La influencia de Freud y el narcisimo en el amor: ¿por qué seguimos siendo infelices?

[Freud. Psicoanálisis. Amor. Platón. Occidente. Grindr. Tinder. Sexo. Pulsión. Narcisismo. Homosexualidad. Libido. Yo]

por Lautaro Carrera (@lautyrace2 )

Hace tiempo que el impacto de Freud en nuestra cultura es incluso mayor del que tiende a asignársele, aunque también es cierto que de la obra de Freud sólo algunos argumentos han sido incorporados al sentido común mientras que algunos otros no, y habrá que ver por qué. Lo que intentaré demostrar es que dos grandes conceptos freudianos han tenido distinto destino y tratamiento a la hora de ser digeridos por el pensamiento occidental: el Narcisismo y la teoría del amor que se desprende de él ha sido totalmente incorporado y el Inconsciente ha sido, al menos, parcialmente reprimido quedándose, nuestro sentido común, con la noción de responsabilidad (hasta de lo que se sueña) y sustituyéndose el descubrimiento freudiano (lo desconocido de nosotros mismos) por una moral cuyo eje es la voluntad.

Para comenzar el argumento propondré establecer acuerdos mínimos respecto al estado del pensamiento de, al menos, la clase media que utiliza redes sociales con las que las personas que lean esto y yo nos relacionamos cotidianamente. Si algún lector o lectora no comparte este diagnóstico, puede rechazar legítimamente todo lo que se escriba a continuación como falso. Estos acuerdo mínimos son:

  1. Hay ganas de ser mirado, admirado, mimado, amado, deseado, etc.
  2. No hay, a priori, ganas de amar, mirar, admirar, mimar, desear, etc
  3. Si hay ganas, son leídas como riesgo, falla o exposición: “qué vergüenza, me enganché/humillé/mandé un mensaje a las 5 de la mañana diciéndole que lo amo, que quiero coger, que quiero volver, etc”.
  4. Dichas ganas sólo son admitidas si primero se constata que las hay en el otro. Si, y sólo si, el otro me ama, mira, admira, mima, desea, entonces no es vergonzoso amar, mirar, admirar, mimar, desear, etc.

Mi impresión es que dichas valoraciones (ser amado, luego amar = bien, no ser amado y amar = mal, etc) son producto o están fuertemente influenciadas por Freud. O, quizás, simplemente son increíblemente congruentes con parte de la propuesta freudiana.

La trampa del Narcisismo

Según el mito, Narciso era un joven increíblemente hermoso. Tiresias ya había advertido que viviría muchos años sólo a condición de que nunca se viera a sí mismo. Su belleza (no obstante desconocida para él mismo) despertaba la admiración de hombres y mujeres lo cual, lo volvió arrogante. Él nunca correspondió a ninguno de sus pretendientes. Resumiendo, un buen día vió su propia imagen reflejada en un estanque y, en un esfuerzo por abrazarse, se cayó al agua y se ahogó.

Del mito se pueden extraer algunas conclusiones: 1) la arrogancia de Narciso no tenía nada que ver con su belleza, ya que él pasa la mayor parte de su vida sin poder constatar que efectivamente era bello, sino con ser deseado por todos; 2) él no amó nunca a nadie.

Mucho se ha dicho respecto a que, entonces, el narcisismo representa un peligro: amarnos mucho a nosotros mismos nos puede matar. A menos que haya personas que, como Narciso, quieran besarse a sí mismos en un estanque y no sepan nadar, habría que establecer cómo.

En Freud, el narcisismo es central: todo amor es narcisista. El narcisismo es un momento supuesto en la historia de la constitución subjetiva de cualquier persona normal, necesario, que consiste en que la libido (energía de la pulsión sexual que se liga y se enlaza a los objetos de deseo) está puesta en el yo, toma al yo como primer objeto sexual. Allí, ya tenemos un problema: está ampliamente extendido que el primer objeto sexual son los padres (complejo de Edipo), lectura que también puede hacerse y que es fidedigna. Freud sostiene ambas posibilidades, pero en su texto “Introducción del Narcisismo” plantea, sin dudas, que el primer objeto de amor es el Yo y que esta libido que está ligada al yo será luego cedida a los objetos de amor externos. Primer conclusión: en Freud, el primer amor es Yo.

