Pensar el futuro sobre lo imposible

[Futuro. Humanidad. Derrida. Futurología. Especulación. Utopía. Deus Ex. Elon Musk. Cyberpunk 2077. Emilio Marinetti. Futurismo]

por Augusto Villareal (@lapanteraaugust)

Pensar el futuro es imposible. Exige, necesariamente, especular sobre el ya limitado entendimiento que tenemos sobre el pasado y el presente. Requiere tratar de ver reverberaciones que no podemos conocer. Pero el futuro tiene algo a favor: implica imaginar, inventar un espacio políticamente poderoso.

El futuro no existe: va a existir. Y es en esta distinción donde está la utopía, las esperanzas y los miedos de nuestra sociedad actual, y su construcción es el nexo estructurante de muchas de las acciones del presente. Por eso el pensamiento futurista adquiere, en épocas de incertidumbre como las actuales, especial importancia, porque nos permite cuestionar el presente, redefinir el pasado y volver a entender nuestra existencia individual y colectiva.

El futuro hoy

El futuro se divide en dos grandes categorías. Por un lado está mi futuro, relacionado a mi familia, a la gente que me rodea, a mis decisiones, etc. Este es el sueño personal, en donde se depositan las esperanzas de mis acciones. Algunas veces aparece difuso, manchado en un velo de incertidumbre. Pero esto no es un error: es una manera de asimilar o negar la existencia del futuro. Luego está nuestro futuro: una perspectiva colectiva que cargamos de nuestras frustraciones y anhelos. “Hacia dónde va la humanidad” es una pregunta que traviesa de manera fulminante estos años de posmodernidad. Y además la más confusa de todas las preguntas porque muchas veces está cargada de nuestra visión limitada de las cosas.

El futuro es uno de los campos políticos de disputa más importantes, ya que atraviesa todos los hechos del presente. Toda especulación del futuro en términos políticos configura una acción del presente. Cómo creo que impactara lo que hago, es en última instancia, una esperanza que baso de acuerdo a los elementos que se pueden calcular del presente, al ver cómo se comportaron los mismos en el pasado. Este puede que sea nuestro primer gran problema: el avance del tiempo destruye las condiciones del pasado. Los eventos del pasado repercuten hoy de manera distinta a cómo lo harán mañana. La naturaleza del tiempo es transformar las condiciones, cambiar lo que entendemos como realidad: el tiempo no es solo el telón de fondo sobre el cual nuestras acciones se desarrollan. Es, como lo entendía Derrida, la sustancia de las acciones. Lo que ayer funcionaba, hoy tal vez no lo haga, así que debo pensar nuevas maneras de especular. La imaginación es mi mejor herramienta.

El futuro, mañana

Tal como Galeano lo entendía, la utopía sirve porque nos ayuda a caminar. Refleja el futuro que se anhela para impulsarnos a construirlo, sabiendo que la línea de llegada no existe y que ese mundo ideal será muy diferente al que soñamos. La idea de utopía es una idea necesariamente ligada al futuro. Tal vez sea por esto que nuestra cultura está asociada al concepto de distopía: cyberpunk, pos humanismo, son expresiones culturales de una visión específica del futuro que muestran a la humanidad consumida por su propio peso. Por eso compartimos la idea de que Elon Musk no entiende o no quiere entender el punto del cyberpunk cuando se pone como foto de perfil en Twitter una foto del juego “Deus Ex”: un mundo donde las corporaciones destruyeron la libertad humana y controlan el mundo despóticamente y la única posibilidad de liberación es la destrucción del sistema mundo. Mientras tanto, el forma parte del selecto grupo de multimillonarios que construyen ese mismo sistema mundo en nuestro presente.

