La deconstrucción, la traducción y lo extraño

[Deconstrucción. Traducción. Extraño. Idiomas. Extrañar. Los Detectives Salvajes. Bolaño. Xosé Lendoiro. 1915. Fragmentos de un discurso amoroso. Roland Barthes. Aporía. Autodescubrimiento]

por Lucas Rodriguez (@lvc4srod)

Creo que hay un momento intenso en la vida de toda persona que disfruta de reflexionar en torno al lenguaje y que se refiere al momento de la traducción y el conocimiento idiomático. Si a esas inclinaciones se le suma una búsqueda deconstructivista, el cuestionamiento es intenso: ¿cómo hacer deconstrucción sin conocimiento filológico?, ¿cómo encaminarse hacia los límites de los conceptos conociendo sus caminos en un único idioma, a veces, con suerte, apoyándose en el inglés?

Primer atisbo de respuesta: una cita que no recuerdo cuándo llegó a mi mente dice más o menos así: “quien no es capaz de encontrar todo el universo en las calles de su ciudad, no podrá encontrarlo en ninguna ciudad del mundo”. Entonces tomamos impulso en el salto para repensar nuestra cuestión, y en lo que quizás es un acto de reivindicación decimos: más importante que conocer más de un idioma es la posibilidad de reflexionar con profundidad sobre la lengua de uno. Es importante retener aquí el idioma como las lenguas históricas, sí, pero también como mecanismo que, aunque de manera siempre insuficiente, hace posible la comunicación. Entonces vemos que el camino puede ser el esfuerzo por reflexionar en torno a los significados de uno, poder rodear y encaminarse en el lenguaje que uno tiene, hacerlo con pericia, con recelo, en fin, recorrer la lengua propia como deambularía uno en una ciudad desconocida. Como lo haría al ser extranjero, al ser el extraño. Así retener, aún en la lengua de uno, el ejercicio de traducción en el que, si se me concede la violenta reducción de estas pocas líneas, consiste el camino deconstructivista: el desensamblaje, el tercer término, la inversión, la aporía, pueden todos ser pensados como ejercicios para traducir las lenguas a una lengua desquiciada.

Quizás uno podría organizar sus tiempos, para pasarse el día leyendo y estudiando, combatiendo la conectividad extrema que estamos atravesando, para ser un erudito y dejar de ser un charlatán. Al final pareciera que no hay tanta diferencia. Esta saturación del espacio virtual, la condensación de experiencias a través de celulares y pantallas ha traído consigo las más extrañas apariciones, y hablo de apariciones. Probablemente todes hayamos hecho por lo menos una videollamada, que puede haber sido más o menos despreciada, podemos habernos pasado una hora mirando nuestra pequeña cara, o podremos haber realmente entablado una conversación. Imagino que más de un viejo grupo de whatsapp que llevaba años en desuso volvió a enviar sus notificaciones, para leer a personas que llevan años sin hablarse/escribirse que se extrañan. No puedo creer, me dice y se ríe una voz desde el celular, que se hayan levantado tantos muertos.

PD les extraño

Lo que vamos a hacer entonces es jugar un poco, a ser filólogos sin conocimientos filológicos, a traducir del español al español, a verlo como si fuéramos para extraños para nuestro idioma. ¿Quiénes son los extraños? ¿Y les extrañes? ¿Qué es la extranjería? ¿Qué es lo que uno extraña?

Se suele creer que el extraño es el desconocido, que el extranjero es aquél que no está en su lugar, que deja las huellas de sus pies en un suelo que no es aquél en el que nació. Las nacionalizaciones y las ciudadanías trabajan con la extranjería y le otorgan un marco regulatorio y legislativo: quiere hacerla desaparecer, pretende que un documento, es decir un texto, difumine la extranjería. Los límites, los muros y las visas la refuerzan. El extranjero es el extraño por antonomasia. ¿Pero acaso no están todos estos esfuerzos destinados a marcar o desmarcar la extranjería justamente porque ese extranjero no es tan extraño? ¿No es tenderle una red para verlo mejor? Porque de hecho se lo ve, el extranjero siempre está siendo visto.