Sin embargo, Freud planteará que es necesario ceder, perder al Yo como objeto libidinal porque si la libido queda estancada la persona enferma: “Un fuerte egoísmo preserva de enfermar, pero al final uno tiene que empezar a amar para no caer enfermo, y por fuerza enfermará si a consecuencia de una frustración no puede amar”. ¿Cómo se entiende, entonces? Por la vía de la sustitución. El amor es sustitución. Se ama sólo a aquél objeto sexual que sustituye y representa a un objeto anterior amado y perdido. Por ello, Freud abre dos posibilidades: se ama a quien represente, de modo inconsciente, a los padres de la infancia (la madre nutricia, el padre protector), llamada elección de objeto anaclítica, o se ama tomando como modelo, como lente, como brújula, al propio Yo (lo que yo es, lo que el yo fue, lo que el yo quisiera ser, lo que formó parte del propio cuerpo, que vendría a ser un hijo para las mujeres) llamado elección narcisista de objeto. Si bien esto podría hacer creer que existe un modo de amar que es “altruista” es decir, que se ama al otro por lo que el otro es (nutricio, protector), ambas se sostienen sobre el narcisismo por la relación que con ese objeto -el que sea- se puede establecer.

La relación de objeto siempre tiene como fin la satisfacción de la pulsión sexual. Sostiene que, en la infancia, la satisfacción de la pulsión sexual se obtiene mediante la estimulación de las fuentes pulsionales (la boca, el ano, el falo) de manera autoerótica. Los niños se tocarían a sí mismos, sin necesidad de mediación de ningún tipo de relación con el otro. Incluso cuando el niño obtiene satisfacción sexual mediante la estimulación oral a través del pecho materno sería autoerótico porque no hay aún distinción entre lo que es el cuerpo del niño (yo) de lo que es el cuerpo de la madre (no-yo), razón por la cual sería indistinto que el objeto a través del cual se estimula la boca sea el pecho, el dedo, el pie, un chupete, etc.

Ahora bien, Freud se pregunta: si el narcisismo (situación absolutamente ideal donde encontramos el objeto de nuestra satisfacción en lo que tenemos más a mano, que es el propio cuerpo) es un lugar tan cómodo y placentero ¿por qué se lo abandona?

El narcisismo es un estado causado por la relación de los padres tiernos con sus hijos. Es decir, son los padres los que hacen creer al niño que es narcisista, que es “su majestad el bebé”, que es lo más importante de la creación. Son los padres quienes, también, rápidamente, sacan al niño de esta posición ideal mostrándole sus fallas, reaccionando negativamente a algunos de sus comportamientos. En Freud, esto está relacionado a la estimulación del falo. El complejo de castración tiene que ver con amenazar al niño con que se le cortará el pene si sigue tocándoselo. Primer corrimiento de la posición ideal: si hago algo y ese algo a los ojos de mamá y papá está mal, entonces ya no soy ideal. Luego, se seguirán imponiendo ideales, objetivos a alcanzar a futuro, que lo alejan de la perfección que habría tenido y que perdió. Estos ideales son los sueños de deseo irrealizados de los padres que debieron renunciar a su propio narcisismo y que, ahora, serán responsabilidad del hijo: “el varón será un grande hombre y un héroe en lugar del padre, y la niña se casará con un príncipe como tardía recompensa para la madre”. Es decir, el concepto de narcisismo en Freud es absolutamente relacional.

Recuperando a Narciso, sólo podremos ser verdaderamente arrogantes si somos amados por todos. Esta es la base del amor en Freud: lo que se busca es sustituir la perfección inicial y sólo se logra por la vía del amor de los otros que deben devolvernos una imagen perfecta. Debemos ser perfectos para ellos y el precio de la perfección es, como enseña Narciso, no amar a nadie.

El problema es que no se ama al objeto, se ama a través del objeto, de la satisfacción que dicho objeto puede producir, a mí mismo, a mi cuerpo, mi Yo. El objeto es contingente, púramente masturbatorio. Ya no podemos quedarnos en la satisfacción autoerótica, está prohibido (idea que, actualmente, es claramente falsa), hay que hacer intervenir al otro. Mi impresión es que esta centralidad del cuerpo, el creer que lo esencial de mí está en mi cuerpo, que soy mi cuerpo, explica bastante Grindr como provisión de cuerpos sin el obstáculo de la seducción. Si lo que se busca es estimular un cuerpo a través del cuerpo de otro porque está prohibido que lo estimule yo mismo ¿para qué tanta vuelta, tanta cena, tanta conversación? Grindr nos provee un atajo y se demuestra efectivo en los millones de gays que la usan. La pregunta es, entonces: ¿el amor es, simplemente, eso? ¿Una ficción que encubre el utilitarismo de la sexualidad humana? Mi posición es, no sólo que no, sino que hemos creído que es eso por la influencia de Freud en el sentido común occidental y que el resultado es simplemente la experiencia del tedio.

Foucault, en su “Historia de la Sexualidad” lo trabaja en este sentido: es un invento de Freud creer que la causa del sufrimiento es la represión de la sexualidad. Mírennos ahora: nunca fuimos tan libres y seguimos igual de tristes y, en mi opinión, aún más solos.

