La novela de Dios

[Dios. Pasiones. Cotidianeidad. Literatura. Coherencia. Razón. Novela. Arquimedes. Barthes. Olvido. Memoria. Argumento. Aburrimiento]

por Federico Frittelli (@fedefrittelli)

1 o UNO

Dios sentado frente a un escritorio mal iluminado en lo profundo de la madrugada, insomne y frustrado porque en largas horas divinas no ha podido sacarle a su mente más de dos o tres párrafos pobres de escritura sagrada. Lo preocupa principalmente un problema, tiene un obstáculo que impide que logre hacer avanzar el tiempo del mundo y de los hombres más de cincuenta años. Dios se recuesta en el respaldo de su silla y le da vueltas y vueltas siempre a lo mismo: todo, absolutamente todo, tras cincuenta años se convierte en una referencia interna. Cada personaje, cada hombre y mujer de su relato pierde toda capacidad de asombro, miedo y nerviosismo frente a cualquier acontecimiento, porque algo parecido ya le ha sucedido, si no a ellos, a alguien que conocen o conocieron. Las pasiones del mundo se regulan hacia abajo y se encuentran todas juntas en el cero. Como la apertura de una partida de ajedrez entre dos Grandes Maestros, las relaciones humanas se convierten en una serie de movimientos fríos y previamente calculados. Las conversaciones se presuponen y minimizan, se apagan hasta dar paso al silencio. Sus creaciones se equivocan cada vez menos y los errores son cada vez más imperdonables. Desaparecen el crimen y la valentía, y la oportunidad para el crimen y la valentía. El arte entero dura una década en agotar sus combinaciones.

¿Qué hice mal, se pregunta Dios, en dónde fallé para que la entropía social se acelerara de esta forma? Si yo proyectaba un incendio milenario, ¿qué caudal está exterminando la combustión en su nacimiento? Entonces, quizás, lo ve. Como todo novelista principiante, Dios se da cuenta de que todos los personajes de su relato se le parecen. Algunos más que otros, algunos a quienes imaginó malvados no son sino deformaciones de su peor versión, algunos a quienes vistió de héroes se limitan a ostentar con soltura los rasgos que a Él le cuesta fingir. Y lo peor: sabe que no puede evitarlo. No hay otro modelo, Él ha inventado la diferencia, pero toda diferencia nace de Sí Mismo. Suspira y hace las paces con eso; qué importa que todos sean un poco como yo, Se dice, mientras las distintas versiones de mi neurosis hagan algo. Tiene que haber algo, una sola cosa, que empuje la trama de la tragicomedia humana hacia adelante.

Aparece una idea. Como todas, al principio y atada es algo ridícula, pero al soltarle la cuerda empieza a tomar forma: ¿con qué mecanismo se podría, en el espacio de una misma vida, borrar la referencia, hacerla desaparecer? Algo a la vez individual, único de cada persona/je, y colectivo, común a la especie. Algo que haga que las cosas pasen de nuevo y la repetición pase desapercibida a quien la comete.

Sobre las teclas de la Creación se posan las yemas de los dedos divinos.

2 o DOS

La idea viene a mí como a Arquímedes la suya: bañándome. Con el chorro latiendo en mi espalda, ejecuto estúpido los mismos actos corrientes de todos los días. Hasta que en un buen momento, robotizado, levanto el pote de shampoo y dejo que caiga el líquido viscoso en mi mano. Algo anda mal. ¿Ya hice esto? ¿Me puse shampoo hoy o no? Me toco el pelo para ver si encuentro alguna pista. Nada, el chorro se llevó todo rastro reconocible, si es que lo hubo. No sé, no puedo saber. Ni una burbuja en el piso o el sumidero que confiesen el delito. Un asesino con método, sin dudas, y como todo asesino con método le gusta el crimen y le gusta también jugar con el detective.

