Inventario de mudanza

por Santiago Guindon

Si es cierto que catalogar es una operación que tiene como finalidad atrapar la realidad, el hacedor de inventarios es, entonces, un racionalista; alguien que se incomoda con el vértigo deforme de la experiencia, que debe categorizar para limitar y seccionar como un taxidermista el caos de las cosas vivas. Una biografía puede volverse un catálogo personal, un momento de edición brutal sobre la línea temporal de los hechos vividos, un descarte de lo intrascendente, lo banal y mínimo. No pienso biografiar hechos épicos. Si hay algo interesante de la película Boyhood, de Richard Linklater, es que comprime el segmento de una biografía común y corriente sin odiseas grandilocuentes. Sus picos narrativos son sutiles. Su final: una ruta, una camioneta y una canción que dice algo así como “no quiero ser tu héroe”, nada de heroísmos. Hay, en definitiva, una mudanza: literal, seguro, ¿metafórica?, quizás. ¿Qué se esconde detrás de esos paréntesis donde mudamos objetos que irradian luz sobre nuestros días pasados? ¿Qué aventuras mínimas laten en ese mundo de cajas embaladas, libros llenos de tierra y muebles en desuso reciclados? A ver…

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¿Estaba escrito? A cierta edad, se supone, uno tiene que hacer el bolso y mandarse a mudar. No está escrito en ningún lado, pero la gente lo hace sentir. “¿Cuántos años tenés? ¿Con quién vivís? ¿Tenés hijos?”, detrás de esas preguntas inocentes y de sentido común se esconde un imperativo social, un mandato contra el cual la rebelión es inútil. Nacer, Crecer, Estudiar, Recibirse, Trabajar y Mudarse son los eslabones de la cadena. Parece una joda, pero no lo es: la imagen del patético director Skinner de Los Simpsons es un fiel reflejo por oposición. Todos los viernes, su madre lo espera en casa para fotografiar la silueta dejada por el contorno de su rostro y clavarla en la pared de la sala. ¿Qué se podría leer ahí? ¿Que hay que romper el cordón umbilical para adquirir una cara propia, para borrar la sombra que impide vernos? Uh, ni idea.

La bendita vecindad. Se abre la puerta del ascensor. En el piso hay un montón de cajas encintadas con objetos dispares: ropa, libros, cubiertos, vasos, en fin, aquellas cosas de utilidad incuestionable y aquellas otras de practicidad dudosa. El ascensor escupe a un policía gordito, que lleva en la mano un paquete de medialunas y silba una canción Chébere; la reconozco porque un profe del colegio donde trabajo es fanático del cuarteto clásico (Orly´s, Pelusa, Fernando Bladis) y siempre, cuando me acerca hasta la parada del trole en el auto, escucha esos temas. Saludo casi efusivamente. Pienso que las primeras impresiones pueden marcar como un destino la imagen que  mis vecinos se hagan del “nuevo”, el del cuarto C.  Subo y bajo cosas como un autómata. Las dejo por cualquier parte del departamento. Hay olor a encierro: prendo un sahumerio y salgo al balconcito interno que me enfrenta con los del cuarto A y B. En uno, veo al mismo policía mateando y devorando las medialunas con su mujer; en el otro, a unos pibes jugando a la Play Station, entre risas y chicanas. Todavía no tengo cortinas ni plantas. Desde cualquiera de los balcones soy visto con facilidad. Miro para abajo y me encuentro el impresionante vivero que se armó la vieja, supongo que es una vieja, de la planta baja, la bicicleta desinflada y llena de oxido del segundo y el laberinto de alambres que inventaron los del primero para poner a secar la ropa.  El hombre es un animal de costumbre, me digo a mí mismo, en raras ocasiones tenemos la suerte de ver las cosas como si fueran una revelación, en su primerísima vez. Yo mismo, mañana, después de poner las cortinas, cuando salga al balcón a buscar la escoba, voy a mirar para abajo sin asombro, víctima de la erosión de los días. Pienso en eso, suspiro profundamente y cierro los ojos, tratando de guardar esa imagen única, un rato más.

