La juventud en las PASO 2019

[Política. Juventud. Salida laboral. Macrismo. Kirchnerismo. PASO 2019. Alberto Fernandez. Mauricio Macri. No future. Encuestadores. Feminismo. Ni una menos. Santiago Maldonado]

por Diego Rach (@tre393)

Quién se lo hubiera esperado. ¡Hasta los mercados reventaron el lunes por la noticia! En los medios, los economistas dicen barbaridades al respecto. Que el dólar saltó por la desconfianza, que las acciones cayeron por el nerviosismo, que el índice Merval se tiró de clavado porque el candidato contestó tarde el wasap o que el valor del peso argentino se fue por la canaleta de la especulación. Estuvimos mal. Muy poca responsabilidad afectiva muchaches, hay que juntarse a hacer autoconciencia.

Ahora bien, salvando la gravedad del momento, hay una agenda que está en juego para la juventud como consecuencia de estos estragos económicos, pero también de una larga ausencia. Desde 2012, una reforma de la ley de ciudadanía (Ley 26774), permitió a las y los pibes de 16 años ejercer el derecho al voto, de manera obligatoria, pero sin sanción en caso de abstención. Según el Ministerio del Interior, el número de jóvenes que participa fue en aumento desde que se implementó por primera vez en 2013.

La juventud aparece cada vez más frecuentemente en el discurso político. La palabra y el tópico se escucharon en la campaña. Aunque después de las PASO, francamente poco. Pero se comprende que se abunde en la economía. Todos ahí viendo el precio de la divisa en el celular, buscando cuánto trepó el riesgo país, qué dijo el FMI o el ex ministro, o el vice ministro del ex ministro sobre una medida que se anunció ayer a las 16 hs. Se entiende, yo mismo estoy sumido en esta frenética montaña rusa del mercado financiero. Apuesto que tiene más adrenalina que la última película de Rápido y Furioso.

Cualquier cálculo político daría por sentado que en algún momento esa masa de jóvenes implantaría una agenda propia. Para hacernos una idea, es un electorado que representa entre el 2 y el 3,5% del padrón general. Nada despreciable. Sabemos que siempre hubo discursos apelando a la juventud como semillero del futuro. Pareciera que funciona como un plazo fijo que se renueva en cada discurso y siempre genera un cierto margen de interés. Pero tener el voto es otra cosa.

La interpelación va de la mano de algunos puntos aburridos pero certeros de la situación actual. Según los datos del segundo semestre de 2018 del Indec, hay algo así como un 32% de pobreza en el país, del cual el 60,9% tiene entre 15 y 29 años. La desocupación (los jóvenes que buscan activamente laburo), es del 28% en los varones y 24,7% en las mujeres—salvando el binarismo desde la estadística. El empleo formal es bajísimo y la informalidad escandalosa.

Quizá algo de esto movilizó el voto joven hacia la opción mayoritaria en estas últimas elecciones. Hay algunas notas al respecto en la agencia Bloomberg y en El País. Un estudio en CABA hecho por Daniel Schteingart y otro por Andy Tow marcan la relación entre el precio de metro cuadrado habitado y la propensión al voto. En twitter hubo gente inteligente que hizo la comparación gráfica antes que la sociología. Pero el dato es llamativo: hay correlación entre el poder adquisitivo y la mayor edad en el voto a Macri. Algo que era un poco evidente si alguna vez nos cruzamos con esas marchas de los Defensores del Cambio de la tercera edad.  Suena a nombre de equipo de fútbol de la B nacional ¿no?

Pero no me interesa tanto qué votamos los jóvenes hoy, sino cómo la cultura política de las juventudes de las últimas décadas hizo posible esta inclinación actual. Cualquier crítica sociológica diría que, desde el vamos, hablamos desde un lugar. Por ende, tampoco podemos hablar de La Juventud. A menos que tengamos a mano unas tablas de Excel llenas de viciosos datos. Pero quizá podemos reparar en un par de imágenes recientes. Por otro lado, todo corte de clase, de género o de generación goza de sus propios límites.

Stuart Hall escribió que “la juventud” como concepto nació en el discurso periodístico de la posguerra y se convirtió rápidamente en una metáfora del cambio social. En Argentina tenemos una colección de etiquetas: la gloriosa juventud, la juventud perdida o la juventud es el futuro. Discursos paternalistas y gerontocracias devotas de los secretos familiares y las definiciones de camarilla. Todos tuvieron su coronado opuesto generacional, los gorilas oligarcas en la versión setentista, los viejos vinagres o las momias que aparentan 23, como dice el reggae para Mirtha de Intoxicados. Y hace poco Wos le cantó al mago que nos quiere hacer desaparecer en CANGURO.

 

Hace casi veinte años, el 2001 sacudió los cimientos de la idea de representación y modificó su ejercicio hasta nuestros días. En el medio, estuvo la experiencia de los gobiernos kirchneristas. Para algunos, una iniciación al campo de la política, una politización que fertilizó todo el terreno desde el 2001 y que luego un gobierno institucionalizó, encauzó y organizó. Nadie ignora, sin embargo, que en los últimos años, el impacto de los acontecimientos del milenio empezó a decaer. La receta para superar las crisis es eso que tus amigos te recomiendan a modo de consuelo: “tiempo, hermano”.

