La era de la asfixia: último capítulo de la modernidad

[Asfixia. Modernidad. Capitalismo. Covid. George Floyd. Ansiedad. Ataque de pánico. Dragon Crew. Falcon 9. Doug Hurley. Bob Bhenken]

por Nicolás Pohl (@nicol.pohl)

[nota adicional de abril 2021:
El siguiente ensayo retoma gran parte de su sentido a partir de las relaciones entre la asfixia, la racialidad, el sistema de gobierno globalizado en occidente, el desarrollo tecnológico y la promesa moderna.  Nació durante la madrugada del 28 de Mayo de 2020, durante el encierro más estricto y luego de que sea stremeada el lanzamiento del Falcon 9. Gran parte de su sentido correlaciona este evento con el fenómeno norteamericano de insurrección civil a causa del racismo estructural de las fuerzas policiales y de la sociedad misma. Capaz hoy a lo mejor el contexto ha evolucionado dejándonos ver mucho más, pero actualmente los síntomas de la asfixia siguen estando presentes dentro y fuera de nuestro planeta. Y sigo creyendo que la asfixia es una imagen esclarecedora de nuestra vida contemporánea: las promesas tecnófilas de la modernidad que avanzan sin límites en simultáneo a desastres civilizatorios cada vez más agudos]

Una voz en inglés está narrando la cuenta regresiva mientras se ve a dos astronautas en la cápsula “Dragon Crew”, bastantes nerviosos, frotándose las manos mientras piensan en todo lo que van a dejar acá abajo y en el riesgo de explotar antes de salir de la atmósfera o de que se reduzcan rápidamente a 0 las reservas de O2 de la nave. El cohete Falcon 9 toma un acelerado y progresivo impulso hacia el espacio desde el Centro espacial Kennedy de Florida. Doug Hurley y Bob Bhenken saben que abajo el país no solo está en llamas como los propulsores si no que además un virus de reciente mutación está recorriendo el globo, como una especie de fantasma invisible sobre las ruinas metálicas de los que tal vez sean los últimos modernos.

I can’t breath” pareciera ser el nuevo “slogan” mundial, por un lado nos retrotrae a las primeras imágenes de la pandemia: miles de pacientes tratando de respirar artificialmente en camillas aisladas. Por otro lado, nos encontramos con el video de un policía blanco, norteamericano, reteniendo al afroamericano George Floyd con su rodilla y aplastando el cuello del retenido. “No puedo respirar” decía el hombre que estaba siendo anulado en el suelo. Me imagino si él pensaría en ese momento que su asfixia desencadenaría en una serie de movilizaciones radicalizadas en distintas ciudades del país, uniendo a lxs cuerpxs racializadxs, enfrentándose a las autoridades blancas capitalistas en su propia casa.

Estoy seguro que Floyd no estaba pensando más que en la carencia de aire. Hoy, respirar en las calles de cualquier ciudad del mundo, puede enfermarte. No sé cómo expresarlo de forma coherente, pero creo que la asfixia es un síntoma de la época. Inclusive antes que el COVID-19 apagase millones de motores, la polución atmosférica no paraba de crecer por la emisión de gases de invernadero, efecto de los artefactos que producen su energía a partir de combustibles fósiles y muchos otros males de la modernidad. Es más, en la actualidad y con la supuesta “desaceleración productiva”, los países más industrializados del mundo han incrementado la contaminación, desregulando de a poco la emisión de CO2 en pos de “sostener la economía”. El pie en el acelerador de nuestra nave está puesto para irnos directo a chocarnos con la extinción humana y con el ecocidio más agudo que se pueda imaginar. Pareciera que otra vez tenemos que repetir el mismo mantra de siempre: “es el capitalismo” o como quieran llamarlo, aquello que acelera, produce, y se sostiene tanto en el “software” como en el “hardware” de esta matrix moderna.

Otra expresión común de la época asfixiada es el stress, fruto de la exigencia productiva. La poca diferenciación entre el tiempo de trabajo y el tiempo de vida se vuelve cada vez mas exagerada, la modalidad del teletrabajo que se impone implica una patologización de la vida cotidiana de forma clara. Los ataques de pánico se vuelven una expresión de la incertidumbre acerca del futuro, mas el miedo a seguir soportando el presente. El pánico y el stress también se vuelven asfixiantes, en ambos casos la falta de aire se vuelve un fenómeno esperable ante el encierro. Pensábamos que la pandemia nos iba calmar, que nos iba mejorar como sujetxs inclusive, pero al revés, el trabajo en red digitalizado nos limita a estar frente a una pantalla durante cada vez más horas. Es importante tener en cuenta este marco patológico, ya que mientras mas se transforma el sistema productivo hacia un régimen de trabajo digitalizado, la persona se vuelve cada vez mas sofocada y fragmentada de su espacio publico comunitario, haciendo cada vez mas difícil la articulación política con sus pares e inhibiendo la posibilidad de construir políticas que hagan frente a esta época en declive constante.

