La arquitectura de lo oxidado

[Familia. Arquitectura. Reta. Francisco Salamone. Mar del plata. Provincia de Buenos Aires. Derrumbe. Stephen King. Derry. Córdoba. Parque Sarmiento. Vuelta al mundo]

“There is a place
Where I can go
When I feel low
When I feel blue”
—The Beatles

por Manuel Rivero (@_maneul)

Hay una relación inevitable y obvia que se genera entre las historias y los lugares en las que estas transcurren. Cada recuerdo queda impreso junto a un espacio determinado. Hay lugares por los que nunca voy a volver a pasar, que se desvanecen en mi memoria a la par de los momentos que viví en ellos. Hay calles que creo desconocer hasta que al pasar frente a un edificio en particular alcanzo a ver un momento de mi vida, atrapado en el hall, entre los sillones de cuero falso.

Existen esos lugares a los que uno vuelve constantemente. Extensiones de tierra y cemento sobre los que reescribimos una y otra vez la narrativa de nuestra vida. Espacios que se vuelven protagonistas de una película larguísima que atraviesa diferentes climas y se oxida con el paso del tiempo. Esas construcciones que nos ven nacer, crecer, morir, como espectadores de la brevedad de la vida.

1.

Hace veinte años mi familia se va de vacaciones al mismo lugar. Un pueblo ubicado justo en el centro de la curva que hace el mapa de la costa de Buenos Aires. Se llama Reta (el ochenta por ciento de la gente a la que se lo mencioné alguna vez hizo cara de no tener idea de qué le estoy hablando) y está a una distancia relativamente cercana de nombres más conocidos como Claromecó o Necochea. El pueblo es muy chico, con calles de tierra. El centro consta de dos cuadras en las que la principal atracción es un bowling con mesas de pool que es a la vez una heladería. Un salón enorme donde se juntan los adolescentes a, básicamente, estar ahí.

Casi todos los caminos de Reta están bordeados por eucaliptos enormes que evitan que la corriente de aire fresco que viene del mar se estanque y se aplane. Una serie de médanos gigantescos divide la playa del resto del lugar. La distancia que hay entre esos médanos y el agua es larguísima. De chiquito solía ponerme de espaldas al mar y fantasear que era un explorador perdido en el medio del desierto. El calor de la arena era infernal al mediodía.

El tamaño de la playa y la baja concurrencia de turistas (comparada con la de lugares como Mar del Plata en el que los bañistas se acumulan a una distancia que les permite olerse el bronceador unos a otros) hacen que los balnearios de Reta sean ideales para el que quiere poner una sombrilla literalmente donde quiera y caminar kilómetros sobre la arena sin tener que esquivar pelotas, niños, piernas y todos esos obstáculos que presenta un balneario.

En esa extensión de la costa mi tía aprendió a caminar por segunda vez, después de una mala praxis que pudo haberla matado y cambió su vida para siempre. No hubo más silla de ruedas a partir de ese verano. No tengo dudas de que una de las razones por las que mi familia vuelve a ese lugar todos los eneros es el sentimiento de agradecimiento que les genera esa porción de suelo en la que se reencontraron con la esperanza. La imagen de mi abuelo y mi tía caminando en contra de la puesta del sol con un rastro larguísimo de huellas atrás es una postal repetida en mi cerebro. Una foto que está ahí en una repisa de casa desde antes de que yo naciera.

2.

Una de las características de Reta es su poca, por no decir nula, señal de teléfono. Entrar a internet con los datos móviles es imposible y para hacer llamadas uno tiene que dirigirse a determinado poste de luz cerca de la iglesia o subir uno de los médanos más altos. En el contexto de adicción colectiva a las pantallas y a la interacción virtual, pasar tiempo en un lugar sin señal genera al principio un sentimiento de ansiedad que luego se transforma en paz. Uno de repente tiene el poder. Es como poner todo atrás de una puerta, los chats, los audios, los mails, el día a día de un montón de personas. Siempre que fui a Reta tuve el sentimiento de que estaba pausando las cosas para poder verlas desde lejos. El celular está vacío de notificaciones hasta que uno decide trepar la arena caliente, o pagar una consumición en un local, para abrir esa puerta virtual y dejar entrar todo el ruido.

