La loca que vivió como yegua: algunas notas sobre Pedro Lemebel

Por Florencia López

Parece revivir desde el pasado,
el fuego que ardió bajo cenizas, 
el tiempo y la distancia
no lograron apagar…

Lemebel,
Carrozas chantillí en la plaza de armas.

 

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Dude sólo por un momento si escribir o no este ensayo. Pero sólo un momento. Spinoza dice que la duda, la fundante cartesiana de la filosofía moderna es un afecto triste. Entonces ahí se erradicó ese afecto que nos quita claridades y tomé las teclas de este barco digital. Es que para escribir sobre Lemebel habría ante todo que estar contentos, pero además tener mucho cuidado para no ser injustos, para no olvidarse de nada. Él, uno de los maestros de la descripción minuciosa, de la militancia y sobre todo de algún tipo de justicia. Además, para escribir por Lebemel habría que nunca decirlo todo. Habría que aprender un modo de siempre dejar algo en el tintero que espera ser explorado, pero que invita al mismo tiempo a la pregunta, que por cierto, no es lo mismo que la duda.

A la lógica cartesiana del “pienso y luego existo”, Pedro, sí es que me permitiría tutearlo, lo redobla para existir, escribir y pensar de un modo poco imaginado y mucho menos experimentado en nuestra América del Sur.

Su trayectoria artística multifacética inaugurada por la performance que lo acompañó hasta los últimos días de su vida, atravesada por la escritura de un modo pronunciado como forma de gritar, habitar y reclamar el espacio y la militancia fundamentalmente arraigada a los derechos de los solos, los expulsados, los que nadie quiere, los apartados, los diferentes. Son algunos de los componentes de este hombre que no fue sólo un escritor, no fue sólo un militante ni fue sólo un amante. Fue como, dijo alguna vez Badiou, todos esos elementos juntos, en una proporción revolucionaria y alentadora para muchas generaciones. Su vida: una suerte de experimentación que la historia transformará en ejemplar para un grupo de gente que cree que aún puede pensarse un mundo diferente, un poco mejor. Pero de eso, como dije, se ocupará el tiempo, la historia y seguramente los medios de comunicación.

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Como es imposible técnicamente rescatar un solo aspecto de su vida y una empresa muchísimo más utópica poder hablar sobre Lemebel voy a simplemente rescatar una cualidad que atravesó con certeza todo lo que él fue.

En la defensa de mi tesis de grado titulada “La Vida Amable” [1] decidí incluir allí una frase de Pedro, una frase performativa de su poema Manifiesto [2] que decía que ser puto y pobre es otra cosa y donde hablaba también de Nueva York, ciudad en que los putos se podían besar en las calles. A mí eso me gustó mucho, primero porque les hacía movilizar el culo a las democracias sudamericanas que se creen las mejores y porque destruía prejuicios, porque es cierto no sólo esa teoría sobre Nueva York de los años 80 sino que también es cierto que en la cola de los supermercados los estadunidenses dejan pasar adelante a los adultos mayores, que las personas te saludan en la calle cuando vas caminando aunque no te conozcan, es cierto, lo juro.

Ahora bien, lo de Lemebel es noble. No es una mirada ingenua, ni tampoco una que se ha dejado comprar por el verso democrático. En ese sentido es de vanguardia. Y su escritura podrá por lo menos promover el interrogante que de nuevo, no es lo mismo que la duda. La duda es propia de los frágiles, los débiles, los temerosos. La duda según Spinoza no podría ser principio de nada, porque es ante todo: negación de la potencia.

Lemebel fue un tipo que nunca dudó. Que tuvo miedo pero se sobrepuso, a la crítica, al abismo, al insulto. Butler dice que es la interpelación del otro la que le concede existencia y que como será de cierto que el lenguaje hace cosas que una palabra nos puede herir el corazón.  Ni si quiera sabemos bien cómo funciona el corazón ni dónde está, pero de todas maneras se hiere con una palabra.

