Joker: el culto a los payasos, la política, y el maquillaje

[Joker. Todd Phillips. Política. Sociedad. Moral. Joaquin Phoenix. Estado. Salud mental. Arthur Fleck. Ciudad Gótica. Jacques Rancière. Thomas Wayne. Daniel Innerarity]

por Eliseo Llobet (@eliseollobet)

Cuando Joker estrenó, allá por octubre, levantó las mismas críticas de siempre por parte de la industria estadounidense: irresponsable, violenta y políticamente tendenciosa. Era tanta la preocupación que el ahora flamante Todd Phillips (director) se vio presionado a decir que, aunque dependía de la perspectiva de cada uno, a su nivel más esencial, la peli no era política. Nadie debía, por lo tanto, tomarla como una receta para actuar en contra del sistema (por si la audiencia no había entendido que un tipo disfrazado de payaso que mata gente era malo).

Lo que Phillips en realidad decía es que no es una película partidista (que es discutible pero una cuestión aparte). Toda acción humana es política, y más aún si es comunicativa en su naturaleza, así que su obra no podía no serlo, teniendo en especial cuenta la temática que trata.

Phillips solamente tenía intenciones de mostrar un cuento moralizante. Se hacía eco de la agitación social moderna y el resentimiento del hombre de a pie, pero la intención original siempre fue hacer una caricatura de los extremos. Ni él, ni Joaquin Phoenix (el otro ideólogo de la cinta), ni la audiencia, podrían haber esperado que la película del Príncipe Payaso del Crímen sería tan políticamente relevante en los meses que siguieron.

Pero antes de empezar el análisis, conviene hacer un resumen de la trama (y a partir de acá van spoilers así que cuidado). Joker está ambientada en la ficcional Ciudad Gótica en 1981, en un momento de caos económico y social, caracterizado por un alza del desempleo y la delincuencia. Nuestro protagonista es Arthur Fleck, un payaso de eventos y aspirante a comediante de stand up que quiere ser aceptado y querido. Arthur sufre un trastorno que le provoca ataques de risa que no puede controlar y depende de servicios sociales para conseguir los medicamentos que le hacen falta, pero cuando el Estado corta los programas la salud mental de Fleck queda librada a su suerte. Este abandono y la violencia directa tanto física como mental, que varios otros personajes ejercen sobre Arthur, lo van empujando cada vez más hacia la insania y llega a su punto cúlmine cuando se convierte en el rostro de un movimiento de rechazo a la clase alta de la ciudad que se torna cada vez más violento. Al recibir por fin el reconocimiento y el cariño que tanto buscaba, Arthur abandona su identidad y se convierte en el Guasón (sí, voy a usar el nombre traducido).

Si bien la representación del abandono de la enfermedad mental por parte del Estado es un tema en extremo político, no es sino la punta del iceberg, y es que se puede considerar a Joker como un ensayo que ataca la desigualdad en absolutamente todos sus niveles. Los chicos de Wisecrack, un canal de YouTube centrado en analizar la cultura popular mediante filosofía y ciencias sociales, subieron una de sus “quick takes” centrada en Joker, con la propuesta de que puede hacerse una lectura de la película basándose en las teorías de violencia política y de políticas de reconocimiento y de igualdad de Jacques Rancière.

Para Rancière, los estados occidentales son republicanos únicamente en nombre. Los representantes y los modos de administración de los recursos y las libertades, dice, provienen de las oligarquías y su interés es mantener un orden establecido, aunque con variaciones leves aceptables. El político ejerce para sí mismo y, por eso, el sistema es altamente desigual.

Pero, para Rancière, en realidad no estamos hablando de “política” porque la “política” no es un sistema de regulación de libertades ni la decisión de reparto de los recursos. Él dice que eso es confundir “administración” con “política”, y que ésta última es la instauración de un conflicto entre partes de una sociedad. Más específicamente, es la pelea entre las partes que el sistema social ha contabilizado y de los cuales tiene conciencia, y otra “parte sin parte”, cuya existencia es desconocida por no haber sido clasificados en el cómputo original. Estos ignorados son aquellos que están fuera de la toma de decisiones, no tienen injerencia directa en la legislación, y sus intereses y necesidades son invisibles. Los “sin parte” son, entonces, aquellos cuya visión de la realidad no es reconocida como legítima, y la política aparece cuando irrumpen en la escena, hacen visible su presencia y buscan el quiebre del orden establecido para crear uno nuevo que los tenga en cuenta.

