Grandes Flagelos de la Humanidad Volumen I: la insoportable levedad de la vida sana

Por Emilia Pioletti (@milipioletti)

Ponele una tarde cualquiera. Procrastino en Instagram, le tiro corazones a fotos de gente que no he visto en mi vida, veo fotos de Calu Rivero corriendo diosamente una maratón y leo recetas dietéticas de @eatcleanok que, en un arranque de plena irracionalidad, me parecen cosas deliciosas. Una fuerza de atracción oscura me hace salir de casa disparada a la herboristería, para terminar debatiendo con el herboristero sobre la pertinencia de la harina de centeno y las innumerables bondades de las semillas de chía.

Existe una suerte de complot capitalista que amenaza con abducirnos irremediablemente en las turbias aguas de la vida saludable. Invade nuestros cuerpos, nuestras almas, nuestras charlas, nuestras camas. Y lo más importante: nuestras heladeras. Frename todo ahí. ¿Vos me estás diciendo que se meten con ese hermoso rectángulo blanco, gélido hogar de la felicidad? SÍ. Lo healthy. La perversa idea de que la delgadez, la longevidad y la sobre-vida es algo a lo que todos deberíamos aspirar porque así lo dicta la televisión y la Cosmopolitan. Y creo que quizás gente como Nacha Guevara (¿?) también tenga algo que ver. ¿Qué onda con ser flacos? ¿Cuál es la diferencia? ¿Y por qué queremos vivir más? ¿Tan kamikazes somos que queremos seguir vivos cuando todos nuestros amigos estén muertos? ¿Tan? Nos vamos a cagar de un embole, voy avisando.

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La cosa es que nuestro cerebro asimila todas estas ideas bastante mal y las relaciona peor. Allí donde ve color verde, dice “ah, diet”, allí donde ve la palabra orgánico dice “ah, saludable” y allí donde ve una herboristería te entra a comprar cuanta alimento de dudosa procedencia vea. Para ese entonces, hicimos sinapsis y nos pareció que lo verde, lo diet, lo orgánico y la felicidad tienen todo que ver. Este guiso que es casi un puchero mal cocido de elucubraciones, a veces nos lleva a tomar decisiones perversas: hacer dieta. Restricciones de harinas, de azúcares, de alcohol y de todo lo que nos hace bien en esta vida. ¿Acaso nos auto-odiamos? Puede ser. La que suscribe sucumbió ante el desgarrador canto de sirena y decidió que quizás fuera buena idea seguir al pie de la letra un papel dictador que digitara mis ingestas con el rigor del bigote alemán. Lo intenté.

Pasa un mes. Ando de muy mal humor.

Dos. Me quiero comer la mano.

Tres. Sigo teniendo hambre pero me la banco como una campeona.

Cuatro. Miento cada vez que me preguntan si no me cago de hambre.

Quinto. Ya bajé cinco kilos. Soy experta. Te calculo calorías con sólo darle una ojeada a una mermelada, te miro una tablita nutricional y te hago cálculos matemáticos a velocidad-Hawking, te sé las propiedades de casi cualquier legumbre existente y te puedo enumerar 10 tipos de semillas al hilo. Y acá empieza más o menos la debacle porque de llenar tu cerebro de información que francamente no necesitás a salir como un desesperado a correr por ciclovías y veredas, y anotarte a cuanta clase de zumba exista hay un solo paso.

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La gente fit empieza a pulular y como punteros políticos de lo cool, andan evangelizando seres nobles y felizmente adiposos. Panzas inverosímilmente chatas y six-pack-abs invaden el inicio de todas nuestras redes sociales. La imagen, la belleza, la delgadez, el dinero. Categorías que abordó el pelado de los cuellos de tortuga, Michel Foucault. Nuestro posmo preferido, nos contaba cómo la estética y la imagen, configuran esos dispositivos de poder que nos llevan a una búsqueda implacable por el atractivo físico. Como todas las búsquedas intrascendentes, no tiene ningún sentido, cuesta demasiado esfuerzo, sale plata y no nos lleva a ninguna parte.

