Joseph Roth: pesimista, borracho y maravilloso

[Joseph Roth. Europa. Primera Guerra Mundial. Segunda Guerra Mundial. URSS. Comunismo. Alcohol. Amistad. Pesimismo. Hotel Foyot. Paris. Alemania. Imperio Austrohúngaro. Stefan Zweig]

por Sasha S. Hilas (@palido.fuego)

“Arranco un par de páginas de mi diario y las envío como si se tratara de un mensaje en una botella”.
 —Joseph Roth, Del diario de un escritor

En medio de este presente en crisis y en decadencia, quisiera tener una cita con el pasado. Joseph Roth es el nombre de un judío católico, comunista monárquico, mitómano y cariñoso. Una persona tan brillante como contradictoria que emergió de la Europa de entreguerras. Si me permiten las mayúsculas, fue El Gran Cronista del Frankfurter Zeitung, el diario europeo con mayor reputación de su época, y uno de los mejores escritores del siglo pasado. Entre el expresionismo y la Neue Sachlichkeit, el estilo de Roth es un perfecto alemán inspirado en la forma del uso del yiddish. Su escritura no es redundante: es sencilla y directa, a veces irónica, otras veces tierna. Ya sea en sus crónicas, Feuilletons y artículos periodísticos, en sus novelas o relatos, la escritura de Roth exhibe el desorden y la decadencia económica, social y cultural de la Europa de su tiempo. Berlín cada vez más burocratizada e insípida, Alemania empobrecida y azotada, los heridos de guerra que quedan desamparados y a la vez enaltecidos de manera hipócrita, las ruinas del Imperio Austrohúngaro, su antigua patria a la que ya no podrá volver, la URSS como promesa comunista que se cae, la nostalgia y melancolía de una burguesía centroeuropea que llora una idea de cultura que nunca existió como si se trataran de viejos dioses impotentes y decadentes. En la mesa del bar de alguno de sus hoteles favoritos Roth, este judío errante, retrata la realidad de su tiempo, la de un mundo que se quiebra bajo el peso de una crisis de sentido colosal.

Un itinerario posible

Nadie sabe exactamente donde nació. Nos contentamos con decir que fue en la provincia austríaca de Galizia, posiblemente en Brody a pesar suyo. Siempre quiso (y sostuvo) haber nacido en Schwabendorf. A pesar de todo esa tierra natal viviría en su memoria: como es bien sabido, el ejército ruso devastó la provincia a las puertas de la Primera Guerra Mundial, anexándola a su territorio, y violando, asesinando y deportando a lxs miles de judíxs que vivían allí. Roth se unió al ejército austríaco unos años después. Las historias sobre su origen y juventud son muchas y todas fueron elaboradas por Roth mismo: era un mentiroso empedernido. Una cosa sí es segura. Sus únicos hogares fueron el Imperio Austrohúngaro y el Hotel Foyot de París. Por el primero abandonó el comunismo y se hizo militante del partido monárquico austríaco. Las razones por las cuales Roth se volvió monárquico fueron varias. Una de ellas fue un viaje a la URSS, del cual volvió profundamente desencantado al punto que abandonó su militancia comunista. Y la otra fue su experiencia del mundo cultural que supo albergar para él el Imperio Austrohúngaro. Lxs judíxs orientales y lxs católicxs occidentales podían convivir sin que su proximidad lleve a la violencia. Ese mundo terminó para el autor con la caída del Imperio. Desde ese momento buscó la diversidad cultural viviendo en hoteles, de Viena a Berlín y de Berlín a París, a su Hotel Foyot, su último refugio. Antes de la demolición del hotel, Roth pasó los últimos dos días en su cuartito del segundo piso, encerrado escribiendo. Incluso el personal se había ido. Solo dio un paso fuera cuando comenzaron a demoler el techo.