 “Y no hablo de ponerla y sacarla, hablo de ternura compañero, usted no sabe lo difícil que es encontrar el amor en estas condiciones”.  

Pedro supo mucho de esto, y es por eso que no se dejaba engañar por el versito democrático ni por las palabras dulces de los amantes, siempre fue una puta, una mariquita, como le gustaba autonombrarse en los textos, siempre fue ante todo LO diferente.

Esa diferencia que los/nos coloca del otro lado del juicio, les/nos da otro estatus: más abyecto. Una artista cordobesa Camila Sosa Villada [3) le escribía una “Carta de un travesti a los hombres que le gustan” y decía que los travestis eran ante todo travestis, después los hombres heterosexuales que los contrataban y se enamoraban de ellos pensaban si eran buenos o malos, si les gustaba ir a cine o tomar fernet,  en definitiva si tenían personalidad, pero eran antes de todo el resto de cualidades: un travesti. Esto limita las posibilidades de todo sujeto de ser juzgado libremente. Esto es un pre-juicio que no deja margen a la defensa. Para algunos la marca del estigma es antes que nada una impronta de imposibilidad, la muestra de una carencia hecha y puesta en relación con.

Ese tipo de abyecciones son las que Lemebel describía inconfundiblemente con la genialidad de su prosa, dejaba al descubierto, exponía en sus textos y en su cuerpo para que vean, pequeñas sociedades democráticas, como aun acá hay muchos que sufren y padecen la mirada del otro. Mirada cargada de asco, de miedo.

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Hace un tiempo subía nuevamente a mi perfil de Facebook [4] una publicación de otro escritor, argentino éste, que siempre escribe desde el lugar de los desprotegidos, y más de una vez desde los niños, Osvaldo Bossi [5]. Recuerdo que Osvaldo leía a Carlos Arcidiácono y se maravillaba, lo publicaba en su muro para compartir ese asombro y gracias a eso llegaban a mi sus pablaras donde Carlos, bajo un personaje de ficción decía que las locas en cada experiencia de amor están arriesgando catastróficamente la vida. Y prosigue:

 “Cómo no va a ser intrínsecamente desordenado si hasta tiene que inventar el erotismo y creerlo por encima de la desolación y adecuar su vida a los patrones de los de que no tienen ni idea de tantas catástrofes y que para colmo lo desprecian porque es muy fácil sentirse superiores, y el ser más o menos normales ya les significa una categoría y entonces se sienten superiores algunos que nunca jamás pudieron serlo ante nadie, pero ante eso sí, vaya uno a saber por qué”. (Arcidiácono en “Ay de mí, Jonathan” )

Esa normalidad de la que Lemebel se reía a carcajadas era también el patrón que lo condenó a ser siempre la loca, la provocadora. Esa normalidad fue la que le explicitó cuáles eran sus armas de acción en esta vida por la posición que le había tocado encarnar. Sin embargo, Pedro hizo de ese lugar de enunciación un campito de batalla, y sobre todo un lugar de creación, para traer lo nuevo como forma más amables para las vidas que vienen porque como dice Tiqqun:

“¿Dónde están las palabras, dónde la casa, dónde están mis antepasados, dónde están mis amores, dónde mis amigos? No existen mi niño. Todo está por construir. Deberás construir la lengua que habitarás y deberás encontrar los antepasados que te hagan más libre. Deberás construir la casa donde ya no vivirás solo. Deberás construir la nueva educación sentimental mediante la cual amarás de nuevo. Y todo lo edificarás sobre la hostilidad general, porque quienes despiertan son la pesadilla de quienes aún duermen.”

***

[1] Enlace, click acá
[2] Manifiesto, desde un blog sobre Lemebel.
[3] Perfil de Camila Sosa Villada en Facebook.
[4] Publicación, click acá
[5] Perfil de Osvaldo Bossi en Facebook.

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