George Floyd y Joker: apuntes mínimos para pensar una política desde el fracaso

[Joker. George Floyd. Todd Phillips. Minneapolis. Política. Fracaso. Estado. Neoliberalismo. Thomas Wayne. Identidad. Judith Butler. Necropolítica]

“For my whole life, I didn’t know if I even really existed. But I do.”
Joker, Todd Phillips

por S. Hilas

El asesinato del afroamericano George Floyd a manos de la policía de Minneapolis visibilizó una vez más la violencia policial y estatal que la población afroamericana –como así también la latina entre otros grupos– sufre en Estados Unidos. En los días posteriores al hecho en las redes sociales circuló un meme –una de las modalidades de la sensibilidad en nuestra actualidad– que trazaba una relación entre las manifestaciones llevadas adelante en la película Joker (Phillips, 2019) y las protestas en Minneapolis en las que una estación de policía termino en llamas. De cierta manera, el meme fue para mí una motivación para trazar y profundizar esa posible relación. Bajo diferentes pancartas de lucha, la población afroamericana de Minnesota y de diferentes partes del territorio norteamericano –con sus respectivas alianzas, siempre necesarias para la lucha contra la violencia y la desigualdad– reclamó el poder respirar.

La inquietud que guía esta reflexión puede sintetizarse de la siguiente manera: hay algo de los escenarios relacionados en el meme que pueden tomarse para trazar una reflexión. Y tiene que ver con el hecho de que las formas de reconocimiento neoliberales y racistas muestran, una y otra vez, que siempre hay una parte de la población que es rechazada y que vive en los márgenes de una ciudadanía que nunca puede gozar plenamente. En otros términos, si para algúnxs las formas de vivir y de morir transcurren siempre en el ámbito del fracaso, a un costado de los ideales del éxito y de la pertenencia nacional, en qué medida y cómo estas protestas y manifestaciones son una tentativa de revertir esa situación y hacer la propia vida –que se ha mostrado no meritoria, no valiosa– vivible.

Joker: vivir en el fracaso

El reconocimiento es presentado tanto en Hegel como en sus múltiples recuperaciones como una escena dramática, como un terreno de disputas, como un espacio de intersecciones y múltiples relaciones con las normas que determinan quién será reconocido y quién no. Como puede suponerse, el reconocimiento no es posible en soledad. No es algo que unx “posea”. Es un ejercicio que involucra un “yo” que desea ser reconocido, y un “otro” –un “vos”– que puede o no ofrecer dicho reconocimiento. En este movimiento, entramos en relación con un conjunto de normas sociales más dominantes que regulan, justamente a quién se reconocerá y quién quedará sin ser reconocido. Dependemos, de modo muy literal, de ellas. Entonces ¿cuáles son las consecuencias de no contar con dicho reconocimiento? No tener lugar dentro del orden social ya sea parcial o totalmente (Butler, 2009: 37).

Arthur padece una enfermedad mental que hace disparar su risa de manera involuntaria. Trabaja como payaso y vive con su madre. Su sueño es ser comediante aunque sin éxito. En cada momento en el cual su risa estalla recibe el rechazo de la sociedad, su burla y, sobre todo, su violencia. Arthur vive a la vera del reconocimiento, buscando integrarse, adaptarse, sin conseguirlo. Como puede suponerse, cuando unx no es reconocido no queda “libre” de su efecto. En lugar de ser independiente de las normas de reconocimiento un* más bien queda necesitando de ellas. Escribe en su diario: “lo peor de tener una enfermedad mental es que todo el mundo actúa como si no la tuvieras”. No puede encajar en las normas de reconocimiento disponibles, en el espacio social, público: está socialmente muerto.

A pesar de esto, ser desplazado no quiere decir estar por fuera del espacio político: Arthur sigue siendo normado. Y las normas caen sobre él con todo su rigor, en cada instancia en la que pudo haberse dado una respuesta social diferente –la posibilidad para algo distinto–, y sin embargo la respuesta afectiva fue la misma: la violencia. Ya sea por negligencia del Estado –en Gotham se recortaron los programas sociales con los cuales Arthur recibía sus medicamentos y podía tener sus sesiones de terapia– o por la precariedad en la está sumida la sociedad –una crisis económica que dejaba a miles sin empleo–, la vida de Arthur queda signada bajo una vulnerabilidad maximizada a través de la política. Como seres corporeos que necesitamos alimento, cobijo, redes humanas y soportes institucionales para vivir, somos vulnerables (Butler, 2006). Sin embargo, pese a que todxs por igual tenemos de base esta condición, no todxs somos vulnerables del mismo modo. Si las normas de reconocimiento son la condición para ser reconocidx, y no encajar con ellas conlleva a no contar con el reconocimiento social, Arthur en este caso se vuelve el otro, el exterior constitutivo de las normas, alguien que puede ser leído socialmente como lo abyecto, como una amenaza, o como a quien puedo y debo herir –en virtud de no encajar con “lo normal”–.