El mercado hace del sujeto un objeto. Lo tenemos sabido. Lo interesante es que además nos descuartiza. Ya no somos una unicidad completa sino que somos piernas no firmes, cabello no brillante, brazos flácidos, glúteos caídos y panzas con flotadores. Entonces nuestro cuerpo trozado como un pollo, compra y también vende. Al poco tiempo de que uno se convierte en un ser desdichado que transpira como un chancho, sin sentido por las ciclovías y gimnasios, empieza a pensar que sería bueno comprarse remeras dry fit, calzas, zapatillas, vinchas, muñequeras, auriculares y bajarse todo tipo de app que haga recuento de calorías quemadas cuya veracidad jamás podremos comprobar. Si a esto sumamos el precio sideral de los productos verdes-diet-orgánicos-felices, dudo que alguna vez lleguemos a fin de mes sin andar con la Red Bus en negativo.

El dopela de las poleras nos muestra que todo está atravesado por el poder que produce realidades: si los estereotipos señalan que lo bello es lo normal, entonces los viejos, los pobres, los gordos y los feos quedan excluidos del discurso estético hegemónico. Para peor de males, esta situación de estimulación a la belleza física y al consumo, no sólo viene desde el sistema de consumo, o desde los medios de comunicación de masas, sino desde las mismas personas en relaciones microfísicas de poder. Todo un Síndrome de Estocolmo, muchachos: nos identificamos con nuestros secuestradores estéticos.

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Existe un último lazo argumental incomprobable pero real. Dieta y ostracismo van de la mano. El fenotipo healthy-cool-border-vegano pierde bastante de la vida social de la pizza y la birra, y progresivamente va perdiendo skills sociales. No salís, vas a cenas munido de tupper wares con tu comida, asistís a fiestas donde no tomás, llega el aislamiento y de repente te ves convertido en un ermitaño que vive en la cima de un páramo desierto. Been there, done that. Y así fue como me encontré, de repente, sola, solterísima como nunca antes y no sabiendo, directamente, cómo carajo interactuar con el otro sexo y básicamente con cualquier persona. Lo peor, es que la interacción con un ser humano-otro ya me daba una especie de paja monumental. Y no, no de la paja divertida. A los botes, muchachos: ¿qué vida de mierda, nocierto?

Algo (o todo) me empezó a hacer ruido (además de la panza porque el hambre nunca deja de acechar). Comencé a sentir esa angustia en el pecho de cuando pegas un volantazo y te arrepentís porque encaraste para cualquier lado, se te pasó la salida y la autopista te sigue llevando hacia los genitales de un mono que no sabemos bien a dónde queda pero asumimos que es un lugar húmedo, peludo y básicamente un asco.

¿Acaso no será que la secta de la gente sana junto al imperio de la imagen, urdieron esta mentira para que gente pobre como yo gaste tracaladas de dinero en herboristerías y para que gente rica como Calu Rivero sea ungida en las incesantes lluvias de corazones en Instagram ante publicaciones de cualquier cosa saludable? Secta. Los he visto. Caminan como zombis en las ferias ecológicas, hacen cola en las dietéticas, se pasan horas dilucidando si llevan edulcorante industrializado, stevia o espirulina.

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¿Acaso queremos que el mundo sea este lugar injusto y horrible donde pibas como yo sean embaucadas con el cuento de la buena pipa ante la promesa de longevidad, abdominales de acero, cabello brillante, éxito profesional, fructífera vida social, autos, yates, Brads Pitts y la mar en coche?

Algo me dice que, quizás, entrarle con erótico salvajismo a un lomito de mollejas completo con papas fritas a caballo, es la solución. Subvirtamos el orden, nos rebelemos, entremoslé a ese sándwich de milanesa a la mitad de la mañana, sin ninguna razón aparente, contra todo plan nutricional, sólo porque el sándwich de milanga es lo más grande que hay. Entremoslé. Se los dice una sobreviviente: probé la vida sana y volví.

Señores, que en mi lápida se mande a inscribir hoy mismo mi epitafio:

– “Fui sana. No estuvo copado. Calorías not dead. Comida, estás miamor.


 

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