Al rodearse de bullicio, Roth adquiere claridad. Sus pensamientos se vuelven definidos y distintos. Quizá sea por eso que los escenarios de sus obras suelen ser estaciones de trenes, las calles, los cafés y bares, los mercados y los campamentos, los hoteles internacionales y los pueblos fronterizos. Lugares de intercambio, de circulación, de convivencia entre diferentes clases sociales, patrias e idiosincrasias. Algo de la verdad de su tiempo sale a luz en esos escenarios y se esconde en los salones de la burguesía renana. Donde quiera que unx mire en sus obras puede observar que el gran tópico es la falta de sentido, que aparece cuando el disfraz del proyecto ilustrado occidental muestra su carácter de promesa vacía. A través de Franz Tunda (La fuga sin fin), Roth se burla de aquel intento de la clase burguesa por salvaguardar lo que han llamado “la cultura europea”, una noción sin contenido que se utiliza para brindar un último sentido en este mundo occidental que, como una cenicienta después de las 12, muestra su verdadera y abrumadora realidad. Por medio de Mendel Singer (Job) y de Andreas Pum (La rebelión) se levanta contra la mentira de un proyecto divino de carácter mayor tras la desolación de la guerra y el despojo constante que roe sus vidas. Y en sus múltiples crónicas y artículos no sólo acusó la responsabilidad de las autoridades estatales por la miseria y el abandono; también expuso lo que para pocxs era evidente: tras el derrumbe de una idea de comunidad cultural europea (que, aunque opresora para la historia americana, africana y oriental, aún podía albergar al menos dentro de su continente cierta diversidad étnica y cultural) otra peligrosa para Roth comienza a surgir. Se trata de la idea de nación y su compañera, la idea de “orgullo nacional”. No se equivocaba. En un mundo que se precipitaba velozmente hacia una segunda guerra, Roth escribía con obstinación, la obstinación de quien tiene algo que decir y, sobre todo, una alarma que hacer sonar.

La sonrisa del mundo

Recuerdo una advertencia que Roth arroja tanto en Auto de fe del espíritu como en sus cartas a Stephan Zweig sobre la Alemania de su tiempo al leer los signos disimulados y disfrazados de su presente. Con una perspicacia que me recuerda a la de Walter Benjamin, le pareció evidente que, en medio de la indiferencia y la desidia que no atinaba a responder a la violencia nazi, donde se expulsan escritores y se queman sus libros, no falta mucho para que se quemen personas. Sin poder prever el curso de la historia, tenía razón. Murió en 1939. En su funeral estuvieron presentes sus amigxs católicxs monárquicxs, judíxs, comunistas e intelectuales laicos. Tal como a Roth le gustaba que fuera el mundo, su entierro fue culturalmente heterogéneo.

A mi modo de ver, la crisis de sentido que denuncia Roth va de la mano con una puesta en relieve de lxs pisoteadxs de la historia, lxs derrotadxs, lxs vencidxs. Su trabajo como cronista es intachable en este sentido, y debo decir que su labor como escritor no se queda atrás. Con impecable humor, frases cortas y precisas, denuncia la actitud hipócrita del periodismo y de muchxs intelectuales de entreguerras. Sentía un profundo desagrado por la exaltación de la guerra, la miseria y la muerte como males necesarios, a falta de un sentido orientador. En su artículo La sonrisa del mundo supo proponer una fantasía: un habitante de Marte se suscribe a una revista ilustrada berlinesa para orientarse sobre la situación de la Tierra; allí concluye “el hambre se comprende desde la perspectiva del comité de beneficencia, y el frío, desde el recuerdo del rico de una visita a parientes que no tenían calefacción. Los mendigos inválidos simulan tara y pobreza ex profeso para los fotógrafos de las siempre guapísimas revistas ilustradas. El mundo es un objeto de ilustración. (…) El querido lector marciano se asombra del rincón humorístico que en veinte páginas escasas abarca toda la desolación del planeta”.

Mi fotografía favorita de Roth es una en la que aparece con su buen amigo y benefactor Stefan Zweig. Roth mira a la cámara y Zweig lo mira con la ternura de viejos amigos. Ojalá todxs tengamos unx amigx que nos mire así. Roth jamás entendió qué le vió Zweig a él, un vicioso y pesimista judío oriundo del este europeo. Si hay alguien que quiso salvar a Roth de sí mismo, fue Zweig. Reconociendo que la salud de su amigo era consumida por la ansiedad y el alcohol, le ofreció en incontables ocasiones pagarle una cura de desintoxicación. Él las rechazó a todas. Le debía a la bebida sus mejores novelas; “ser amigo mío es funesto” le dijo en una ocasión. Esto me recuerda a una de sus cartas: 6 de abril de 1933, Roth le escribía a Zweig palabras de aliento y consuelo frente a un futuro incierto. Después de exponer disparatadas predicciones que nunca se cumplirían sobre el retorno de los Habsburgo y un imperio católico austríaco, cierra la carta guiñando el ojo “por supuesto, la verdadera patria es la amistad”.

A todxs nosotrxs, que reconocemos en los auges nacionalistas la amenaza de una violencia histórica, que creemos que la única patria que vale la pena defender es la que compartimos con aquellxs otrxs que no pertenecen ni a nuestra familia ni a nuestra comunidad; a todxs nosotrxs ofrezco el recuerdo de Joseph Roth, este judío errante, borracho, pesimista y maravilloso.

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