En la discusión que tiene en el baño con Thomas Wayne, Arthur le grita: “¿Por qué todos son tan rudos? ¡Sólo estoy pidiendo un poco de contención!”. Es interesante notar cómo los únicos momentos de contención, cariño, cuidado y, en fin, de reconocimiento con los que Arthur cuenta en la película son sólo aquellos que él imagina. En su delirio, él puede encajar con las normas. Desea ser reconocido, y ese deseo se materializa en sus fantasías y delirios. En el giro de la película (y donde entiendo hay un punto de relación potente entre este film y las protestas actuales en Estados Unidos) es donde empieza a producirse un tipo diferente de reconocimiento social, a partir del ataque que sufre Arthur en el tren, luego de ser despedido, que termina con tres hombres de negocios de Wayne Enterprise asesinados. Toda una revuelta social que reacciona devolviendo la violencia y la agresión recibida por el Estado y sus amigxs ricxs, en donde lxs manifestantes asisten disfrazadxs de payasxs respondiendo a las provocaciones y burlas de Wayne. El reconocimiento que le es negado y que Arthur constantemente busca estalla en forma de una interpelación violenta a las normas que precarizan constante e ininterrumpidamente a los sectores más marginados; parecen decir “aquí estamos, nos negamos a morir en vida, nos negamos a desaparecer”. Tanto para Wayne como para “lxs ricxs”, ellxs no cuentan como vidas en absoluto, no son reconocidxs como vidas dignas de ser vividas (Butler, 2010).

A raíz de haber difundido uno de los videos de rutina de Arthur y su inesperada popularidad, Murray lo invita a participar de su programa. Arthur se viste y maquilla como payaso, ya nombrándose como Joker, y aunque declara no tener que ver con las manifestaciones sociales y ser apolítico, cada gesto suyo dentro del programa de Murray lo es, dándole aún más cuerpo al movimiento social que se concentra en las calles de Gotham. Increpa a parte de la sociedad que permanece indiferente a su sufrimiento diciéndoles “si me vieran tirado en la calle, me pasarían por encima”, en contraposición a las vidas de los tres empresarios que atacaron a Arthur en el tren. Las vidas de esos tres fueron lloradas públicamente, mostradas como vidas dignas de ser vividas, mientras vidas como las de Arthur se pierden todos los días sin la menor mención dentro del espacio público. Muchas de ellas ya estaban muertas antes de su desaparición física. Otra vez, el registro de las vidas que no cuentan, las vidas que no son meritorias, las que se caen del relato, las que no son reconocidas como vidas.

A mitad de la cinta, Arthur le cuenta a su asistente social que “durante toda la vida no sabía si realmente existía, pero existo”. Marca el constante abandono e invisibilización que sufre por parte del Estado y el conjunto social. En el espacio público él no existe, o no existía; al rematar el diálogo comentando que “la gente empieza a notarlo”, Arthur marca un punto de inflexión inesperado. Desde la noche del ataque en el tren, algo ha cambiado para los sectores marginales de Gotham, aquellxs que han sufrido la precarización constante de un sistema que no deja de sumir a los sujetos en una inseguridad laboral, económica, social, sexual, y corporal.

Lo que se juega en un gesto.

