Entre polarización y paranoias: cómo funciona la Guerra Cultural

[Guerra cultural. Otto Von Bismarck. Alemania. Iglesia Católica. Hilter. Nazismo. Polarización. Grieta. Paranoia. EEUU. Partido Republicano. Pat Buchanan. Gramsci. Batalla cultural]

por Augusto Villareal (@tovarish.pantera)

La idea de Guerra Cultural no puede ser entendida como un fenómeno concreto, sino más bien como una narrativa política desde la cual uno se posiciona para afrontar el debate público, una narrativa que siempre esta peligrosamente cerca del comienzo de un proceso de fascistización de las discusiones, de la construcción de un discurso de exclusión y de odio que siempre atenta contra los grupos más vulnerables de una sociedad. Esto no quiere decir que todas las discusiones políticas estén exentas de violencia. Pararse desde la narrativa liberal-democrática también tiene sus problemas y contradicciones, que suelen negar el carácter constitutivamente violento del poder y puede, por ejemplo, hacernos creer que la mejor manera de combatir el discurso de odio, es la apatía y la resignación. Desde aquí trataremos de cuestionar estas ideas y ver los peligros que la noción de Guerra Cultural suponen.

El término fue usado por primera vez en el sentido moderno cerca de 1870, en el conflicto que enmarca la unificación alemana liderada por Otto Von Bismarck y su lucha contra el poder de la Iglesia Católica que quería mantener el monopolio de la educación en contra de un proceso de estatización y homogeneización. La palabra alemana Kulturkampf, traducido literalmente como guerra-de-la-cultura, hace alusión a ese conflicto. Al contrario de la unificación española o la italiana (sustentada por el poder de la iglesia), Alemania afronto esta lucha entre 2 cosmovisiones diferentes de manera única. El “fin” de este conflicto, si bien puede considerarse con una victoria de Bismarck, no implicó el fin del catolicismo ni el fin de la religión: el Estado asumió su laicidad en una sociedad profundamente religiosa, pero la idea del fin de la Kulturkampf permitió una transformación pacífica donde se reconfiguro tanto lo que significaba ser católico como lo que significaba ser alemán, dando pie a lo que hoy conocemos como Alemania.

El término adquiere de nuevo presencia en el discurso público alemán en los estertores de la República de Weimar ante el nacimiento del nacionalsocialismo: el nuevo Kulturkampf era en contra de los franceses y británicos, controlados por los judíos, que buscaban una Alemania débil y sumisa y contra los “sub-humanos” bolcheviques que también aparecían como una expresión del “judaísmo mundial”. Las terribles condiciones de vida del pueblo alemán le dieron verosimilitud a esta narrativa repleta de mentiras dando comienzo al Nazismo: el nazismo hizo una utilización del Kulturkampf donde la víctima era no solo el pueblo alemán sino lo que ellos buscaban como el arquetipo del pueblo alemán. Ni el nacionalismo ni la “pureza genética” pueden explicar en su totalidad los crímenes genocidas del nazismo: fue la Kulturkampf la excusa que determino el pragmatismo nazi cuyo único objetivo fue siempre el poder y el odio. Arios y alemanes comunistas morían en campos de concentración mientras unidades musulmanas de las SS servían en el norte de África a la causa nazi. Esta aparente hipocresía no es más que parte de los elementos que sustentan la Kulturkampf llevada a sus últimas consecuencias.

El alma de la derecha estadounidense

En 1992, ya caída la Unión Soviética y en plena fiebre electoral en EEUU, un precandidato del Partido Republicano que perdería la interna contra George Bush padre, fue invitado a la convención republicana del cierre de campaña para dar uno de los discursos que determinaría lo que vendría luego en la derecha norteamericana:

 “Amigos míos, esta elección va más allá de quién obtiene qué. Se trata de quiénes somos. Se trata de lo que creemos y lo que defendemos como estadounidenses. Hay una guerra religiosa en este país. Hay una guerra cultural, tan crítica para el tipo de nación que seremos como lo fue la Guerra Fría misma, porque esta guerra es por el alma de Estados Unidos. Y en esa lucha por el alma de Estados Unidos, Clinton y Clinton están del otro lado y George Bush está de nuestro lado.”

