La quita de jubilaciones de ama de casa: una cuestión de género

[Jubilaciones. Ama de casa. Cambiemos. Mauricio Macri. Género. Feminismo Latinoamericano. Rita Segato. Barobero]

por Lara Nicolas (@laranicolas_ )

Hace un par de semanas comenzó a circular la noticia de que el presidente Mauricio Macri abolirá la ley de jubilación de amas de casa, gracias a la cual cuatro millones de mujeres pudieron ser reconocidas por primera vez en el sistema previsional argentino. Frente a esta medida, me parece fundamental recorrer los sucesos vividos por las mujeres en nuestro continente.

La historia renueva a su paso los matices de la dominación impuesta por el aparato aniquilador de occidente. En un principio, el monstruo civilizatorio fue encarnado por el inquisidor blanco, que arrastró consigo las pestes del viejo mundo. La gripe, la viruela y la religión católica, enfermedades ante las cuales las grandes sociedades indígenas perecieron. La época colonial, antecesora del capitalismo global, despojó a indígenas y negros de sus pueblos y costumbres, marcándoles el camino hacia las fauces abiertas del infierno: el trabajo esclavo en minas y plantaciones agrícolas.

Años más tarde, los gauchos sufrieron el mismo destino en mano de quienes soñaban con europeizar el país, que entonces ya contaba con las fronteras donde se los enviaba a morir.

El odio hacia los de abajo se reconstruye de manera continua, según convenga a las necesidades históricas del poder. La misma suerte de desprecio sufrieron en los años veinte los inmigrantes, durante el peronismo los “cabecitas negras”, los jóvenes de los setentas y los negros de mierda que pusieron el cuerpo a las balas durante el avance neoliberal de fines del siglo pasado.

No sorprende tampoco que desde donde sea que se cuente la historia siempre tiene rostro masculino. Mientras los varones fueron usados como carne fresca que enterrar bajo las minas de plata, las mujeres fueron trofeo de guerra  para los expropiadores. Así, miles de ellas vieron partir a sus compañeros para no regresar jamás, teniendo que hacerse cargo de les hijes y la casa, al mismo tiempo que eran abusadas por los colonizadores. Algo similar sucedió en los hogares gauchos cuando los varones eran obligados a ir hacia las fronteras, paradójicamente, a luchar contra los indígenas.

Asimismo, es bien sabido que durante la dictadura cívico militar, los torturadores abusaban sexualmente de prisioneras a cambio de las más crueles remuneraciones, como lo fue al fin de la dictadura la posibilidad de salir de los centros de encierro para ver a sus hijes o, aún peor, la promesa de no ser asesinadas de inmediato.

En la crisis de los 2000, fueron en muchas ocasiones las mujeres quienes soportaron el peso de los despidos, buscando alternativas diferentes para la supervivencia como las ferias de trueque. Este momento es clave para entender a qué se refiere el movimiento feminista cuando habla de feminización de la pobreza.

Sin embargo, la cuestión sobrepasa los límites de lo latinoamericano. Es la historia del patriarcado en sí misma la que está íntimamente ligada al desarrollo capitalista.

La construcción del capitalismo, y aún más del poder, no habría sido posible sin la división de tareas por géneros y la estructuración de la sociedad en torno al eje de la familia. Así, la mujer constituyó durante siglos el pilar fundamental del “hogar”, que no es más que una mentira bien programada para sostener la idea de propiedad privada y trabajo obrero. Les hijes, las tareas de la casa y la satisfacción obligatoria de los deseos masculinos nos han sido impuestos durante años.

Ahora bien, finalizada la guerra fría, la reestructuración capitalista introdujo la inserción de la mujer al campo laboral. Los nuevos ejes del sistema no cambiaron la manera en la que son acumuladas las riquezas, tal como lo expresa Rita Segato. En cambio, sí dieron lugar a que se minase el patriarcado al menos superficialmente.