Las protestas ficticias de Joker y las reales de las comunidades afroamericanas de Estados Unidos y sus alianzas, toman la forma de una insurrección política y ética frente a un mundo normativo que les niega a unxs el reconocimiento que otorga a otrxs. En esa distribución diferencial del reconocimiento, algunas vidas y muertes pasarán desapercibidas. Una necropolítica (Mbembe, 2011) parece dibujarse en los dos escenarios descritos; formas de morir en vida y de morir físicamente operan gracias a la ley, ya sea como negligencia del Estado, como violencia estatal explicita, o como estas dos unidas. Ser rechazado por las normas que otorgan reconocimiento social y político tiene también su lugar de agencia.  En la medida en la que un*, en el esfuerzo por recibir un reconocimiento que es negado una y otra vez, pone en cuestión el horizonte normativo en el que tiene lugar determinado reconocimiento buscado, “ese cuestionamiento forma parte del deseo de reconocimiento, deseo que no puede hallar satisfacción y cuya insatisfacción establece un punto crítico de partida para la interrogación de las normas disponibles” (2009: 40). En otros términos, la disputa política por el reconocimiento no se trata de incluir a quienes no son incluidos dentro de las normas, sino discutir con esas normas que ya otorgan un reconocimiento diferencial, que ya tienen dentro de sí distintas formas de exclusión. Algo se rompe al interior del marco normativo que distingue entre las vidas valiosas y las no valiosas, algo fracasa y, en ese fracaso, muestra otras posibilidades.

Las protestas que inundan Estados Unidos y que nos llegan a través de las noticias y los registros disponibles en las redes, son una demanda y una disputa por un reconocimiento otro, por un nuevo horizonte normativo que, me atrevo a decir, ya está de hecho produciéndose. La apuesta de las pancartas tales como “I can’t brethe” y “black lives matter” –esta última ya formulada en 2013 a raíz de otro hecho de violencia policial a un afroamericano– entre otras, son una interrogación directa a cierto orden normativo que reparte el valor de la vida diferencialmente, que vuelve la vida una supervivencia y a veces ni siquiera eso. No son un pedido por ingresar dentro del orden normativo hegemónico, sino una insurrección que busca otras normas de reconocimiento que permita la igualdad sin igualarnos a todxs, es decir, sin homogeneizarnos, respetando las diferencias étnicas, culturales, raciales, entre otras. Que permita una vida con otrxs diferentes pero no por ello menos valiosxs.

El fracaso de ciertas normas parece mostrarnos posibles modulaciones de una política desde el fracaso. No que romantice el hecho de vivir en la marginalidad del reconocimiento, pero que pueda hacerse cargo de la violencia que significa no entrar dentro de las normas, ser unx ciudadanx de segunda, y puesto que se fracasa, pensar una política desde allí. De cierta forma se trata de subvertir el sentido que palabras tales como “éxito” y “fracaso” tienen dentro de un orden subjetivo y normativo liberal. Dar vuelta las significaciones y poder dotar al fracaso de una dimensión activa, agente, capaz de vehiculizar una disputa dentro de las normas, en oposición a la connotación que se le ha dado, siempre vinculándola con la incapacidad para la acción y la pasividad.

Un conjunto de preguntas se abren: ¿qué pasa con las vidas que se caen de las normas, las vidas que en el liberalismo capitalista y racista fracasan y no dejan de fracasar? ¿Es acaso una vida que fracasa, vivible? (Halbarstam, 2018) ¿qué otros proyectos de reconocimiento podrán recoger toda esa vulnerabilidad y poner en práctica políticas de cuidado que vuelvan esas vidas dignas de ser vividas? Pensar en una disputa por el reconocimiento nos pone en la incomodidad de prestar atención incluso en momentos y lugares donde esa misma lógica fracasa, en aquellas representaciones de la vida reconocida –en términos capitalistas y neoliberales– que nos devuelven una imagen del fracaso y la exclusión. Reconociendo las diferencias entre el personaje construido dentro de la película y la violenta realidad que tuvo lugar –y sigue tiendo– en la comunidad afroamericana de Estados Unidos, insisto en preguntar ¿qué nuevos horizontes de reconocimiento volverán vidas como las de Arthur Fleck y George Floyd dignas de ser vividas?

 


Bibliografía y filmografía

Butler, J.

(2006). Vida Precaria. El poder del duelo y la violencia. Buenos Aires: Paidós.

(2009). Dar cuenta de sí mismo. Violencia ética y responsabilidad. Buenos Aires: Amorrotu.

(2010). Marcos de guerra. Las vidas lloradas. Buenos Aires: Paidós

Halbarstam, J. (2018). El arte queer del fracaso. Madrid: Egales.

Mbembe, A. (2011). Necropolítica seguido de Sobre el Gobierno Privado Indirecto. Madrid: Melusina.

Phillips, T., Cooper, B., Tillinger K., E. (productores) y Phillips, T. (director). (2019). Joker [cinta cinematográfica]. EU: DC Comics.

 

 

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