Por lo tanto, es difícil ignorar que en los últimos años cambiaron un par de cosas. No por causa de vientos en la superficie, sino más bien por movimientos sísmicos. El ejemplo más claro y potente es la dislocación que el movimiento feminista está haciendo en los cimientos de nuestra forma de vernos, percibirnos y relacionarnos. En cierta medida, hay algo de la acción social que se alteró y que sigue desplazándose.

Ese corrimiento del feminismo es sin dudas el índice de nuestra época. Y su rápido paso de la consigna de resistencia “ni una menos” a la ofensiva “se va a caer”, marca el alcance de su proyecto político. En el curso de unos años, descubrimos que nuestros ídolos eran unos forros, que los abuelos eran unos fachos y que los senadores eran más burros de lo que imaginábamos. Descubrimos que los padres pueden traicionar la revolución de las hijas y que nuestro mejor amigo puede aparecer en un escrache por machirulo.

Pero las cosas son paradójicas. No había un recital de rock en 2017 donde no apareciera en escena la pregunta ¿Dónde está Santiago Maldonado? El 7 de septiembre Salta la Banca paraba un recital y proyectaba el rostro de Santiago en una pantalla del anfiteatro Cocomarola de Corrientes, bastión del macrismo. El 20 de Septiembre, el cantante Aysine era denunciado por acoso sexual. Muchos músicos fueron denunciados y los que no, quedaron bajo sospecha. Se quebraba así el aura que enaltece a los artistas en cualquier sociedad y los exculpa de todo exceso. Se cortaba un filamento de la sociedad.

¿Cuánto queda de la escena cultural de los 80s y 90s? ¿Cuánta de la liturgia del rock chabón que para esas generaciones era el equivalente de barrio y protesta? El incendio de la República de Cromañón en 2004 y la avalancha en el recital del Indio en Olavarría en 2017 son las dos tragedias que marcaron el pulso de esa tradición. Con la cumbia parece haber sucedido algo similar, pero en sentido opuesto, rompiendo las barreras clasistas. Ver a Pablito Lescano tocando en el escenario del Lollapalooza fue simplemente épico.

Los años del kirchnerismo fueron tiempos de un boom del consumo. Despertaron un voraz deseo que perdura y que la crisis financiera puso en peligro. Es quizá lo más absurdo del programa de gobierno pro mercado. Atravesar estos años hizo a la gente más cautelosa, en lo económico y en lo político. En general, los tiempos de crisis instalan el miedo y colectan la resignación. Ni tumbar el sistema en 2001, ni la redistribución de la renta agraria en 2011. Después de un entretiempo de orden & retroceso, la moderación se convirtió en la regla.

Pero esta cautela es estratégica. Parece ser el aprendizaje de años de errores por exceso o por defecto. No es el tradicional cálculo codificado en el culto cristiano y empresarial del partido de la Chiqui Legrand. Más bien una cautela necesaria, urgente frente a los inconvenientes de la coyuntura, frente a la sensibilidad de los insensibles, frente al peligro de los insensatos y opuesto a cualquier exceso que haga tambalear este forzoso equilibrio. Parece por momentos una fuerza agazapada en posición de gladiador. Quizá parte de este aprendizaje vino de la discusión de la Ley IVE del 2018. Quizá el pragmatismo es un arma a favor de las conquistas y no una bajeza moral. Quizá las alianzas y las traiciones no respetan sellos partidarios, sino generan vínculos estratégicos.

La Constitución Nacional exige la edad de 25 años para candidatearse a la Cámara de Diputados (art.48) y de 30 años para el caso del Senado (art.55). La legislación varía en los distritos. En CABA, por ejemplo, solo se requiere ser mayor de edad (art. 70 inc. 3 de la constitución de la Ciudad de Buenos Aires). Esto es lo que habilitó la posibilidad de que Ofelia Fernandez pueda llegar a ser la legisladora más joven de Latam. Su candidatura representa un nuevo salto a la disputa institucional de las juventudes, que por otro lado, ya estaba presente en la militancia y el gabinete joven de muchos partidos.

Pero la clave para pensar la posibilidad de una agenda es quizá sus formas de participación. Si el tiempo del kirchnerismo supuso una politización de la sociedad, las juventudes participaron de distintas formas: en centros de estudiantes que se fueron recuperando lentamente, en movilizaciones por causas ambientales, de derechos humanos, contra el gatillo fácil, a favor de la legalización del aborto o por la despenalización de la tenencia de drogas para el consumo. También fueron los años del estallido del foro virtual de las redes sociales, el parlamento maximalista de facebook o la inmediatez minimal de twitter. Una generación de nativos digitales, como dicen las crónicas sociológicas. Se juega en parte, la tenacidad de una vieja frase que definía a la juventud: No Future.

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