Las distopías que consumimos en forma de películas, videojuegos y novelas son proyecciones de lo que esperamos; y sin embargo, parecen moldear nuestra concepción de la ficción más que nuestras acciones hacia el futuro. Cyberpunk 2077, uno de los videojuegos más esperados del año, levantó polémica por su opción de armar un personaje sin género más que por el mundo violento, horrible y desesperanzador que plantea que podría llegar a existir. Y este es el gran problema: no pensamos el futuro porque la impotencia del presente no nos deja hacerlo.

En el mundo que celebra la llegada del primer trillonario (Jeff Bezos, dueño de Amazon) la capacidad de decidir sobre nuestro futuro disminuye. Y no hace falta entrar en la discusión redistributiva: ¿la capacidad de los multimillonarios para influir en las decisiones que nos interpelan como humanidad está justificada en sus éxitos comerciales? ¿No son los algoritmos con los cuales navegamos en las redes (Facebook, Instagram, etc.) también formas de definir nuestro futuro? Me atrevo a pensar que estamos en el momento en donde se nos muestra la necesidad de politizar lo que el comienzo del siglo nos mostró como algo natural o una mera necesidad técnica.

La alienación capitalista del trabajo no nos roba solo nuestro presente, sino también las herramientas para pensar el futuro. El mundo está (supuestamente) demasiado lejos como para que me importe, como para que pueda hacer algo sobre ese futuro que la ficción propone. Esto, lejos de ser algo bueno, nos mantiene presos de un presente que no podemos influir y nos condena a la inacción. El presente alienado, donde me alejo de lo que constituye mi vida (el trabajo, mi familia, mis deseos) preso de fuerzas que no puedo controlar, se manifiesta aún más horrible si le damos la perspectiva del tiempo: el futuro parece inalcanzable desde un presente que está preso y alejado de mí. Pero lo cierto es que el futuro no está lejos: está hoy más cerca que nunca. Por eso propongo que nos pongamos a pensar sobre él.

En defensa del futurismo

En 1909 Emilio Marinetti empezaba así su Manifiesto Futurista:

  1. Queremos cantar el amor al peligro, el hábito de la energía y de la temeridad.
  2. El coraje, la audacia, la rebelión, serán elementos esenciales de nuestra poesía.
  3. La literatura exaltó, hasta hoy, la inmovilidad pensativa, el éxtasis y el sueño. Nosotros queremos exaltar el movimiento agresivo, el insomnio febril, el paso de corrida, el salto mortal, el cachetazo y el puñetazo.

 Estos puntos, tan lejanos en tiempo e ideas de todo lo que venimos discutiendo, me parecen especialmente útiles. Pensar el futuro con el trabajo de imaginación y de especulación que requiere no es una tarea únicamente racional en el sentido estricto del término. Requiere una revisión de sentidos, valores y factores que emanan de nuestra cultura y nuestras vidas para tomar en consideración patrones estructurales y materiales relacionados a nuestra historia social, política y económica.

El futurismo (como manera de pensar el presente, como forma violenta y abierta de analizar la realidad) tiene la posibilidad de darnos perspectivas radicales y de dotarnos de la responsabilidad de hacernos cargo de lo que nos espera. Defender el futurismo es defender nuestro rol en el desarrollo de las sociedades, es defender nuestro legítimo poder como actores activos del destino del mundo. Es defender la ficción como acto político, la especulación como proceso analítico y el movimiento como ethos estético.

Nuestra vida puede cambiar radicalmente si vemos el futuro con otros ojos. ¿No somos los jóvenes los que más nos negamos a ver el futuro? ¿No somos los más frustrados con el mundo que heredamos? ¿Acaso esa frustración no es la principal fuerza creadora que hoy ronda por el mundo? Animarnos a pensar el futuro nos tiene que obligar a volver a pensar en utopías, no como sueños que habitan historias sino como la guía de nuestras acciones en el presente, teniendo en cuenta nuestras limitaciones, pero intentando superarlas. Esa, me parece, es el principal aporte que el futurismo puede y tiene que legarnos: dejar de temer al tiempo, dejar de temerle a nuestro presente para cambiar el futuro.

 

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