La Mona en el Lolla: el carnaval de los indies

[Mona Jimenez. Lollapalooza. Cuarteto. Rock. Indie. Alta cultura. Baja cultura. Negros. Chetos]

por Lucas Fantin (@LMF131)

Fue un día en el que estaba escuchando jazz en vivo en Cocina de Culturas. Este último es algo así como un restaurante más bien coqueto a donde la gente asiste con ropa de marca, toma vinos de muchas clases que se venden por copa y por poco usan 3 o 4 variedades de cubiertos para cada plato. ¿Qué hacía un pelagatos como yo ahí? Nada, era gratis el espectáculo. Pero siguiendo: luego del show con varios músicos internacionales, uno de ellos decide anticipar la presentación de su próximo show junto a un músico referente de Córdoba, el inconfundible La Mona Jiménez. Las risas explotaron incontenibles: ¿un músico de jazz tocando con La Mona? Parecía que se había dicho una barbaridad en el ambiente.

“¿De qué se ríen?” no tardó en decir desde el escenario el músico con notable disgusto haciendo callar al público. La pregunta quedó resonando en mi cabeza un tiempo. Y pasó de nuevo. Hace unos meses cuando confirmaron a la Mona para el Lollapalooza y la misma carcajada se hizo escuchar, idéntica aunque mucho más estridente y mediática. Los memes saltaron, los tuiteros tuitearon, los comentadores comentaron y se dijeron palabras (porque siempre se dicen palabras) de esas que pasan de boca en boca y de las cuales está impregnada la historia del cuarteto: “negro”, “grasa”, “traidor”.

Entonces, ¿dónde se ubica espacialmente la música en la sociedad? ¿dónde sí o no “debe” tocar La Mona? ¿Cuál es el sentido más allá de la risa? O ¿cuál es el chiste y qué relación tiene con estas palabras?

El valor de ciertas cosas

Los espacios físicos por donde suelen moverse los géneros musicales hablan también mucho de la relación que tienen con la estructura social de la que forman parte y, para comprender esos espacios, hay que remontarse a las construcciones históricas del género musical, entendiendo su mundo, su forma de ver las cosas.

No es un misterio que el valor que poseen ciertas prácticas en el mercado simbólico es mucho más alto que otros. Es decir, alguien que lee a Kafka posee un pelín más de prestigio social que quien lee los libros de Los Juegos del Hambre: los saberes que se ponen en evidencia en cada uno de estos objetos son valorados de formas diferentes en las esferas sociales, teniendo el primero una relación más cercana a la “academia” y el segundo a los adolescentes (esos que nadie quiere y que idolatran a BTS). Retomando Cocina de Culturas, el mismo ejemplo se puede poner con el jazz y el cuarteto. El jazz (en líneas más generales) goza de un nivel de prestigio social que no puede compararse al cuarteto. Decir que tu artista favorito es Miles Davies seguro te posicione más cerca a la esfera de lo que es la “alta cultura” (legitimada como saber) que decir que es Ulises Bueno.

Obviamente en muchos círculos Ulises es mucho más valorado que Miles Davies pero a nivel macrosocial, la música de Miles se entiende como más cercana a las altas esferas de la cultura por ser a la vez un recurso escaso y por lo tanto más “exclusivo”. Y es así, mientras un arte esté menos ligado a lo popular o lo comercialmente masivo suele ser más valorado.

Muchas veces hemos escuchado hablar a críticos de arte renegando de Andy Warhol o Picasso porque cualquiera lo puede hacer, y poner de manifiesto el binomio fácil/difícil como eje de donde deriva la valoración axiológica bueno/malo. La verdad es que no hay criterio estético que pueda devenir en uno ético sin la mediación de las valoraciones dispuestas en el mercado simbólico del objeto. O sea, no hay nada intrínseco en el arte que lo haga malo o bueno sino formas de hacerlo (o prácticas) que se valoran a nivel social más que otras (por ejemplo fácil/difícil, simple /complejo).  A su vez, esta valoración en la música suele tener que ver también con los espacios que se han dispuesto históricamente para cada género. La música llamada clásica suele oficiar sus prácticas en teatros, el jazz antes solía frecuentar bares oscuros pero hoy se presenta en lugares más bien paquetones, y el cuarteto-cuarteto (el que hace La Mona), más que obvio, tiene lugar en El Baile.

Carnaval, humor y degradación

Mijail Bajtin desarrolla la noción de carnaval en la edad media y, para eso, opone a la cultura oficial una cultura de la risa. Esta última es descrita como una cultura popular, viva, contestataria y Barei-Boria la asemejan a la cultura cordobesa, la cual es atravesada por el humor en todas sus prácticas.

El caranaval medieval consistía en una semana de descontrol oficiada por lo grotesco, la parodia y el humor.  En esta semana todxs usaban máscaras, se desbarataban las normas y se mezclaban las clases sociales. La nobleza se diluía en la gran masa del populacho y se coronaba rey al tonto del pueblo (claramente tatarabuelos de Laje). En resumen, una fiesta donde todo estaba permitido desde lo sexual, lo bizarro, lo desmesurado. Las barreras sociales se desdibujaban y se daba pie a una bacanal donde lo corporal y lo grotesco decían presente.

