Los cuerpos de Gaspar Noé: miren cómo me masturbo

[Gaspar Noé. Pornografía. Cuerpos. Violación. Climax. Drogas. David Le Breton. Sociología del cuerpo]

por Gonzalo Zanini

Nos servimos de
carne todo el tiempo. No hay veganismo que pueda luchar contra esa necesidad
primigenia de sentir el cuerpo del otro. O en pleno siglo XXI, de buscar con
ojos irritados y sedientos imágenes del cuerpo del otro, de un otro cualquiera,
apetecible, excitante, llamativo, fitness, gracioso, depresivo, feo, en mal
estado y un largo y entretenido etcétera. Ahora los cuerpos se encuentran
exhibidos por todos partes. Ya no están moldeados en murales griegos de templos
religiosos o en cuadros decimonónicos colgados en el cuarto de algún rey con
gusto exquisito. Ya no necesitamos un Ramón
Martin Alsina
o un Pedro Pablo
Rubens
(los españoles saben pintar muy bien el desnudo femenino) para poder
acercarnos al desnudo por medio del arte. Porque no me interesa el cuerpo que
puede consumirse con la facilidad del sexo, del encuentro de dos o más personas
que se reúnen, se contemplan y se penetran. Lo que importa es el cuerpo
consumido, que es siempre un cuerpo mediado, interrumpido y representado para
ser exhibido por medio del arte y sus derivados. Y eso se debe a que el arte
siempre estuvo ahí para funcionar como el salvavidas de los deseos de la
humanidad, para ser una alternativa de acceso a la carne de una forma diferente
y única.

Ante todo, el cuerpo es imagen. No sé si se debe a
que formo parte de una generación que inhala y segrega imágenes por toneladas
todos los santos días, y por ende no puedo figurar al cuerpo en alguna otra
expresión que no sea la imagen que lo figura. No sé si es una atrofia de mi
forma de entender el cuerpo, pero no concibo otra forma de verlo. El cuerpo es
la imagen que se puede contemplar de él por medio de otras imágenes. Las
palabras quedan arcaicas, totalmente redundantes. La literatura puede trabajar
y desarrollar muy bien ciertas condiciones del cuerpo (la pasión de Bovary, el masoquismo desenfrenado del Marques de Sade, los cuerpos varoniles
moldeados de Homero, la sangre
saturada de drogas en los personajes de Irvine
Welsh
) pero jamás podrá llegar a representar esa totalidad que es el cuerpo
en las artes visuales y plásticas.

Y digamos que
entre las artes visuales, el cine logra para mí captar esa totalidad del
cuerpo. Si bien el cine no tiene la materialidad y la voluptuosidad de una
escultura de mármol ni la vertiginosidad y la calidez de un cuadro realista y
colorido, aun así logra superar ampliamente a las demás debido a la posibilidad
técnica que tiene el cine de captar el movimiento, que es el motor vital del
cuerpo.

David Le Breton en su canónico libro Sociología del cuerpo dice que el cuerpo
es ficción. Y es ficción en tanto forma parte de la construcción de sentidos
que le da una determinada comunidad. De esta forma, el cuerpo no puede escapar
del sentido que lo aprisiona y que le otorga significado.

Lo que plantea David Le Breton es nada menos que la
maleabilidad del cuerpo. La desmitificación de entender el cuerpo cómo algo
sólido cuando en realidad está atravesado por normas sociales, hábitos
culturales y políticas gubernamentales. Pero la sociología del cuerpo suele
abaratar demasiado la visión que se puede tener del cuerpo. Con el arte (y
sobre todo si planteamos el cuerpo como un delirio ficcional) el campo de
entendimiento es más amplio. Y si el cuerpo es ficción, el porno, ese género tan poco nombrado entre la gentusa pero más
masivo que Netflix ¿es una suerte de
metaficción, de explotación de las condiciones del cuerpo (los órganos sexuales
y las zonas erógenas) para crear un show
sobre esas propias condiciones del cuerpo dadas por el encuentro sexual, que es
siempre ficcional? (Los actores no se aman, no se van a casar, no tienen tantos
oficios encimas como pizzerxs, enfermerxs, doctorxs, mecanicxs, arquitectxs,
etc.)