Pero esta división no es intencional. No se trata de un grupo hegemónico que tiene como objetivo subyugar a otro más vulnerable (o no en la mayoría de los casos, al menos). El desacuerdo que se introduce es al nivel de las cosmovisiones de las múltiples partes en la que existen distintas visiones acerca de la realidad.

La diferencia en cuanto a la “universalidad”, como lo llama Rancière, es un desacuerdo a niveles fundamentales. No se trata de un malentendido o distintas opiniones. Es un desfasaje semiológico, porque las partes en juego tienen conceptos totalmente diferentes acerca de las mismas cosas. Son realidades subjetivadas y contextualizadas, así que lo que está en discusión no es solamente cómo solucionar los problemas que existen. La discusión se vuelve acerca de cuestiones más elementales, como cuáles son esos problemas, y quiénes tienen las cualidades para saber de ellos. Bajo esta perspectiva, los que han sido contados nunca podrán gobernar para satisfacer a los que no lo han sido, porque ni siquiera serán conscientes de la existencia fuera de su propia esfera.

En este sentido, las partes contadas se consideran preparadas y poseedoras de “logos”: la capacidad de hablar y de comprender. Los sin parte también tienen voces, pero estas carecen de conocimiento. Ellos no pueden presentar soluciones, ni pueden reconocer sus propias identidades, porque es el orden estatal el que las determina.

La vida social entonces cobra la forma de una superioridad percibida, lo que lleva a una fuerte desigualdad en todos sus niveles. Entonces, la definición de un nuevo escenario de discusión y la presencia de un contingente que ha sido ignorado no solo sucede para que puedan tener una participación en la toma de decisiones, sirve para ser reconocidos como iguales, como personas con la misma capacidad de logos.

 

En Joker, Arthur es negado de esa condición de ser humano por todos: desde su compañero de trabajo que lo utiliza como chivo expiatorio por su enfermedad mental a los empresarios de Gótica que se convierten en sus primeras víctimas tras atacarlo cuando se hace reconocer en un tren tras un ataque de risa. La película incluso reconoce una inclusión condescendiente y lastimera como una negación del reconocimiento, como la psiquiatra que atiende a Arthur y que él sabe que en realidad no lo está escuchando, o la mujer en el colectivo al comienzo que lo trata con incomodidad cuando él le explica su trastorno mental.

Pero la demanda por el reconocimiento no se ve sólo en él. Es un tema recurrente que reaparece muchas veces, como en la madre de Arthur (también enferma) buscando que el candidato a gobernador Thomas Wayne responda a sus cartas, o los ciudadanos de Gótica (cada vez más desilusionados con la situación de la ciudad) a los que Wayne tilda de payasos por sus protestas.

Esta irrupción no puede ser un deseo idealista sino que, para construir una sociedad basada en la igualdad, es absolutamente necesaria. Daniel Innerarity dice que los paradigmas de las diferencias sociales se trasladan de ámbitos (de lo económico a lo cultural, de lo cultural a lo social, de lo social a lo económico, y todo el etcétera de variaciones). Estas distinciones someten a los “sin parte” a una exclusión tajante, y al mismo tiempo, actúan como agentes naturalizadores de los conceptos para permitir ocultar la artificalidad del sistema social (sosteniendo las ideas de que alguien es pobre por falta de esfuerzo, por ejemplo, o los estereotipos negativos de los inmigrantes)

Pero la solución no está en la inclusión superficial. Para Innerarity, la verdadera integración social está basada en la igualdad a partir del reconocimiento de las diferencias. Explica que la distinción es una forma de reconocer las necesidades particulares de cada individuo o grupo y de esa forma satisfacerlas. Pero la forma, dice, es mediante la aparición de estas identidades no hegemónicas en el escenario de discusión, y la reconstrucción de la realidad social, no en reglamentaciones genéricas igualizantes.

