Kung Fury o Museo de la novela de Youtube

por Jorge Charras (@CaciqueJackaroe)

¿Cómo conviven Hitler, las artes marciales, Thor y la mitología escandinava con los dinosaurios? Sólo un artefacto de la cultura pop puede responder con suficiencia a esa pregunta nunca formulada pero presentida ya en el enorme archivo Web. Hablamos de Kung Fury, la película dirigida por David Sandberg, un sueco que abandonó el oficio de director de publicidades para realizar su primer cortometraje. Como un fractal, el proyecto replica en cada punto la lógica de la Web.

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En primer lugar, con el bolsillo árido como un paisaje de Suecia, el director decidió financiar su corto vía crowdfunding, una suerte de neomecenazgo 2.0, donde lo recaudado trepó más allá del pedido inicial de 200.000 dólares hasta alcanzar poco más de 600.000. Fueron más de 17.000 aportantes. Eso pasó entre 2013 y 2014.

La película se estrenó por fin hace un par de semanas, vía Youtube, y consiguió competir en Cannes. Perdió, es cierto. Pero ¿es motivo para dejarla de lado como un inteligente experimento aspiracional fallido? Creo que no. Hay ahí un túnel interesante para entrar a la ratonera Web.

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En el volumen editado por Caja Negra,“Retromanía”, Simon Reynolds dedica un ensayo a Youtube en el que lo piensa como un archivo paradójicamente ordenado por el caos. Su artículo “Recuerdo total. Música y memoria en los tiempos de Youtube” se refiere a la plataforma con diferentes metáforas todas vertebradas por una columna común. “Caos indiscriminado de salvataje cultural amateur”, “expansión astronómica de los recursos de memoria de la humanidad”, “ático abarrotado catalogado y anotado sin rigor”. A fin de cuentas, Reynolds, un crítico por momentos borgiano y melancólico, añora las búsquedas en las polvorientas y laberínticas estanterías de un biblioteca o las bateas de discos. Sin embargo, voluntarioso, elige de la Web los sitios under que funcionan según el rigor archivístico, como Ubu Web, la British Library o blogs como The Sound of Eye. Una estética y un gusto por esa modulación de lo vintage.

Para defender su postura, Reynolds cita en extenso a  que define Youtube según dos aristas: la re-mediación y el post-broadcast. Un campo completo de la práctica cultural, Youtube, depende del output mainstream, o en otras palabras, es una subordinada de la teve. La re-mediación y el post-broadcasting serían las operaciones mayoritarias en la plataforma de videos. De paso señalemos que también ese post encaja con la teoría del pastiche y la cita posmoderna. Ojo, esa idea supone una serie ordinal: tele-internet. ¿Qué pasa con fenómenos disruptivos como Kung Fury, ejecutados e incluso financiados por y para la web? ¿Cabe una revolución en una película de media hora?

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Del argumento poco podemos decir. Un policía, Kung Fury, precisamente, ve morir a su compañero, al tiempo que un rayo lo impacta y es mordido por una cobra. Se vuelve, en ese instante, maestro de cierta variación Kung Fu. El resto es igual de inverosímil, incluyendo una pelea con Hitler, que pretende viajar en el tiempo para lograr su cometido de ser amo universal. Encuentros con Thor, un nuevo compañero policial que tiene por cuerpo uno humano y por cabeza una de Triceratops, entre otras delicias como el hackeo al tiempo para viajar a través de él.

Pero atendamos a una cuestión más general. La historia prolifera casi sin el control sublime de la grandes narrativas televisivas, digamos, la shakespereana Game of Thrones. Es más, en ese frenesí, la máquina narrativa se parece mucho a la literatura de César Aira. El escritor de Pringles, antes de claudicar, sostuvo, en sus inicios, que frente a la restitución del modelo clásico de la novela como un gesto posmoderno, la única salvación para la literatura era narrar y narrar sin parar. La comparación, por supuesto, habilita una serie de preguntas. ¿Y si las series televisivas hoy representaran el conservadurismo de las historias contadas de manera sólida? ¿Es Youtube, como lo fue la vanguardia para el gran César, el motor para renovar la imaginación narrativa del Siglo XXI? El mismo Reynolds señala, por ejemplo, el carácter proliferante e incluso absurdo de las listas sugeridas por la plataforma, que señala continuaciones insospechadas de lo que uno esta oyendo en ese momento.

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¿De verdad puede internet comenzar a modificar ciertos hábitos de la televisión? Un dato. Para algunos la mejor serie, incluso por encima de tanques como Game of Thrones, Mad Men tuvo apenas ocho millones de televidentes en Estados Unidos. Claro, en las redes que todo lo amplifican, el consumo se registró de otra manera. ¿Qué pasó con esa sensación de que miramos lo que miró todo el mundo? Un paréntesis es necesario para entender mejor la cuestión. Recién ahora Nielsen, una empresa que mide los consumos televisivos, incorporó en sus estadísticas el de los medios digitales. La importancia de esta medida es que permite fijar el costo del segundo publicitario. Pero también de medir la importancia de los gustos en las redes para componer nuevas estrategias de supervivencia para la Tv.

Hoy por hoy existen pocas series que comiencen a incorporar y sólo como remedos las narrativas digitales. Pero los viejos zorros ejecutivos de la televisión lo han aprendido y de a poco, sin salir de su bosque cotidiano, intentan cambiar la ecología de la Tv. ¿Veremos algún día series donde todo se resuelva de los modos más delirantes? Propongo una pista: el guante lo recogieron series animadas como Regular show o Adventure Time, que, sin ninguna casualidad, cayeron tan bien al consumidor web.

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