Las casas de alquiler en el balneario no agregaron wi-fi hasta hace pocos años y durante mi infancia el único lugar para conectarse era el cyber, más precisamente dos computadoras ubicadas en la biblioteca. Ahí iba a chequear las notificaciones de Facebook cuando la red no era un cementerio de memes de tías abuelas. El lugar era fresco y silencioso y exceptuando los días de lluvia no había demasiadas personas dando vueltas entre los pasillos de libros.

En casa no había televisión y yo había desarrollado un gusto por la lectura un tanto insoportable que devino en una afición a los libros de Stephen King, que mis familiares mayores no miraban con buenos ojos porque, como todos sabemos, el escritor de Maine es una especie de Cuarto de libra con queso de la literatura. A mí siempre me encantó la comida chatarra literal y metafóricamente y considero que moriré con esa pasión intacta. Así que al encontrar esa sección de la biblioteca con títulos que no había leído me metí de lleno.

Stephen King le da una importancia especial a los lugares en los que suceden las historias que escribe. Sus escenarios casi siempre se mimetizan con los sentimientos que atraviesan sus personajes. La locura de Jack Torrance se desata en un hotel inmenso y vacío en el medio de la nieve. Los pasillos crueles y fríos de la secundaria son un personaje más en Carrie. La dinámica de “pueblo chico infierno grande” que manejan muchísimas de sus novelas más conocidas permite que lo que se cuenta cobre una naturalidad muy realista incluso en las historias mas sobrenaturales.

Un día, al verme llevar la edición destrozada de Salem’s Lot, uno de los bibliotecarios me dijo que Stephen King era una empresa. Que ya no escribía sus propios libros y que entrenaba a un equipo de ghost writers para que imitaran su estilo. Si no ¿cómo se explicaba que un tipo sacara tantos libros así? Elegí no creerle pero hoy, años más tarde, me resuena esa frase en la cabeza al ver nuevos números del autor en la librería cada dos meses. Títulos que están muy lejos de generarme lo que me causó encontrar Los Tommynockers lleno de arena sobre los estantes de metal gris.

Leer en Reta tenía otra magia, capaz porque todo el lugar tiene los componentes para funcionar como escenario de una historia interesante. Una población chica, pocos turistas, una playa casi virgen y el sonido del mar como única interrupción del silencio pesado de la siesta. Esa calma que esconde abajo la tensión de que algo está por pasar.

Algo así debe haber sentido Juan Sasturain, la única persona relativamente famosa que veranea en Reta (además de algunos miembros de La Renga que teóricamente vio mi abuela), que basó su novela policial Arena en los Zapatos en un contexto prácticamente idéntico al pequeño pueblito de la costa. Historias previas del detective Echenique, protagonista de la novela, también fueron escritas desde el balneario. Un día lo vi a Sasturain en el almacén a la mañana y no me animé a saludarlo. Me acuerdo bien de ese día porque la cajera se me rio cuando escuchó que le decía cara sucia a lo que ella llamaba “una tortita negra”.

3.

En lo de mis abuelos hay álbumes de esos de fotoroby, chicos, que tienen fotos que indican que fui a Reta desde que era un bebé con mis padres, cuando todavía no se habían separado. Luego vino una seguidilla de años que recuerdo un poco mejor en los que mi hermana y yo fuimos solo con nuestros abuelos y ocasionalmente mi papá. Las casas de alquiler con techo de tejas de Reta nos vieron atravesar diferentes momentos de la vida. Nosotros cambiamos, pero el lugar se mantuvo igual. Como una dimensión paralela a la que nos podíamos asomar una vez por año, desde cualquier momento del tiempo.

La última vez que estuve ahí fue medio de casualidad. Mis abuelos ya estaban allá, cumplían 50 años de casados y mi papá me ofreció viajar con él, su novia y el hermano de mi abuelo. Un roadtrip con una estética y un cast dignos de un corto de I.Sat. El típico viaje familiar en la camioneta de mi abuelo con los discos seleccionados y los packs de sanguches de miga calentándose en una bolsa ya habían quedado atrás.

Las familias se rompen, se reagrupan y se renuevan de maneras que ninguna película cursi puede explicar muy bien. La ruta no había cambiado tanto: el camino a Reta es largo y atraviesa infinidad de pueblos pequeños que se agrietan bajo el sol. Vicuña Mackena, Coronel Pringles, Coronel Suarez, pequeñas localidades de las cuales apenas si conozco sus YPF y a lo sumo alguna despensa.

