Infancia: lxs niñxs vs Disney

[Arte. Internet. Siglo XXI. Niñez. Consumidor. Productor. Contenidos. Cartoon Network. Disney. Pinocho. Moraleja. Alicia en el país de las maravillas. Monster Inc. Boo. Lilo y Stich]

por Marte Gallardo Reynoso

El arte como órgano de la vida se pregunta constantemente si modifica a la historia de la humanidad o si la cuenta, si el discurso moldea o reproduce. Más allá de las discusiones sobre hegemonías que eso pueda desatar, se acuerda bastante en que el arte y la historia se retroalimentan moldeándose entre sí y cumpliendo ambas tanto la función de reproducir comportamientos como la de regarlos implícitamente desde lo discursivo. Situar este sistema en el siglo XXI nos obliga a comprender la accesibilidad al arte y la creación de contenidos. Yo por ejemplo tengo 19 años y casi cualquier persona de mi edad para abajo fue o es un usuario activo en Internet, muchxs habrán subido videos a Youtube, tendrán una cuenta de fotos en Instagram o escribirán ensayos para revistas digitales desde nuestra compu o celu. La verdadera diferencia ahora es que lxs niñxs (y todxs) hablan y opinan, ya no sólo consumen. Incluso Cartoon Network lanzó un proyecto en su web que invita a lxs niñxs a pintar un cuadro de un corto (ya hasta son parte del proceso creativo).

Pero ¿no se supone que Disney hace pelis para niñxs hace años? Bueno, ahí está la clave. Pelis para niñxs. Por ejemplo, Pinocho, de 1940. La historia de un niño de madera que puede llegar a ser de verdad si es que se porta bien; la noción de realizarse ligada a la idea de “niño bueno”. Si miente le crece la nariz: la humillación y el castigo como mecanismos de enseñanza. Y si se escapa lo van a llevar a una isla y convertirlo en burro para venderlo: esclavo del sistema e infeliz (y bueno, la clásica analogía de burro=tonto). La moraleja es clarísima: portate bien o te van a pasar cosas terribles y todo el mundo va a saber que mentis. Pinocho termina por convertirse en niño de verdad, no sin antes preocupar a Geppetto que en el intento de buscarlo termina adentro de una ballena. Pinocho lo busca y finalmente escapan, el Hada Azul cree que Pinocho fue altruista y buena gente así que lo convierte en humano. Esto es una moraleja para niñxs, incluso la misma película demuestra que lxs adultxs ni siquiera son sometidxs a esta “evaluación” de su bondad, sólo lxs niñxs se transforman en burros, y al fin y al cabo el Hada Azul, adulta, tiene la palabra final. En este relato la infancia funciona como un período de adaptación a la vida real, es el momento de aprender a ser buena persona y sufrir las consecuencias de no serlo. Aunque no podemos dejar de reconocer que la historia está basada en una fábula (y justamente por eso tiene una moraleja como dios manda) tampoco podemos liberar a Disney de la responsabilidad de reproducir esos valores y la forma de inculcarlos. 

Por otro lado, Alicia en el País de las Maravillas, de 1951, también está basada en un libro pero guarda una diferencia crucial con Pinocho: ella descubre su propia moraleja. Alicia en el País es una historia de niñxs, contada desde lxs niñxs. Mientras que la particularidad del niño de madera es justamente eso, no ser de verdad, Alicia se conforma como un personaje realista ni bien empieza el film. Mientras su hermana con aires de sosobra le lee sobre Colón, Alicia se aburre y se va, literalmente, a otro mundo. Este gesto del enunciador nos permite reconocer una independización del personaje, le concede rasgos psicológicos y la diferencia del resto que, con el correr de la trama, descubriremos que son lo “normal” de esa diégesis. A su vez, Alicia nos demuestra lo que realmente la distingue: su curiosidad es saciada cuando descubre, no cuando aprende. Esto nos permite reconocer que la infancia no es un momento de aprendizaje sino un momento de descubrimiento, lo que es clave para distinguir esta historia de Pinocho y las historias para niñxs de las historias de niñxs.

