La gente muere de noche

[Muerte. Noche.  Phillippe Ariés. Juicio Final. Cielo. Infierno. Dios. Diablo. Entierro. Cremación. Bojack Horseman. Free churro. Augustus Craven]

por Gaspar Roulet (@rowletg)

En Estados Unidos (‘murica, fuck yeah!) hay un lugar que se llama ALCOR. Son una empresa privada que presta un servicio que si bien todavía no es muy conocido pronto lo será: preservación de cadáveres.

Con dos convenientes y para nada módicas tarifas, ofrecen preservar la totalidad de tu cuerpo o solamente tu cabeza. Firmás un contrato y ya está: te inyectan una serie de líquidos sobre los que no vale la pena entrar en detalle, y te guardan (a vos o a tu cabeza) en unos tubos gigantes por donde circula nitrógeno líquido todo el tiempo.

“No ofrecemos inmortalidad” es prácticamente el lema de la empresa, que repite una y otra vez que lo único que brinda es la posibilidad de que en algún momento, cuando la sociedad disponga de la tecnología necesaria, te revivan.

Y que exista este lugar lleva a uno a preguntarse: ¿por qué tanto miedo a morir?

Está en mis huesos, es lo que se ve en mis costillas

Phillippe Ariés escribió un libro que se llama Western Attitudes Toward Death from the Middle Ages to the Present, donde desarrolla la idea de lo que él llama la muerte domesticada.

Se comulga con ella en un lecho con frialdad protocolar pero de una comunidad inmensa: la persona moribunda reúne a su familia y afectos alrededor de la cama donde yace y rememora los hitos de su vida ante su oído suponemos que atento (como una banda que toca los grandes éxitos en su tour despedida) para después escuchar, perdonar, ceder sus bienes y, finalmente, ceder su vida. Los niños juegan en un rincón y conviven con la muerte, la ven, todos la ven y ninguno la señala, simplemente se les une.

Acá el primer destello de fabulosidad: la muerte es una bestia implacable a la que se domestica cediendo. Sigue la lógica del tributo, en el mercado de los cuerpos (y de la vida en sí) todo tiene un precio[1] y cuanto antes esto sea reconocido más rápidamente se va a dejar de luchar contra la corriente, que eventualmente nos llevará a la orilla para contarnos que tenemos una oportunidad más o nos arrastrará a lo profundo, donde tenemos que entregar lo más preciado que tenemos casi como si no nos importase[2]. Y la muerte se domestica dos veces al despojarla de su poder, que descansa puramente en lo simbólico porque el encuentro con ella nunca sucede, cuando estamos ella no está, y solo llega cuando ya nos fuimos[3]. Si se piensa a la muerte como una etapa más de la vida, si se la rebaja al plano de lo doméstico y pasa a integrar el plano de las casas como los baños o las habitaciones, lejos va a estar de preocupar y sorprender.

¿Qué dice el veredicto? Es así por circunstancias de mierda

Pero ya no somos tan resueltos como para simplemente aceptar la muerte y punto. Según Phillippe hay un momento de quiebre (bah, hay muchos, pero este es quizás el mayor): la idea de Juicio Final. Con distintas variaciones a lo largo del tiempo, que van desde la corte apostólica presidida por J.C. himself, hasta la disputa a los pies de la cama entre el bien y el mal personificados por el Diablo y Dios que pesan el alma y juegan la carta de la última tentación para determinar el futuro post-terrenal de la persona moribunda.

La idea de juicio siempre es individual, lo que le quita la posibilidad de simplemente dejarse llevar, porque si antes terminábamos todos en el mismo lugar, ahora la muerte tiene una instancia previa que puede acabarlo todo. Su carácter colectivo desaparece y cada uno es juzgado de manera individual y drástica. Cual Cuestión de Peso Divino (quizás incluso menos maligno que el Cuestión de Peso normal), el destino lo determina la balanza (to tell the truth, I got a problem with eatin’, I’m not supposed to be off in here).

