracaso es calmar la ansiedad de las mayorías. Y lo hace posible justificando el éxito de los pocos que fueron capaces de sobrevivir a la experiencia del fracaso. Del otro lado, hay una masa cada vez mayor de paralizados, marginados y excluidos en la sociedad. ¿Cómo justificar la desigualdad cada vez mayor? ¿Cómo soportar el incremento de la tasa de desempleo? ¿Cómo legitimar a Dybala y Ori Sabatini en Grecia? La gerente de recursos humanos era un aprendiz de lobo, no casualmente se encargaba del reclutamiento de personal. Alguna vez Neil Young escribió en una canción memorable, no a los personajes del rock, sino a la innovación cultural: “It’s better to burn out then to fade away”. La mentalidad actual parece ser más bien opuesta, y al pronunciamiento de Young le sigue más bien este: es mejor desvanecerse lentamente, que quemarse en un incendio.

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