Happy Together: amor y codependencia

[Happy together. Wong Kar-wai. Brokeback mountain. Frank Ocean. Amor. Codependencia. Homosexualidad]

por Gaspar Roulet (@rowletg)

Un cuartucho inmundo de paredes con el papel descascarado, con fantasmas de humedad que como presencias de un clima fatal sostienen una cama cuya estructura verde y herrumbrada es símbolo de un amor en decadencia. Una televisión diminuta y amarillenta sobre una mesa aún más diminuta y aún más amarillenta. Una puerta-ventana que hace de nexo entre el sol que abrasa y una mesa redonda de madera desvencijada disfrazada con un mantel de abuela celeste y con flores para ocultar que está en igualdad de condiciones con la silla que tiene al lado y con los tablones donde se apoya y que hacen las veces de piso.

Ese recoveco en ese conventillo de mala muerte en La Boca es a donde va a parar Lai, uno de los protagonistas de Happy Together (1997), de Wong Kar-wai, que por la misma razón que Ang Lee dirigió Brokeback Mountain y que Frank Ocean compuso Blond o Tyler The Creator Igor, se adentró en el desamor: porque en una marea de Hugh Grants y Julia Roberts(s) celebrando el amor de aeropuerto y haciéndonos masticar los polímeros de azúcar en sus historias idealizadas, ver a dos tipos coger entre etiquetas de lo que creo que son Pall Mall a medio vaciar es un ejercicio mucho más interesante.

A boy is a gun

Los protagonistas de Happy Together son dos chinos a los que solo voy a llamar Ho y Lai (porque tienen nombres complicados y absurdamente parecidos), tienen una relación de mierda y piensan que para salvarla la clave es venirse a Argentina.

La cuestión es que vienen y se hacen con la absurda (para ellos fundamental) idea de que un viaje juntos a las Cataratas del Iguazú va a ser justo lo que necesitan. Como si una lámpara comprada en el chino (detalle mágico), de esas que giran con el calor, tuviera la llave del romance escondida en su giro.

El problema está en que su relación es un desastre por donde se la mire: porque son felices en cuotas, porque Lai (siempre Lai) es un poco alcohólico, porque tiene un trabajo que apenas le permite vivir en ese cuartucho de ese conventillo infecto que encima tiene las puertas rotas, las conexiones del gas que no llevan a ningún lugar, una cosa que por un capricho semántico es un baño y no una letrina, y encima Ho (siempre Ho) se patina la guita fumando más que Don Draper en Mad Men (o cualquiera en Mad Men), le roba a sus clientes (porque se empieza a prostituir para ver si consigue más plata), lo cagan a trompadas cada cinco minutos y sin embargo ahí están, juntos, porque así son Lai y Ho.

You so motherfuckin’ dangerous
(You started with a mere hello)
You so motherfuckin’ dangerous
You got me by my neck (A boy is a gun)

Higgs

A pesar de que pase poco, una cosa muy interesante es verlos coger porque el sexo es igual a sus peleas. Tiene el mismo escenario decadente pero se cubre en frazadas estridentes, alguno de los dos está sangrando o está manchado con la sangre del otro, y siempre (o casi siempre) tiene un tono violento.

Ho y Lai se detestan pero son codependientes al mismo tiempo. Porque cuando Ho tiene las manos vendadas, a pesar de que lo haya dejado en la miseria Lai le lava los pies, lo alimenta, lo cuida. Porque es en ese momento de vulnerabilidad que Lai ve a la versión de Ho que lo enamoró y que Ho entiende lo que Lai espera: tranquilidad, esperanza, un boleto de salida y un reencuentro con el amor.

Pero ambos saben que no puede funcionar: porque al final del día Ho va a hacer lo mismo de siempre y Lai va a estar llorando por los rincones. Por eso las pocas veces que cogen el erotismo tiene sudor frío, porque hay un clima de traición latente y de recriminación que se traslada directamente al contacto.

