Introducción a las dudas generales que nos surgen en el medio de una pandemia

[Pandemia. Coronavirus. Redes sociales. Videollamadas. Zoom. Whats App. Instagram. Vivo. Guy Debord. La sociedad del espectáculo. Bifo. Generación Post Alfa. Infósfera. Mediascape]

por Julián Delvecchio (@juliandelvechio)

Son las once de la noche y bajo a mi perro para que camine diez metros, haga pis y así volver al confinamiento. El paisaje da miedo: el paredón oscuro de la estación de trenes de Alta Córdoba, la calle vacía, el silencio. Las películas y novelas de ciencia ficción pierden lo que las define: lo irreal. Pero a pesar del caos todos siguen estando lindos y son felices haciendo cursos virtuales o tomando licuados saludables en el patio de casa. No tenemos que asistir a nuestros trabajos ni a clases, pero tenemos que seguir rindiendo exámenes. Entonces me quedo pensando si esta situación extrema realmente está sacando la solidaridad que teníamos guardada en nuestra condición de humanos; la consigna de “al virus lo vencemos entre todos” que repiten noticieros y usuarios de redes.  Por el momento no puedo ser optimista.

Sonreír y bailar frente a la pantalla

Esta cuarentena deja al descubierto lo que Guy Debord explicó tanto: la sociedad del espectáculo. Y con esto no me refiero a un montón de pantallas encendidas en las manos de las personas que están atrincheradas en sus casas. El espectáculo está, desde nuestra concepción de los dos mil, en los noticieros, en el cine, en los programas de chimentos, en las redes sociales. Y está ahí en su sentido más superficial, en lo que quiere que veamos de él. Pero el espectáculo es ante todo un modo en que los sujetos se relacionan mediante la separación.

Cuando me lavaba los dientes el teléfono me avisó una videollamada (nunca había hecho una) de los amigos de mi pueblo. La última vez que me junté con ellos fue hace ya varios meses, y por lo general no leo el grupo de WhatsApp. Al contestar los veo a cada uno en sus mesas tomando algo, y daba la sensación de que estábamos juntos como hace siete años en la casa de alguno hablando de la vida con un fernet de por medio. Nos reímos un rato a carcajadas por el aspecto afro que va tomando mi pelo. La mediatización a través de un conjunto de imágenes es la materialización de la manera en que nos relacionamos dentro del sistema espectacular-mercantil. Este sistema corresponde al estado actual del capitalismo.

Debord escribe en los ’60 el libro La Sociedad del Espectáculo cuando todavía no existían las computadoras, las tablet, los televisores pantalla plana, las transmisiones en vivo desde Facebook o Youtube. Lo mercantil se refiere a la tiranía de la mercancía en las relaciones sociales; y lo espectacular a la separación que existe entre los sujetos con sus pares y con sus medios de subsistencia, sus trabajos, el producto de su trabajo, etc. El capitalismo, desde las revoluciones industriales en adelante, es un proceso continuo de división, de distanciamiento, de separación, y en el momento actual, de mediatización.

Y así estamos enganchados a nuestros teléfonos siguiendo challenges de todo tipo, viéndonos a través de videos con gente querida que en lo cotidiano no nos acordábamos, intentando construir vínculos digitales. Dice Debord: “Todo lo que antes se vivía directamente, se aleja en una representación”.

El sistema espectacular es totalitario, funciona como una cosmogonía a la que le corresponde sus concepciones y experiencias del tiempo y el espacio. Una cosmogonía es una narración a partir de la cual se pretende establecer el origen del mundo y de lo social. Es decir, es un relato que tiene como fin construir una realidad bajo un orden físico, simbólico y religioso. Esta cosmogonía, el sistema mercantil-espectacular, requiere de tecnologías de vigilancia y de control. Leemos en estos días artículos de filósofos asiáticos que viven en un jardín de Berlín y que hablan de que la Big Data salva vidas en países como China. Pero la Big Data, las telecomunicaciones, y los noticieros son tecnologías de control al igual que los colegios, la policía y la gendarmería.

Mi amiga internet

La representación es otro aspecto en lo que me quedo pensando estos días. Los medios de comunicación tienen, como casi todo en este mundo, un doble filo. Por un lado, la utilidad para difundir la información desde los distintos ministerios (sobre todo de salud), para mantener un mínimo contacto con el resto de las personas y no enloquecer completamente, para ofrecer ayuda en cuanto a envíos de mercadería, terapia digital, etc. Por otro lado, las fake news y las imágenes amarillistas, la desinformación que circula en los grupos familiares y las publicaciones de Facebook.