11 años después del estreno de Alicia se publicó lo que se considera el primer manifiesto ecológico: La primavera silenciosa, de Rachel Carson. En otro orden de cosas, Dan Olweus (un psicólogo sueco-noruego, profesor de investigación de psicología en la Universidad de Bergen y un pionero de la investigación sobre el acoso escolar) comenzó a indagar sobre el bullying en 1973 y publicó al respecto nueve años después. Tan sólo estos dos ejemplos abrieron la puerta a montones de nuevas temáticas en las que no se había fijado masivamente el discurso cinematográfico hasta el momento, y mucho menos Disney que no quería quedarse atrás. Estas discusiones, que hasta el día de hoy seguimos teniendo, se volcaron en el arte y por ende en el cine abriendo el juego a algo superador de la noción de moraleja: ahora se reconocía al mundo desde miradas situadas. Ah pero para Disney, que es lo universal del cine infantil, no era tan fácil plantar banderas en torno a estas polémicas sin perder público. Sin embargo, no podían hacer de cuenta que el bullying y la ecología no existían siendo que ambas afectan inmediatamente o a futuro a las infancias.

Así nacieron películas como Monsters Inc., que en 2001 planteó una compleja metáfora sobre el desaprovechamiento de recursos, pero para que realmente impacte tuvo que colocar a lxs niñxs en ese papel. Este gesto universaliza la infancia como personaje colectivo, la unifica bajo la etiqueta implícita de recurso a explotar, y le concede dos formas de reaccionar ante “lo monstruoso”: los gritos o las risas. La película hace un juego interesante retratando como peligro evidente a los monstruos en el armario y cuestionando, desde la curiosidad de Boo, ese rol. Hacia el final descubrimos que lo verdaderamente monstruoso no son los monstruos sino la empresa que se niega a explotar un recurso sin hacerlo sufrir. 

Los procesos de cuestionamiento y deconstrucción también dieron lugar al estreno de Lilo y Stitch en el año 2002. La historia de Lilo, una niña que sus compañeras de danza le preguntan todo el tiempo qué tanto le cuesta ser normal; Nani, una hermana mayor a cargo hostigada por un trabajador social que la amenaza con quitarle a su hermanita porque no pueden ser una familia normal; y Stitch, un extraterrestre que cae como un ángel de una estrella fugaz y es sometido a un proceso de culturización por parte de Lilo en el que todo el tiempo se le exige comportarse como un humano normal. Al contrario del final feliz que se esperaría, ni Lilo, ni Nani ni Stitch logran ser normales en ningún momento de la película, en ese sentido no hay evoluciones drásticas ni grandes curvas en los personajes. Lilo se sigue llevando mal con sus compañeras, Nani sigue sin poder cumplir el rol maternal y Stitch aprende un montón de cosas pero no logra abandonar algunos mecanismos violentos o simplemente desastrosos. Sin embargo, el conflicto de la película no es que ellxs no sean normales, sino que la norma sea tan inflexible y no pueda soportar al otrx que no es normal. El film construye la familia desde lo que falta, la madurez que Nani fuerza en sí misma y la inmadurez desde los gestos más insoportables de Lilo, y la otredad desde -literalmente- personajes de otro mundo. Todos pequeños ladrillitos que terminan por construir la presencia de una norma superadora que dicta lo que está bien y es aceptable y lo que no, para terminar demostrando que lo que no sea normado también puede funcionar en tanto y en cuanto la existencia de esa “norma superadora” se lo permita y reconozca. 

Pero ¿qué pasó con las moralejas? ¿Por qué estas no son películas para niñxs sino películas de niñxs? Los valores que estas historias inculcan no funcionan como una enseñanza exclusivamente dirigida a lxs más pequeñxs, sino que son aprendizajes universales, cualquiera puede ver Monsters Inc. y entender que lo realmente monstruoso es quien controla y no quien da la cara, o ver Lilo y Stitch y comprender que lo otro es algo aceptable. Pero a su vez, estas son películas de niñxs principalmente porque ellxs focalizan la trama, en parte o en su totalidad, dejándonos ver los acontecimientos desde su punto de vista que es tan válido como el de lxs adultxs. 

Hoy leerlo me da gracia porque esto de “tomarse en serio” a las infancias en la vida real se traduce en, por ejemplo, las huelgas escolares que inició Greta Thunberg. No es una idiotez, para nada, de hecho el arte va a tener que apresurarse porque cada vez hay más niñas queriendo ser como Greta en lugar de pelearse por qué princesa de Disney ser. Reconocer al niñx como un ente que observa el mundo, forma una opinión, y actúa en consecuencia es un proceso a cumplir en todos los aspectos de la vida, y cómo el arte va a dejar constancia de ello y reproducirlo durante nuestra época debe ser una preocupación de nosotrxs, lxs artistas. 

 

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