Pero si bien Joker marca esta lucha por el reconocimiento básico y fundacional, la política ranciereana no se forma en ella. El clímax de la película llega con el nacimiento del Guasón, cuando Arthur asesina a su viejo ídolo, Murray, en su talk show en vivo, y los ciudadanos de Gótica se “inspiran” por sus acciones y deciden salir a las calles para vengarse de una buena vez de los ricos de la ciudad que tanto los han oprimido. No existe una instauración de un desacuerdo ahí. Hay un desacuerdo, sí, pero no un nuevo escenario de discusión ni la reconstrucción de las concepciones sociales. Hay una explosión de frustraciones y enojos, contenidos tanto tiempo por la fuerza del aparato estatal.

Y ese resultó ser un muy acertado reflejo de una situación de descontento con las autoridades que empezó a extenderse de hace tiempo, y que apareció en protestas, reclamos y revueltas: en Hong Kong, en Brasil y, por supuesto, Bolivia y Chile. Los “sin parte”, las identidades sin acceso al poder, empezaban a hacerse oír, a intentar quebrar la realidad que existe.

Una sociedad que se siente ignorada y ridiculizada por sus gobernantes va a explotar. Los dos primeros actos de Joker funcionan como una moraleja de eso. Pero, en el tercero, la transformación del Guasón en un símbolo político (tanto en el sentido ranciereano como en el tradicional) y la aceptación de Arthur de esa nueva faceta es la segunda advertencia, y esta vez está dirigida a nosotros, los “sin parte”.

Los cultos a la personalidad son aquellos en los que se muestra a un líder como un personaje ideal, el dirigente perfecto. Se caracterizan por la adulación pública excesiva a esta persona con la intención de que sea interiorizado en la cultura popular como una figura casi mesiánica, la única capaz de resolver los problemas que existen.

Para Adrian Popan, hay tres condiciones de la estructura social que son necesarias (pero no suficientes) para que se genere el culto a una persona.

La primera de ellas es que las políticas de gobierno deben ser al mismo tiempo paternalista y clientelista, y eso debe ser aceptada por los ciudadanos. Esto último puede suceder porque ha sido un sistema que se ha mantenido en el tiempo y se acepta como tradicional, o si se empiezan a aceptar medidas de este tipo como solución a los problemas que existen.

Al mismo tiempo, esto permite la legitimación de algunas voces, al transformar al partido político y al líder en las figuras de “la razón”, y mediante el clientelismo al lograr la fidelización de particulares y de líderes de opinión.

La segunda condición para el desarrollo del culto es la ausencia de una disidencia relevante. Es en este punto en donde Popan y otros autores generan confusión, porque creen que esto solo puede suceder mediante la supresión de una oposición, pero eso no es cierto.

Una fuerza alternativa puede perder su legitimidad o su relevancia por un número de situaciones, desde el incumplimiento de promesas a la burla de su adversario. Pierde su credibilidad y, de esa forma, el líder puede liberarse de su amenaza al quitarle legitimidad a lo que dicen. Además, la oposición es la única que puede advertir acerca del culto de la personalidad e intentar impedirlo.

Por último, la tercera condición para el surgimiento es la falsificación sistemática de la información. Popan explica que el reporte empieza, primero, en la esfera económica, donde se reporta un crecimiento que en realidad no existe.

La alteración de la información comienza siempre en la esfera económica, porque, primero, no es tan fácilmente comprobable como lo serían otros aspectos y, segundo, porque permite que el régimen o el líder se vean como más eficientes y puedan ganar más popularidad. A partir de allí, se puede desplazar a otros aspectos de la esfera pública para agrandar la figura del líder, de nuevo, de formas más sutiles y otras que no lo son tanto.