Curiosamente, recuerdo que esto me pasó ya muchas veces. Tengo una memoria clara de muchos olvidos similares, y ni siquiera estoy hablando del famoso olvido obsesivo de si cerré con llave la puerta de mi casa al salir o no. En esos casos, casi nunca o nunca se trata de un simple olvido sino de una superposición entre un recuerdo y una preocupación. Yo sé que cerré, pero ¿qué pasa si recuerdo mal y en realidad no cerré? No es racional. En cambio, con el shampoo es algo completamente racional, ocurre en el plano de los pensamientos. No hay nada ahí, las imágenes no quedaron en mi cabeza. No pasa nada si no me lo puse, no me preocupa tener el pelo sucio un día.

Ahora bien, si yo quisiera caprichosamente que eso le pase a un personaje mío en un cuento o una novela, sería totalmente imposible. Al menos en el estado actual de la literatura, donde parece haber dos opciones: la coherencia o la fantasía. O las tramas se fortifican contra las críticas de lagunas argumentales y cabos sueltos, o se desligan de toda responsabilidad diegética apelando a una instancia más onírica-experimental. Saquemos por un momento la segunda opción, donde puedo escribir más o menos cualquier cosa, y concentrémonos en la coherencia, en el relato clásico, introducción nudo desenlace situación final. Por supuesto que yo puedo escribir en cualquier momento de la trama que a mi protagonista se le olvidó si se lavó el pelo o no, pero no puedo hacerlo sin dejar una marca. No puedo escribirlo sin que el lector se pregunté por qué decidí escribir eso y no otra cosa. No puedo no dejar un indicio, como diría Barthes, o dar una información al lector que avance la trama. Si ese olvido sucede es que mi protagonista es olvidadizo o distraído. Y si no lo es porque nada de lo que escribí antes apunta a eso, entonces está preocupado o abstraído, lo que lo lleva a estar circunstancialmente olvidadizo o distraído. La cuestión es que no puede suceder porque sí, como me pasó a mí en la ducha.

3 o LA CONTINUACIÓN DE UNO

Y Dios dijo: Olvido. Y el Olvido se deshizo.

Las generaciones humanas perdieron toda referencia lejana y no tan lejana. Comenzaron a repetirse los errores. Columnas, techos, pórticos, catedrales enteras se desploman aquí y allá por los mismos desperfectos; reyes, generales y lavaplatos sufren una y otra vez las mismas traiciones como castigo a una confianza injustificada, la misma promesa engaña a los patéticos crédulos de siempre, el perdón empático y compasivo se retrae, la ira y el resentimiento emergen y obligan al amor y el honor a redoblar esfuerzos, con innumerables bajas de ambos bandos.

La Historia se repite, primero como tragedia, después como farsa, luego como tragedia, luego como tragedia, luego como tragedia, luego como tragedia, luego como tragedia.

El Novelista cansado dio en la tecla. Para todo lo importante, todo lo milenario y eterno, cada humano en la Tierra será Adán. Así se garantiza la continuidad del tiempo, las pasiones, los imperios que se construyen para caer. Ni el hombre más memorioso podrá cubrir todos los errores de cien años de humanidad, ni habrá nadie que intente hacerlo. La Obra está terminada.

Entonces Dios toma las páginas del libro de la Humanidad y las guarda en el último cajón de Su escritorio. Ni siquiera lo cierra con llave o deja una nota alusiva: sabe que nunca más volverá a buscarlas. ¿Puede Dios decidir olvidar? Se preguntan los teólogos por siglos y siglos. La cuestión es que simplemente olvida el libro allí, quizás sin intención, quizás por desinterés, quizás por alguna urgencia, como los nenes que terminan un rompecabezas y con toda seriedad lo abandonan porque deben salir a andar en bicicleta.