Entonces, si al extraño se lo ve, ¿se lo marca por qué es una amenaza? ¿Acaso se conjuga al extraño en extranjero para verlo mejor? ¿Y qué es el extrañar? Pareciera que no se puede extrañar algo que no se conoce, eso es lo que entendemos cuando decimos te extraño; nadie le dice te extraño a un extraño, porque para extrañar es necesario haber dejado de ser un extraño antes. La ironía subyacente: el extraño es lo desconocido, pero sólo se extraña algo que se conoce. Creemos que la acción de extrañar, puesto que uno no puede anhelar algo que no se conoce, es posible solo en torno a lo conocido, es decir, al hogar, a la hospitalidad, la identidad. ¿Cómo puede extrañarse algo que no se tuvo? ¿Cómo se anhela lo desconocido? Pero vamos a arriesgarnos: contrariamente a lo que se piensa, el extrañar es un verbo que nunca se puede extender por sobre lo conocido, y solamente tiene su dominio, como su sonar lo dice, sobre lo extraño. Lo que pasa, como suele pasar en aquellos intersticios del lenguaje donde dejamos que hable sin prestarle atención, es en realidad todo lo contrario: uno no extraña más que lo extraño, no es posible extrañar lo familiar ni lo conocido.

Cuando se extraña, en realidad, no se anhela aquello tenido y perdido, sino que todo el tiempo está dando cuenta de su haberse vuelto extraño. Por eso la acción de extrañar en realidad lo que hace es volver extraño a ese otre extrañado. Porque siempre hay beneficios. Por un lado, el otro, conocido antes y extraño luego, que al ser extrañado se vuelve extraño para hacerme a mí conocido, soy aquel que extraña. Por otro, el beneficio de la plegaria: hacerle extranjero para poder soñar con la repatriación, llevarlo al exilio para llorar las lágrimas del olvido, hacerlo extraño, para extrañarle y engendrar la posibilidad de que se reinstaure el hogar.

Se me permitirá transcribir un pasaje de ‘Los Detectives Salvajes’, uno de esos pasajes bolañescos que brillan por su opacidad (unas oraciones que la primera vez que las leí me llenaron los ojos de lágrimas):

“Ahora sería conveniente contar dos o tres chistes, pero sólo se me ocurre uno, así, de pronto, sólo uno, y para mayor inri de gallegos. No sé si ustedes lo saben. Va una persona y se pone a caminar por un bosque. Yo mismo, por ejemplo, estoy caminando por un bosque, como el Parco di Traiano o como las Terme di Traiano, pero a lo bestia y sin tanta deforestación. Y va esa persona, voy yo caminando por el bosque y me encuentro a quinientos mil gallegos que van caminando y llorando. Y entonces yo me detengo (gigante gentil, gigante curioso por última vez) y les pregunto por qué lloran. Y uno de los gallegos se detiene y me dice: porque estamos solos y nos hemos perdido”

¿Qué es lo tan profundo? ¿Qué es lo íntima y desesperadamente humano que se deja leer en ese ingenuo chiste? Así termina el capítulo de Xosé Lendoiro, el único vasco al que se le otorga la palabra a lo largo de la novela. El mecanismo de la extranjería y lo extraño: los gallegos son 500.000, pero estan perdidos, y porque están perdidos, a pesar de ser un montón, se sienten solos. ¿Estar perdido entonces, se refiere a un dónde o a un quiénes? Son compatriotas, pero al estar perdidos, se sienten extranjeros entre sí. No importa que seamos tantos del mismo lugar, estamos perdidos, y ser muchos no nos encuentra, probablemente nos hace estar más perdidos, y por eso lloramos. Me niego a ver solamente un chiste sobre la torpeza mental y emocional de los gallegos. Es un chiste que funciona por la extranjería radical: es un chiste sobre lo extraño, sobre lo desconocido, sobre la dimensión del exilio que se esconde aún en las nacionalidades, o en una de sus formulaciones discursivas, los estereotipos cómicos. Como bien lo dijo 1915, más allá de los documentos y los esfuerzos, lo que queda, lo que se abre en la disputa de la extranjería/nacionalidad, es la diferencia: Se lo que trajo hasta mi/ no fue el amor fue el veneno./ En lo hondo de mi texto/ soy un extranjero.