La globalización también trajo consigo la cuestión del multiculturalismo, aunque quizás sólo orientada a los fines del marketing. Cualquiera sea la situación, lo cierto es que las culturas históricamente negadas emergieron, claramente no en un sentido económico, pero sí en relación a sus características y reclamos sociales. Es a lo que se refiere Barbero a lo largo de sus textos al afirmar que las culturas periféricas reclaman su derecho a la memoria. Quedan englobados aquí los grupos discriminados a lo largo del tiempo, entre ellos, la comunidad LGBT y las mujeres.

En Latinoamérica, el concepto de memoria está relacionado de primera mano con el retorno de la democracia a lo largo y ancho del continente. Pero a la vez, aunque sólo para unos pocos, tiene que ver con el desarmamiento de los ideales que la colonización arrastró consigo.

Ahora bien, durante los últimos años el continente entero giró hacía la derecha. Las políticas antidemocráticas se volvieron moneda corriente, aún en aquellos países donde la memoria tiene un peso significativo en el devenir de los imaginarios populares, como es el caso del nuestro.

Los gobiernos de derecha no sólo lo son económicamente, sino que simultáneamente acarrean los fundamentos del conservadurismo, relacionados desde un principio a la moral cristiana.

La cuestión del género, de la mujer y de las disidencias como sujetes de lucha, pasa a ser incluso una molestia. En la Argentina, los referentes del oficialismo dejan caer comentarios que respaldan la moral colonialista por donde sea que caminen. Quizás el ejemplo más claro, tanto por el sinsentido de sus argumentos como por el sinsentido de su accionar público, es el de Lilita Carrio. Pero presumo que dentro de Cambiemos más de uno opina igual, aunque no lo anden pregonando en voz alta.

En la introducción a los nueve apartados que componen “La Guerra Contra las Mujeres”, Rita Segato sugiere: “lejos de ser residual, minoritaria y marginal, la cuestión de género es la piedra angular y eje de gravedad de todos los poderes”. Además, agrega que al tener la capacidad de reestructurarse constantemente, el patriarcado se convierte en el cimiento de todo poder.

Entonces, cobra sentido que los grandes centros económicos y de industrias culturales del mundo anuncien la lucha de géneros como parte de su agenda. No se trata, claro está, de un deseo real por igualar la posición de las mujeres en relación a la de los varones, sino de dar la sensación de que se está avanzando.  

Sucede, sin embargo, que cuando el cambio está en el interior del propio sistema social, y no de sus mecanismos de publicidad, cobra un papel distinto. La jubilación a las amas de casa es un derecho adquirido innegable, por fuera de lo que profesen los fanáticos de la deuda externa.

Y pasa también que la violencia contra las mujeres no tiene por qué ser siempre del orden físico. El poder, en cuanto relación humana que determina quienes mandan en la cadena de producción capitalista, se ejerce por medio de la violencia, ya sea física o simbólica.

Pero tampoco es posible definir el retroceso en derechos humanos de este tipo como pura violencia simbólica. Estamos hablando de ingresos reales, por más que queden reducidos a una jubilación mínima por el pago de las moratorias. Ingresos con los que no solo comen mujeres de tercer edad, sino que en muchas situaciones representan lo que permite a familias enteras sobrevivir.

La historia del sometimiento se actualiza. Se trata de la negación histórica del rol que las mujeres cumplimos en el horizonte capitalista. Pero lo que es aún peor hablando de políticas implementadas en nuestro continente, es que pisotean la memoria de años de lucha, una lucha que siempre escondió tras sí el rostro femenino.

Tampoco hay que olvidar que es gracias a tener un sustento económico que muchas mujeres pudieron escapar de situaciones de violencia machista intrafamiliar, de las que no podían salir antes por la dependencia económica hacia sus parejas.

Al negar el acceso a derechos de esta índole, el neoliberalismo no hace más que volver presente el pasado de aquellas que murieron aplastadas por la crueldad de la maquinaria que día tras día nos niega en sus políticas públicas a la vez que nos sostiene como parte imprescindible de su funcionamiento.

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