Lacan y la astrología

Por Valentina Zapico (@ValentinaZapico)

En un momento en el que mi mamá estaba muy mal, le pidió a una conocida que le tirara las cartas. Esta mujer respondió sus inquietudes y le reveló algunos acontecimientos que tendrían lugar en el futuro. Sus predicciones se cumplieron. Una de mis tías aprendió a tirar las runas y solía hacerlo en el jardín a todas las visitas que iban a su casa. Otra de mis tías fue a constelar varias veces, y otra a la virgen de Salta a ver ese fenómeno en vivo y en directo. A mí me gusta mucho la astrología y hace varios meses que la utilizo como herramienta de crecimiento personal en mi vida cotidiana. Las mujeres de mi familia nos sentimos atraídas por lo místico/sobrenatural/espiritual/raro. Es decir que nos interesa lo que Jacques Lacan denomina “lo simbólico” (Y también “lo imaginario”. Acá entra en juego su división entre lo simbólico, lo real y lo imaginario, división sumamente compleja en la que no quiero ahondar demasiado porque no soy capaz de hacerlo.)

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En la Clase 19 del Seminario 2, llamada “Introducción del Gran Otro”, Lacan retoma una pregunta que le había hecho a su auditorio en un encuentro previo: “¿Por qué no hablan los planetas?”. Este interrogante extraño le permite desarrollar varias ideas interesantes. Sin esperar respuesta, Lacan afirma que no somos para nada similares a los planetas, pero que muchas veces tendemos a razonar sobre las personas como si se tratara de lunas que tienen una masa y una gravitación específicas.

Después, en una aparente digresión, le cuenta a su auditorio que rara vez se siente contento. En el encuentro anterior del seminario no estuvo para nada contento porque intentó “volar sin duda demasiado alto”. A pesar de su insatisfacción, muchas personas le dijeron que los asistentes sí se fueron contentos. Aunque esto no lo convenció, pensó que lo principal era que los Otros estuvieran contentos, no él. Así que en eso se diferencia Lacan (o cualquier persona) de un planeta: a los humanos nos importa la opinión del Otro.

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Lacan afirma que, en los humanos, la relación entre la satisfacción del sujeto y la satisfacción del Otro siempre se encuentra en tela de juicio. Sostiene que hay una diferencia radical entre la no satisfacción propia y la satisfacción supuesta del Otro. “No hay imagen de identidad, reflexividad, sino relación de alteridad fundamental”. A continuación, presenta una de las tesis fundamentales de este seminario: existe un Otro, con mayúscula, y un otro, con minúscula, que es el yo.

Por un momento parece dejar de lado la cuestión del Gran Otro y retoma la cuestión de los planetas silenciosos. Sostiene que los planetas no hablan porque no tienen nada que decir, porque no tienen tiempo y porque los hicieron callar. Cuenta que le preguntó a un eminente filósofo (¡quisiera saber quién es!) por qué los planetas no hablan. El filósofo le contestó sin dificultades: porque no tienen boca.

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Al principio, la respuesta lo decepcionó un poco. Inmediatamente se dio cuenta de que si uno se decepciona, es porque está equivocado. No hay que decepcionarse a partir de las respuestas recibidas, porque si uno se decepciona esto prueba que fue una verdadera respuesta, lo que no esperábamos. Esta reflexión me parece tan lúcida que creo que es una especie de mantra que tenemos que recordar cada vez que ponemos demasiada expectativa en las respuestas o explicaciones de los demás. Nos decepcionamos porque esperamos que el Otro reaccione de determina forma. Pero en lo inesperado de la reacción ajena está lo genuino, lo que no podemos predecir ni estipular ni controlar ni cambiar.

Y ahora viene el vínculo entre el Otro y los planetas silenciosos. El problema es que nos dejamos hipnotizar “por el llamado sistema de lunas” y modelamos nuestra idea de la respuesta que nos tiene que dar nuestro interlocutor a partir de lo que imaginamos. Pero “cuando obtenemos la respuesta que esperábamos, ¿es de verdad una respuesta?”. Ya se darán cuenta de que la respuesta a esta supuesta pregunta retórica es “no”.

El hecho de que las estrellas no tengan boca es real. “Es indiscutiblemente real que la estrella no tiene boca, pero a nadie se le ocurriría pensar en ello, si no hubiera, para observarlo, seres provistos de un aparato de proferir lo simbólico, a saber, los hombres”. Aunque no coincido (del todo) con Lacan, esta cita me encanta porque se vincula a la astrología. No hay nada intrínseco en Mercurio, en su composición gaseosa o en sus movimientos orbitales, que nos señale que es el planeta de la comunicación; ni tampoco Venus tiene una densidad que nos permita afirmar que es el planeta del deseo. Pero los antiguos, seres provistos de un aparato de proferir lo simbólico, observaron estos planetas y vieron bocas, bocas que les contaron cómo son, qué representan y cómo nos afectan a nosotros acá en la Tierra. Lacan nos dice que las estrellas son íntegramente reales, y que en ellas no hay nada del orden de una alteridad a ellas mismas, pero quienes amamos la astrología tenemos una concepción diferente.

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El movimiento regular del día sideral es “lo que por vez primera permitió a los hombres experimentar la estabilidad del cambiante mundo que los rodea, y comenzar a establecer la dialéctica de lo simbólico y lo real, donde lo simbólico brota aparentemente de lo real”. Lacan no cree que los símbolos surjan efectivamente de lo real. Esto significa que considerar a Mercurio como el planeta de la comunicación es una construcción humana, simbólica, sobre este cuerpo celeste que en sí mismo no puede significar nada. A Lacan le resulta asombroso hasta qué punto ciertas formas cautivaron a sus descubridores, formas que no tienen ninguna justificación. “¿Por qué vieron los humanos a la Osa Mayor como tal? ¿Por qué las Pléyades son tan evidentes? ¿Por qué se vio a Orión del modo en que se lo vio?”.

Durante mucho tiempo, y hasta una época avanzada, a los planetas les quedó el residuo de una especie de existencia subjetiva. Cualquier adepto a la astrología diría que aún hoy los planetas tienen existencia subjetiva. Sus movimientos y los contactos que hacen entre sí están cargados de sentido, sentido que los psicoanalistas como Lacan buscan destruir incesantemente. Pero sentido que los neuróticos obsesivos buscamos, también incesantemente, en distintos sistemas simbólicos. Gozamos con nuestro síntoma y tenemos que alimentarlo sin cesar.

Creo que lo que más nos cuesta a los seres humanos es dejar de buscarle sentido a las cosas. Estamos muy inmersos en lo simbólico y en la ilusión de poder darle un cierre a todo lo que nos perturba. Nos cargamos de sentido para esquivar lo absurdo, que es lo que más duele. Y no podemos evitarlo. Somos sujetos sujetos por el lenguaje en un palabrerío que nos distrae por un rato, pero no nos lleva a ningún lugar.

Aun así, yo todavía sigo en el sistema de lunas.


 

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