Para Barei-Boria, el cuarteto estaría en la línea del grotesco medieval por la presencia de lo material-corporal como principio positivo, que abunda tanto en las letras como en el espacio-espectáculo del baile. Esto se sustenta además con una tendencia a la “degradación” como opuesto al amor abstracto, separado del cuerpo. El erotismo grotesco, la animalización (“Desnudo en la habitación/ con furia como un león/ mi sangre empieza a correr/ te atrapo te quiero comer/ y tu te vuelves loca otra vez”), son correlatos de la “degradación” así como lo es el humor y la parodia. Las letras del cuarteto utilizan todo el tiempo dichos populares y metáforas cotidianas del lenguaje cordobés en las cuales está bien representado el famoso (?) humor provincial.

Cuerpo vs Alma, Cuarteto vs Rock

Al describir el típico ritual cuartetero podemos ir entendiendo el choque que hay entre los espacios en los que se mueve la inmensa mayoría de géneros incluidos en el Lollapalooza y el cuarteto. Pues me aventuro a decir que muy pocos de los primeros tienen como correlato el humor. No me parece haber visto tanto movimiento pélvico en ningún otro artista del Lolla más que en la Mona. Y es que también la relación que hay con lo obsceno le ha valido el título de “música de negros” desde sectores más bien medios y altos.

Para explicar esto hay que entender también la
tensión que hubo entre cuarteto y rock (o más bien con ciertos rockeros).

En los 60’s se consolidaría el mercado y la cultura de masas para una nueva franja etaria: los jóvenes. En Argentina, muchos de estos comenzaron a renegar de ese mercado que vendía una juventud de fiesta y medio boludita (Palito Ortega como exponente máximo de aquellos a quienes hubiesemos identificado como Tinchos) y tomaron como ejemplo un nuevo estilo de rock que abandonaba por completo sus raíces bailables y sentía la necesidad de “trascender”. Esa trascendencia era una búsqueda que dejaba de lado lo corporal, lo material, porque también se mezcló con la cultura hippie. Por eso las canciones en el rock argentino de esa época hablaban del cuerpo como prisión del alma. En uno de los temas fundantes Moris canta “…cuando van de veraneo y bailan shake/ con sus movimientos centroamericanos/ sensualidad fabricada/ tratan de levantar mujeres/ pero están vacíos y están muy podridos”. La representación del baile e incluso de todo el ritual de “cortejo” es absolutamente negativa. Es esta la clara disección que hay entre la estética del rock y la del cuarteto: cuerpo/alma. Esta última tiene como punto de partida valores asociados a lo alto, el aire, el cielo cristiano, a lo etéreo, al amor platónico, en fin, a lo material como disvalor (por eso el rock se dejó de bailar hasta que llegaron los 80’s que, oh casualidad, son tratados como la decadencia del rock). Pero el cuarteto (más que nada el que sigue la línea de La Mona) retoma en sus temáticas el cuerpo como fin, describe lo sucedido en el baile, los pasos a seguir, el movimiento, en resumen: lo material.

Conclusión que tal vez no concluye nada

En fin, todo esto hace que la participación de La Mona en un festival donde la gran mayoría son músicos de indie, rock, electrónica, folk, sea algo de lo que la gente haga memes. Es lo alto (o algo que se cree más alto) y lo bajo puestos en una sola escena lo que hace explotar la hilarada (palabra que combina “hilarante” y “gilada”). Ya en Shakespeare podríamos captar que parte de su gracia era incorporar personajes nobles en el mismo espacio que personajes populares (la famosa escena de Hamlet y la calavera: el bufón y el príncipe, un noble hablando con el sepulturero, etc.). Así el Lollapalooza también pareciera ser una tragicomedia donde cada tanto una expresión de los suburbios agrega “color local” risible. Claramente, el exotismo de ciertas demostraciones de cultura popular ayudan a vender entradas porque los chetos le viven queriendo copiar el flow al populacho (te estoy mirando Agapornis). 

En fin, lo ideal sería no subestimar a los iconos populares y su procedencia. Revisar nuestro sentido del humor y nuestro purismo estético pseudo-trascendantalista, ávido de estupidez y más que nada hambriento por acoplarse a los estándares de una clase alta a la que no pertenecemos. Así también podemos todxs respetar no sólo a La Mona y su arte sino a su público. Al fin y al cabo, cada género musical es una lengua diferente con su cosmovisión e historia: estaría bueno que seamos abiertos a poder hablarlos todos.


Bibliografía:

BAREI, S.-BORIA, A. “La cultura popular
argentina: diálogo y cruce de textosen
Libros de Versión; pp 421-431. Uam-X;México, 1997.

-BOURDIEU, P.
Creencia artística y bienes simbólicos. Elementos
para una sociología de la cultura
. Traducción de A. Gutiérrez, 1ª edición,
Buenos Aires, Aurelia Rivero, 2003.

-DÍAZ, C. y DÍAZ N. “Devolverle el cuerpo a la gente. Danzas folklóricas y disputas
por los sentidos de corporalidad”, en Díaz, Claudio (comp), Fisuras en el sentido: Músicas populares y
luchas simbólicas
. Recovecos, Córdoba, 2014.

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