Pat Buchanan, uno de los fundadores espirituales de la extrema derecha estadounidense, terminaba así su discurso en donde llamaba a “defender nuestro modo de vida en contra del feminismo radical y el comunismo de los Clinton”. Desde la actualidad, puede parecernos normal llamar comunismo y feminismo radical a cualquier posición política como estrategia barata de volver a la discusión pública un supuesto sin sentido. Pero en este momento histórico, el Partido Republicano se volvió el hogar de la derecha. En la elección Bush y los republicanos  perdieron. Y no, la presidencia de Clinton no fue tan demócrata: no legalizó el aborto a nivel federal, se hizo poco en el avance de los derechos de las mujeres, la tasa de ganancia de los grandes empresarios siguió subiendo estrepitosamente como los años anteriores, se promulgó la Ley Helms-Burton que volvió más agresivo el bloqueo a Cuba, lidero la invasión de Yugoslavia y de Kosovo y autorizó el bombardeo de Iraq, manteniendo la línea histórica que la presidencia norteamericana tenía. Pero el daño ya estaba hecho: al incluir el concepto de Guerra Cultural a la discusión publica antagonizando dos posiciones supuestamente irreconciliables que se disputan “el alma de américa”, lo único que queda es una profundización progresiva pero constante de los antagonismos que ahora se vuelven la característica central de todo el discurso.

Sobre polarizaciones y batallas

Esto no significa que antes no existieran los antagonismos. Pero al plantearlos desde el concepto de Guerra Cultural dejan de ser diferencias sobre puntos centrales y se convierten en dos identidades en pugna. Ya no se trata de si estoy a favor o en contra de la ley de la interrupción voluntaria del embarazo, por ejemplo, sino que ahora se trata de “de qué lado estoy”, es decir, de que bando aparentemente homogéneo soy, lo cual parte de una visión unidimensional del ser humano: “soy solamente mi opinión sobre esto”. Ya no hay, como requiere la democracia, una cultura en común que es desde donde se concibe una unidad política como la nación, en la cual se da la política como forma de normalizar las disputas y las opiniones algunas veces contrarias de la sociedad, sino que se forman “2 culturas diferentes” que luchan por imponerse y que se constituyen como enemigos irreconciliables. No es de extrañarse el aumento en el tono confrontativo, conspiranoico, violento, militarista de la discusión política en Estados Unidos: este proceso es hijo de la idea de Guerra Cultural.

También hay que hacer una importante distinción semántica: Guerra Cultural no es lo mismo que la Batalla Cultural a la que se suele aludir en estas discusiones, planteada por Gramsci, en sus trabajos sobre hegemonía y poder. La batalla cultural, a la cual se le suele asignar ser el nacimiento del “marxismo cultural”, es una concepto desarrollado por el teórico italiano en el marco de la conceptualización en torno a la hegemonía, es decir, el acto de poder que establecen sentidos, mecanismos y que distribuye el poder en una sociedad. La batalla cultural, prosigue Gramsci, consiste en disputar esos sentidos que se encuentran, desde su visión marxista, en la “superestructura” de la sociedad, para eventualmente alcanzar la “estructura”, es decir la economía, y realmente transformar la sociedad. Este concepto no solo dista muchísimo del de Guerra Cultural sino que es directamente diferente: la guerra implica una distinción irreconciliable entre opuestos, la batalla es una alusión a construir una cultura diferente más allá de lo establecido desde el canon. De hecho, la idea de batalla cultural inspiró al Eurocomunismo, una corriente del comunismo que cree que la sociedad comunista debe construirse, disputar y ganar elecciones en el sistema democrático liberal. La guerra cultural llama a denunciar a la democracia como cómplice del supuesto enemigo. La diferencia es total.

Hoy, la idea de Guerra Cultural permea absolutamente todo el discurso político, tanto en nuestro país como en el mundo. Defendida por diferentes ideologías y narrativas, la idea de una guerra cultural está tan presente que atraviesa incluso los tópicos de discusión más banales: ponerme un barbijo para evitar el contagio en medio de una pandemia es creer en las mentiras de los chinos según amplios sectores más cercanos a Trump; el feminismo es producto de un multimillonario judío llamado Soros que quiere usar fetos para crear dios sabe qué; y ponerse vacunas también es “elegir un lado” en una Argentina que mira a la Sputnik V con escepticismo fundamentados en dudosos informes de médicos de extraña procedencia. Todas estas narrativas tienen algo en común: no poder terminar de comprender los fenómenos sociales, y por ende, no poder hacer otra cosa más que observarlos impotentemente.

¿Qué podemos esperar más que la continuación de la polarización y el conflicto en torno a la idea de Guerra Cultural? ¿Qué otro mecanismo discursivo puede ser más acorde en un país como la Argentina que desconfía crónicamente de sí mismo? Tenemos que tener en claro que para poder dejar atrás la utilización maniquea y tendenciosa de la idea de Guerra Cultural utilizada en pos de intereses políticos claros, no podemos partir de una lucha imaginaria donde no existen ganadores (ya que la gran paradoja de esta Guerra cultural, es que nunca tendrá final) ni una prohibición que sólo impulsa aún más la polarización: sólo podemos hacerlo a partir de una propuesta superadora que pueda traducir nuestros deseos y los reclamos sociales en el marco de la convivencia democrática, que pueda resolver los conflictos pacíficamente y atender constantemente a las contradicciones que nuestra propia sociedad presenta. Una propuesta que parece utópica.

 

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