Franco Bifo Berardi habla en su libro Generación Post Alfa de la infósfera. El mediascape  es el sistema mediático en continua evolución, el universo de los emisores que envían a nuestro cerebro señales en los más variados formatos. “La infósfera es la interfaz entre el sistema de los medios y la mente que recibe sus señales; es la ecósfera mental, esa esfera inmaterial en la que los flujos semióticos interactúan con las antenas receptoras de las mentes diseminadas por el planeta”. La mente es el universo de los receptores, que no se limitan, como es natural, a recibir, sino que elaboran, crean y, a su vez, ponen en marcha nuevos procesos de emisión y producen la continua evolución del mediascape. La evolución de la infósfera en la época videoelectrónica, la activación de redes cada vez más complejas de distribución de la información, produjo un salto en la potencia, en la velocidad y en el propio formato de infósfera. Pero a este salto no le corresponde un salto en la potencia y en el formato de recepción.

Los días del encierro están provocando un flujo de contenidos en el mediascape que supera los límites de la propia internet. Muchos columnistas explican que en países de primer mundo se está dando un colapso de la conexión. La gente en sus casas produce contenidos de todo tipo: clases de gimnasio, tutoriales de arte, recitales en vivo, música electrónica, diarios literarios, información nutricional, challenges deportivos y estéticos. Todo es un enorme simulacro de relaciones sociales y, sin embargo, es lo que nos salva de la soledad, de la ansiedad, del pánico, de la distancia.

¿Nosotros somos el espectáculo ¿O somos un producto del espectáculo? ¿Somos productores del espectáculo? ¿O somos consumidores del espectáculo?

Un mundo feliz y bonito

Durante la modernidad lo que se produce es una expansión de la comunicación, un proceso de secularización que disipa las situaciones de soledad o de aislamiento. Hoy, y agravado aún por esta crisis que deja a la vista las malas decisiones que se fueron tomando como sociedad, mantenemos un diálogo con el mundo a través de Internet.

Pero el diálogo, o las interacciones que tenemos en las redes, no es casual. Uno concurre al espectáculo como consumidor de los otros, pero sobre todo como productor de sí mismo. Boris Groys en Volverse Público define esto como autopoiesis, o autopoética de sí.  “Ahora, todo tipo diseño -incluyendo el diseño de sí- es considerado por el espectador, no tanto como un modo de revelar cosas sino como una forma de ocultar”. Esto nos explica el autor, pero, desde mi punto de vista, lo que se produce es un juego en el que uno elige qué muestra y qué oculta. En la videollamada con mis amigos no podía contarles la ansiedad que tuve durante las horas del tercer día de cuarentena, la sensación de encierro en un departamento que da un contrafrente. Hice un par de chistes, como me corresponde por el papel que cumplí siempre en el grupo, mostré el té de manzanilla que estaba tomando y corté. Forcé una felicidad que no llegaba a sentir, de todos modos sigo estando lejos.

En esta misma línea: equipos completos de fútbol hacen jueguitos con papel higiénico; grupos de amigas y de amigos se visten y maquillan para hacer screen durante videollamadas; artistas dan tutoriales; gente aficionada al cine se crea blogs; lectores comparten lo que leen. Y lo que se oculta flota ahí por debajo de lo que se expone. El encierro, la soledad, la improductividad, la angustia, el miedo: todo lo que la subjetividad actual detesta y le duele. Cada época promueve una determinada distribución corporal de la energía psíquica. El alcance personal y social de la memoria, la percepción y la imaginación queda, por tanto, subordinado al organigrama energético que la cultura inocula en cada cuerpo. El espectáculo toma en su poder la circulación de las ideas y de las emociones de los sujetos. Todos deben ser productivos (esto es un mandamiento fundamental) y ya no sólo en sus ámbitos laborales. La obligación se apodera de los momentos libres, antes utilizados para el ocio. Y, por otra parte, el factor estético, característica central del diseño de sí. Basta con entrar a cinco perfiles de Instragram para notar la unidad estética que construye cada persona. La imagen nos exige compartirnos lindos, interesantes, felices. ¿Cómo mostrarse débil, triste, en el espectáculo?

Mi duda surge al ver una oleada de positivismo utópico, y solo tengo preguntas para la lectura del tiempo presente: ¿cambiará el mundo después de la pandemia? ¿qué modificaciones se darán en la subjetividad de las personas? ¿se producirá algún cambio? ¿existe algo real por fuera del espectáculo? ¿cómo nos miramos, nos hablamos, nos sonreímos?

Y mientras pienso, the show must go on.


[1] Guy Debord, La Sociedad del Espectáculo.

[2] Franco Bifo Berardi, Generación Post Alfa.

[3] Boris Groys, Volverse Público.

 

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