Los intelectuales y la cultura de masas

[Intelectuales. Cultura de masas. Beatriz Sarlo. Marcelo Tinelli. Slavoj Zizek. Avengers. Hernán Casciari. Jorge Luis Borges. Batman. Alejandro Fantino. Heidegger. Fútbol]

por Juan Blanco (@_juanblanco)

En la noche del lunes inmediatamente posterior al domingo en que Argentina perdió frente a Alemania la final del mundial 2014 Beatriz Sarlo le concedió una entrevista a Joaquín Morales Solá; con la imagen del gol de Gotze y de los yerros de Palacio e Higuaín aún fresca, reproduciéndose una y otra vez en los televisores y en las cabezas de una ciudadanía que se lamentaba, la crítica literaria protestó desconcertada por el hecho de que aquél domingo, justo en el horario del partido, había concurrido a un museo y estaba cerrado.

La construcción tendiente a delimitar lo elevado y lo superfluo, en el orgullo de que lo superfluo abunde y de que lo elevado -a lo cual se pertenece- escasee, puede percibirse como algo tradicional en el mundo intelectual y sus alrededores. La misma Beatriz Sarlo emprendía cruzadas interminables contra el Bailando por un sueño de Tinelli, menos por lo que se cuestionaba en cuanto a la temática de género, más por despreciar lo banal. Cuando la televisión importaba, no consumirla era una especie de sello de la distinción, lo que sería quizá hoy el no tener redes sociales.

Sin embargo, en la actualidad, esa pulsión parece hacer el movimiento inverso, inmiscuyéndose los intelectuales en la cultura de masas. Esto iría más allá de la figura de divulgación de alguna disciplina (un rol en cierto modo ya conocido) sino a un abordaje de lo que antes se despreciaba por superficial o frívolo. Slavoj Zizek dándonos su análisis de las películas de Avengers y hablando sobre la ideología de Kung Fu Panda, o en el plano local el divulgador sobre filosofía más popular que confiesa se emociona con las películas de Rocky y es fanático de Estudiantes de la Plata o Rozitchner y las analogías políticas con Batman. Es cierto que en Argentina el fútbol tiene un lugar central en esta tensión, con una tradición literaria ya consolidada sobre el tema, con una pose que podría llegar a identificarse y en la cual se sostiene que pese a los consumos culturales y académicos distinguidos se sigue con intensidad este deporte, con mención a alguna irracionalidad ontológica latente que allí se estaría canalizando como una reivindicación, quizá levemente irónica, de cierta animalidad o dionisismo.

En este aterrizaje sobre lo multitudinario puede haber algo cercano a una suerte de interés antropológico, es decir, considerar que la cultura de masas identifica más fielmente ciertas representaciones sociales, cierto clima de época, o que hay necesariamente allí algún material que se puede extraer aplicable para pensar cuestiones como el capitalismo tardío, las nuevas dinámicas de las relaciones sexoafectivas, etcétera, no presente en los consumos culturales más refinados o de nicho por representar justamente a ese nicho, o al menos hablar su mismo lenguaje, crear bajo sus mismos paradigmas. Dejando de lado que puede haber algo cercano a una forma extraña de sobreactuar progresismo, hay también una especie de altanería implícita e inversa, una posición enunciativa en que quien pertenece a la élite intelectual baja a esos consumos casi haciéndoles un favor.

De la experiencia artística de algo a priori inocuo se configura un análisis enrevesado, haciendo goce y demostración de algún acopio cultural, algo como ese fútbol freestyle que no tiene otro objetivo que la pirueta, desplegándolo en paradojas y en percepciones que mayormente remiten a sí mismas, con este producto masivo como adorno o a lo sumo como disparador.

Despreciar lo frívolo se torna elemental, entonces se vuelve más pintoresco como desafío retórico vindicar lo que antes era totalmente ajeno, aquello de lo que se consideraba nada se podía rescatar, como mera demostración de la capacidad de la lucidez aún puesta al servicio de lo más vacuo. En la concepción de una perspectiva diferente sobre el contenido, hay novedad en el abordaje, pero sobre todo hay narrativas propias (para configurar un lugar de enunciación) en las que se sustenta este recorrido inverso al que se hizo referencia.

Es una construcción voluntaria de una nueva identidad intelectual, un esnobismo que juega a la descontractura, quizá por una genuina convicción de que andar diciendo que el reggaetón es una mierda es realmente aburrido, que incluso ha sido acertadamente estereotipado en el meme Old man yells at cloud, poderosa herramienta dialéctica de la población para que se considere un cambio de rumbo.