Hay yo

La liberación de la sexualidad y la apertura a los distintos modos de ejercerla, propia de nuestra época, no tuvo el resultado esperado. Ya nadie plantearía, en nuestro ámbito al menos, que ejercer la sexualidad con alguien del mismo sexo, disfrutar del BDSM o de cualquier forma, aunque sea extravagante, deba ser prohibido mientras involucre a dos adultos en capacidad de consentir. ¿Por qué no somos felices?

Mi hipótesis consiste en que nuestra cultura equivocó el camino (creyendo que hay camino) y viró hacia el intento de sostenimiento del narcisismo haciendo eje en la satisfacción sexual por la vía del cuerpo y el yo (considerados equivalentes).

Lo que queda prohibido en nuestra cultura es amar a otro. Como sea que se lo entienda, cualquier manifestación de amor al otro es directamente contraria al narcisismo. Sería, en todo caso, fortalecer el narcisismo del otro perjudicando al propio. Freud, a este respecto, decía: “La dependencia respecto del objeto amado tiene el efecto de rebajarlo; el que está enamorado está humillado. El que ama ha sacrificado, por así decir, un fragmento de su narcisismo y sólo puede restituírselo a trueque de ser-amado”. Es decir: amar a quien no me ama me hace sentir un boludo, me deja humillado, es un papelón, una vergüenza.

¿Nuestras desventuras amorosas nos enseñan del amor, o es la forma en la que una época construye el amor como concepto lo que, después y sólo después, produce la experiencia?

Leer la manifestación amorosa, la hazaña, la serenata, la carta, el like como riesgo que puede producir vergüenza en caso de no ser correspondido es un planteo (¿post?)moderno. Era impensable en la Grecia Antigua de Platón. Para Platón, el amante y todas sus hazañas estaban socialmente justificadas porque había sido tocado por Eros. El toque de Eros producía locura y era una locura totalmente aceptada socialmente, nadie se reiría de un loco enamorado porque está participando de una experiencia ligada a la divinidad y en efecto el enamorado no sentía vergüenza. Ahora, ¿qué posición es más verdadera para Platón? ¿Más congruente con el “verdadero” amor? ¿Aquél que se sacrifica haciendo ridiculeces (a nuestros ojos, que no son los suyos) en pos de su amado, o aquél que no responde a ninguna de ellas? Ninguna de las dos.

El milagro del amor: ni chicha ni limonada.

El Banquete de Platón es un diálogo precioso. Me gusta decir que si uno lo lee sin un marco teórico filosófico o analítico previo es una simple conversación entre varios viejos en pedo y un pibito que irrumpe, más en pedo todavía y, encima, caliente (en sus ambas acepciones). La regla que regía el encuentro era que todos los presentes debían hacer un elogio al amor. Terminadas las exposiciones de todos, ingresa Alcibíades, un joven muy hermoso del cual Sócrates estaba enamorado (posicionado, supuestamente, como amante) y, rompiendo con las reglas, se pone a hacer un elogio, ya no del amor, sino de Sócrates. Según Platón, la lógica del amor consiste en que el amante ve en el amado algo amable, un brillo, algo deslumbrante (su belleza, su saber, su auto, sus abdominales, etc). Esta forma de relación entre viejos sabios y jóvenes hermosos estaba legalizada en la antigua Grecia. El viejo sabio compartía su saber a cambio de gozar del cuerpo bello del joven. Cada uno daba lo que tenía a cambio de lo que le faltaba encontrándolo en el otro.

Sócrates, siendo el amante de su amado, lo desea. Está muchísimo tiempo cortejándolo, frecuentándolo, durmiendo con él y, sin embargo, en ningún momento tienen sexo. Alcibíades, borracho y furioso, elogia a Sócrates, enumera sus virtudes, su talento, su saber, justamente para denunciar que, deseándolo tanto, nunca se lo cogió, y ahí devela lo que para Platón es el milagro del amor. El amado se vuelve amante y, por un segundo, Sócrates, que tanto perseguía a Alcibíades, se vuelve objeto de su amor y el enloquecido por el toque de Eros pasa a ser Alcibíades. Hasta el momento quien tenía la posta, el poder, quien “disponía” era Alcibíades (no se entregaba) y quien “proponía” era Sócrates (que no dejaba de entregarse).