Para colmo más problemas (siempre hay más problemas): la poesía de los siglos XV y XVI saca a relucir una característica del morir que si bien siempre estuvo a plena vista, no era evocada (esas cosas que se dicen sin decir, que se muestran sin mostrar), la descomposición.

No solamente la post mortem sino la intra vitum, la vejez como la descomposición de una fruta, la oxidación de una manzana que se presenta como preludio de lo inevitable. Es el fracaso simbólico de la humanidad ante la naturaleza y el comienzo de la preocupación por la existencia de un más allá.

Juzgados, solitarios, desesperanzados y descompuestos.

Espero que este movimiento me lleve a la satisfacción

Pero dejando atrás al siglo XV y XVI, entramos en un momento mucho más interesante aunque menos pomposo, descomponerse no importa. Si ese era el fracaso antes, ahora pasa a ser totalmente irrelevante. La certidumbre de que vamos a descomponernos no significa prácticamente nada en términos de terror.

La muerte pasa a funcionar como espejo, es la herramienta fundamental del autoconocimiento (speculum mortis) porque uno existe y es, en tanto eventualmente morirá.  La individualidad nace del seno de un destino colectivo, de lo que se elige hacer a sabiendas de que el tiempo es corto. La (más que nunca) deadline que le sirve al individuo para determinar quién y qué será.

Pero no solamente se empieza a vivir con la muerte como límite, sino que a esto se agrega el saber que todas las personas que queremos pueden morirse de un momento a otro. Ariés dice que desde el siglo diecinueve se recae en la preocupación por la inminente muerte del otro.

Algo que lleva a un luto histérico, lágrimas en féretros y en todos los rincones de las habitaciones donde antes todos, incluso niños que jugaban y corrían de acá para allá,  recibían la presencia de la muerte con total normalidad. El fallecimiento propio ya no importa de la misma manera que antes, el pánico colectivo es constante y es siempre es en función del otro.

Voy a estar afuera, en la tierra

 Hoy todo es distinto porque ya la muerte ni nos toca de cerca. Hay terror ante la idea de sentir dolor, lo que lleva a muertes procedimentales: las muertes de hospital.

Lidiar con la muerte se transformó en lo mismo que lidiar con un electrodoméstico roto. Ya no existe la idea de comunidad en el acto de morir, es un procedimiento quirúrgico. Hay una suerte de cadena de ensamblaje en la muerte: del diagnóstico al tratamiento, a las visitas frecuentes al consultorio, a la internación, a la resignación, al coma inducido si hay suerte, a la muerte. Morirse dejó de ser un acto natural para ser un procedimiento médico. Perder la vida en la casa es inconcebible y evitado a toda costa no solamente por el hecho de querer salvar a la otra persona, sino también por la protección infantil de un ego frágil y gigantesco que impide lidiar con lo inevitable, empujándolo casi a la clandestinidad, para que ojos acostumbrados a las consignas que impulsan la felicidad constante no tengan que sufrir ni un miserable segundo aún cuando indefectiblemente los humecta y lo saben.

Todos sabemos que la muerte está entre nosotros, pero nadie tiene que señalarla. Ocurre en las sombras, la gente se muere de noche cuando todos duermen, bajo tubos fluorescentes y entre paredes blancas. Los niños no se enteran, la gente no lo discute, las lágrimas se contienen, acá no pasó nada. Hay un mundo aparte donde la muerte ocurre, no el nuestro, no el feliz. En el mundo feliz no hay momento ni excusa para sumergirse en el dolor propio, solamente se puede consumir el ajeno y siempre bajo ciertas barreras.

Todo termina en la última de las prácticas, el final de los finales, la cremación. El desprendimiento último de la muerte: la desaparición del cuerpo, el último paso en la supresión un luto que con el correr de los siglos se ha vuelto cada vez más minúsculo. No hay ciclos, finalmente se le ha “ganado” a los monstruos de la descomposición y la muerte, uno se quema en la hoguera y el otro es desterrado e ignorado.

Stupid ***** you can get it, get it?