Pasan tanto tiempo encerrados en ese cuarto que el sexo es lo único que los contiene y mantiene realmente alertas de las formas del otro. Porque en embates firmes se estabilizan y encuentran el equilibrio que les permite caminar derechos para después hablar hasta dormirse, mimados y calmados por su versión ideal del otro.

Todo para despertar y encontrarse ante lo mismo de siempre.

I watch video; only difference is, it’s flattened and remiss
Sparks of lightning storm behind wet faces
Slipped my pants back on and rewind it backward mode
The tape stopped before I was back alone

 Close to you / (Never Can Say Goodbye)

 El problema es que, claro, ¿qué otra cosa va a sentir Lai? Si Ho es el misterio atractivo, el badass boy de la curita en la nariz, el que hace bailar el cigarrillo mientras habla y apoya un borcego negro contra la pared porque claro, ¿cómo no va a apoyar el borcego en la pared? ¿cómo no va a tener la destreza de balancear el cigarrillo de lado a lado de la boca? Si es la fantasía del misterio motorizada y abrigada en una campera de cuero negra, the boy your mama warned you about.

Todo lo que hace sufrir a Lai son las acciones de Ho, pero Ho sufre por fuera de Lai: que lo cagan a trompadas, que las manos le quedan inutilizables, que se le acaban constantemente los cigarrillos y que como todo badass boy su simbología y misticismo necesitan mantenerse y eso a la vez debe coexistir con la realidad inevitable de que deben arrodillarse y rendirse ante la necesidad de afecto tanto como cualquier otra persona.

Por eso Lai, que nunca se termina de ir no puede seguirle el ritmo aunque así lo desee: pierde el aliento corriendo detrás de Ho a sabiendas de que no lo va a alcanzar. ¿Por qué? Porque hay una creencia en la posibilidad de cambio que mantiene todo funcionando.

Sobre todo cuando la llama de lo que podría ser el amor (la codependencia) en gotitas o en cómodas cuotas es suficiente para iluminar la cocina que a pesar del cariño no deja de ser un escenario desolador (metamensajes y otras cosas): un color celeste viejo predominante  entre azulejos y baldosas de piso, techo y paredes que sostienen conexiones de gas con la distribución arquitectónica de una ducha de cárcel (muchas hornallas una al lado de la otra, inmundamente expuestas como a consciencia de que están ahí no para ser funcionales y estéticas sino para servir el destino fatal de calentar una pava llena de sarro), los fantasmas de humedad que hacen de audiencia a un Tango Apasionado más cercano al concepto de tango que de apasionado, y una bolsita del super rebosante de basura a un costado que no es otra cosa más que una especie de recordatorio de que codependencia disfrazada de amor y mantenida a supuestos planes a futuro que la salvarán (sí, claro) de su naturaleza pertenece al orden de lo desechable, de lo inservible e irrecuperable.

Why am I preaching
To this choir, to this atheist?
Just like mine, versions of these belong to you
After a while, they are keeping me close to you

Cucurrucucú

 Pero claramente Lai no puede seguir así más allá de que algo sienta por Ho, porque a fin de cuentas ¿dónde está escrito que un Tango Apasionado en una cocina o un viaje a las cataratas solucionan problemas vinculares?

Lo que nos lleva a Chang, de Taiwán, que aparece en la vida de Lai medio de casualidad para funcionar como un recuerdo de la posibilidad de volver a sentir la seducción en el ambiente y también como el retorno a un deseo que puede potencialmente vincular lo sentimental con lo corpóreo, no como con Ho, donde el sexo es símbolo de violencia.

Y también nos lleva a una de las (para mí) mejores escenas de la película. Lai se encuentra con Chang en un bar que se llama “Los 3 amigos”. Entre lo que según pude calcular son como nueve botellas de Quilmes vacías, Chang le comenta que su próximo destino es Ushuaia y Lai no tiene mejor idea que hacerle un comentario que es un grito de ayuda disimulado como recomendación.