De la breve lista de cosas que tengo en común con mi papá destacan algunas como no sentir absolutamente nada por el fútbol, la pasión por hablar cosas al pedo, el gusto por la música y una extraña afinidad por las construcciones abandonadas. No sé muy bien cómo explicarlo, no es que seamos fans de casas viejas y arruinadas, más bien del sentimiento que generan esas estructuras pausadas en el tiempo. Esas masas de cemento y metal que algún día fueron el sueño futurista de alguien que murió hace tiempo. La nostalgia grabada en arquitectura.

No es que lo hayamos hablado mucho entre nosotros, pero es algo que simplemente asumí de chico, probablemente las primeras veces que nos llevó a mí y a mi hermana a ver la vuelta al mundo oxidada del zoológico de Córdoba. Luego de recorrer las jaulas de los leones más tristes que vi en mi vida siempre pasábamos un rato cerca de la rueda gigante. No sé si de afuera tiene algún sentido que un padre se detenga con sus hijos a admirar una mole de óxido torcido, pero yo de alguna manera siempre lo comprendí. Mis amigos no pueden entender qué es lo que me parece atractivo de la Torre Angela, es una mezcla de algo estético y algo profundo. Lo que susurran las paredes derruidas que fueron testigos de tantas historias.

A veces cuando paso por el Parque Sarmiento y veo la Vuelta al Mundo refaccionada, dibujando un círculo sobre el horizonte, extraño su versión anterior. Sus marcas del paso del tiempo, su relación más genuina con la herrumbre y la destrucción que forman parte del alma de esta ciudad.

Este sentimiento del que habló es el que justificó que mi papá se desviara del camino ese verano para llevarme a ver las construcciones de Salamone, el arquitecto que en la década del 30 hizo más de sesenta edificios para diferentes municipios de Buenos Aires. Las construcciones de Salamone no tienen nada que ver con su contexto. Rompen lo chato de la pampa con estructuras minimalistas, monumentales, frías. Entramos a Guaminí después de comer, a esa hora en el que los pueblos a lo largo del país parecen fotos del lejano oeste. La sombra desproporcionada de la torre de la municipalidad oscurecía parte de la plaza y no hubo público que se preguntara que hacíamos ahí sacándole fotos a un pedazo enorme de cemento. Seguimos por el matadero (Salamone construyó para casi todas esas localidades municipalidades mataderos y cementerios) donde tampoco vimos a nadie. Pude meterme por un costado y caminar sobre restos de botellas y escombros graffiteados. Todo parecía absolutamente cinematográfico y a la vez sin sentido. Mis fotos no lograron captar la soledad y el abandono que crecen ahí como una maleza que respira y trepa inútilmente por todos lados.

4.

Cuando finalmente llegamos a Reta caí en la cuenta que por primera vez en todos esos veranos estaba casi solo. Ya no respondía a las decisiones de los adultos mayores y no tenía a mi hermana como acompañante. Me dediqué a caminar, leer y escuchar música mientras me reencontraba con los recuerdos que construyen mi relación con el lugar. Hace una década toda la familia iba junta a la playa, nos dividíamos las sombrillas y las reposeras para quemarnos sobre la arena hasta encontrar el punto justo donde quedarnos toda la tarde. Ahora mis abuelos casi no se instalan en la playa ni se meten al mar, aunque jamás se pierdan una puesta de sol.

A unos metros del último parador de Reta hay un barco hundido. De niño, cuando me enteré de su existencia, imaginé un crucero varado con gaviotas picando calaveras y le insistí a todos para ir a verlo. Pero el barco no es más que un grupo de metales ennegrecidos que las olas golpean sin piedad.

Los hierros cada vez se ven menos. Se confunden con la oscuridad del agua cuando se hace de noche y sube la marea. Sentado ahí al frente, sin ningún mensaje que responder ni un interlocutor a quien hablarle para callar el diálogo interno, pensé de nuevo en que las familias y las personas somos como esas estructuras viejas, oxidadas por el viento y el sol. Imágenes vivas de una acción de soñar y crecer hasta el cielo que se quedó en pausa. Diapositivas que a veces parece que se difuminaran en el tiempo, pero nunca van a dejar de estar ahí, en un álbum de fotos olvidado arriba del estante.

O en al aire que viene del mar.

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