Hay un capítulo de Bojack Horseman que se llama Free Churro (que merecería un ensayo aparte, algo que no voy a hacer). Son veinticinco minutos de eulogía donde Bojack recuerda a su madre con todos sus horrores y donde recrimina todos los males que le causó en la vida. Entre medio de todo eso tiene un par de reflexiones sobre la muerte que invitan a que deje de ser tabú y objeto de terror para aceptar que forma parte de la vida, entre las cuales está esta:

“Cualquiera pensaría que saberlo (que podemos morir en cualquier momento) nos haría más aventureros, bondadosos y comprensivos. Pero no, nos hace pequeños, estúpidos y mezquinos”.

El coqueteo con la muerte es parte de su vida, la busca y le aterra, y durante toda la serie tiene actitudes de mierda y una apatía absoluta salvo en momentos muy específicos donde incluso era vulnerable pero para su propio beneficio.  Todo esto cambia casi sobre el final de la serie (obvio, se viene gestando desde antes) cuando tiene la llamada con Diane en el anteúltimo capítulo, donde después de una cena y de la función de shows Bojack escapa de un líquido negro que lo persigue todo el episodio. Primero está desesperado y después simplemente se rinde, totalmente entregado a la muerte, y en ese momento tiene este diálogo:

—¿Qué hago ahora?

—Bojack, no importa.

—Si no importa, ¿me puedo quedar hablando con vos un poco más? ¿Cómo estuvo tu día?

—Bien, mi día estuvo bien.

 Es el fin del miedo a la muerte propia entre medio de la marea negra que todo lo lleva por delante, cuando más miedo debería haber ya no existe, y tampoco es resignación, es simplemente un proceso de aceptación. Algo que encuentra un gran complemento en otra serie, que adquiere una profundidad aún mayor.

En el octavo capítulo de The Midnight Gospel, Clancy charla con su madre. Ambos envejecen con el correr del episodio, que no es otra cosa que un extracto de un capítulo del podcast The Duncan Trussel Family Hour, que tiene como host a Duncan Trussell (Clancy en la serie) y como invitada a su madre (Deneen Fendig), donde ambos charlan sobre cómo ella va a morir de cáncer dentro de poco tiempo.

La conversación es completamente real, y se trata un poco el tema de la muerte como procedimiento cuando ella cuenta que pagó por adelantado su funeral y su cremación y cómo le parecía una locura y el precio, por favor arreglar el precio a pagar con débito para tu propia cremación seven hundred dollars thank you very much.

A medida que la charla se pone más intensa y Duncan empieza a tener pequeños sollozos esporádicos, le pregunta a su mamá cómo va a poder lidiar con su muerte. En sus palabras: “¿Cómo lidias con un corazón roto?”. Y su mamá simplemente le responde: “Llorás” (Cry rivers, swim to the shore and chop timber).

Como no tengo idea de cómo cerrar, voy a dejar un fragmento de las memorias de Augustus Craven, que forma parte de su diario y su correspondencia, y me parece que puede funcionar para la idea general:

“Creo que mi padre y mi madre nunca habían encontrado antes tanta satisfacción en el amor de sus hijos, ni tampoco habían saboreado tan pacífica felicidad como lo hicieron al vernos alrededor suyo. Habíamos llegado a la cúspide de la satisfacción terrenal, hay que reconocerlo, esta nunca antes fue iluminada por una luz tan brillante.

Si alguna vez se dijo que la brillantez de la felicidad no podía durar, quizás haya sido a causa de la nuestra. Fue en ese momento que Eugenie exclamó: ‘¡Qué hermosa es la vida! ¿Qué será entonces el Paraíso? La muerte es mejor que esto?’

Y aún así la muerte completa la belleza de la vida humana, porque ‘las oscuras costas de la muerte se entretejen con el lazo del amor, y lo hacen más hermoso’” (Well time waits for no man and death waits with cold hands, stupid ***** you can get it, get it?).

 


[1] Un gesto tonto que se crea y agota en el instante en el que vos reconocés que esto es tuyo y no mío y sin embargo yo lo puse acá y vos pensás que soy un imbécil. Dejalo, no lo saques.

[2] La corriente pocas veces es benevolente.

[3] Todo siempre tiene un toque de trillado, acá está el primero.

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