Le dice que supuestamente en Ushuaia hay un faro y que ahí las personas con problemas pueden finalmente deshacerse de ellos. Chang lo mira y le da una grabadora para que diga algo, cualquier cosa, sin importar si es algo feliz o triste, para que él la lleve hasta el fin del mundo. Lai le dice que no sabe qué decir, y Chang se va a bailar con la gente, dejando la grabadora entre todas esas Quilmes vacías. Ahí es cuando él la acerca a su cara y empieza a hablar. Nosotros no sabemos ni vamos a saber lo que está diciendo, pero vemos como los ojos se le humedecen y termina llorando mientras habla extensamente con la grabadora entre medio del ruido del bar.

Es realmente frustrante ver como Lai se rebaja a vivir a la sombra de los quilombos de Ho, pero es entendible también el mecanismo perverso detrás del funcionamiento de su relación. Porque al final del día Ho sabe que Lai le va a vendar las manos cuando le sangren tanto de cagarse a trompadas, sabe que le va a abrir la puerta de su cuartucho siempre y cuando él le dé esa pequeña limosna amorosa en forma de un gesto que es casi reírsele en la cara y hasta sabe que se va a arrodillar y pedir clemencia si él así lo desea.

Lo de Lai es otra cosa, es aferrarse caprichosamente al pasado como modo de escape a un presente que a todas luces es tanto producto natural de los hechos como su contracara, es el optimismo y el vicio maníaco del apostador que empeña su casa para tener más guita para el tragamonedas y le queda una décima parte de su presupuesto inicial pero “esta es la buena”, es encerrarse en el enamoramiento de alguien que ya no existe o que se ha revelado en su forma (porque los monstruos caminan entre nosotros con la media sonrisa canchera de quien sabe que tiene un truco bajo la manga). Lai no es ni en pedo un ídolo, es un imbécil también, más víctima que victimario, pero ambos al fin.

Cucurrucucu
Paloma
Cucurrucucu
No llores
Las piedras jamás
Paloma
¿Qué van a saber de amores?

Skinny Love

El cocktail que sirve Wong Kar-wai en Happy Together es el de toda relación condenada al fracaso. Desde lo simbólico y sutil hasta lo más obvio y pornográficamente expuesto (lo menos, a decir verdad).

El problema de la situación de Lai es que todo su campo de acción se basa en el enamoramiento (codependencia, para repetir hasta el hartazgo) entonces es casi imposible para él salir de ahí. Porque la supuesta solución está planteada siempre dentro de campos mutuamente excluyentes que generan un limbo: hay que estar enamorado de esta persona, pero al mismo no hay que estarlo. Es un escenario fatal y cotidiano donde esa cosa fabulosa empieza a hacer mal y es necesario en cierto punto que esto sea así para poder detectar las salidas posibles, que generalmente se encuentran en el autoreconocimiento.

Pero el término medio, ese limbo entre una cosa y otra, es un poco morir en un estado de trance que entumece y por lo tanto en cierto punto aliviana. Hay un disfrute nefasto en la idea del éter que no es más que dejarse estar sin morir, que es morir un poco igual, pero sin responsabilidad alguna. Es un acto tan cobarde como autoprotector, frágil y entendible. Y tenerle miedo supongo que es más entendible aún porque la paranoia de lo-que-puede-suceder (como una idea que engloba a todas las demás) es horrorizarse a lo-que-ya-sucedió sin reconocerlo como tal hasta que en un momento, como una luz fugaz que ilumina el papel descascarado, los fantasmas de humedad, la estructura herrumbrada de la cama, y las etiquetas de Pall Mall desperdigadas por el piso como minas que detonan recuerdos, uno se ve-visto y es capaz de reconocer que la propia sombra tiene la densidad y la oscuridad de la angustia. Solamente ahí y en ese instante fugaz es cuando uno reconoce “estoy perdido, y necesito que me ayuden”.

 Come on, skinny love, just last the year
Pour a little salt, we were never here
My my my, my my my, my my
Staring at the sink of blood and crushed veneer
I tell my love to wreck it all
Cut out all the ropes and let me fall

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