Y tal vez esa identidad que ahora parece disolverse se vio sitiada por la tecnología, gracias a la cual todos podemos googlear media frase de Derrida y usarla ejerciendo la más alta delincuencia semántica, como cuando Fantino hizo mención de Heidegger tres veces por entrevista y el gremio consideró que definitivamente se había perdido el sello de su distinción. Entonces puede que el movimiento de resignificación de esa figura tenga que ver con dos cuestiones explicitables a través del ascenso y ocaso de las yogurteras y de los camellos en el Corán.

Escribe Hernán Casciari que la almacenera de su barrio estaba desorientada con la irrupción de la novedosa yogurtera y del consiguiente autoabastecimiento familiar de yogurt: “Mi familia, por ejemplo, que compraba en el almacén una docena de yogures por semana, pasó a comprar solamente un yogur. Con ese yogur, y un litro de leche, hacíamos seis yogures. Comíamos cinco y guardábamos uno para volver a hacer seis la semana siguiente (…) la gente del barrio dejaba un yogur bueno en la ventana, para que otros vecinos lo agarraran y pudieran copiar más yogures buenos. Así fue que una tarde la almacenera aceptó que las cosas habían cambiado, se dio cuenta que no podía seguir igual, y tuvo una idea. Y esa idea fue maravillosa: le puso pedacitos de frutillas a los yogures. Pedacitos de durazno. Pedacitos de pera. Me acuerdo muy bien de ese día. Mi mamá nos preparó (como cada mañana) los yogures clonados, los clásicos sin nada adentro, pero nosotros queríamos yogures saborizados. Y los saborizados no se podían multiplicar.” [1]

Básicamente, en tiempos de YouTube y de “El marxismo explicado en tres minutos”, a nadie le importa gente medio encorvada sentando posición sobre polémicas académicas e hiper-endogámicas del siglo pasado, ni trazar una división taxativa e imperturbable entre el ámbito de lo intelectual y el de lo frívolo; y de pronto aparece el término “lucha de clases” repetido en loop en todo lo que respecta a Parasite, y parece haber en los interminables tomos de Foucault sobre “Historia de la sexualidad” alguna añoranza secreta de ser aplicados para analizar el último tema de Jimena Barón, algún deseo en la obra de quienes conformaron el corpus obligatorio del existencialismo de ser citados en la crítica de algún episodio de Black Mirror, como si allí cumpliesen un destino oculto y deseado con vergüenza, cual destino sudamericano en la muerte de Juan Dahlmann, bibliotecario cosmopolita [2].

Decía Borges en “El escritor argentino y la tradición” que la autenticidad árabe del Corán se probaba por la ausencia de camellos: “…yo creo que si hubiera alguna duda sobre la autenticidad del Alcorán, bastaría esta ausencia de camellos para probar que es árabe. Fue escrito por Mahoma, y Mahoma, como árabe, no tenía por qué saber que los camellos eran especialmente árabes; eran para él parte de la realidad, no tenía por qué distinguirlos; en cambio, un falsario, un turista, un nacionalista árabe, lo primero que hubiera hecho es prodigar camellos, caravanas de camellos en cada página; pero Mahoma, como árabe, estaba tranquilo: sabía que podía ser árabe sin camellos” [3]

En una de esas este neointelectualismo pop notó que no es necesario ni elegante el alardeo y el comportamiento tribal, y para reconfigurar esa postura que ya empezaba a generar bastante pereza, también juega a lo implícito, y no sólo omitiendo camellos, sino también forzando la extrañeza, incluyendo fauna excesivamente tropical en su Corán de nicho y abordando territorios del todo alejados de su ámbito, para recuperar, en la abdicación de ese componente aristocrático, aquella identidad distintiva que se ha perdido.

 


[1] Hernán CasciariUna metáfora sobre la piratería.

[2] El destino sudamericano es un concepto de la critica en torno a la obra de Borges, que surge literalmente del “Poema conjetural” y refiere a la muerte de Francisco Narciso de Laprida: “Yo, que estudié las leyes y los cánones, yo, Francisco Narciso de Laprida. (…) Yo que anhele ser otro, ser un hombre de sentencias, de libros, de dictámenes a cielo abierto yaceré entre ciénagas; pero me endiosa el pecho inexplicable un júbilo secreto. Al fin me encuentro con mi destino sudamericano”. Sin embargo, como entelequia académica, es extrapolable a distintos cuentos del autor en que esa contradicción se manifiesta. Por ello la referencia a Juan Dahlmann, protagonista de “El Sur”, Artificios, en Ficciones, 1944.

[3] Jorge Luis Borges. El escritor argentino y la tradición. Discusión (1932)

 

 

 

 

 

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