June vs. Offred: la identidad del nombre

[Nombre. Identidad. The Handmaid’s Tale. June. Offred. Estados Unidos. Gilead. Harry Potter. Voldemort.  Stephen King. Richard Bachman]

por Manuel Rivero (@_maneul)

Me mude y por primera vez el almacenero del barrio conoce mi nombre. Parece una boludez pero en la casa en la que vivía antes el pelado de la esquina me atendía con bastante indiferencia y un poco me incomodaba no haberle generado la confianza con la que se dirigía a los demás vecinos. Quizás fue un comentario del partido de Belgrano al que no supe qué contestar, o que nunca me presentara. Obvio yo sabía su nombre, porque los demás clientes lo saludaban con un “buenas noches Silvio” o “qué tal Silvio”. Varias veces analicé la opción de saludarlo de esa misma manera pero no sabía si iba a generar la reacción opuesta a la que esperaba. Si no te presentas con alguien formalmente ¿está bien llamarlo por su nombre?  Decidí que una nueva despensa sería una oportunidad para empezar con el pie derecho y me presenté el primer día con Luis, quien ahora cuando entro me saluda con mi nombre. Esto me hizo pensar en esta palabra que es parte fundamental de nuestra identidad. Un conjunto de letras que nos distinguen y nos separan en individuos, nos diferencian del todo que conforma el contexto pegajoso que nos rodea.

En los minutos finales de Halston, la serie de Ryan Murphy sobre el diseñador de indumentaria del mismo apellido, se puede leer en la pantalla un mensaje que, a pesar de estar decorado con la música ochentosa que suena de fondo, te deja un sabor amargo

 “Halston pasó los últimos 18 meses de su vida paseando en auto por la costa del pacifico. Murió en San Francisco en 1990. Nunca recuperó su nombre”.

“Nunca recuperó su nombre”. Siniestro. Por firmar sin leer bien la letra chica, el diseñador aprobó una cláusula en la que cedió los derechos de todas sus creaciones, y el derecho a utilizar su propio nombre para ofrecerlas. Algo parecido a lo que está sufriendo Paulo Londra por parte de la productora colombiana que le impide publicar música. El nombre está inevitablemente atado a los sentidos más profundos de la construcción de uno mismo y perderlo es perder también una parte de uno.

Under his eye

 Empecé a ver The Handmaid’s Tale. Una distopía en la que un grupo extremista católico lleva adelante un golpe de estado y transforma a Estados Unidos en Gilead, una nación donde las leyes se rigen según una interpretación despiadada de la biblia. En esta realidad las mujeres ven vulnerados todos sus derechos y, con la excusa de una epidemia de infertilidad, un gran número de ellas son violadas sistemáticamente y usadas como incubadoras humanas por las familias de los poderosos.

Entre la cantidad de atrocidades que sufren las criadas (las mujeres a las que obligan a tener hijos que luego les serán arrebatados) me sorprendió el detalle retorcido de que los comandantes en el poder decidan suprimirles el nombre para reemplazarlo con la preposición de (of) y el nombre del hombre de la casa. De este modo June, la protagonista de la historia a quien da vida Elisabeth Moss, es llamada Offred. Ya que el comandante que la tortura se llama Fred. Es otro mecanismo para despersonalizarla, borrarle la identidad y todo lo que distingue a un ser humano de otro.

Este no es un detalle menor, ya que de una manera sutil se usa como un recurso para mostrar la dualidad de la protagonista entre la resignación alienante al mundo en que la obligan a vivir y su identidad anterior, la verdadera, latente y llena de ira. En palabras de la propia June:

“Mi nombre no es Offred, tengo otro nombre que nadie usa porque está prohibido. Me digo a mi misma que no importa, que tu nombre es como tu número de teléfono: útil solo para los demás. Pero lo que me digo a mi misma está mal. Sí que importa”.

En otra escena en donde alguien es colgado hasta la muerte por intentar ayudar a la protagonista, la siniestra Tía Lydia, un personaje que es una mezcla entre Tronchatoro y la mujer de Misery, le explica que para June el futuro es negro, pero para Offred hay una oportunidad, consolidando un nuevo ataque para aplastar su personalidad y todo lo que ella es, con esa nueva no- identidad, impuesta por el gobierno de facto que domina el país.

A medida que avanza la historia las criadas comienzan a reconocerse entre ellas. Hay un momento clave en el que en medio del supermercado, uno de los únicos lugares en los que pueden comunicarse entre ellas, las mujeres vestidas de rojo comienzan a presentarse en secreto entre todas, asumiendo que decirse por el nombre propio en Gilead es un acto revolucionario.

Call me by my name

No por nada en Harry Potter a Voldemort le dicen el innombrable o nosotros evitamos nombrar a cierto presidente riojano con patillas: el nombre invoca, representa, y es mucho más que una palabrita que eligieron nuestros padres de una lista de palabritas que les gustaban.

En la Mitad Siniestra de Stephen King un escritor alcohólico (valga la redundancia) tiene mucho más éxito con las publicaciones que realiza bajo el nombre de su seudónimo que con sus propios libros. A lo largo de la historia su otro nombre adquiere una identidad macabra que lo atormenta y le hace daño. El argumento no es más que una deformación literaria de algo que vivió el propio Stephen King con su alter-ego Richard Bachman, bajo el que escribió una serie de libros que se diferencian de las demás publicaciones del autor al tratarse de un terror un poco más psicológico y de ciencia ficción que sobrenatural.

Su biografía aclara que Richard Bachman nació en 1940, se enroló en la guardia costera para luego asentarse en una granja en New Hampsire con su mujer. Tuvieron un único hijo que murió ahogado en un tanque de agua a los seis años. El insomnio de Bachman durante las noches lo llevó a escribir las siete novelas que publicó antes de morirse. Nunca existió, pero tuvo un funeral organizado por Stephen King, quien luego aclaró al respecto:

“Bachman era a quien yo recurría cuando tenía que desahogarme. Sin embargo, eso no explica por qué experimentaba la incesante necesidad de publicar lo que escribía aunque no necesitara el dinero.  Ahora la gente me pregunta por qué lo hice y creo que no tengo ninguna respuesta satisfactoria. Lo bueno es que no he matado a nadie”.

 Para deshacerse de su otra identidad, el archi famoso escritor de horror escribió el nombre de su seudónimo en una lápida y organizó un sepelio. Le dio entidad a una parte suya para identificarla y luego eliminarla. En Gilead June busca todo lo contrario: resucitar su verdadero yo que está enterrado en vida por sus opresores.

Todavía hay gente que insiste en oponerse a las ampliaciones de derechos que se relacionan a alterar el nombre en base a cómo percibe su identidad cada uno, como si no tuviera importancia. Como si no tuviera todo el sentido del mundo pretender que te llamen por tu nombre, el que expresa quien sos realmente. En resumen, pueden pasarte cosas relacionadas con el nombre muchísimo peores que no ser reconocido por el almacenero de tu barrio. Aun así, yo considero una pequeña victoria que me digan “hola Manu” cuando entro al almacén, un miércoles cualquiera a las dos de la tarde.

“Me llamo June” dice la voz de Elisabeth Moss para cerrar el episodio piloto de El cuento de la criada. Y condensa en esa sola oración el reclamo de que la reconozcan como tal y la seguridad de que mientras ella recuerde eso la lucha por la libertad va a mantenerse activa. Mientras ella no olvide su nombre ni todo lo que él representa, existe una pequeña luz de esperanza, aun en ese contexto despiadado.

 

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