 Cuanto te extraño, mi amor

No vamos a usarla, a pesar de su rentabilidad, a la conclusión evidente, festejada por la comunidad agámica y les anti-.amor: cada vez que une enamorade le dice a su amante que le extraña, en realidad, lo está haciendo extrañe. Pensar que une puede ser totalmente extranjero o totalmente conocido es caminar por un paso finito. ¿No es el amor acaso el intento de construir una lengua en conjunto? ¿No es el intento por difuminar la línea extraña del otre? No nos interesan aquí las tecnologías de dominación que pueden imbricarse en el amor, que se de hecho son muchas, sino el juego, la lectura, la traducción del otre. Veamos los ‘Fragmentos de un discurso amoroso’ de Roland Barthes:

“A veces una  idea  se  apodera  de  mí:  me  pongo  a  escrutar  largamente  el cuerpo amado (como el narrador ante el sueño de Albertina). Escrutar quiere decir explorar: exploro el cuerpo del otro como si quisiera ver lo que tiene dentro, como si la causa mecánica de mi deseo estuviera en el cuerpo adverso (soy parecido a esos chiquillos  que  desmontan  un  despertador  para  saber  qué  es  el tiempo).  Esta operación se realiza de una manera fría y asombrada; estoy calmo, atento, como si me  encontraran  ante  un  insecto  extraño  del  que  bruscamente ya  no  tengo  miedo. Algunas  partes  del  cuerpo  son  particularmente  apropiadas  para  esta observación: las pestañas, las uñas, el nacimiento de los cabellos, los objetos muy parciales. Es evidente que estoy entonces en vías de fetichizar a un muerto. La prueba de ello es que, si el cuerpo que yo escruto sale de su inercia, si se pone a hacer algo, mi deseo cambia”

Tres pasos. El primero: explorar el cuerpo del otre como quien descubre un territorio. Internarse como quien traduce un texto que está siendo traducido por primera vez. Alerta de dominación, lectura condicionada: la conquista y el triunfo, el territorio y el cuerpo de la mujer. Segundo paso: el insecto. Los extraños nunca se van, el miedo desaparecido es hacia lo calibanesco, lo misterioso y lo deforme del insecto, pero no deja de ser un insecto, de otra anatomía. La distancia no se deja desmarcar. Tercer paso: el movimiento, la transformación, evidencia de que la extranjería esta siempre jugándose su carácter y que, asimismo, nunca podrá llegar a serlo totalmente.

Porque de ser así, creeríamos en la posibilidad de alcanzar las traducciones definitivas. ¿Y qué más pobre de espíritu y energía que aquello a lo que creemos haber desentrañado por completo?  ¿Qué más estático e inservible que el secreto que creemos poseer y solamente para nosotros? ¿Qué terrible desaparición del otre disimula la traducción total? Si pudieran borrar la extranjería del mundo como quisieran algunas personas a veces, si pudieran llegar por fin al amor después del amor, encontrarían nada más que un libro en blanco. No hay nada más extraño que lo que intenta disimular su extrañeza, nadie más extranjero que quien se esfuerza en que los demás dejen de serlo para sí. Porque antes de resolver la cuestión de si es posible o no que le otre deje de ser extranjero para uno, es necesario preguntarse si es posible que une deje de ser extranjero para une misme. Lo que para quien escribe parece bastante improbable, porque sería hasta aburrido. Una cita que volvería pedante cualquier oración donde aparezca llega a mi mente y pide auxilio: “conócete a ti mismo”. La máxima del templo de Delfos es la señal de que el camino empieza a cerrarse, lo que nunca puede significar que termina. Quien no sea capaz de internarse en su propia extranjería, no podrá acaparar la de nadie más y a pesar de eso, quien respete a todes su carácter de extranjero nunca será capaz de extrañar. Quién no busque en su propia lengua pasadizos que le atrapen no podrá perderse en ningún otro lenguaje, y aún así, parece ser necesario conocer por lo menos algunas de las trampas que su lengua le tiende, para poder brindarse y brindarla en búsqueda de una lengua de a más de uno.

De alguna manera, es terrible que todo ensayo que intenta, quizás pobremente, ser deconstructivista, tienda a terminar con/en una aporía. Y aquí ya no podemos saber si eso habla del carácter del texto, del ensayo, del mundo, de la extranjería, o incluso, de un problema de método. Estar perdido a veces es una cuestión de donde y a veces una cuestión de quiénes. La aporía, el paso sin paso, puede ser el lugar desolador que tan bien pinta el chiste de Bolaño. Pero a la vez, también puede ser como un paso fronterizo, el agitado punto de encuentro, un lugar para estar perdido, para ser extranjero y, aun así, un lugar para no estar solo.

 

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