Entonces, Alcibíades realiza su elogio. Sócrates, por el contrario, no se la cree. Alcibíades dice que Sócrates es maravilloso y este último le dice: Yo no tengo todas esas virtudes, no soy eso que vos decís, no es a mí a quien amás, yo no sé nada. Esta posición, en nuestra cultura, es impensable. ¿Cómo va Sócrates a no dejarse amar por Alcibíades? ¡Si su narcisismo (el nuestro) así lo establece! Tanto lo buscó, tanto lo deseó, tanto le enseñó y cuando por fin lo tiene, lo refuta: “Yo no tengo todo eso que vos decís, no soy todo eso, ves lo que no hay”. ¡Rompe la burbuja! Y uno, totalmente tomado por la lógica Instagram de entender las relaciones, dice: “este tipo está loco”. Justamente: está loco porque, a nuestros ojos, está loco quien en vez de mostrarse perfecto se muestra faltante de virtud y refuta la imagen de perfección que el otro devuelve: vos decís que soy perfecto, que me amás por todas esas cosas que vos decís que tengo y yo, en realidad, no tengo nada. Es maravilloso.

¿Cuál es la salida, entonces? ¿Qué queremos ser, Sócrates, Alcibíades? No tengo ni idea. Mi impresión es que nuestra cultura ha construido un nuevo (viejo) ser del ser, una nueva ontología que ya estaba en Freud y que todos hemos aprendido sin siquiera haber leído nunca a Freud, y que tiene que ver con lo que algunos lacanianos llaman “ser de goce”. Aún estoy estudiando el problema, pero parece ser que tiene que ver con aquellos modos de satisfacción ocultos, oscuros, reprimidos, que no necesariamente van en consonancia con lo que yo creo que es correcto, aceptable, digno y bueno para mí, pero que al mismo tiempo son inmodificables y hay que hacer las paces con ellos. Sería algo así como: “usted de lo que goza es x”. X podrá ser cualquier cosa y probablemente será un modo de satisfacción que nos hacía/hace sufrir: usted goza de tal práctica, de tal forma de relación, de tal x, es inmodificable, no hay nada que hacer, deje de quejarse y responsabilícese por aquello que le viene desde el cuerpo (erógeno, en Freud). ¿No es este el planteo de nuestra cultura? A usted le gustan los hombres, las mujeres, los hombres jóvenes, las mujeres mayores, le gusta el BDSM, le gusta oler ropa interior sucia, le gusta ponerse pañales, le gusta que lo golpeen, que lo aten, lo escupan o nada de esto sino el misionero, los hijos, los perros, la casa, la monogamia, los celos… Sea lo que sea será inmodificable, mi cuerpo es así, funciona así, no hay nada que hacer. Y ahí vamos a poner, en nuestros perfiles de Grindr, busco pasivos, activos, daddies, sugar babies, etc.

La propuesta de Freud, y en esto invito a que cualquier colega que tenga contacto con este texto lo haga pedazos y demuestre que entendí todo al revés, es el levantamiento de las represiones que pesan sobre la pulsión sexual. Freud le decía a Dora, su paciente: a usted le gusta el Sr. K, usted quiere acostarse con el Sr. K y no se lo permite su moral y por eso arma todo este escándalo, déjese de joder y acepte que usted desea al Sr. K, amíguese con su deseo: usted goza de eso. Y hoy, por suerte, ¡la cultura no nos condena por ello! Es una forma de pensarlo y, según mi lectura, es nuestra forma. Somos libres de meternos cuánta cosa queramos por cualquier orificio y volvemos al principio: ¿por qué no somos felices? Subimos mil historias a Instagram que tienen diez mil visualizaciones cada una, tenemos siete millones de seguidores, absolutamente todo el mundo quiere estar con nosotros y, sin embargo, vivir sigue siendo una “experiencia gravosa” como diría Freud en su “Malestar en la cultura”. ¿Qué nos pasa que nos miran todos y seguimos solos y tristes?

Lo que pasa es que contrario al nihilismo imperante que busca el sostenimiento de la posición narcisista que, definitivamente, impide el encuentro (si para sostener mi Yo necesito ser amado por todos pero no amar a nadie, no hay encuentro posible, nunca respondo al que me responde la story porque sería humillante), que busca que nos amiguemos con eso que se presenta como inmodificable, que nos viene del cuerpo en tanto nuestros cuerpos somos el Yo que hay que estimular a través del otro como objeto y eso es así y no hay nada que hacer, es que el amor tiene que ver con el sostenimiento de una ficción. Lacan decía, siguiendo a Platón, “dar una opinión sin tener como justificarla”, lo que se leería más o menos como “Te amo y no sé por qué”. Y quizás, el amor, tenga que ver con sostener esa ficción sin respuesta. Yo creo que el otro es un montón de cosas, el otro cree que yo soy un montón de otras. ¿Cuáles? No sé. No es el auto, no son los abdominales, no es la casa, no es el sexo ni las prácticas extravagantes.

¿Qué es?

No tenemos idea.

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