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Nostalgia y pérdida. Desembalar cajas que movemos de un lugar a otro nos pone en la posición del memorioso: empezamos a sacar objetos que sometemos a un juicio sumarísimo por que nos remontan hacia algún punto de nuestra biografía. El libro que alguna vez me regaló una novia de ojos claros, verdes… o azules, o, quizás, marrón débil, no lo sé; la foto de Bariloche con el Cerro Catedral al fondo y todos los chicos del curso: el petiso Aravena sacando la lengua mientras mira a cámara, la flaca Gómez y sus rulos colorados al viento, el gordo Cuevas, el más carismático del curso, abrazándolo al petiso. ¿Ese es el petiso Aravena? Ya no estoy tan seguro, la verdad. Busco un libro que me gusta mucho. Se llama El año del desierto. Es la historia de una chica que tiene que sobrevivir a un fenómeno extraño que somete al país: el campo va avanzando sobre la ciudad, y la Buenos Aires de fines del siglo XX, se vuelve, de repente, la del XIX. La busco en la biblioteca de madera que le compré regalada a un amigo. Debo haberla dejado en alguna de las cajas de cartón, olvidada. Remuevo todo y no la encuentro por ningún lado. ¿La perdí en el tránsito de tantas cosas? ¿La presté y olvidé reclamarla de vuelta? Lo cierto es que no está. No está. Mudarse es, en parte, una jugada reflexiva en la baraja del transcurrir personal. Un reordenamiento obligado por las circunstancias, una instancia de diagnóstico individual.

Hábitos propios, hábitos ajenos. Los edificios de departamentos imponen proximidad entre diversas ajenidades. El ascensor, la escalera, el buzón de cartas común, la reunión de consorcio, todo tiende a la cercanía y, salvo en los edificios lujosos que tienen la lógica “un departamento igual a un piso”, al semihacinamiento. El sistema de la medianera que reina en las propiedades horizontales se hace añicos en los edificios de departamentos pequeños. El hombre, se sabe, es el resultado de rutinas sólidas. Cerca de las siete de la tarde, mi vecino arremete con un concierto de bongó marcando el compás de una lista de Reggae, que, presumo, reproduce mediante You Tube porque siempre es la misma; las chicas del tercero sacan a pasear al perro todos los días religiosamente a las cuatro de la tarde. Yo me las cruzo los martes y jueves cuando voy a clases de inglés; los martes a la noche, encima de mi cuarto, es decir en el quinto C, tienen lugar unas sesiones sexuales maratónicas. Lo sabemos tanto yo como mis alumnos de los miércoles al primer módulo, quienes sospechan en mis ojeras una vida caótica. Yo no tengo argumentos creíbles en defensa propia. Tarde o temprano, la vida en los edificios nos vuelve testigos involuntarios. Sin querer, casi sin advertirlo, podemos identificar regularidades de conductas, manías más o menos inofensivas. Yo junto diarios viejos. Todos los suplementos deportivos que me interesan los voy apilando sobre una repisa que traje desde la casa de mi vieja. Como la pieza es pequeña, tengo que sacar  al balconcito el canasto de la ropa sucia. Los días que llueve lo entro y lo dejo descansar arriba de la cama. Los días despejados puede pasar una semana entera oreándose. Cuando salgo al balcón y me encuentro a algún vecino en el suyo, noto que me miran con un gesto de reprobación.

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En busca de la sociabilidad perdida.  La burocracia del Estado nos dice que emanciparse y abandonar el nido materno es volverse un número en sus listas: gas, luz, rentas, agua; todos los servicios exigen que uno pase por la aduana de sus mostradores y se identifique si quiere vivir en condiciones dignas. Yo, a esta altura, ya no recuerdo cómo era vivir sin internet. Soy de una generación que terminó el secundario sin conocer los celulares y, menos que menos, Facebook.  Lo más común entre mis amigos era realizar una llamada al teléfono fijo, o directamente, algo que hoy parece nacido de una película de otra época: salir de casa e ir, sin ninguna mediación previa, hasta lo de algún conocido corriendo el riesgo de que éste no estuviera, o bien, la satisfacción de la sorpresa que todo mensajito actual hace pedazos. Sin embargo, nos fuimos acomodando sobre la marcha a los desarrollos tecnológicos de la web y la telefonía móvil, hasta el punto de disimular nuestras prácticas como las de los “nativos digitales”. Que instalar el servicio de internet demore cerca de un mes, me hizo pensar en aquellos encuentros improvisados que apostaban toda la mano del juego social a la sorpresa afectiva, a la intuición de tener ganas de saber de alguien y caminar hasta su casa sin más preámbulos. El pensamiento no tiene la fuerza de la acción y me quedé en el amague. Días después, encima, me robaron el celular, con lo que mi vida social se vio reducida a la expresión mínima, caí en una depresión leve pero sostenida y el rincón del departamento que más habité fue un sofá que me regaló un amigo, en el que permanecí tumbado la mayor parte del tiempo. Una de esas tardes, mientras estaba hundido en los almohadones, el timbrazo del portero me sobresaltó. Creo que era la segunda vez que lo escuchaba desde que me había mudado. Una voz desconocida necesitaba corroborar mis datos personales para que le abriera la puerta y así instalar el módem: una comisura de felicidad invadió mi rostro.

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