El Falcon 9 es fruto de la labor de miles de trabajadorxs cognitivos empleados por Space X; este nuevo cohete tiene la virtud de no desechar las partes que forman la estructura del cohete, ya que al separarse a medida que la cápsula va rompiendo las capas atmosféricas retornan a la tierra casi en perfecto estado y aterrizan sobre bases sólidas calculadas gracias a la astrofísica y a la ingeniería. Parece que es la primera vez desde el 2011 que Estados Unidos no manda astronautas al espacio por su propio mérito, y lo hizo gracias a la asociación de la Nasa con una empresa privada como Space X. El estado y el nuevo mercado juntos para salvar al país y al mundo occidental de los estragos de que genera su propia actividad, un increíble show de astronautas y tecnología de avanzada prometiéndonos ir más allá de los límites que nuestra atmósfera habitable nos permite. Mientras más lejos llega la cápsula en el espacio y se aleja del planeta más falta el aire respirable, y de no ser por la hipersofisticación técnica y los millones de dólares invertidos en la cápsula, la asfixia ya estaría asegurada para esos héroes de la modernidad.

Mientras los héroes se acercan a la estación internacional, aquel totem-satélite espacial del mito global, miles de manifestantes revientan molotovs tanto contra la propiedad privada de los grandes centros comerciales como en esa famosa comisaría de Minneapolis donde trabajaba el policía blanco homicida que vimos en los portales de información. Floyd se murió de asfixia, y los miles de muertos por COVID-19 podríamos decir que también, mientras una mecha que ya estaba encendida empezó desatar explosiones en la capital del imperio. Estados Unidos se ha embanderado con valores semejantes a los del antiguo Imperio Romano en sus anhelos universalizantes: un mundo que habla inglés y consume su cultura y valores como si fuesen los propios, y la inmensa diversidad cultural de este mundo encontraría una suerte de cenit civilizatorio bajo su tutela. Recordemos que todo gran imperio como todo gran poder tienden a la larga como a la corta a desarmarse y caer. Al imperio romano lo destruyeron no solo los “bárbaros” sino también las grandes hambrunas y conflictos por la desigualdad social y cultural y la sobre extensión del territorio.

Veo las fotos del fuego en la comisaría de Minneapolis y pienso en “arde roma”,  pero el problema hoy es que si bien el fuego quema “en la capital” del imperio global y la peste sigue golpeando al dragón chino, el estado globalizado de la crisis ecológica e inmunológica nos toca a todos por igual. Si bien uno podría encontrar semejanzas a la locura de Nerón con Donald Trump tanto como con Jair Bolsonaro, la “metáfora” contractual no funciona. El enfoque del mundo globalizado, homogenizado en una misma cartera de valores, universalizado categóricamente, nos haría creer en que sí, que la capital del imperio esta en erupción y que de pronto un mar de fuego arrasa todo dejando a los países satélites liberados del yugo imperialista, pero lo cierto es que estamos todos juntos de la mano guiados por una sarta de locos en medio de una catástrofe que avanza rápido y no deja muchas expectativas al respecto.  A menos que por supuesto una suerte de consenso universal decidiera empezar a frenar un poco la maquinaria incesante del capitalismo tardío.

El Falcon 9 es una especie de fetiche móvil, cargado de sueños y esperanzas de los aparentes últimos modernos, pero con una clara función “distractora” para el pueblo que lo ha hecho despegar en simultáneo a las calles que arden y la guardia nacional que se prepara siempre para dispararle aquellos que atenten la paz, el orden y, sobre todo, la propiedad privada. Uno de esos sueños que se llevan al espacio es poder superar la asfixia que se vive acá abajo. Y eso que afuera en el espacio ni siquiera se puede respirar.  El despegue, como todo evento norteamericano, ha sido un hermoso show que por hasta yo, un pibe mestizo y sudaca, me creí honrado por un “increíble logro” para una humanidad a la que siento que no pertenezco, o al menos una que ya no me representa como antes. O en realidad es una humanidad que ya no me representa ni que deseo que sea el modelo de vida oficial de los que vendrán.

Lxs terricolas enfrentamos la tarea de poder garantizar nuestro aire y el de futuras generaciones, así también como las condiciones de habitabilidad de millones de especies de plantas, animales, microorganismos esenciales, etc.  Que “desde siempre” cohabitan en el Planeta Tierra y que establecen infinitas redes de asociación interespecies, garantizando el “libre” desenvolvimiento de los seres biológicos. Entre esos seres nosotrxs somos solo una parte de la cadena biótica, pero empezamos hace rato a ser agentes geológicos de transformación del espacio terrícola teniendo cada vez más responsabilidad sobre el cuidado y preservación de las formas de vida que no son la nuestra.

Aún tenemos miles de deudas pendientes entre nosotrxs mismxs en lo que respecta a la historia del sometimiento y las formas en que se dan las asociaciones que tenemos entre nosotrxs. Sin contar además el comportamiento rapaz sobre los “recursos naturales” y el fanatismo extractivista.  La modernidad nos prometió un mundo sofisticado tecnológicamente que nos resolvería tarde o temprano todas las deudas y desigualdades, un futuro magnífico en donde los límites del planeta ya no sería un problema, inclusive el aire que se respira tampoco lo sería.  Pero la emergencia que tiene la vida es tan acelerada, se mueve tan rápido, y a veces hasta por debajo de lo visible y lo mensurable. Nos pone cada día a prueba para tratar de dimensionar si vamos a poder realmente lograr los futurismos ficcionales que nos han prometido. O tal vez es mejor tratar de reparar los desastres que cometemos actualmente y responsabilizarnos por los daños hechos para poder así, gracias al intelecto y esfuerzo colectivo, planificar nuevas formas vida humana que permitan la coexistencia con todos los demás seres. A lo mejor ahí están las respuestas para nuestros propios conflictos “humanxs”.

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