Cuerpos pornográficos y cuerpos viciados

Un dato de
color es que el primer video pornográfico archivado en la historia es un video
porno argentino llamado El sátiro,
un video de cuatro minutos que muestra a unas ninfas desnudas y a un diablo
lujurioso observándolas: el resto es porno.

El video tiene
una fecha de origen calculada aproximadamente entre 1912 y 1913. Dudo mucho que
un video con la calidad y la actuación de El
sátiro
logre provocar alguna reacción sexual en el espectador (aunque el
sexo es un mercado muy amplio) pero sí sorprende que el primer video porno
archivado en la historia del cine deje a un lado el realismo y elija la
fantasía para recrear escenas de sexo entre criaturas mitológicas. El porno
parodiado tiene un gran antecedente.  

Ahora bien, si
al hablar de arte y de porno como una misma cosa parece ser contradictorio, el
millonario, controversial y prolifero artista Jeff Koons no debería ser justamente millonario, controversial y
prolifero, ni tener sus obras de artes desparramadas por los museos más
importantes del mundo. Jeff Koons es
mi argumento para decir que el porno y el arte se llevan muy bien.

Pero las artes plásticas no van al caso. Importa el cine acá.

Y sin duda, uno
de los exponentes actuales que mejor fusiona el cuerpo (tal cual se lo entiende
en este ensayo) y el cine, es el también controversial Gaspar Noé. El director que basa prácticamente toda su filmografía
en el uso del cuerpo.

El cuerpo
cumple en sus películas la función de perturbar al espectador. No se trata de
una cosificación, de una suerte de escenografía, de algo secundario. El cuerpo
en las películas de Noé es el centro
de toda la trama (si acaso se puede llamar trama a lo que trata de argumentar
en sus películas) y se vuelve clave para entender la función de lo corporal en
la actualidad. En una película como Into
the Void
vemos cómo la cámara subjetiva se transforma en la intención del
director de meternos en un cuerpo ajeno y vivir, sentir y explorar con ese
cuerpo ajeno lo que sucede en la película. En la ya archiconocida escena de
violación a Mónica Bellucci la
cámara no da tregua y un plano fijo sin cortes nos muestra la monstruosidad del
acto en sí y también la necesidad de Noé
de presenciar la oscuridad de un cuerpo que somete domina y corrompe otro
cuerpo (y que no será el único cuerpo corrompido en la película). El dolor, la
violencia, no merece montaje ni muchos planos del mismo acto. El dolor debe
tener una cadencia no interrumpida, y es esa la verdad de cómo filmar un
cuerpo. No estoy diciendo que el plano secuencia sea la respuesta a todo. Pero
el plano secuencia de Noé, donde los
cuerpos violentados se suceden uno al lado del otro, parece hacernos recordar
lo fácil y primitivo que es filmar la violencia y el sexo explícito. No hace
falta otros recursos. Ya no hay monólogos internos, montajes psicológicos ni
alucinaciones por el estilo. Un cuerpo violado. Y el espectador, del otro lado
de la pantalla, poniendo el cuerpo para presenciar la atroz escena como si
estuviera tan solo a unos cuantos pasos de ese túnel subterráneo, sensación que
produce el hecho de que la cámara no tenga movimientos, y uno esté postrado ahí,
observándolo todo, sin pestañear ni decir nada, como la mismísima cámara que
graba la escena. Por eso no podemos escapar de la mirada de Noé.

Tarea para
casa: vean cualquier película de Noé
e identifiquen la importancia de los cuerpos masacrados, la importancia de la
violencia y el sexo que son, quizás, las dos grandes expresiones de lo
corporal, de lo físico

La película más
representativa es la última película en donde podemos encontrar todos sus
recursos, todos sus fetiches. Climax
es el universo más representativo y mejor logrado de Gaspar Noé. El baile como eje que vincula a los personajes (y como
forma de expresión tan vital del cuerpo), junto al consumo de drogas (la
antítesis de la vitalidad) y sumado al sexo desenfrenado, crea un clima
opresivo, como en todas sus películas, pero con detalles y escenas mucho mejor
logradas que las anteriores. 

De esta forma
el cine de Noé es el que demuestra
la vitalidad del cuerpo a través de su propia aniquilación que, al fin y al
cabo, en estos tiempos que corren, pasa a ser un designio interesante.

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