4 o ME PARECE QUE ESTE ENSAYO NO TIENE TESIS

Pero si la tuviera, sería algo así: la literatura es muchísimo más pobre de lo que podría ser, presa del esfuerzo por hacer compacto el sentido, esclava de una temporalidad que nadie experimenta (la que va como boba y alienada hacia adelante, sin más). La realidad (que, como nuestro cuerpo, solo se hace aparente donde duele y allí mismo se demuestra incomprensible) no es nunca una mónada clausurada y unívoca de significados, pero todas nuestras novelas con trama sí lo son. No importa que la trama se cuente desordenada o que haya discurso interno de los personajes, cada palabra fue cuidadosamente elegida por el novelista para que ocupe el lugar que ocupa, para que sume información, para que se pierda la incertidumbre. Y cuando esto no ocurre, o sea, cuando el novelista por impericia solapa acontecimientos o se contradice, se escriben ríos de tinta intentando justificarlo o corregirlo, lo que demuestra que sin dudas son los errores lo más interesante que puede discutirse sobre la novela.

¿Pero esta dificultad cómo se supera?, preguntará un alemán. ¿Este obstáculo, que implica para la relación entre la vida cotidiana y el arte?, preguntará un francés. ¿Cómo podemos usar este problema a nuestro favor?, preguntará un inglés. ¿Esto es culpa de quién?, preguntará un argentino. Otro argentino responderá que seguramente sea culpa de los lectores, puesto que son ellos los que tiran sobre la trama su constructo de sentido previamente masticado digerido y vuelto a masticar, como los pescadores tiran sus redes al mar. Y así como los pescadores saben que al sacar la red obtendrán dos resultados (peces y porquerías), los lectores saben que al sacar la suya obtendrán trama o atmósfera. La historia avanza un poco o el escenario se describe un poco. Línea a línea, palabra a palabra hasta el blanco final.

El problema es que los lectores son hoy, casi todos, también escritores. Escribimos para -y leemos a- nuestros colegas en su mayoría, por lo cual el círculo no te digo que se cierra en nosotros, pero que nos pisa los talones mientras creemos escapar a toda velocidad, seguro.

No sé, en fin, a dónde iba esto. Si se me permite una confesión, este ensayo lo empecé hace un mes con un objetivo claro y hoy, treinta días de listas de supermercado, partidos de tenis y videos de Youtube después, no queda absolutamente nada de ese ímpetu primigenio. Esto que leen es la continuación adivinada de cómo creo que mi yo del pasado quisiera haber completado el ensayo. Es, más que nada, un fantaseo con una literatura imposible, con una novela infinita, una novela que no canse porque se pondría exactamente al lado de la vida, ni reflejo ni evasión, solo combustible o molestia (quien crea que lo que va al lado no puede molestar nunca se tomó un colectivo en hora pico). Una novela compuesta por una miríada de historias insignificantes, de caminos sin salida, de patios internos de cemento, encuentros estúpidos y estúpidos encontrados, que no vaya a ningún lado ni venga de ningún otro, que esperance al lector en cada página con un amague de sentido, de certidumbre, de situación final donde todo se sabe o todo se termina y los personajes discurran sobre la trama mientras caminan por las cenizas de una casa prendida fuego cincuenta páginas atrás, y que dos páginas más tarde lo abrace y le diga no amigo, no amiga, no va por ahí, no estás leyendo ese tipo de novela, ¿vos cómo estás?, qué anda pasando en tu vida, qué estás con ganas de escribir, dónde perdiste las ganas de escribir, ya las vas a recuperar, no te hagas problema, estas cosas pasan, a veces uno pasa años sin escribir en absoluto y de repente toda su escritura se concentra en una línea, y si no vuelve, no volverá, qué tanto, siempre tendremos la lectura, no creo que se acabe toda la cerveza del mundo en el tiempo en que nosotros vivamos. Una novela que también olvide, como su autor y su lector. Una novela que esté ahí en el mundo entre nosotros, como nosotros.

5 o CONCLUSIÓN POSDATAL

Un hombre no recuerda si se puso shampoo o no. Por más que trata de saberlo, no encuentra ningún indicio que le diga a ciencia cierta si lo hizo o no. Pero hay una respuesta correcta, por más que ni él ni nadie más la tenga. Entonces, Dios existe.

 

Comentarios

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

You may use these HTML tags and attributes:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>