Una vez que se dan estas condiciones se puede construir el culto y, para ello, Popan explica tres pasos que se dan, un ABC de la adulación:

El primer paso es la adhesión. Los más cercanos a la figura del líder empiezan a crear una imagen pública altamente positiva. El segundo paso es la beatificación. Se agrandan las cualidades del líder para darles un aire casi sobrehumano. Se suprimen los errores y se añaden temas a su imagen que quizás no tenía originalmente, o se suprimen otros que no son deseables. El tercer paso es el consenso. En este punto, los aduladores se ponen de acuerdo para mostrar una adoración inflada hacia el líder para realzar más su fuerza.

La forma más fácil en la que el culto puede surgir es en una sociedad intranquila y en un momento de descontento. El partido puede aprovechar las fricciones para presentarse como una continuidad de lo bueno o un quiebre directo, y de esa forma captar a los desilusionados que buscan que sus voces sean reconocidas, dejar de ser “la parte sin parte”.

Y es la revuelta social que finaliza Joker donde esto sucede, cuando el Guasón aparece de forma intencionada o no, como un cambio en el régimen. Es la representación de una ciudad que quiere autoreconocerse y tener agencia. Se convirtió en un reflejo de los descontentos sociales a escala mundial.

En Chile, Piñera se volvió el objetivo de movimientos de antiderecha y al mismo tiempo en el héroe de grupos liberales y conservadores, a pesar de tener una de las brechas sociales más grandes del mundo, donde el 1% de la población posee el 26% de las riquezas del país, mientras que el 50% más bajo apenas es poseedor del 2%. En Bolivia se dio un golpe militar que una banda festeja, mientras que los contrarios toman a Evo Morales como una víctima del imperialismo a pesar de su responsabilidad en múltiples ocasiones de irregularidades al proceso democrático (bajo la argumentación de que hacerlo permitía una mejora a los derechos políticos de los ciudadanos). En Argentina, estamos cerrando la presidencia del hombre que ganó las elecciones del 2015 basado únicamente en que no era el oficialismo, y hoy es el héroe de algunos sectores a pesar de que la nueva fórmula del INDEC para calcular la pobreza deja un índice del 40%; mientras que el nuevo oficialismo ganó las elecciones sin presentar ni siquiera una propuesta concreta, en un paralelo de lo que sucedió en 2015, y se muestra como la solución a la pobreza que el nuevo presidente escondía durante sus épocas de Jefe de Gabinete y que él mismo reconocía como impreciso un año después, bajo la promesa de que es un nuevo gobierno diferente al de su antecesora.

Los mismos juegos que Rancière califica como “Policía”, en cuanto tienen el deber de mantener el orden que ya existe con las menores variaciones posibles, aparecen y se mueven en los mismos círculos, con acusaciones a los oponentes y la promesa de un nuevo mesías en su lado. El culto al líder se vuelve la herramienta más útil para lograr la fidelización indefinida, mientras que el chivo expiatorio es el recurso más fácil de usar para socavar cualquier otra autoridad que juegue en contra. Los sin parte vuelven a perder su logos y el gobierno policial de turno se aprovecha de las pasiones para atraerlos a su lado con promesas vacías.

Frustraciones, necesidad de ser reconocidos como personas y símbolos de liberación. Joker se convierte casi en una fantasía de poder en la que los que no pueden instalar la política ranciereana destruyen totalmente el sistema desde abajo y ejercen justicia civil sobre los responsables. Sin embargo, ahí está el mayor peligro.

Independientemente de la posibilidad de plasmar el asesinato y la violencia como una alternativa viable, Phillips utiliza al payaso para mostrar el peligro de la adoración sin pensar en el contexto, en ignorar el trasfondo, la identidad pasada y las ideas que la figura del líder mantiene. La advertencia está en que las emociones nos hacen ir detrás de las figuras caristmáticas, pero que estas lo son justamente porque saben agitar y dirigir mentalidades para lograr un objetivo; porque la manipulación es su juego político.

La advertencia del tercer acto es fuerte. Las ideologías en un vacío son destructivas y, a veces, cuando nos damos cuenta de que existen estas ideas radicales, ya es demasiado tarde.

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